septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Juegos de poder verbales

poderEl poder cuando juega, juega a poder, a vencer, a masacrar, o cuando menos a prevalecer y mejorar su posición de dominio.

Esto quiere decir que los juegos a que me refiero son agonales, de contraposición, de pugna y, por tanto, carecen de sentido lúdico. Los juegos de poder no son divertidos, sino dramáticos y funestos por sus resultados.

Este tipo de relación social siempre determina un triunfador, que destaca, aunque no gane nada, o sólo gane lo que pierde su víctima. El contrincante siempre resulta perdedor, humillado, o vaciado de poder, del suyo personal y del otorgado por otros.

Cada persona tiene su poder, constituido por aptitudes genuinas y competencias adquiridas. Esa es la base de sustanciación, el soporte. Sobre él se asienta el poder atribuido verbalmente por padres, maestros y compañeros de juego. Quienes nos rodean ciernen al albur expectativas de éxito o fracaso, que entran a formar parte del contingente del poder personal, incrementándolo o menguándolo. Si las atribuciones se sustentan en hechos, no hay peligro; la persona puede asumir su realidad. Los problemas se gestan cuando las atribuciones son gratuitas, sin fundamento, especulativas, o manipuladoras.

Los juegos de poder verbales son sutiles en su fenomenología; pero, rotundos en sus consecuencias. Se utilizan desde una cierta superioridad orgánica: padres, entrenadores y profesores con sus hijos y alumnos, utilizando la palabra como instrumento. Por ejemplo, frente a un hermano que es ‘tan inteligente y hábil’, se sienta su otro hermano, ‘que ha salido a la familia de… y es soso y pasmado como todos ellos’. En lo sucesivo, mediante un proceso de colusión, ambos harán todo lo posible por hacerse acreedores a la propuesta.

Quien juega desde la superioridad se convierte en juez; no sólo se dota de un discernimiento supremo, también de la capacidad de clasificar a los otros, distribuir y adjudicar gracias y posibilidades de desarrollo posterior. Este tipo de jugador, incluso, cree saber y conocer de antemano el futuro esperable. Los juzgados, tanto el triunfador previsible como el llamado a ser una calamidad irremediable, ambos, son víctimas. Uno queda predispuesto pretenciosamente a ser excelente sin remedio y futuro juzgador, que también deberá operar desde arriba. Mientras tanto, el otro queda condenado al ostracismo de la timidez y el desfondamiento; a estar siempre abajo, sometido y obediente.

Las expectativas se cumplen merced al fenómeno de la colusión, un pacto tácito, según el cual, lo que yo creo que tú piensas de mí, es lo que termino pensando yo de mí mismo y a ello me atengo y sostengo. Cuando media el juicio del juego de poder, ya no se necesita creencia; todo está explícito y casi que es obligado coludir, porque median otras connotaciones: el juez es una autoridad, o el grupo tiene criterios cuyo peso es inmensamente superior al del individuo, aunque tales criterios sean erróneos; por otra parte, hay afectos por medio; ante los halagos y zalemas, el narcisismo anula las defensas del criterio del juzgado; etc., etc..

También, gritar a alguien, insultar, amedrentar, recordarle fracasos y errores pasados, son juegos de poder con la palabra como instrumento. Así tenemos un cuadro de comunicación violenta que podemos escuchar en las familias, en el colegio, en los bares y en el Congreso de los Diputados.

Los Padres de la Patria que podrían dar modelo saludable de convivencia, confrontando ideas, sin personalizar posiciones ni anatematizar al adversario, buscando la concurrencia en pro del bien común, utilizan la palabra como navaja cabritera, para hacer sangre y desarmar al adversario. Prima la rivalidad sobre la sinergia, el engreimiento y la soberbia sobre la cooperación, la egolatría, aunque sea de partido, sobre los intereses sociales.

El planteamiento dialéctico de origen es siempre el mismo: yo tengo la verdad, toda la verdad; mientras tú careces de sentido común y estás en la inopia. Esta es la tesis que sustenta el diputado de izquierdas, el de derechas y el semipensionista, el nacionalista de aquende y el de allende. A partir de ahí, el interés por la res publica se esfuma, el sentido común se aniquila y queda expedita la vía del ensañamiento mutuo.

La colusión resultaría nefasta, por la atribución de torpeza recíproca. La evitan con los aplausos de los secuaces del propio grupo político y la algarada con que reciben las réplicas del contrario. Así, en el plano psicológico restauran el narcisismo del líder, que pudiera haberse dañado. Lo que no detienen es el incremento de la acritud. El pugilato se encierra en un bucle de violencia cada vez mayor, porque todos los contrincantes luchan por estar arriba, prevalecer y quedar por encima, pretendiendo incluso ser ingeniosos con su agresividad.

Al final, pierde la sociedad, mientras sus padres se despellejan con asco, gastando inútilmente unas energías que debieran tener orientación constructora.

La pelea entre padres, en al ámbito familiar, genera traumas en los hijos, los desconcierta y confunde. Los hijos se ven obligados a tomar partido, a alejarse de uno de los padres, para posicionarse en la facción del otro, quedando huérfano del padre, o madre, a quien rechazan.

En el universo social, la pelea crónica entre los Padres de la Patria también consolida facciones, pero esparce asco y odio hacia los contrarios. La fractura social abre grietas menores o mayores. En el extremo, está el espectro de la guerra civil; pero, antes de llegar a ella, las posiciones son irreconciliables, se indisponen para crear proyectos y planes de beneficio recíproco.

ARTÍCULOS PUBLICADOS EN TRIBUNA