abril de 2026

La Semana Santa y el Cine (III)

Los Cristos antagónicos de Martin Scorsese y Mel Gibson

Analizar La última tentación de Cristo (1988) de Scorsese y La pasión de Cristo (2004) de Gibson es sumamente interesante porque, aunque ambas parten de los mismos episodios evangélicos, operan en longitudes de onda espirituales y cinematográficas totalmente opuestas. Mientras Scorsese se centra en la psicología del hombre, Gibson se enfoca en la sacralidad de la expiación.

La diferencia fundamental radica en qué aspecto de la naturaleza de Jesús (humano vs. divino) decide enfatizar cada director.

El italo-estadounidense se acerca a Cristo —interpretado por Willem Dafoe— como una figura en conflicto, un hombre torturado por la duda, el miedo y el deseo, que se siente indigno de la llamada de Dios y lucha contra sus impulsos humanos. La película —escrita por Paul Schrader y basada en la novela homónima de Nikos Kazantzakis de 1955— explora la tesis de que, para que el sacrificio de Cristo sea real, la tentación de vivir una vida ordinaria (casarse, tener hijos, envejecer) debe ser genuinamente atractiva y difícil de rechazar. Plantea, pues, una dualidad psicológica donde la relación con lo Divino es una interacción dialéctica que, a ratos, es angustiante. Este Cristo no tiene todas las respuestas desde el principio; las va descubriendo a través del error y la crisis existencial.

El Cristo (James Caviezel) del cineasta australiano por el contrario está tratado como un icono y un mártir: es una figura mucho más estoica y decidida. Aunque experimenta agonía en Getsemaní, su divinidad es palpable a través de su capacidad sobrehumana de resistencia. Gibson se apega a una visión más mística y dogmática, influenciada por las visiones de Ana Catalina Emmerick. Es el tradicional “Cordero de Dios” que acepta voluntariamente un destino predeterminado. La película presenta una batalla clara entre el Bien y el Mal —la Lucha Cósmica—, con representaciones físicas de Satanás, algo que en la película de Scorsese es mucho más interno y sutil.

Ambas son películas clasificadas para adultos, pero el propósito del uso de la violencia en cada una de ellas es radicalmente distinto.

La crucifixión de Scorsese

En La última tentación, la violencia es un medio para un fin. La cámara de Scorsese se interesa más en el rostro de Dafoe y sus diálogos internos que en el detalle de los clavos o los azotes. Es una violencia católica-existencial y, por tanto, simbólica y estética. La crucifixión es dolorosa pero no se recrea en la anatomía del daño y el escarnio: es el escenario donde transcurre la “batalla mental” de un hombre lacerado. Scorsese pretende enfatizar, pues, la liberación espiritual y el triunfo sobre la tentación final.

Gibson, en el otro extremo, utiliza la violencia como una herramienta de choque: el martirio lo convierte en espectáculo. No escatima ningún esfuerzo a la hora de abusar de todo tipo de efectos especiales con el propósito de mostrar carne desgarrada y pérdida de sangre. Se argumenta que su estilo roza el gore —pura casquería nauseabunda—para asegurar que el espectador no pueda ignorar el sufrimiento físico y el coste de la redención. Es una violencia devocional, visceral e hiperrealista, diseñada para que este sienta culpa y gratitud: así busca generar en él una respuesta catárquica. Para Gibson, si el sufrimiento corporal no es insoportable, el sacrificio se diluye. El uso de la violencia explícita —que raya el sadismo más salvaje y crudo— se aproxima a las mortificaciones viscerales y asfixiantes de los conocidos Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola en los que el alma se abre en canal bajo el inclemente escalpelo del remordimiento. El largometraje acaba convirtiéndose en un teatro de Grand Guignol —“teatro de los horrores”—, que recuerda aquellas atracciones turísticas populares del París decimonónico, los macabros entretenimientos de terror gráfico que tanto han influido en el slasher y el gore actuales.

En suma, si Scorsese hizo una película sobre la fe como un combate interno, donde el mayor peligro para Jesús no es la cruz sino la posibilidad de una vida cómoda y normal, Gibson hizo una película sobre el sacrificio como un acto físico absoluto, donde la divinidad se muestra a través de la capacidad de absorber el castigo más brutal imaginable.

Mientras que una invita a la reflexión teológica y filosófica, la otra busca una respuesta emocional y espiritual primaria por medio de la contemplación del dolor físico.

Como no podía ser de otro modo las reacciones del Vaticano ante ambas películas fueron diametralmente opuestas, reflejando no solo el contenido de los filmes, sino también el clima cultural de sus respectivas épocas (entre las dos producciones hay una diferencia de tres lustros). Si una (Scorsese) se recibió con un rechazo casi absoluto, la otra (Gibson) fue acogida con una aprobación (aunque cautelosa) que rozó el respaldo institucional. Hay que señalar que, aunque el papa Juan Pablo II era el garante de la fe —desde su solio de declarado conservadurismo— cuando se estrenaron las dos cintas, en 1988 estaba en la plenitud de su vigor y en el 2004 ya se encontraba severamente afectado por el Parkinson y las secuelas del atentado de 1981. Así pues, el clima en el interior de la Santa Sede era bien distinto.

La última tentación era una afrenta directa a la fe católica, según la ortodoxia del clero, que vio en La pasión de Cristo un elemento de propaganda de primer orden a lo que contribuyó el hecho de que Gibson es un creyente ultratradicionalista. La primera tuvo la Condena Oficial de Roma que la calificó como “moralmente ofensiva”. Aunque no hubo una excomunión formal para Scorsese (quien siempre se ha definido como un católico con dudas), la jerarquía eclesiástica la anatemizó incluyéndola en la categoría de obras que ninguno de sus fieles debería ver. Lo que más indignó a la curia fue la secuencia del sueño en la cruz: la imagen de Jesús manteniendo relaciones sexuales con María Magdalena —aunque fuera dentro de una tentación imaginaria— fue considerada una blasfemia que atacaba la pureza y la divinidad de Cristo. Radio Vaticano y diversos obispos alrededor del mundo encabezaron protestas poniendo en marcha boicots organizados. En muchos países de tradición católica, la película fue censurada o prohibida durante años.

La crucifixión de Gibson

En el caso de La pasión de Cristo, esta se movió entre la aprobación y el silencio. Tras una proyección privada para el papa, circuló una frase que dio la vuelta al mundo: “It is as it was” (Es como fue). Aunque el Vaticano nunca confirmó oficialmente que el pontífice hubiera dicho esto (y luego intentaron matizarlo para no parecer que daban un sello de aprobación infalible a una obra de ficción), el eslogan sirvió como la mejor campaña de marketing posible. A diferencia de la película de Scorsese, la de Gibson fue elogiada por muchos sectores del Vaticano por su fidelidad a las Escrituras y su capacidad para recordar al mundo moderno el “precio” del pecado a través del realismo más descarnado. El único punto donde la Iglesia mostró ciertas reservas fue en la representación de las autoridades judías de la época, cuidando de que la película no reavivara sentimientos antisemitas, algo que la Iglesia había tratado de erradicar desde el Concilio Vaticano II para distanciarse de la inaceptable pasividad del papa Pío XII frente al Holocausto.

Con el tiempo, la relación de Scorsese con el Vaticano ha dado un giro de 180°. En años recientes, el Papa Francisco —dado su talante aperturista— ha recibido al cineasta en audiencias privadas y ha elogiado su cine, especialmente tras su película Silence (2016). El director incluso anunció que estaba trabajando en un nuevo proyecto sobre la figura de Cristo tras una petición directa del pontífice de “hacer que veamos a Jesús”.

Actualmente, la violencia gratuita de Gibson solo satisface a las sectas más reaccionarias y fundamentalistas que se han quedado ancladas en el tiempo.

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Archivo Entreletras

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