Me ha suscitado sumo interés desde hace ya mucho tiempo la visión de Federico Fellini hacia el Casanova, el famoso conquistador que hizo las delicias de muchas mujeres durante el siglo XVIII.
Giacomo Girolano Casanova nació en 1725 y murió en 1798, por lo tanto, sí disfrutó de una vida suficientemente larga como para dar rienda suelta a sus deseos. Durante muchos años viajó, tuvo una vida muy aventurera, no sólo en Venecia, sino también en Francia y otros lugares e, incluso, se codeó con el rey Luis XV. También fue un gran amante y se cuenta que pudo ser un agente secreto.
Il Casanova de Federico Fellini es una película muy interesante, porque el director italiano logra crear un personaje esperpéntico, donde el sello del cineasta queda presente, como si nos adentrásemos en el laberinto de un sueño donde los personajes tienen aires irrisorios, pasean su vulgaridad por la pantalla, con la ironía imprescindible que ha caracterizado al cine de Fellini durante toda su carrera.
Il Casanova fue realizada en 1976 y fue un encargo que se le hizo al director italiano, sólo leyó las memorias del conquistador italiano una vez que se firmó el contrato para realizar la película y sintió un enorme hastío hacia un personaje que basaba sólo su vida en el mundo del sexo y de la visión idealizada que muchos biógrafos otorgaban a su persona.
No quiero decir que en el cine de Fellini la idea del sexo carezca de ese interés, sólo hay que hacer un repaso a sus películas para apreciar como el fetichismo está presente, como en su afamada Amarcord (1973), donde el pecho enorme de la panadera demuestra que el director italiano siente el erotismo como una condición necesaria para nuestra vida.
En Il Casanova, como dice muy acertadamente Pilar Pedraza y Juan López Gandía en su brillante estudio sobre Fellini en Cátedra, Signo e Imagen (1999), el mundo de la película es: “un mundo habitado sólo por formas que se componen y descomponen, una fascinación de acuario, un desmemoriamiento de profundidad marina, donde todo está completamente aplanado y frío” (p. 281).
Para Fellini, Casanova es un guiñol, una máquina de hacer sexo, un tipo ridículo que exhibe su enorme maquillaje, como si fuese una máscara del carnaval veneciano, un resorte que se obliga a sí mismo a copular cientos de veces para ser aclamado por su resistencia. Bajo la interpretación de un actor de rostro anguloso y extraño, el genial Donald Sutherland (sólo hay que recordar su presencia inquietante y malévola en Novecento (1975) de Bertolucci, personificando al fascista Atilla), el Casanova es un coleccionista de mujeres, todas ellas sin rostro, porque su presencia está imbuida en la farsa, en el gran guiñol que supone la película de Fellini.
Todo demuestra que el director italiano compone una película al servicio del esperpento: las cejas depiladas y la cara blanca de Sutherland, la voz, educada y bien modulada, en las escenas más elegantes, se vuelve grosera en los momentos en que copula como una máquina para exacerbar a través de su potencia a sus envidiosos contrincantes.
Hay dos componentes esenciales en el film para Fellini: el carácter edípico de Casanova, cuya virilidad es solamente el rastro de su amor por la madre, ese deseo de copular con mujeres para sentir que es su madre la que realmente le obliga al sexo.
El otro es el componente sadiano, me refiero a la idea del Marqués de Sade del dolor, el placer de Casanova es el creciente sufrimiento porque su potencia sexual se ve mermada ante tanto exceso, porque ya no existe la idea del sexo como placer sino como una obligación que duele, como si Casanova se infringiese latigazos en la espalda, fustigando su cuerpo, a la vez que hace el amor.
Anna Maria, con su belleza exangüe, como si fuese una mujer que va perdiendo la sangre poco a poco, o Henriette (Tina Aumont), mujer que se hace pasar por soldado a lo largo del viaje a Parma y que feminiza al Casanova, ya que le hace ver su verdadera impotencia ante una mujer real, con un gran parecido con Claudia Cardinale, como nos señala Pilar Pedraza y Juan López Gandía en su certero estudio sobre el cine de Fellini.
Se trata de féminas que dotan a la historia de una cierta elegancia, porque ellas conservan algo humano en sus ojos, en contraste con los seres, ya grotescos que aparecen en una de las escenas más impactantes de la película. Me refiero a la orgía que se lleva a cabo en la pensión de Dresde cuando ha quedado con otra mujer, Isabel.
Aquí, el coleccionista de mujeres se verá obligado a copular con la jorobada y hermafrodita Tedeschina, al igual que con otras mujeres que nos hacen ver a Casanova como un pájaro mecánico (en palabras de los críticos Pilar Pedraza y Juan López Gandía) que sube y baja en su peana.
Se trata de una secuencia llena de lujuria, porque la cama se pone en marcha y viaja por la estancia, como si se tratara de un carrusel donde los muñecos, esperpentos, cosificados por Fellini en su afán caricaturesco, siguen haciendo el sexo desenfrenadamente.
Si esperaba Casanova encontrarse con una amada real e, incluso, humanizada, Isabel, la realidad desmiente ese deseo, ya que se ve obligado a copular con viejas tullidas que se ríen desaforadamente, como si fuesen seres del averno.
En la película, la música acompaña a muchas acciones, música de opereta o de ópera, porque, para Fellini, la vida del seductor italiano está unida a la representación, todo es un gran teatro de marionetas donde el espectáculo nunca alcanza la categoría humana.
Fellini nos introduce en una parada de los monstruos (en homenaje al gran Tod Browning) y exhibe esos seres deformes que le ayudan a crear una película extraña, incluso en su filmografía, cuyo onirismo siempre está presente (sólo hay que recordar La ciudad de las mujeres [1980] o E la nave va [1983]), pero aquí, todo rezuma ese extraño aroma de la farsa, un retrato atroz de un coleccionista de mujeres, desafortunado, porque ya no ama, sino que, como el marqués de Sade, sufre el amor, a través de la mecánica brutal de su pasión sexual.
Relato descarnado, porque Fellini nos enseña ciudades europeas, como si fuesen el escenario de un teatro y, sin duda, nos preguntamos si no es así, como una gran mascarada, como el director concibe la vida a través de su cine magistral.
Ficha técnica
• Adaptación libre de las Storie della mia vita de Giacomo Casanova.
• Guión: Federico Fellini y Bernardino Zapponi.
• Fotografía: Giuseppe Rotunno.
• Música: Nino Rota.
• Escenografía: Danilo Donati
• Maquillaje: Rino Carboni
• Montaje: Ruggero Mastroianni
• Origen: Italia.
• Producción: P. E. A. (Alberto Grimaldi)
• Distribución: Titanus
• Intérpretes: Donald Sutherland, Tina Aumont, Cecily Browne, Adele Angela Lojodice, Sandra Elaine Allen.
• Duración: 170 minutos.












