mayo de 2026

Audrey Hepburn, un ángel en la tierra

Audrey Kathleen Ruston (Ixelles, Bélgica, 4 de mayo de 1929-Tolochenaz, Suiza, 20 de enero de 1993).

Recuerdo a Audrey pasear por Roma, la princesa que ama a Gregory Peck, el periodista que conoce, se les ve en Vespino, ambos tocados por el ángel de la belleza. Audrey, tan fina, que había sido una niña en la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis los asolaron todo. Qué hermosa película Vacaciones en Roma.

Cuerpo de bailarina en Una cara con ángel de Stanley Donen, con el gran Fred Astaire. Audrey en la librería y, de repente, convertida en la belleza que todos hemos amado.

Y la bella Sabrina, dirigida por Billy Wilder, enamorada del galán que siempre fue William Holden, aunque Bogart siente por la joven hija del chófer algo más que afecto. Bella película en blanco y negro, donde vemos a Audrey mirar embelesada a Holden, con su pelo dorado, el chico de Hollywood de la época, pese a que Bogart siempre será el perdedor más famoso de la historia del cine. Sabrina en París y el amor, porque si algo caracterizó a la actriz nacida el 4 de mayo de 1929, era su don de gentes, su generosidad, ese ángel que siempre brindó a todos.

Nadie habló mal de ella, y cuando interpretó Guerra y paz, dirigida por King Vidor, la vida le unió a Mel Ferrer, su gran amor, años de vino y rosas, y luego de infidelidades. Siempre fueron el uno para el otro, pero Audrey se cansó de su ausente marido y se desenamoró.

Nadie estuvo tan bella como Audrey paseando por Tiffany en Desayuno con diamantes, enamorando al bueno y guapo de George Peppard, película elegante, basada en una historia de Truman Capote. Y cantando Blue Moon, Audrey dejaba su impronta, la que la hace eterna, bella y frágil, pura ternura y dulzura.

Siempre fue la mujer que nunca se quejó, que no quiso parabienes, en ningún rodaje y que nunca se consideró una estrella. Hizo buenas migas con el pícaro Peter O´Toole en Cómo robar un millón y… de William Wyler, aunque Peter siempre dijo que Audrey tenía un aire triste y melancólico en la mirada.

Y en Sola en la oscuridad, interpretando a una mujer ciega, mientras una banda de ladrones, interpretados, entre otros, por Richard Crenna y Alan Arkin, asaltan la casa.

Audrey con Cary Grant en Charada, de Stanley Donen, comedia divertida, donde ambos se enamorar, el viejo galán todavía muy guapo y la chica desgarbada y elegante, muy guapa también. Les secundan actores estupendos como James Coburn, Walter Matthau y George Kennedy. Pasear con Cary en el barco que se desliza por el Sena, en París, y cuando el genial actor se ducha con el traje puesto, pocos actores podían resultar tan elegantes mojados y en traje. O la escena muy divertida del baile con una naranja, que no puede caerse. Audrey, siempre Audrey.

Y un poco más otoñal, en la deliciosa Robin y Marian, con el inolvidable Sean Connery, interpretando a Robin Hood. Toda una joya del cine.

Y Steven Spielberg la recupera como un ángel, como no podía ser menos, para Always, mientras dialoga con otro gran actor contemporáneo, no suficientemente valorado, Richard Dreyfuss.

Su labor en UNICEF, su compromiso con los niños pobres y su lucha para erradicar el hambre, la convirtieron en una mujer admirada por todo el mundo.

El cáncer de colón se la llevó con sesenta y tres años, tantos años viviendo en Suiza, su verdadero edén. Si hay una estrella inmortal, que brilla en el cielo esa es Audrey.

Hay dos Hepburns de leyenda, Katharine, la actriz temperamental que tanto nos gustaba y Audrey, la dulzura, el talento y la belleza. Ambas dialogarán en algún lugar del tiempo y nosotros no olvidaremos nunca, cuando Audrey caminaba por Roma con Gregory, o del brazo del señor Peppard por el Nueva York de nuestros sueños. Con permiso del William Holden de Sabrina y de Mel Ferrer, su gran amor.

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