septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Los enemigos de las humanidades

pensadorEn los últimos años, nos hemos acostumbrado a oír hablar de la crisis de las Humanidades. No obstante, en una época centrada en la ubicua banalidad de su simulacro narcisista, no parece que tal crisis merezca demasiada atención mediática y social. Se olvida, con ello, que las Humanidades no representan un cierto número de asignaturas -ese asignaturismo que tanto deploraba Miguel de Unamuno en su ensayo, De la enseñanza superior en España-, sino un tipo de discurso y un saber sistemático relativo a la comunidad de lo humano. Su crisis evidencia un problema mucho más profundo que afecta a la universidad como institución cultural, al papel de la educación en las democracias globalizadas y al tipo de espacio humano en el que nos gustaría vivir. Paralelamente a ella avanza el progresivo derrumbe de la vida espiritual de nuestras sociedades. De ahí que hablar de una crisis sectorial o nacional sea insuficiente. En su lugar, lo que hoy vemos es el resultado de una crisis planetaria e integral de nuestra relación antropológica con la alteridad, el tiempo y el sentido, así como una transformación y deterioro de los grandes espacios vitales en los que los seres humanos hemos construido nuestros proyectos de vida; espacios tales como: la política, el derecho, la historia, el arte o el conocimiento. El desconcierto presente de la universidad en relación a las Humanidades, queda patente en sus patéticos intentos de crear extraños híbridos curriculares. Hace pocos años aparecía en prensa la noticia de que la Facultad de Humanidades de la Universidad de A Coruña había decidido crear un grado semi-presencial de Humanidades, que combinaría sus contenidos con asignaturas de la Escuela de Turismo, a fin de «intercambiar clases y prácticas en empresas» (1).

Por otra parte, la existencia de un Máster en Humanités et Management, ofertado por la Universidad de París X (2), ilustra igualmente el marco ideológico que está operando detrás de toda la reforma educativa actual y que queda muy bien resumido en el New Public Management (3). La experiencia universitaria nace en la Baja Edad Media y, pese a sus sombras -que las tuvo- marcó, al menos, tres hitos que todavía nos condicionan en materia educativa (4).

En primer lugar, fundó una comunidad del saber en la que la unión de maestros y alumnos iba más allá del conocimiento de un corpus y solo adquiría un sentido pleno en la experiencia de una verdadera vida en común. En segundo lugar, orientó la educación desde un punto de vista orgánico, reconociendo capacidades esencialesretóricas, numéricas y artísticas- que debía poseer todo estudiante universitario independientemente de su especialidad. Y, en tercer lugar, planteó una relación particularmente conflictiva con el poder. Hoy, como repudio a esa herencia fundamental, se abre paso una educación virtual que reduce la experiencia universitaria a la mera transmisión de información, a criterios de rentabilidad, eficacia y a su adaptabilidad tecnológica. En contra del saber integral, se enfatiza la especialización como única defensa de la viabilidad de los estudios superiores y se entrega la enseñanza a los poderes del mercado, los cuales no buscan más que su oportunidad de extraer mano de obra cualificada y barata – bajo condiciones de precariedad-, así como un espacio donde ejercer su dominación simbólica por medio de falsas promesas de triunfo económico y éxito social.

bibliteca salamancaEn una situación semejante, ¿es posible sostener que la crisis de las humanidades nace de la crisis de la universidad o que, en última instancia, universidad y Humanidades son lo mismo? En una conferencia pronunciada en Estados Unidos (5), el filósofo Jacques Derrida mantenía que el espacio de la actividad universitaria estaba fundado en una extrema incondicionalidad con respecto a toda clase de intereses ajenos al saber. Dicha incondicionalidad le confería a la universidad una soberanía insólita que convivía con su derecho a cuestionarlo todo, incluso el principio histórico de soberanía, pues -cito a Derrida-: «la universidad debería, por lo tanto, ser también el lugar en que nada está resguardado de ser cuestionado, ni siquiera la figura actual y determinada de la democracia». Pero es en las Humanidades -añade el pensador francés- donde esa crítica se practicará como «una especie de principio de desobediencia civil, incluso de disidencia en nombre de una ley superior y de una justicia del pensamiento».

Hoy vemos cómo la universidad se ha ido alejando de esa experiencia radical, defendida por Derrida, y plegándose a la hegemonía de un modelo neoliberal que reduce la educación y la vida a criterios de costo y beneficio. Que la educación sirva para vivir mejor, sin que esta mejoría tenga nada que ver con el poder adquisitivo, el consumo ostentoso o los privilegios mundanos, es una idea que se ha condenado a la marginalidad y que es infamada como utópica, inútil y trasnochada. Desgraciadamente, la universidad es la que más está contribuyendo a la infamia.

Frente a esta situación, hay que decir de manera contundente que la crisis de las Humanidades conlleva una pérdida profunda de libertades individuales y colectivas. El que la universidad finja no enterarse solo refleja el grado de cinismo y descomposición en el que se encuentra, así como su complicidad con intereses ajenos por completo a sus antiguas y más valiosas virtudes. En un contexto tan adverso, la alegría de vivir pensando con rigor, defendida por las Humanidades, deja a estas ante una delicada situación en la que se perfilan ya heroicas decisiones que tendrán que tomar en el futuro para resistir y permanecer fieles a ellas mismas.

Frente al asedio programado que sufren las Humanidades, estas deben reafirmarse y continuar defendiendo la reflexión y el arte de la vida como algo que va mucho más allá de la conversación elegante. Su tradición no es reflejo de ningún management ilustrado. En el contexto de las sociedades capitalistas de hiperconsumo, las Humanidades deben darse cuenta de que son irreconciliables con los valores de vida actuales y mantener su rebeldía con el fin de proporcionar una alternativa de vida libre e íntegra. Con mucho acierto, el escritor y pensador español Ramón Andrés ha señalado, en una entrevista, que en el arrinconamiento de las Humanidades ve «el avance del enemigo»(6). El problema es que, desde hace tiempo, al enemigo lo estamos criando en casa.

Notas:
1.http://www.lavozdegalicia.es/noticia/ferrol/2016/09/07/humanidades-sera-semipresencial-dara-doble-titulo-tendracursos-turismo/0003_201609F7C3993.htm. Consultado el 23/03/2018.
2. https://master-humanites-et-management.u-paris10.fr/ Consultado el 23/03/2018.
3. Puede leerse al respecto Christian Laval., et al. La nouvelle école capitaliste. La Découverte. París, 2012.
4. Véase el clásico de Jacques Le Goff. Los intelectuales en la Edad Media. Gedisa. Barcelona, 1990.
5. Jacques Derrida. Universidad sin condición. Ed. Trotta. Madrid, 2002
6 http://www.elcultural.com/noticias/letras/Ramon-Andres-En-el-arrinconamiento-de-las-humanidades-veo-el-avancedel-enemigo/9845. Consultado el 30/09/2016.

 

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