abril de 2024 - VIII Año

La burbuja siniestra

Hace días que pude escuchar, como supongo muchos de ustedes, al Ex–Presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Hablaba de “la burbuja”, una creación artificial de atmósfera contra el Presidente Sánchez. Ya se sabe que entre las técnicas de refutación existe el ataque al uso de pretendidas evidencias, el ataque a las fuentes, el ataque a la formulación verbal, el ataque al núcleo argumental… el ataque “ad hominem” …

Queda claro que cuando las evidencias que proporcionan los hechos muestran indiscutibles avances en derechos y han establecido firmeza y progreso en la economía del país, quien se oponga a ello queda ayuno de argumento, y sólo cuenta con el ataque al hombre, y si el hombre ha mostrado solvencia y eficacia en su propio país, mediante estos hechos, y no digamos en Europa consiguiendo apoyos, entonces ese ataque al hombre tiene que consistir en el uso taimado de medios afines, capaces de crear una imagen falsificada.

Ya saben ustedes que, entre otras disciplinas, le tengo el ojo echado a la Inteligencia Artificial, y me viene a la memoria, referido a lo anterior, la “Comunicación de la Comisión del Parlamento Europeo, al Consejo Europeo, al Comité Económico y Social Europeo y al Comité de las Regiones”, donde advierte que “[…] el uso de la IA puede conducir a resultados indeseables, como crear una cámara de eco donde las personas solo reciben información que corresponde a sus opiniones, o reforzar la discriminación, como en el caso del algoritmo que se volvió racista en 24 h debido a la exposición de material racista” (op. cit. Bruselas 7.12.2018. P. 8).

No hace falta llegar a la I.A. Conocemos el uso falsario del ninguneo y el realce de lo insignificante, y hasta el uso de nodos de redes y delas “fake news”. Abusando de posiciones privilegiadas en medios y en redes, puede operar otra inteligencia que esparza artificiosidad de una realidad distorsionada, bulos y perfiles de diseño que comiencen captando a los propios, como un efecto espejo que les mira y recoge sus estados de ánimo, incentivándolos, y, al final, resulta en espejo distorsionante que refuerza la discriminación entre ciudadanos y el sentimiento de odio hacia aquel que previamente se ha descalificado.

Todo es cuestión de tener éxito en la toma de lo que Castoriadis llamó “significación originaria central”, la ocupación corruptora de la centralidad de la persona y su sistema interpretativo de la realidad, lo nuclear en su sistema de referentes y significantes, creando en su conciencia un marco interpretativo de la realidad.

Permítaseme que extraiga un recuerdo de mi memoria, datado en los años setenta: Sobre la Plaza de Cataluña, una bandada de estorninos parecía jugar a una geometría variable. Bastaba un pequeño cambio de viento para que se reorientara en una nueva dirección. Dice Giles Lipovetsky en “La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo”, que la línea directriz de la postmodernidad consiste en “el sentido de lo nuevo”. Lo establecido, aunque resulte benéfico, cansa. Bulímicos de lo nuevo, nos tragamos los envoltorios. Dos directrices marcó la Ilustración en la Modernidad: el proceso de individualización y la producción de novedad como progreso. El paradigma era Prometeo, el que robaba el fuego de los dioses para entregárselo a los hombres, y, llegado el caso, se convertía en aquel Sísifo que cargaba con su propio peso. Ahora el paradigma es Narciso. Prometeo está cansado, dice el filósofo y teólogo surcoreano Byung-Chul Han. Encerrado en su burbuja, vive instalado en un proceso centrípeto de individualización sin personificación ni, por tanto, de personación; inserto en la sociedad distractiva del espectáculo y en la estimulación de necesidades, practica el culto de lo que considera natural, el hedonismo: estruja el instante que satisfaga un eros siempre insatisfecho, sin percibir que le moldea su pretendido naturalismo, su opinión y su representación del mundo con una técnica simple que utiliza a la par su cansancio, su cabreo, su desubicación, y su necesidad de sentirse instalado en algo nuevo, aunque, para su sorpresa, descubra luego que solo es charca. Se llama ‘monoideismo’ y repetición, una sola y simple idea repetida.

¿Quién no recuerda la pandemia, cuando ya boqueaba su fin, y la Presidenta de la Comunidad de Madrid aseguraba que ella no iba a dejar sin protección a los bares y restaurantes, y el alcalde le ponía contrapunto al hablar de ‘esa cañita que tanto nos gusta’, dicho a quienes estábamos hartos de tanto confinamiento? Así es que, cuando salimos de él, nos olvidamos de los aplausos a los sanitarios, y de paso de la masacre a la sanidad y del trato recibido por los ancianos en las residencias, y salimos ansiosos a buscar el bar y la ‘cañita que tanto nos gusta’, con el voto preparado en el bolsillo, como si fuéramos estorninos.

Cuando un poder nos fabrica una burbuja, y pretende que vivamos en ella, lo mejor es pincharla, que sienta la realidad que existe más allá del azogue del espejo deformante. Recuerden al ‘Neuromante’ de William Gibson, cuando habla de “Night City” y de “un perturbado experimento de darwinismo social”. Piensen si estamos en un estado de vulnerabilidad mental. La pandemia nos ha dejado tocados. ¡Pinchen la burbuja! ¡Vean lo que hay detrás! La autonomía, la racionalización del mundo social, la objetivación de lo que pasa y de lo que se pretende, la conciencia del peligro, y la toma fundamentada de decisiones, son condiciones irremplazables en todo sistema democrático, a menos que lo que se pretenda sea debilitarlo.

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Archivo Entreletras

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