junio de 2026

EL ECO Y SU SOMBRA / Lo de leer en Internet

Fotografía de Marina Sogo

Constatar la pericia ajena, el hallazgo casual o pensado o la ocurrencia creativa está en declive, no se le asigna un prestigio, ni se pondera favorablemente. Parece que cuesta conceder un aplauso, admitir públicamente los méritos de los demás. Como si esa expresión de admiración (también de gratitud) delatara una deficiencia en quien lo manifiesta o lo rebajara. Son tiempos de halago caro, lo cual evidencia que son malos tiempos en muchos otros asuntos. Cunde, no obstante, un cierto tipo de halago, no el correcto, sino otro, menos interesado en la calidad de la circunstancia que lo motiva, mucho más pedestre, burdo incluso. Hoy en día se valora todo lo mediocre, se favorece la irrupción de patrones de prestigio deleznables, que provienen las más de las veces de las redes sociales, esa maquinaria endogámica, fría en ocasiones, pensada para que el contenido importe menos que su estancia, con sus perezosos likes, que no dan ninguna información de la naturaleza de la respuesta, sino que solo ofrecen un gesto. Quién no ha participado en ese juego. No se difunde la noticia de que un científico dé con la cura de un tipo de cáncer (o se le da una propaganda escasa) pero se jalea (hasta la extenuación a veces) la de que un futbolista ha batido un récord o un actor ha ganado un premio en un festival de la Europa del Este o el divorcio de un tertuliano (todo es tertulia) de uno de esos programas de la sobremesa en el que se habla de las piruetas amatorias de unos cuantos desconocidos.

El hombre, escribía Montaigne, es un ser pasmosamente vano, ondulante, añadía. No hay cosa que podamos decir de él sin incurrir en la especulación. A veces se difama; otras se adula. Lo concerniente al alma, por invisible, es frágil, bien, nada que rebatir, pero preferimos rebatir que apoyar. De lo que no se puede ver podemos decir lo que no se puede comprobar. Lo que a alguien le parece digno de lisonja, otro lo refuta o, menos consideradamente, lo ignora. Es peor no prestar atención, no darle ningún peso a lo oído o a lo leído. Sigo ahora con Diderot: «La mentira que nos halaga suele tragarse glotonamente». Luego está la amarga verdad, que se bebe gota a gota, con dolor. Es lo que tiene la estima que uno se dispensa: cuanto más baja es, con más desmesura escuchamos lo que deseamos escuchar, no lo que merecemos, ni lo que corresponde con la realidad, por pobre que se presente. Hablen de mí (decían) aunque sea mal, pero esa frase repetida (afortunada a veces) está haciendo mucho daño. Porque ahora todo es hablar mal, despotricar del otro, convertirlo en un saco de boxeo al que le podemos arrimar sin pudor todos los golpes que se nos antojen. De ahí que se esté convirtiendo en una costumbre inusual la de aplaudir al que nos conmueve o al que nos alegra o a quien demuestra la habilidad de la que nosotros carecemos. También está la pericia en advertir esa habilidad, no crean. El que observa debe haber sido adiestrado en esos manejos de la inteligencia o de la observación. Es entonces cuando con más énfasis y ahínco prorrumpe el aplauso. Aplaudir es agradecer, conceder a quien se le ofrece el aplauso esa gratitud con un gesto sencillo. Sí, como si fuesen likes, pero qué diferencia más enorme hay entre ambos gestos. No sé la de veces en que he aplaudido, pero tengo conciencia clara del entusiasmo con el que ejerzo ese acto sencillo en apariencia (batir las manos en señal de aprobación o de admiración de forma continua) y con el que expreso el contento de mi alma.

Uno se hace su película, la piensa con calma, tienta una cosa y la contraria, la mima en algunos tramos y consiente cierto descuido en otros.  De lo que se trata es de que haya película. Importa el hecho de que exista o de que podamos hablar de ella y referir que es nuestra. Es la propiedad lo que se prestigia, no el uso que se le dé. Haber ido a la librería para comprar el último de libro de moda, sí, ése del que dicen maravillas y se vende tantísimo, aunque no le prestemos atención y repose en su balda, por si la visita le echa un ojo y extrae la conclusión que esperamos y que tiene que ver con lo cultos que somos y lo al tanto que estamos de las novedades literarias. O haber visitado la catedral de la ciudad en la que pasamos una parte de las vacaciones y haber colgado en las redes las fotos más relevantes, las que causarán una impresión más duradera, como si algo que viésemos en una pantalla a vuelaojo tuviera el don de la permanencia. De lo que somos habla lo que tenemos. Estamos en esa esclavitud, en la de la apariencia. No hurgar, no ahondar, no perder el tiempo en un solo objeto (un libro, un paseo, una película, una conversación) sino merodear, olisquear, impregnarse de algo (un libro, un paseo, una película, una conversación) pero sin alcanzar la esencia. Importa (insisto) que haya algo de lo que hablar. Basta con que dispongamos de recursos con los que ir rellenando los huecos que van dejando las horas. Hay que decir que hemos ocupado el tiempo en asuntos interesantes. Decirlo con la idea de que, al ser dicho, cobra vigencia, adquiere el rango de verdad. Decirlo para que alguien lo registre o incluso lo difunda. Porque lo que prima hoy en día es la difusión. Lo viral es lo que triunfa. Uno es viral o no es nada. Este texto entrará en ese juego bastardo también. Se difundirá, circulará arriba y abajo, tendrá su gloria momentánea, si es que tal cosa pudiese acaecer, como si eso de verdad valiese para algo. Se entra a jugar esta partida porque en el fondo se está bien en ella. O porque todo es partida. Eso es. Todo es partida.

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