octubre 2020 - IV Año

TRIBUNA

El laberinto catalán

laberinto 1Al recibir la invitación (que agradezco) para escribir este artículo sobre la endiablada situación en Catalunya (y lógicamente en España, soy de los que piensan que el problema catalán es un problema español) me vino a la memoria mi lectura, ya remota, de ‘El Laberinto español’, ensayo del hispanista inglés Gerald Brenan que en la segunda mitad del siglo XX fue libro de cabecera para las personas que queríamos entender como un país puede sufrir un pertinaz, cruel y dilatadísimo periodo de destrucción debido a una determinada situación internacional, al fracaso de un golpe de estado, a la guerra civil derivada del fracaso y a una de las más sangrientas y largas dictaduras del siglo XX.

Hechas estas primeras afirmaciones, y para evitar equívocos, debo aclarar que si bien la situación española hoy sigue siendo laberíntica, y dentro de ella la catalana lo es aún más, no existe la más remota posibilidad de un desenlace trágico, ni tan solo de la aparición de episodios de violencia. Estoy, pues, pensando en una homología, es decir en la persistencia de problemas ancestrales no resueltos (entre ellos la vertebración territorial) y bajo ningún concepto, absolutamente bajo concepto alguno, en una analogía.

Tengo el firme convencimiento de que la situación de conflicto entre un poco menos de la mitad del electorado catalán que vota independencia de manera sostenida (representado políticamente, a partir del 21 de Diciembre de 2017 por dos partidos y una coalición oportunista, y organizado básicamente a través de dos entidades que se autodenominan soberanistas) y los sucesivos gobiernos del conjunto del Estado va a terminar en pactos que conseguiremos por vía pacífica y democrática. Descarto rotundamente cualquiera otra posibilidad.

laberinto 2Lo cual no quiere decir que piense que estemos cerca de la salida, del final; más bien todo lo contrario: el pacto, esta vía única de solución que acabará por imponerse (y que conllevará cesiones importantes en las dos partes) ni asoma por el horizonte. No me atrevo, pues, a escribir como y cuando asistiremos al final del proceso que está causando graves problemas en toda España y desangra a Catalunya de manera triste y lamentable.

A finales de Setiembre de 2017, antes del desastre del 1 de Octubre, pensaba que la salida a la situación, que ya se preveía catastrófica para después del 1 de Octubre, exigía tres decisiones: apartar al PP del gobierno de la nación con una moción de censura auspiciada por el PSOE. En ningún caso C’s debía, a mi juicio, formar parte de la nueva mayoría. Creía y creo que esta moción hubiera podido prosperar. La segunda decisión era una condición ‘sine qua non‘: el independentismo catalán agrupado en Junts pel Sí y abanderado por Oriol Junqueras (aun siendo vicepresidente era la mayor autoridad política del independentismo) debía renunciar a la vía unilateral. Sin ello la moción de censura no era viable. Y la tercera era que el rey Felipe VI ejerciera su función constitucional (artículo 56 CE) de arbitraje y moderación.

Lejos de todo ello el PP de Mariano Rajoy (el mayor fabricante de independentistas que ha tenido el ‘procés’), siguió encastillado, Pedro Sánchez (en acertadísima frase de Enric Juliana) permaneció en arresto domiciliario en la calle Ferraz, Oriol Junqueras se radicalizó y contribuyó decisivamente a cortocircuitar la convocatoria adelantada de elecciones por parte de Carles Puigdemont, President-aparcero de Artur Mas, que hubiera evitado la aplicación del 155 CE y Felipe VI lanzó su terrible discurso de parte lejos de cualquier intento de arbitraje y moderación.

laberinto 3Esto nos llevó de manera inevitable al peor de los escenarios (al menos de momento, todo es susceptible de empeorar): una DUI (Declaración Unilateral de Independencia) que no llegó ni a arriar la bandera de España en el edificio de la Generalitat, una aplicación inadecuada, inadmisible y desproporcionada del 155 CE (sub judice en el TC) y la convocatoria de elecciones del 21 de Diciembre. Los resultados de todo ello son sobradamente conocidos en lo político (cristalización de dos bloques antagónicos, caída de ERC y de Oriol Junqueras al tercer puesto y 25 escaños de izquierdas del PSC y los ‘Comuns’ sobre 135, mínimo histórico), detenciones y huidas de los principales responsables de la DUI, efectos muy adversos en lo social y en la economía de Catalunya. El resumen es que queriendo declarar un estado independiente por parte de una minoría, Catalunya ha perdido (esperemos que temporalmente) la Autonomía.

Llegados a este punto la pregunta pertinente es qué hacer desde el escenario laberíntico que ha dejado el 21 de Diciembre, como manejarlo.

Se me ocurren dos salidas, aún sabiendo que la mejor de ellas es imposible: la primera (y mejor) un gobierno de amplia base, lo más parecido posible a un gobierno de unidad. Es decir pactar entre bloques y con la minoría minoritaria de los ‘comunes’ como gozne, un programa de carácter regeneracionista: recuperar la autonomía intervenida, erradicar la corrupción (véase la sentencia del caso Palau, es tan solo la primera), abordar la problemática del desgobierno de los últimos años en los ámbitos corrientes para cualquier gobierno: sociales, laborales, municipalismo, económicos, territoriales,….y buscar las reformas a todos los niveles que permitan un nuevo encaje de Catalunya en España. Nadie debería renunciar a su programa de máximos a la vez que todos deberían aceptar un programa de mínimos y el marco legal para desarrollarlo.

El segundo, a mi juicio menos deseable que el anterior pero con alguna posibilidad más, es un gobierno del bloque independentista basado en la mayoría absoluta de escaños (que no de votos) obtenida gracias al sistema electoral. Este gobierno debería renunciar a la unilateralidad y aplicarse a un programa semejante al descrito en el punto anterior.

Pero, desgraciadamente, ni esto tenemos asegurado. El enroque de Carlos Puigdemont y los demás huidos, la profunda división en el seno de los políticos independentistas (que no en su electorado) y el injusto, innecesario y contraproducente encarcelamiento de cuatro líderes en las cárceles madrileñas hace también difícil esta solución. Lo lógico es que se movilice a personas nuevas para el gobierno, que se prescinda de las que nos han llevado al callejón en el que estamos. Pero desgraciadamente carecemos en el escenario de políticos con visión de estado y a día de hoy todo parece indicar que por encima de los intereses generales priva la búsqueda de salidas personales del laberinto (una vez más la palabra) en que se han y nos han metido.

He propuesto las que a mi juicio serian las soluciones deseables. Queda una tercera, que nadie dice desear: la repetición de las elecciones. Desgraciadamente no puedo terminar este escrito descartándola de manera absoluta: dependerá de la cerrazón y la obstinación de unos y otros. La repetición de elecciones colocaría a España y a Catalunya en el peor de los escenarios. 

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