marzo de 2024 - VIII Año

Cicerón: un ciudadano culto, inteligente y contradictorio que vivió el derrumbamiento de la República romana

Los excesos destruyen las capacidades
Plutarco

Desconocemos, casi por completo, muchos aspectos significativos del pasado. Lo que ocasiona un adanismo vergonzante, así como una clamorosa escasez de datos fiables para analizarlo. Por otra parte, demasiadas biografías y apuntes biográficos miran mucho más hacia fuera que hacia adentro.

Ni es cierto que la historia se repita, ni que ‘los fantasmas del pasado’ estén muertos y enterrados. Sabiamente, historiadores y pensadores del mundo clásico nos advirtieron que la historia es maestra de la vida, aunque no se tengan en cuenta sus consejos por acertados que sean.

Entre unas cosas y otras, no somos muy conscientes de que por ejemplo, en los últimos veinticinco siglos, el ser humano con sus virtudes y sus defectos, sus grandezas y sus miserias… y, sobre todo, con sus contradicciones, no ha cambiado tanto como a veces pensamos.

Se puede ser culto e intuitivo, erudito y sabio… y, al mismo tiempo, cobarde y sin especiales dotes para triunfar en medio de las turbulencias de una vida pública y política que se iba deteriorando y no presagiaba nada bueno.

El periodo republicano –con sus aciertos y errores- fue una etapa admirable. Los romanos confiaban en el Estado, idearon un conjunto de normas, proyectos y leyes para garantizar la estabilidad, fueron sobrios y lograron extender su modelo civilizatorio. Quizás la corrupción, quizás la ambición desmedida de poder de algunos políticos y generales, quizás la pérdida de energía y vitalidad, el caso fue que la República y los valores que la habían hecho fuerte se agrietaron, se debilitaron… y dieron paso a formulas dictatoriales que hoy conocemos como la época del Imperio. Con la República se perdieron libertades y valores de una indudable importancia cívica.

Los romanos del periodo republicano tenían en alta consideración y practicaban virtudes viriles, entre ellas pueden citarse crear, luchar, servir y ayudar. Por otro lado, como hombres Íntegros rechazaban cualquier forma de opresión moral.

Nada que ver con el clima abyecto que se percibía en el ambiente y que anunciaba el advenimiento de un tiempo de decadencia, abusos y arbitrariedades.

Cicerón consigue lo que solo unas cuantas figuras de la historia han logrado y que no es otra cosa que captar y reflejar con propiedad y rigor el tiempo que le tocó vivir. Es, si sabemos escudriñarlo, un espejo en el que podemos miramos y que nos sigue reflejando veinte siglos después. Presagió la sin razón que asomaba por el horizonte y ese es sin duda, otro de sus méritos.

En Roma durante la República era posible el ascenso social, si se tenían disposiciones y actitudes especiales. No es que fuera una meritocracia, era una sociedad esclavista, mas destacar por su oratoria, administrar los asuntos públicos con habilidad y eficiencia o ser un ciudadano respetado por su integridad y valor, sin duda, abría puertas y brindaba oportunidades.

Desde hacía tiempo, existían disputas entre quienes pertenecían al linaje aristocrático y quienes habían ido escalando puestos, teniendo su origen en la plebe. Las guerras civiles o las figuras de Mario y Sila dan prueba de ello.

Por lo que respecta a Marco Tulio Cicerón, fue un ciudadano dotado de no pocas cualidades, destacó como jurista, orador, filósofo y escritor. Quizás lo que más me interesa de él, existiendo no pocas cosas en las que detenerse, es que ‘sus escritos’ son de gran valor para tener acceso a la vida cotidiana de los romanos, a sus pensamientos, preocupaciones, estados de ánimo, ambiciones y frustraciones. Es decir, la cara casi siempre oculta de la historia.

Tuvo no pocas contradicciones y debilidades. Conociendo, aunque sea someramente la Roma que le tocó vivir, nos damos cuenta de los numerosos aspectos comunes que existen con las sociedades actuales especialmente en épocas críticas como la nuestra, tan versátiles y tan líquidas.

Preguntémonos ¿cómo era? Desde luego, elitista y poseído de sí mismo. Se ha llegado a decir de él que era el hombre más civilizado de su época. Tuvo una educación rigurosa. Adquirió conocimientos sólidos de oratoria y de derecho. Conocía bien el griego, admiraba la cultura helena y llegó a adquirir una formación filosófica bastante completa que le permitió dotarse de un pensamiento ecléctico y de introducir en el mundo romano las principales corrientes, tanto de la filosofía clásica como las del periodo helenístico. Su estancia en la ciudad de Atenas, la recordaría siempre y le permitió absorber cuanto pudo del pensamiento y de la civilización griega.

No conocemos bien a Cicerón. Hay muchas cosas que se nos escapan entre los dedos. Pensemos en las Cartas a Ático que han llegado hasta nosotros, a través de copias y, que nos permiten ahondar en sus preocupaciones intelectuales y existenciales y, también, a través de la confianza y de la amistad que tuvo con su condiscípulo, a sincerarse y darnos a conocer detalles de su intimidad. Estas epístolas son esenciales para conocer a Cicerón ‘por dentro y desde dentro’.

Hubo ocasiones en que fue prudente en exceso, incluso cobarde y voluble, lo que al fin y a la postre acabó costándole la vida. De sus escritos pueden extraerse valoraciones sugerentes de hechos históricos y, sobre todo, su interés por las distintas escuelas griegas que procuró enlazar en una visión de conjunto… practicando en este sentido un eclecticismo revelador. Pese a esto, aparecen aquí y allá, elementos de la escuela escéptica y estoica mucho más abundantes que del resto.

De sus obras, aunque sea brevemente, comentaré más tarde De república, De legibus y De senectute. Estuvo muy interesado toda su vida por el lenguaje de la moral y por la especulación filosófica, aspectos estos en los que no se ha insistido mucho.

Me atrevo a sugerir que quienes busquen adentrarse en ese Cicerón desconocido y más allá de los tópicos al uso, que lean y mediten sobre sus Cartas, que merecen una atención pormenorizada. ¿Para qué se escriben cartas? Tenemos casi olvidado el género epistolar, sin embargo, las cartas escritas a lo largo de veinte años, muestran, entre otras cosas, sus gustos y su estilo de vida. Podíamos imaginar que amaba los libros, pero ahora lo sabemos fehacientemente, gracias a ellas conocemos sus opiniones sobre los esclavos, aspectos de no poco interés sobre su familia y sus propiedades, por ejemplo lo orgulloso que se sentía de su lujosa mansión en el Palatino, que cuando cayó en desgracia, sus enemigos destruyeron. Y, sobre todo, el afecto y el cariño que tenía por su hija Tulia y los pensamientos lúgubres que se apoderaron de él cuando murió a consecuencia del parto, a la edad de treinta años. Tiene asimismo, mucho interés conocer sus predilecciones sobre los autores griegos que no sólo expone, sino que justifica. La falta de espacio me impide, muy a pesar mío, hacer algunas consideraciones al respecto.

Cicerón por Pedro Berruguete

Su actitud y, en cierto modo su ideología, ante los acontecimientos pecaba de un cierto conservadurismo. Sin embargo, con respecto a su familia, especialmente a su hija Tulia, no se comportó como un ‘paterfamilias’ sino como un padre afectuoso. Existía incluso una clara complicidad entre ambos.

Podemos valorar el ingenio de Cicerón. Su estilo es brillante y cautivador. Cuando emite comentarios sobre acontecimientos del momento, sus opiniones mordaces y sus bromas un tanto punzantes e incisivas, sin excluir sus sátiras, lo convierten en un creador fascinante.

Un buen conocedor de su biografía y de su entorno, Robin Lane Fox, rastreando establece unos supuestos de lo más reveladores. Por ejemplo, percibe con lucidez que la República estaba moribunda, que los tribunales de justicia habían pasado a ser irrelevantes y que acostumbraban a venderse al mejor postor, a quienes estaban dispuestos a entregar generosas dádivas a cambio de los favores que pretendían. Cicerón sentía un odio visceral hacia quienes van adquiriendo cada día más fuerza… y traen consigo el peligro de acabar con la República.

Debe valorarse que fue un decidido defensor de la tradición y sus valores y que combatió las tentaciones dictatoriales y totalitarias que se veían venir. Logró, durante un tiempo, capear el temporal, mas durante el Segundo Triunvirato, fue detenido y asesinado cuando intentaba huir. Ya, por entonces, la República tenía los días contados.

¿Cuál ha sido la influencia y transcendencia del pensamiento de Cicerón? Sin duda, mucha. Algunos autores sostienen que cuando Petrarca lee y analiza sus Cartas estamos asistiendo al momento inaugural del Renacimiento. Naturalmente, su proyección va más allá. De una u otra forma, los pensadores ilustrados lo reivindican y lo tienen en cuenta, especialmente por sus Tratados de contenido político. Pensemos en David Hume, John Locke o Montesquieu, todos sin excepción, lo señalan como el pensador más representativo de los años crepusculares de la República romana.

Una de sus preocupaciones primordiales fue, durante la mayor parte de su vida, la filosofía moral. Puede afirmarse que fue un escéptico moderado que, poco a poco, interiorizó los planteamientos sustanciales de la filosofía estoica. Por otro lado, le gustaba citar a Aristóteles por su rigor lógico, mas siempre tuvo una especial predilección hacia la Academia platónica.

En su andadura vital, las dudas y vacilaciones le cerraron muchas puertas. En lo que a la política se refiere era inseguro, llegando a practicar una especie de tercera vía que le restó credibilidad… al final decidió apoyar a quienes defendían el sistema republicano, tal vez fuese demasiado tarde.

Hago estas consideraciones para que el lector tenga presente que hay un Cicerón más allá de las Catilinarias. De lo que no cabe la menor duda es que advertía con plena conciencia, los peligros que se avecinaban. Es más, a partir de un momento determinado, renuncia a la vida política y escribe textualmente “a partir de ahora trataremos de servir a la patria con nuestros escritos y con nuestros libros”.

Para mí ese es el verdadero Cicerón. Su lucidez se pone de manifiesto cuando vaticina la desintegración de la República… lo que acarrearía el advenimiento de gobernantes dictatoriales, soberbios y destructivos. Una vez perdidos los pesos y contrapesos que habían mantenido al sistema republicano… lo que para él era un desastre, se avecinaba.

De esta época es asimismo su Panegírico a Catón, al que califica dolorosamente como el último republicano. Un rasgo de valor en esta etapa final de su existencia son sus famosas Filípicas, que para su desgracia no tuvieron ni el mismo efecto, ni el mismo éxito que las Catilinarias. En una de estas Filípicas, concretamente en la decimocuarta, pone de manifiesto abiertamente, su miedo a ser asesinado por los antirrepublicanos. Se cumplió el vaticinio con una precisión milimétrica.

Cicerón no solo fue un espíritu culto y sensible, que amaba los libros y que se dotó de una excelente biblioteca para poder tener largas conversaciones con quienes pertenecían a otras épocas, pero estaban unidos por afinidades selectivas, pongamos Platón.

Cicerón denuncia a Catilina por Cesare Maccari, 1889

Puede decirse que fue un espíritu libre y que valoró extraordinariamente ‘su libertad interior’. Sus afinidades y preocupaciones traspasan el tiempo. Es especialmente significativo lo que siglos más tarde opina Michel de Montaigne encerrado en su castillo, cuando dialoga con él, leyendo sus reflexiones y angustias. Dos hombres que en cierto modo tienen un universo común de preocupaciones… y que solo encuentran el sosiego cuando miran ‘hacia dentro’. Se sienten libres porque son dueños de sí mismos.

La época final de la República estuvo llena de confusión y de inestabilidad. En alguna medida, puede sostenerse que Cicerón fue un fugitivo de sí mismo, dotado de una intuición y curiosidad que le producía un deseo irrefrenable de entender el mundo, entender las claves de su época y entenderse a sí mismo.

Quizás por eso, hay aspectos de su vida que desconciertan tanto a los historiadores. Sus decisiones e indecisiones tienen una importante carga simbólica. Albergó sueños cosmopolitas, heredados del periodo helenístico. Sentía un deseo común a todos los innovadores: contar la historia de un modo distinto a como se estaba haciendo.

A Cicerón no lo podemos juzgar por los relatos hegemónicos de su época. Conviene verlo y apreciarlo como un hombre culto e ilustrado, sumido en las contradicciones de un mundo gris y opaco. Nunca perteneció al selecto grupo de los romanos influyentes… cuando lo comprendió ya era tarde, incluso para sobrevivir.

Roma estaba llena de personajes turbios. En ese ‘mundillo’ su ambigüedad no le conducía a nada bueno. Fue equívoco y pragmático. Tomó algunas decisiones equivocadas. No obstante, practicó siempre que le fue posible, una independencia de criterio. La grieta no hacía más que ensancharse. Todos los días amenazaba con ‘tragarse’ los excesivos tacticismos.

Así y todo logró dar forma a Tratados cuya fama e interés han traspasado el tiempo. La República iba perdiendo a ojos vista peso específico. En esas circunstancias caer en manos de aventureros sin escrúpulos, era cuestión de tiempo.

Las intoxicaciones políticas no son cosa de ahora. Se han practicado siempre. Las tentaciones autoritarias, es más totalitarias, iban mostrando su ’cara oculta’. ¿Por qué tenemos una imagen ennoblecida de Marco Tulio Cicerón? ¿Por qué nos parece digno de confianza? Quizás por sus dudas y por sus convicciones que le hacían reflexionar y no tomar partido a la ligera. Observa con preocupación y atención lo que sucede y da cuenta de ello. Quizás sea esa una de las principales misiones históricas de los intelectuales en tiempos de crisis.

Fue un hombre que supo mantener un equilibrio entre sus deberes públicos y políticos y su intimidad. Era plenamente consciente de que sus ejercicios arriesgados a favor de la memoria de la República era algo que ‘había que salvar’ ya que formaba parte de lo más característico de la cultura romana y del alcance político de un modo de convivencia y de la pervivencia de un modo de vida, donde las leyes estaban muy por encima de los gobernantes. Sin olvidar que, hoy como ayer, la corrupción deslegitima y como la carcoma destruye lentamente, desde dentro.

Fue, además, un perfeccionista. Nunca estaba conforme con sus discursos cuando los editaba, muy preocupado porque la palabra fuera precisa y porque sus elocuciones fueran cuidadas, convincentes e impecables desde un punto de vista lógico. Aprendió de los oradores griegos a argumentar, con contundencia y rigor, sin que esto supusiera merma alguna para su brillantez y elocuencia.

La filosofía romana le debe mucho. Su eclecticismo le permite fusionar las diferentes escuelas del periodo griego clásico y helenístico, aunque las que más huella dejaron en su espíritu fueron el escepticismo y el estoicismo, interiorizados y expuestos de una forma muy personal y original. Es, por ejemplo, muy interesante la distinción que hace entre ley civil y natural. Es más, llega a elaborar una filosofía natural. No hay que olvidar, en modo alguno, que fue uno de los pocos ciudadanos romanos que escribió Tratados filosóficos en latín, de ahí que más de una vez recibiera el apelativo de ‘traductor de los griegos’

Sus preocupaciones filosóficas son profundas y, al mismo tiempo, muy modernas. Ahí están sus meditaciones sobre la muerte, sobre las pasiones o el dolor moral y, desde mi punto de vista, sobre todo acerca de las virtudes cívicas que estaban en peligro de extinguirse.

Las obras que más ha leído la posteridad y que siguen diciendo hoy mucho a quienes se aproximan a ellas, son dos Tratados no muy extensos, que abordan desde una perspectiva muy sugerente, la vejez y la amistad. En De senectute, Catón el Viejo dialoga con Emiliano y con Lelio. En este Tratado, Cicerón se muestra como un romano sobrio, de firmes convicciones y que valora en lo que vale, las tradiciones. Para él, los ancianos con la prudencia y sabiduría que han ido adquiriendo, están en condiciones de proporcionar consejos muy útiles para la gestión de los asuntos públicos. Han de ser respetados por su autoridad moral. Se debe contar con su ponderado criterio. Nada tan frívolo como prescindir de su experiencia vital.

Por lo que respecta a De amicitia es un Tratado nada convencional, tremendamente sincero y expresivo. Es, asimismo, un diálogo.  Lelio acaba de perder a su amigo Escipión. A partir del dolor de esa pérdida, su conversación sobre la amistad es de altos vuelos. Decir amistad es hablar de un vínculo de lealtad inquebrantable. No es baladí que considere indispensable su supervivencia para que la República Romana recupere y reafirme esta virtud.

Quizás sea interesante a este respecto dedicar unas líneas a De officiis. Pierre Grimal, un conocedor excelente de Cicerón, nos dice que su intención es descalificar con argumentos sólidos, el aplauso fácil y la gloria falsa de quienes vitorean y alaban buscando exclusivamente un beneficio personal, prebendas y aquellos privilegios que otorga la proximidad a los poderosos.

Me gustaría añadir a lo hasta aquí expuesto, unas consideraciones sobre De fato, un Tratado sobre el destino de claras resonancias estoicas, ya que plantea el problema de el grado de libertad que tiene la acción humana. Su posición es nítida a este respecto, al rechazar con fuerza todo determinismo y reivindicar la voluntad humana. Cicerón no se identifica nunca con una sola línea de pensamiento o escuela, sino que toma y adapta lo que considera válido de varias de ellas.

Dejo para el final un Tratado que todo el mundo debería, a mi juicio, leer y releer De república. Cicerón la defiende como la mejor forma de gobierno. Creía y lo pone de manifiesto de forma ostensible, que el gobierno debería estar presidido por la justicia. Para él los gobernantes deben actuar como tutores de la República, buscar el bien común y no pensar, ni otorgar ventajas y privilegios a una determinada facción. Incluso se permite ir más allá. Quien no defiende la justicia está cometiendo una injusticia pública.

Poco antes de su muerte, en el tercer libro De Officiis dirige un duro alegato contra los gobiernos dictatoriales. Tiene un mérito especial, lo escribe en los últimos días de su vida, cuando está huyendo de la persecución de Marco Antonio. Son, asimismo, dignas de ser recordadas, sus diatribas contra la crueldad y la tortura.

No quisiera concluir este ensayo sin añadir que tradujo el Timeo y el Protágoras de Platón, aunque no se conservan más que breves fragmentos.

Finalizo citando una somera bibliografía de libros claves sobre este jurista, orador y pensador.

José Guillén Caballero, es autor de Héroe de la libertad, donde desarrolla la vida política de Marco Tulio. Pese a su extensión, 2 vol., y a que desde 1981, ha pasado mucha agua bajo los puentes, merece la pena recordarlo y consultarlo con cierta asiduidad.

El gran Plutarco, por su parte, en sus Vidas paralelas, donde como se recordará compara a un romano con un griego, en su Demóstenes y Cicerón, establece vínculos con el más excelso de los oradores helenos.

Me parece relevante, asimismo, Cicero: A portrait, de Elizabeth Rawson. Es una más que apreciable visión de conjunto de las múltiples facetas, visiones y perspectivas que pueden extraerse de su legado.

Marco Tulio Cicerón interesó en el Renacimiento… en la Ilustración y sigue siendo imprescindible consultarlo, hoy.

Estos días en que asistimos angustiados a la invasión de Ucrania, al desprecio al orden internacional y a las leyes… creo que leer, releer y consultar aquellas páginas en las que habla directamente al corazón del hombre y defiende la dignidad humana y la justicia, es un ejercicio intelectual y moral que merece la pena seguir realizando. Creyó en un orden donde tuvieran cabida la integridad y los valores de la República romana.

Leer a Cicerón es un estimulo para el pensamiento crítico, especialmente, en tiempos sombríos… aunque solo sea para encontrarnos a nosotros mismos. Donde esté presente Cicerón habrá siempre una oportunidad para el humanismo.

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