junio 2021 - V Año

ARTE

Cristóbal Halffter: Posteridad de quien ya era historia viva

El compositor y director de orquesta español falleció el pasado domingo, 23 de mayo, a los 91 años de edad

Imagen: rtve

Tomás Luis de Victoria, Isaac Albéniz, Manuel de Falla, Cristóbal Halffter: ya lo afirmé, en 2014, en mi amplio ensayo de divulgación musical Clásicos a contratiempo. Ése es el eje nominal que, históricamente, describe y explica la evolución y grandeza del arte del sonido en España. Porque Cristóbal Halffter Jiménez-Encina (Madrid, 24 de marzo de 1930 – Villafranca del Bierzo, León, 23 de mayo de 2021) fue mucho más que un músico excelente en materia de composición y dirección de orquesta –además de, por supuesto, en el ámbito pedagógico-. Cristóbal Halffter acertó a sumar su nombre a la tríada fundamental de nuestra música –Victoria, Albéniz, Falla-, y lo hizo gracias a un descomunal talento que se alió con la valentía, y con una honestidad a toda prueba. Hoy, tras su óbito –acaecido tres años y medio después del de su esposa y gran compañera, la pianista Marita Caro-, el maestro es ya posteridad, mas la posteridad, sin duda alguna, de quien ya era Historia viva.

Sobrino de dos insignes compositores de la Generación de la República –dentro del “Grupo de los Ocho” o “Grupo de Madrid”-, Rodolfo y Ernesto Halffter, e integrante conspicuo de la llamada “Generación del 51” –a la que él mismo bautizó de tal manera-, nadie como Cristóbal supo encarnar y protagonizar el definitivo salto de modernidad que la música española necesitaba. Si en las primeras décadas del siglo XX, nuestro arte del sonido había vuelto a la vanguardia del mundo merced a la genialidad de Falla –con El retablo de Maese Pedro o el Concierto para clave y cinco instrumentos-, a partir de la mitad de la centuria, por fin, y gracias a la genialidad de Cristóbal Halffter, nuestra gran música normalizó su presencia en el panorama internacional más avanzado. Bastará recordar cuatro hitos –cuatro formidables hitos- al respecto: el encargo, por parte de Naciones Unidas –con motivo del vigésimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos- de la espectacular cantata Yes, speak out (1968-69), para soprano, barítono, seis recitadores, dos coros y dos orquestas con dos directores; el Officium Defunctorum de 1978, con destino a la Radiodifusión Francesa; la filmación, en 1979, y a cargo del realizador Christopher Nupen y la productora Allegro Films, de las impresionantes Elegías a la muerte de tres poetas españoles, con la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín y el propio maestro en la dirección –la obra, de 1975, y cuyo protagonismo descansa en las venerables figuras de Antonio Machado, Miguel Hernández y Federico García Lorca, había sido solicitada y estrenada previamente por la Orquesta del Südwestfunk de Baden-Baden-; y, ya en tiempos más recientes, la sobrecogedora partitura del Adagio en forma de rondó, de 2003 –con los atentados del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York, como inspiración insoslayable-, escrita nada menos que por encargo del Festival de Salzburgo, para su interpretación por la Orquesta Filarmónica de Viena (¡!). Fue la coronación, ya no sólo definitiva sino grandiosa, de un autor que, para asombro de la música de nuestro país, y como muy oportunamente ha recordado José María Sánchez Verdú, “pertenecía a la histórica familia de los compositores fijos de la editorial Universal Edition de Viena, siguiendo la estela de Mahler, Schönberg, Webern o Boulez”. La coronación, sí, de un músico que, estética y cívicamente, había sabido plantarle cara al tardofranquismo con mucha inteligencia y mucho valor, y que acabó saliendo victorioso de todas las batallas que emprendió en favor de la memoria, la reparación, la justicia y el progreso.

Las cuatro obras mencionadas anteriormente son ejemplos extraordinarios del triunfo de Cristóbal Halffter, y también de la razón que lo explica: su estilo de vanguardia gozó siempre de una arrolladora capacidad de comunicación. Por muy difíciles que pudieran antojarse sus técnicas compositivas, o por muy abstractos que, algunas veces, pudieran parecer sus resortes creativos, un instinto profundamente dramático otorgaba a todos sus compases una verdad reconocible. Instinto del que por supuesto hizo gala en sus tres excepcionales óperas –nacidas ya en el último tramo de su carrera: Don Quijote (2000), Lázaro (2008) y Novela de ajedrez (2013)-; instinto que, no obstante, iba mucho más allá de una concepción escénica de la composición. Igual que Shostakovich, Halffter supo captar, con acentos explícitos, en toda su crudeza, la tragedia inherente al devenir histórico contemporáneo; pero, situado en unas coordenadas estilísticas muy divergentes, su labor estética fue otra, y fue mayúscula: superar la influencia francesa y, partiendo de Stravinski y Bartók, apartar a la música española de cualquier tentación paralizante de nacionalismo tardío, de manera que toda una tradición sonora desembocase con naturalidad primero en Viena, en el serialismo dodecafónico, y luego en el serialismo integral o en la música concreta, aleatoria o electrónica. Cabal vanguardia, pues, decantada en un lenguaje, tantas veces orquestal, “de enorme fuerza expresiva, universal por su técnica, muy español por su raíz y fuerza”, según ha enfatizado Tomás Marco.

Secuencias, Anillos, las Sinfonías para tres grupos instrumentales, la cantata Symposio, el Réquiem por la libertad imaginada, la Noche pasiva del sentido –inspirada, obvio es, en San Juan de la Cruz-, para una soprano, dos percusionistas y tres magnetofones… Estas líneas urgentes, que no pueden dar cuenta de todas las obras imprescindibles del maestro, sí quieren detenerse en otras tres partituras de brillantez sensacional, especialmente indicadas para descubrir no sólo el universo halffteriano, sino también su forma más explícita de recrear el pasado musical de nuestro país –sin renunciar a recuperaciones puntuales del sistema tonal, si ello cuadraba-. El divertimento para orquesta titulado Halfbéniz se basa en la memorable célula motívica de la que parte todo el material de “El Albaicín”, primer número del tercero de los cuadernos de la Suite “Iberia”, del aludido Isaac. Por su parte, el irresistible Preludio para Madrid ’92 –escrito, para coro y orquesta, y para ese año emblemático, como festejo de la Capitalidad Cultural Europea de Madrid-, se toma incluso la licencia de mejorar, expresiva y constructivamente, el Fadango para clavicémbalo del padre Antonio Soler. Por último, pero en lugar principalísimo, debe subrayarse la obra sinfónica de Cristóbal Halffter que ha alcanzado, con toda justicia, mayor difusión planetaria: el Tiento de primer tono y batalla imperial, de 1986, encargada por la ciudad de Basilea, y con la que el maestro homenajeó al gran director de orquesta Paul Sacher al cumplir 80 años. Escrita sobre sendos originales para órgano de Antonio de Cabezón y Juan Bautista Cabanilles, la obra es “puro Cristóbal Halffter”, como José Luis García del Busto ha señalado alguna vez. Ráfagas de vanguardia convulsionan el lento avance del “Tiento” de Cabezón, hasta propiciar la irrupción fulgurante de la “Batalla” de Cabanilles. El trabajo orquestal del maestro, absolutamente antológico, parece resolverse en un silencio profundo, pero es aquí cuando acontece un lance de genio estremecedor: disonancias tremendas, “in crescendo”, surgen y se adueñan del discurso, mostrándonos, salvajemente, la otra cara de la batalla, el horror verdadero de la guerra, sin duda el destino terrible, fratricida, que aguardaba a nuestro país con el correr de los siglos. Pero la música y la cultura se imponen al cabo, libres ya de toda funesta connotación, símbolos inviolables de la belleza, y los compases postreros colocan a la partitura ante su triunfo apoteósico.

Igual que hice en Clásicos a contratiempo, no me resisto a recordar unas palabras de Cristóbal Halffter, cabalmente reveladoras de su probidad artística y de su sencillez: “El compositor escribe su partitura, piensa en su música como algo normal y agradece profundamente que alguien se ocupe de lo que hace”. La gratitud ha sido nuestra, y siempre será nuestra, pues la creación de tan genial maestro llegó para quedarse entre nosotros. Nació para la posteridad. Quienes, además de admirarlo, lo tratamos y quisimos; quienes gozamos también de sus lecturas, de su atención, de su interés por nuestro trabajo en las letras y las artes –Cristóbal era un hombre de gran curiosidad y de insaciable apetito cultural- tenemos, en esta hora difícil, el consuelo de una música, la suya, que nos habla –con una rotundidad raras veces conseguida- del valor, el progreso y la dignidad del ser humano. Una música, la suya, que nos hace mejores.

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