
Son numerosas y diversas las concepciones, las maneras de pensar y de creer respecto al mundo y la vida que han tenido vigencia y fieles discípulos a lo largo de la historia humana. Pero, si nos centramos en el ámbito del pensamiento filosófico, ninguna otra escuela ha logrado seguramente mayor difusión popular que el estoicismo, y no por su particular sistema de afirmaciones y doctrina, desconocido muchas veces por los más, sino por el reconocimiento y la admiración que provoca el precepto moral estoico de manifestar fortaleza frente a la adversidad y permanecer sereno y digno ante la desgracia. Tratamos, sin duda, con el ideario más importante y notorio de la filosofía helenista en el mundo greco-romano, cuya influencia llegará hasta nuestra época a través de los padres de la Iglesia y filósofos ilustres como Spinoza, Kant y Nietzsche.
El estoicismo, fundado por Zenón de Citio hacia el año 300 a.C. en la Estoa Pecile o “pórtico pintado” del ágora de Atenas, y de la palabra griega stoá (pórtico) tomará nombre la escuela estoica, mantiene como doctrina esencial la divinidad de la Naturaleza cósmica o Zeus (el alma del mundo, el dios). Y por esta razón se ha de vivir de acuerdo con la Naturaleza/Dios, tal como escribe el emperador estoico Marco Aurelio: “Bienvenido sea cuanto acontece, aun si parece duro, porque contribuye a la salud del universo y la felicidad de Zeus. Puesto que Él no habría acarreado esto a nadie si no fuera provechoso para el Todo” (Meditaciones, V, 8).
Por consiguiente, para el estoicismo este es el mejor mundo posible, al igual que el filósofo y matemático alemán Leibnib sostendría lo mismo a su vez bastantes siglos más tarde. Y albergando esta convicción, todo cuanto suceda, sea grato o no, se deberá aceptar de buen grado, pues estará facilitando la armonía universal de la Naturaleza y será bueno por lo tanto. Evidentemente, el estoico, humano en definitiva, mantiene una actitud de preferencia o de rechazo ante lo que ocurre, sin embargo, por su creencia, no se halla en situación de juzgar acerca de la mayor o menor bondad de aquello que le ocurre y, por consiguiente, ha de observar los acontecimientos con cierta indiferencia. Se trata de aceptar todo o nada, porque los hechos, favorables o perjudiciales, están regidos por un propósito divino inmanente a ellos que actúa en beneficio de los seres racionales. Teología optimista que lleva a los estoicos al amor fati, amar el destino y procurar vivir su existencia de acuerdo y en conjunción con la Naturaleza/Dios.
Un ánimo, el estoico, que, al margen de épocas y usos, siempre ha causado admiración popular por su innegable entereza, hasta permanecer como el término lingüístico utilizado comúnmente para definir a quien se muestra fuerte y ecuánime frente a la adversidad y mantiene la serenidad en cualquier coyuntura por grave que resulte. No obstante, una cosa es poseer un carácter estoico tal como recoge el diccionario y otra cosa muy diferente, como parece obvio, es creer y perseverar en la doctrina estoica a la manera en que lo hacían los antiguos greco-romanos o, de igual modo, poder entender y aceptar el mundo de la vida al modo teológico de Leibnib. Pero, aunque a primera vista el código de comportamiento estoico poco parece tener que ver con el pensamiento de la filosofía naturalista contemporánea, acaso se pueda hallar algún punto de relación o concordancia.
Los principios fundamentales de la filosofía naturalista moderna, ajenos y opuestos por completo a la doctrina estoica como se comprobará, son tres: 1) el rechazo de toda idea trascendente o idealista que apele a lo sobrenatural; 2) no se puede comprender y explicar la realidad a partir de un supuesto primigenio, una ontología o filosofía primera a priori que lo explique todo. La naturaleza no se concibe como una noción de índole supraempírico, aunque no fuera necesariamente de carácter divino, como por ejemplo el Ser de Parménides o el Nirvana budista; y 3) la ciencia, por su alto nivel epistémico, representa un saber que los filósofos deben de tener en cuenta.
Desde la convicción naturalista se afirma la idea de que todo cuanto existe, incluyendo los estados mentales y los fenómenos sociales, es accesible y es un objetivo adecuado para la investigación y la explicación empírica. Por consiguiente, no cabe metafísica alguna, solo cabe una ontología entendida como ciencia del ser que se agota en la naturaleza, puesto que la entera realidad es de carácter natural. Y es por esto que el cerebro-mente se ha de considerar un organismo, un sistema nervioso complejo actuando en un medioambiente físico-natural y también simbólico-cultural.
Y, si partiendo de la doctrina filosófica estoica, se ha de aceptar y dar por bueno todo cuanto les suceda a los seres humanos, dada la condición divina de la Naturaleza y de los acontecimientos mejores o peores que Zeus/Dios dispone en beneficio de las criaturas racionales, desde una concepción naturalista también ha de existir necesariamente la aceptación de aquello que sobreviene por causas naturales e insuperables en el mundo de la vida, aunque sea partiendo de una convicción filosófica opuesta y contraria a la del estoicismo. Pues por fuerza, y debido a nuestra condición instintiva, sentimental, racional e intelectual, sabemos que hemos de acomodarnos a aquello que somos: seres biológicos con una manifiesta limitación, la muerte. Seres vivos por un tiempo que hemos de intentar sobrevivir, concertarnos de la mejor manera posible con el medio donde transcurre nuestra existencia y procurar además que esa existencia nos pueda parecer digna y merecedora de ser vivida.
Comprender lo que somos, lo que deseamos ser y lo que nos cabe esperar, nos transforma en seres lúcidos, seres vivos que conocen sus debilidades y límites, y que no ignoran que el mundo de la vida no es exactamente el mejor mundo ni acaso el más deseable y que, por otra parte, al contrario que los estoicos, carecemos de coartadas trascendentes que puedan dulcificar y embellecer aquellos aspectos del mundo que no nos agradan. Pero, puesto que la naturaleza es la que es y nosotros somos lo que somos, y este ser patente está suficientemente acreditado, sobran excusas y lamentos. El ser es, como afirmaba Parménides, el creador de la ontología. Se trata de un ser natural, eterno e inconmensurable. Y nosotros, seres naturales y biológicos, seguimos el impulso primordial de supervivencia, porque solo en caso de depresión profunda, de situación personal insostenible, de sacrificio justificado, de mera insensatez o de locura, apostaríamos por anticipar la muerte. Y a veces, para sobrevivir o para enfrentar los problemas y sinsabores existenciarios, hemos de mostrar también la fortaleza y el ánimo propio de los estoicos.
Actitud resiliente que otros pensadores griegos, aun no siendo de ideario estoico, se encargaron de manifestar y recomendar asimismo, al proponer ideales de vida sabia tales como la autarquía o autosuficiencia, el bastarse a sí mismo, la ataraxia o impasibilidad, no alterarse por las preocupaciones y necesidades, y la aponía o ausencia de dolor. Al final, fórmulas, todas ellas exigentes, para soportar y combatir las dolencias e imposiciones biológicas, la acción neutral de las fuerzas naturales y los infortunios causados por el azar, así como los padecimientos y crueldades que el propio ser humano impone a otros seres humanos.
Sin embargo, a pesar de que la existencia, considerada en líneas generales, pueda no ser la mejor de las existencias deseables, al igual que el mundo que habitamos tampoco parece ser el mejor de los mundos posibles, tampoco podemos calificar como absurdos el mundo o la existencia como afirmaban los filósofos existencialistas siguiendo la estela del angustiado pensador danés Kierkegaard. Porque el mundo y la vida, no necesitan coartada, ocurren simplemente, acontece que existen y que esa es su finalidad y su sentido. El mundo de la vida no requiere ningún otro argumento para justificar su existencia, ni tiene por qué ser más complaciente con la especie humana que con las otras criaturas, lo que es justo y adecuado, pues ningún organismo vivo ha elegido ser y aún menos ser aquel que es. Lo único absurdo será no querer aceptar nuestra realidad y, llevados por el orgullo antropocrático propio de nuestra especie, pretender otros destinos más propicios y a la medida de nuestros deseos, aunque sobre esto ya hay y ha habido bastantes especulaciones y supuestos imaginarios de toda laya y gusto a lo largo de la historia humana.
Mas lo indudable es que nuestro único mundo posible es este y en él experimentamos todo lo bueno y lo malo de nuestras vidas, en él hemos nacido y en él moriremos, sus días son los nuestros y nuestras son las sociedades y culturas donde se desarrolla nuestra existencia, así como nuestra es la historia presente, pasada y futura de la especie. Y precisamente por esto, existir, para nosotros, no es ni puede ser solo sobrevivir o hacer de la vida un lugar de paso, o atrincherarnos en el sálvese quien pueda. Porque a pesar de que, como individuos, tendemos al egoísmo y la autocomplacencia, tenemos también obligaciones colectivas por ser individuos socioculturales. Una condición personal que debe implicarnos en el esfuerzo de contribuir a hacer realizable no un mundo utópico sino un mundo más equilibrado y justo, objetivo todavía distante e incierto. Esta tarea de profundizar y extender el bien común, larga y dificultosa sin duda, es más que suficiente para añadir valor y reforzar el sentido nuestras vidas.
Y vuelvo a remitirme a los estoicos, personas capaces de encarar y soportar los retos y las decepciones con ánimo vitalista y decidido, sin dejarse arrastrar por la decepción y la amargura. Ellos podían hacerlo porque estaban animados por la convicción de una creencia. Pero nosotros, además de atender los compromisos y fines propios de nuestras vidas, contamos o deberíamos de contar asimismo con implicarnos en la empresa común de propiciar un mundo más equitativo y razonable para todos. No parece una esperanza o una ilusión tan aleatoria, imaginativa y suplicante como la que ofrecen tantas presunciones y creencias que funcionan con éxito evidente. Propósito arduo tal vez por nuestra misma condición de ser criaturas naturales e instintivas. Pero el mundo de la vida no parece que se vaya a detener tan pronto y, desde luego, solo de nosotros, como resulta bastante entendible y obvio, depende nuestro futuro. ¿No vamos, por tanto, a intentar emular en cierta medida a los estoicos para soportar las dificultades, manifiestas también, que se oponen al establecimiento de un mundo mejor para la humanidad?
Tenemos razones suficientes, tanto en el ámbito particular como en la esfera comunitaria, para afirmar que nuestra existencia atesora finalidades personales y posee sentido. Mas queda pendiente todavía asumirnos a nosotros mismos con objetividad y seriedad de modo definitivo y sin excusas ni cómodas renuncias. Responsabilizarnos. Ampliar y reforzar el carácter y las condiciones de la vida humana. De todas las vidas humanas. No es sencillo ni es poco. No nos falta tarea.












