enero de 2026

PASABA POR AQUÍ / Poesía, sentimiento y sentidos

Detalle de la tumba de Urraca López de Haro, cuarta abadesa de la Abadía de Cañas (La Rioja). Talla de Ruy Martínez de Bureba (1272)

A pesar de la insistencia de los desinformados en proclamar a los cuatro vientos que la poesía es la expresión del sentimiento, creo necesario llevarles la contraria, al menos en parte. Los sentimientos son importantes sin duda, pero no se escribe poesía con ellos. Se escribe después de ellos, a veces a partir de ellos y muchas veces a pesar de ellos.

Estorban con frecuencia, nublan la mente, atosigan al cerebro que es el que al final realiza el acto de la escritura. Lo dejó muy claro Gustavo Adolfo Bécquer, que no es precisamente sospechoso de esquivar los sentimientos; decía: «Cuando siento no escribo». Está claro que sentía, y mucho, pero esperaba a que la fuerza de los sentimientos amainara para que el trabajo del escritor, del poeta, surgiera, con el fondo sentimental, pero con la maestría del escritor.

Obsérvese que no niego en absoluto la sensibilidad que es un arma irrenunciable para un poeta… y para cualquier persona medianamente normal, por supuesto. En todo caso negaría la sensiblería.

De ese sentimiento tonto que es la sensiblería hacen gala muchos de los que insisten en escribir lo que dicen que sienten sin más, sin pararse a pensar, porque así les salió de su cacumen. Bastantes de estos proliferan en las redes sociales, enredados —nunca mejor dicho— en la cursilería, la vulgaridad, los lugares comunes y la falta de pensamiento propio, aunque tengan miles de palmeros, igual de torpes, que les alaben las simplezas o editoriales aprovechadas que hagan negocio con sus nimiedades.

El acartonamiento de las emociones y la insensibilidad, tan patentes en nuestra sociedad del siglo XXI, más dada a la apariencia que al fondo, están reñidas con la poesía, pero tampoco le convienen los arrebatos hiperestésicos que tienden a nublar la visión y embotar la creatividad. En estas lides, tan perjudiciales son aquellos defectos como estos excesos.

Más allá de la sentimentalidad, uno de los recursos más necesarios para el poeta es utilizar los sentidos, más sentidos que nadie. Los cinco convencionales —vista, oído, olfato, gusto y tacto— y, además, ese sexto sentido que nunca sabemos en qué diablos consiste; y un séptimo y un octavo si fuésemos capaces de definirlos, y hasta el famoso sentido de la orientación, porque siempre hay que saber dónde estamos y qué nos traemos entre manos.

Abogo también por tener muy presente el sentido de la realidad, que bastante irreal se nos pone a veces la poesía como para que la dejemos escaparse hasta resultar irreconocible para el pobre lector. O lo que es lo mismo: cuando el poeta se aleja de la realidad corre el riego de no entender ni él lo que quiere decirnos. Opino que eso es un peligro que no debería correrse más que muy ocasionalmente.

Cabe aquí recordar aquella magistral décima epigramática que escribió Jacinto Alonso Maluenda, en el siglo XVII, y que tituló «Epitafio a un poeta culto». Decía:

«Yace aquí un versificante,
que con lenguaje no terso,
gastaba en todo su verso
candor, sandalia y brillante.
En lo claro fue ignorante,
lo culto tuvo por guía,
entre confusión vivía,
tanto, que fue en tal abismo
tan obscuro, que aun él mismo
no entendió lo que escribía».

Pero no me separaré de la intención de estas líneas. En el entorno de los sentidos, abogo para no olvidar el recurrente y poético sinsentido, que es el hermano díscolo de todos los sentidos y el nieto perdulario del sentimiento.

Convendría también esgrimir el sentido de la proporción para que el poema no desbarre, y el sentido del tiempo para no agobiar a nadie con ristras de versos innecesarios.

Con algún sentido debiera tener especial cuidado el poeta, por ejemplo con el sentido del deber. Ese hay que utilizarlo o no según la acepción que se considere: Cuando el deber es la obligación de estar en el mundo, ser solidario, no faltar a lo necesario y a lo humanamente comprometido, sí tenemos que utilizarlo para los poemas; cuando se trata del deber impuesto por los canonistas de lo humano o lo literario como una obligación inexcusable, entonces hay que huir de él como de la peste porque tiende a convertir la poesía en arte domesticado que es de lo peor que puede ocurrirle.

El más grande y necesario de todos los sentidos, hablando de poesía y de cualquier actividad humana, estado, profesión o posición en el mundo, sería el sentido común, que, como bien se sabe, para tristeza nuestra, es el menos común de todos los sentidos.

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