Seguramente muchos de nosotros nos preguntamos cómo es posible que personas a quienes conocemos o que se encuentran dentro de nuestro círculo más cercano se hayan dejado convencer por mensajes que son, a todas luces, falsos, manipulados y absolutamente sesgados.
Pues bien, tal vez acercarnos a la teoría de Dietrich Bonhoeffer sobre la “estupidez” nos aclare algo sobre este tema, que por otra parte no es nuevo.
Dietrich Bonhoeffer, teólogo luterano alemán ejecutado por el régimen nazi en 1945, dejó una reflexión incómoda y profundamente actual: “la ‘estupidez’ es un enemigo más peligroso que la maldad”. No lo decía como un insulto, sino como un diagnóstico político y moral basado en su experiencia directa del ascenso del nazismo. Para el teólogo, el gran peligro no residía únicamente en los líderes fanáticos o crueles, sino en la masa de personas aparentemente “normales” que dejaron de pensar por sí mismas. Bonhoeffer no entendía la “estupidez” como una carencia intelectual. Hombres y mujeres cultos, formados y socialmente integrados eran capaces de actuar de manera estúpida en el sentido político y moral del término. La “estupidez”, para él, era la incapacidad —o la negativa— a pensar de forma autónoma. Es un fenómeno social que surge cuando el individuo se somete acríticamente a una narrativa dominante. ¿Nos suena?
El “estúpido” no razona, repite; no duda, reacciona; no se siente responsable de lo que dice ni de lo que apoya, porque se percibe como parte de un “nosotros” que piensa por él. Este mecanismo fue clave en la Alemania de los años treinta. También lo es ahora, salvando las distancias históricas, en la España actual. Ocho décadas después, esta idea resuena con fuerza en nuestro país, donde el auge de la ultraderecha, con la derecha rendida a ella, no puede explicarse solo por la existencia de dirigentes radicales o que se han radicalizado, sino por un clima social que ha normalizado la renuncia al pensamiento crítico, a la ciencia y a la veracidad de los datos.
Durante décadas, tras la Transición, España se sostuvo sobre un consenso básico: rechazo del franquismo, aceptación del pluralismo político y compromiso con las reglas democráticas. Ese consenso no era perfecto, pero funcionaba como un cordón sanitario frente a los extremismos, avanzando en la consecución de derechos sociales, sobre todo con los gobiernos progresistas.
En los últimos años este pacto se ha erosionado, sobre todo por ideologías muy determinadas. El discurso público se ha llenado de simplificaciones, agravios permanentes y enemigos imaginarios. En ese caldo de cultivo ha crecido en la derecha y en la ultraderecha, especialmente Vox, que ha sabido convertir el malestar difuso en consignas claras y emocionalmente eficaces. No es casualidad que muchas de sus ideas no se defiendan con datos, sino con frases cortas, eslóganes virales y apelaciones al miedo o a la nostalgia.
Uno de los aspectos más inquietantes de la teoría de Bonhoeffer es su afirmación de que la “estupidez” es especialmente peligrosa cuando se organiza. En ese punto deja de ser una suma de ignorancias individuales y se convierte en una fuerza política. Esto nos resulta ya familiar, ¿verdad? Pues bien, en España esta cuestión se está manifestando de varias formas: negación sistemática de la violencia machista, pese a la evidencia estadística; la reducción del fenómeno migratorio a una amenaza criminal; la equiparación de la memoria democrática con “reabrir heridas”; el ataque constante a la prensa, la universidad y los expertos ; la banalización del franquismo como una “opinión más”.
Quien sostiene estas ideas no suele verse a sí mismo como extremista. Al contrario, se percibe como víctima de una supuesta dictadura progresista. Entonces, aquí, aparece uno de los rasgos centrales de la “estupidez” política: la inversión moral, donde quien ataca derechos se presenta como defensor de la libertad.
Bonhoeffer advertía que el verdadero peligro no reside en los fanáticos evidentes, sino en las personas comunes que colaboran sin reflexionar. En España, buena parte del apoyo social a la ultraderecha no proviene de individuos abiertamente autoritarios, sino de ciudadanos que se consideran razonables, cansados o desencantados.
Es posible (aunque no probable) que algunos votantes de derechas o ultraderecha no deseen un régimen autoritario ni se identifican con el odio explícito. Simplemente han aceptado un marco mental que con consignas simples: “todos los políticos son iguales”, “los inmigrantes tienen privilegios”, “el feminismo ha ido demasiado lejos”.
Bonhoeffer lo vio con claridad: la “estupidez” abre la puerta al mal sin necesidad de violencia inicial. Primero se aceptan las palabras, luego las políticas, y finalmente las consecuencias, aunque estas últimas no se tuvieran en cuenta en un principio.
España no es una dictadura, por mucho que lo diga la señora Díaz Ayuso, pero sí se corre el riesgo de trivializar valores que costaron décadas de lucha: igualdad, memoria, pluralismo y derechos humanos. La advertencia del teólogo alemán, por desgracia, sigue vigente.
La amenaza no es solo la maldad explícita de algunos líderes, sino la “estupidez” colectiva que permite que esas ideas prosperen sin resistencia porque muchos han renunciado, como ya se ha dicho, a pensar críticamente las consecuencias de lo que apoyan. Y esa renuncia, como nos ha demostrado la historia, puede tener un coste enorme.












