
Confesiones de un dibujante que se subió al trapecio de un corazón pimpante
Cuando Ángel Guache me invitó a ilustrar Corazón de trapecista, comprendí enseguida que no me estaba pidiendo unos dibujos, sino que me tendía la complicidad de una cuerda floja. Y yo, que nunca he confiado del todo en los suelos firmes, me subí a ella sabiendo que este libro no camina: avanza haciendo equilibrios con una nariz roja de payaso. Así ha sido siempre la poesía de Guache: una poética del riesgo zumbón, del humor como forma de sabiduría y de la sorpresa como estandarte.
En la obra del poeta asturiano lo infantil no es un género menor, sino un estado de libertad. Sus poemas —letrillas, nanas, disparates, sátiras y visiones— forman una partitura vital donde la palabra canta, tropieza y vuelve a levantarse. El poeta es aquí, literalmente, un funambulista sin red que anda de puntillas por el fino alambre de la página en blanco, confiando en que la música interior lo sostenga.
Yo he querido que mis dibujos acompañen ese mismo riesgo. No vienen a explicar los versos, sino a conspirar con ellos. Y en ese ejercicio me acompañan dos viejos fantasmas tutelares: la revista La Codorniz y la Escuela Bruguera. De ellos heredé la convicción de que una línea torpe o torcida puede ser más subversiva que un discurso, y de que el humor —cuando es verdadero— es una forma de resistencia.
Este audiolibro ilustrado convierte Corazón de trapecista en algo aún más fiel a su naturaleza: una obra total donde palabra, música e imagen no se subordinan, sino que se provocan mutuamente. Wagner soñó una fusión solemne de las artes; aquí esa ambición pasa por un filtro travieso, doméstico y absurdo, muy en la línea de Erik Satie, que prefería una buhardilla atestada de polvo, paraguas, máquinas de coser, pajaritas de papel, letras matemáticas y ratones a una majestuosa catedral wagneriana. La poesía de Guache y mis dibujos se reconocen ahí: en ese Gesamtkunstwerk en zapatillas, capaz de entonar a pleno pulmón una metafísica del chascarrillo.

A veces me pregunto —mientras dibujo una nariz descomunal o un personaje grotesco— cómo fue posible que en los pacatos años del nacionalcatolicismo se publicaran revistas y tebeos impresos en rojo y negro, los colores del anarquismo, sin que los censores parecieran advertirlo. Quizá porque creían que el humor era inofensivo. O quizá porque no comprendían que una carcajada puede ser más peligrosa que una proclama o un panfleto.
Lo mismo ocurrió con aquellas narizotas —procaces, inflamadas e intrusivas— tan queridas por la tradición gráfica española. Siempre he sospechado que tenían un inequívoco simbolismo fálico: una burla gráfica al poder, al orgullo, a la autoridad masculina, curil y militar. Pero los dichosos centinelas de la moral y el orden solo veían ingenuos monigotes. Y así, con la presencia inocente del tonto del pueblo, se colaba una energía profundamente transgresora. ¡Qué candor el de los torquemadas de la época!
Eso es también lo que sucede en Corazón de trapecista. Bajo sus canciones para niños y niñas de todas las edades late una mirada libre, irónica, insumisa. Desfilan ante nuestros ojos esqueletos que bailan un tango rijoso, un marcianito —con nombre chistoso de empingorotado vate modernista— que come sandía, pianos que pían en su teclado patituerto, y poetas que hacen acrobacias por el vacío del sinsentido. Pero todo eso no es evasión: es una manera de habitar el mundo sin someterse a su gravedad y a sus leyes.
Mis dibujos, pues, no buscan parecer bonitos ni decorativos. Aspiran a ser otra voz de la orquesta: una trompeta artrítica, una extemporánea turuta, unas castañuelas que entran cuando no toca o un matasuegras de carnaval. En esta obra, donde la palabra se vuelve música y la música escena, el dibujo es un instrumento más, que burla la seriedad con risas, manchas de tinta y “monos” ridículos.

Así, mientras la poesía de Ángel Guache canta, cae y vuelve a subir al trapecio, mis líneas la siguen, la pinchan y la abrazan. No por ironía, sino por amor: el mismo con el que se ha mantenido viva, durante décadas, una manera de crear que sabe que la alegría también es una forma de resistencia.
De modo que entren, miren, escuchen… Pero no se fíen demasiado de lo que ven. Ni de lo que oyen. Porque en este circo excéntrico la tinta —todavía fresca— conspira. Entre coplillas, canciones de cuna, parodias, visiones marinas, animales delirantes y paisajes que parecen soñados por un pasodoble surrealista, este libro supermolón abre un espacio de domingo para la diversión y la chanza.
Acomódense, pues, y asistan a esta función donde la palabra danza por el filo de una sonrisa, la música sopla desde la sombra del asombro y el dibujo abre de par en par ventanas de júbilo.
Y allí, en lo alto del trapecio —bajo la carpa de un juego de naipes— late un corazón. El corazón pimpante de don Ángel Guache.
(Este texto fue publicado por su autor como prólogo al poemario Corazón de trapecista de Ángel Guache (Huerga & Fierro, 2026). El autor es asimismo el ilustrador del libro).











