mayo 2022 - VI Año

ENSAYO

Cicerón: un ciudadano culto, inteligente y contradictorio que vivió el derrumbamiento de la República romana

Los excesos destruyen las capacidades
Plutarco

Desconocemos, casi por completo, muchos aspectos significativos del pasado. Lo que ocasiona un adanismo vergonzante, así como una clamorosa escasez de datos fiables para analizarlo. Por otra parte, demasiadas biografías y apuntes biográficos miran mucho más hacia fuera que hacia adentro.

Ni es cierto que la historia se repita, ni que ‘los fantasmas del pasado’ estén muertos y enterrados. Sabiamente, historiadores y pensadores del mundo clásico nos advirtieron que la historia es maestra de la vida, aunque no se tengan en cuenta sus consejos por acertados que sean.

Entre unas cosas y otras, no somos muy conscientes de que por ejemplo, en los últimos veinticinco siglos, el ser humano con sus virtudes y sus defectos, sus grandezas y sus miserias… y, sobre todo, con sus contradicciones, no ha cambiado tanto como a veces pensamos.

Se puede ser culto e intuitivo, erudito y sabio… y, al mismo tiempo, cobarde y sin especiales dotes para triunfar en medio de las turbulencias de una vida pública y política que se iba deteriorando y no presagiaba nada bueno.

El periodo republicano –con sus aciertos y errores- fue una etapa admirable. Los romanos confiaban en el Estado, idearon un conjunto de normas, proyectos y leyes para garantizar la estabilidad, fueron sobrios y lograron extender su modelo civilizatorio. Quizás la corrupción, quizás la ambición desmedida de poder de algunos políticos y generales, quizás la pérdida de energía y vitalidad, el caso fue que la República y los valores que la habían hecho fuerte se agrietaron, se debilitaron… y dieron paso a formulas dictatoriales que hoy conocemos como la época del Imperio. Con la República se perdieron libertades y valores de una indudable importancia cívica.

Los romanos del periodo republicano tenían en alta consideración y practicaban virtudes viriles, entre ellas pueden citarse crear, luchar, servir y ayudar. Por otro lado, como hombres Íntegros rechazaban cualquier forma de opresión moral.

Nada que ver con el clima abyecto que se percibía en el ambiente y que anunciaba el advenimiento de un tiempo de decadencia, abusos y arbitrariedades.

Cicerón consigue lo que solo unas cuantas figuras de la historia han logrado y que no es otra cosa que captar y reflejar con propiedad y rigor el tiempo que le tocó vivir. Es, si sabemos escudriñarlo, un espejo en el que podemos miramos y que nos sigue reflejando veinte siglos después. Presagió la sin razón que asomaba por el horizonte y ese es sin duda, otro de sus méritos.

En Roma durante la República era posible el ascenso social, si se tenían disposiciones y actitudes especiales. No es que fuera una meritocracia, era una sociedad esclavista, mas destacar por su oratoria, administrar los asuntos públicos con habilidad y eficiencia o ser un ciudadano respetado por su integridad y valor, sin duda, abría puertas y brindaba oportunidades.

Desde hacía tiempo, existían disputas entre quienes pertenecían al linaje aristocrático y quienes habían ido escalando puestos, teniendo su origen en la plebe. Las guerras civiles o las figuras de Mario y Sila dan prueba de ello.

Por lo que respecta a Marco Tulio Cicerón, fue un ciudadano dotado de no pocas cualidades, destacó como jurista, orador, filósofo y escritor. Quizás lo que más me interesa de él, existiendo no pocas cosas en las que detenerse, es que ‘sus escritos’ son de gran valor para tener acceso a la vida cotidiana de los romanos, a sus pensamientos, preocupaciones, estados de ánimo, ambiciones y frustraciones. Es decir, la cara casi siempre oculta de la historia.

Tuvo no pocas contradicciones y debilidades. Conociendo, aunque sea someramente la Roma que le tocó vivir, nos damos cuenta de los numerosos aspectos comunes que existen con las sociedades actuales especialmente en épocas críticas como la nuestra, tan versátiles y tan líquidas.

Preguntémonos ¿cómo era? Desde luego, elitista y poseído de sí mismo. Se ha llegado a decir de él que era el hombre más civilizado de su época. Tuvo una educación rigurosa. Adquirió conocimientos sólidos de oratoria y de derecho. Conocía bien el griego, admiraba la cultura helena y llegó a adquirir una formación filosófica bastante completa que le permitió dotarse de un pensamiento ecléctico y de introducir en el mundo romano las principales corrientes, tanto de la filosofía clásica como las del periodo helenístico. Su estancia en la ciudad de Atenas, la recordaría siempre y le permitió absorber cuanto pudo del pensamiento y de la civilización griega.

No conocemos bien a Cicerón. Hay muchas cosas que se nos escapan entre los dedos. Pensemos en las Cartas a Ático que han llegado hasta nosotros, a través de copias y, que nos permiten ahondar en sus preocupaciones intelectuales y existenciales y, también, a través de la confianza y de la amistad que tuvo con su condiscípulo, a sincerarse y darnos a conocer detalles de su intimidad. Estas epístolas son esenciales para conocer a Cicerón ‘por dentro y desde dentro’.

Hubo ocasiones en que fue prudente en exceso, incluso cobarde y voluble, lo que al fin y a la postre acabó costándole la vida. De sus escritos pueden extraerse valoraciones sugerentes de hechos históricos y, sobre todo, su interés por las distintas escuelas griegas que procuró enlazar en una visión de conjunto… practicando en este sentido un eclecticismo revelador. Pese a esto, aparecen aquí y allá, elementos de la escuela escéptica y estoica mucho más abundantes que del resto.

De sus obras, aunque sea brevemente, comentaré más tarde De república, De legibus y De senectute. Estuvo muy interesado toda su vida por el lenguaje de la moral y por la especulación filosófica, aspectos estos en los que no se ha insistido mucho.

Me atrevo a sugerir que quienes busquen adentrarse en ese Cicerón desconocido y más allá de los tópicos al uso, que lean y mediten sobre sus Cartas, que merecen una atención pormenorizada. ¿Para qué se escriben cartas? Tenemos casi olvidado el género epistolar, sin embargo, las cartas escritas a lo largo de veinte años, muestran, entre otras cosas, sus gustos y su estilo de vida. Podíamos imaginar que amaba los libros, pero ahora lo sabemos fehacientemente, gracias a ellas conocemos sus opiniones sobre los esclavos, aspectos de no poco interés sobre su familia y sus propiedades, por ejemplo lo orgulloso que se sentía de su lujosa mansión en el Palatino, que cuando cayó en desgracia, sus enemigos destruyeron. Y, sobre todo, el afecto y el cariño que tenía por su hija Tulia y los pensamientos lúgubres que se apoderaron de él cuando murió a consecuencia del parto, a la edad de treinta años. Tiene asimismo, mucho interés conocer sus predilecciones sobre los autores griegos que no sólo expone, sino que justifica. La falta de espacio me impide, muy a pesar mío, hacer algunas consideraciones al respecto.

Cicerón por Pedro Berruguete

Su actitud y, en cierto modo su ideología, ante los acontecimientos pecaba de un cierto conservadurismo. Sin embargo, con respecto a su familia, especialmente a su hija Tulia, no se comportó como un ‘paterfamilias’ sino como un padre afectuoso. Existía incluso una clara complicidad entre ambos.

Podemos valorar el ingenio de Cicerón. Su estilo es brillante y cautivador. Cuando emite comentarios sobre acontecimientos del momento, sus opiniones mordaces y sus bromas un tanto punzantes e incisivas, sin excluir sus sátiras, lo convierten en un creador fascinante.

Un buen conocedor de su biografía y de su entorno, Robin Lane Fox, rastreando establece unos supuestos de lo más reveladores. Por ejemplo, percibe con lucidez que la República estaba moribunda, que los tribunales de justicia habían pasado a ser irrelevantes y que acostumbraban a venderse al mejor postor, a quienes estaban dispuestos a entregar generosas dádivas a cambio de los favores que pretendían. Cicerón sentía un odio visceral hacia quienes van adquiriendo cada día más fuerza… y traen consigo el peligro de acabar con la República.

Debe valorarse que fue un decidido defensor de la tradición y sus valores y que combatió las tentaciones dictatoriales y totalitarias que se veían venir. Logró, durante un tiempo, capear el temporal, mas durante el Segundo Triunvirato, fue detenido y asesinado cuando intentaba huir. Ya, por entonces, la República tenía los días contados.

¿Cuál ha sido la influencia y transcendencia del pensamiento de Cicerón? Sin duda, mucha. Algunos autores sostienen que cuando Petrarca lee y analiza sus Cartas estamos asistiendo al momento inaugural del Renacimiento. Naturalmente, su proyección va más allá. De una u otra forma, los pensadores ilustrados lo reivindican y lo tienen en cuenta, especialmente por sus Tratados de contenido político. Pensemos en David Hume, John Locke o Montesquieu, todos sin excepción, lo señalan como el pensador más representativo de los años crepusculares de la República romana.

Una de sus preocupaciones primordiales fue, durante la mayor parte de su vida, la filosofía moral. Puede afirmarse que fue un escéptico moderado que, poco a poco, interiorizó los planteamientos sustanciales de la filosofía estoica. Por otro lado, le gustaba citar a Aristóteles por su rigor lógico, mas siempre tuvo una especial predilección hacia la Academia platónica.

En su andadura vital, las dudas y vacilaciones le cerraron muchas puertas. En lo que a la política se refiere era inseguro, llegando a practicar una especie de tercera vía que le restó credibilidad… al final decidió apoyar a quienes defendían el sistema republicano, tal vez fuese demasiado tarde.

Hago estas consideraciones para que el lector tenga presente que hay un Cicerón más allá de las Catilinarias. De lo que no cabe la menor duda es que advertía con plena conciencia, los peligros que se avecinaban. Es más, a partir de un momento determinado, renuncia a la vida política y escribe textualmente “a partir de ahora trataremos de servir a la patria con nuestros escritos y con nuestros libros”.

Para mí ese es el verdadero Cicerón. Su lucidez se pone de manifiesto cuando vaticina la desintegración de la República… lo que acarrearía el advenimiento de gobernantes dictatoriales, soberbios y destructivos. Una vez perdidos los pesos y contrapesos que habían mantenido al sistema republicano… lo que para él era un desastre, se avecinaba.

De esta época es asimismo su Panegírico a Catón, al que califica dolorosamente como el último republicano. Un rasgo de valor en esta etapa final de su existencia son sus famosas Filípicas, que para su desgracia no tuvieron ni el mismo efecto, ni el mismo éxito que las Catilinarias. En una de estas Filípicas, concretamente en la decimocuarta, pone de manifiesto abiertamente, su miedo a ser asesinado por los antirrepublicanos. Se cumplió el vaticinio con una precisión milimétrica.

Cicerón no solo fue un espíritu culto y sensible, que amaba los libros y que se dotó de una excelente biblioteca para poder tener largas conversaciones con quienes pertenecían a otras épocas, pero estaban unidos por afinidades selectivas, pongamos Platón.

Cicerón denuncia a Catilina por Cesare Maccari, 1889

Puede decirse que fue un espíritu libre y que valoró extraordinariamente ‘su libertad interior’. Sus afinidades y preocupaciones traspasan el tiempo. Es especialmente significativo lo que siglos más tarde opina Michel de Montaigne encerrado en su castillo, cuando dialoga con él, leyendo sus reflexiones y angustias. Dos hombres que en cierto modo tienen un universo común de preocupaciones… y que solo encuentran el sosiego cuando miran ‘hacia dentro’. Se sienten libres porque son dueños de sí mismos.

La época final de la República estuvo llena de confusión y de inestabilidad. En alguna medida, puede sostenerse que Cicerón fue un fugitivo de sí mismo, dotado de una intuición y curiosidad que le producía un deseo irrefrenable de entender el mundo, entender las claves de su época y entenderse a sí mismo.

Quizás por eso, hay aspectos de su vida que desconciertan tanto a los historiadores. Sus decisiones e indecisiones tienen una importante carga simbólica. Albergó sueños cosmopolitas, heredados del periodo helenístico. Sentía un deseo común a todos los innovadores: contar la historia de un modo distinto a como se estaba haciendo.

A Cicerón no lo podemos juzgar por los relatos hegemónicos de su época. Conviene verlo y apreciarlo como un hombre culto e ilustrado, sumido en las contradicciones de un mundo gris y opaco. Nunca perteneció al selecto grupo de los romanos influyentes… cuando lo comprendió ya era tarde, incluso para sobrevivir.

Roma estaba llena de personajes turbios. En ese ‘mundillo’ su ambigüedad no le conducía a nada bueno. Fue equívoco y pragmático. Tomó algunas decisiones equivocadas. No obstante, practicó siempre que le fue posible, una independencia de criterio. La grieta no hacía más que ensancharse. Todos los días amenazaba con ‘tragarse’ los excesivos tacticismos.

Así y todo logró dar forma a Tratados cuya fama e interés han traspasado el tiempo. La República iba perdiendo a ojos vista peso específico. En esas circunstancias caer en manos de aventureros sin escrúpulos, era cuestión de tiempo.

Las intoxicaciones políticas no son cosa de ahora. Se han practicado siempre. Las tentaciones autoritarias, es más totalitarias, iban mostrando su ’cara oculta’. ¿Por qué tenemos una imagen ennoblecida de Marco Tulio Cicerón? ¿Por qué nos parece digno de confianza? Quizás por sus dudas y por sus convicciones que le hacían reflexionar y no tomar partido a la ligera. Observa con preocupación y atención lo que sucede y da cuenta de ello. Quizás sea esa una de las principales misiones históricas de los intelectuales en tiempos de crisis.

Fue un hombre que supo mantener un equilibrio entre sus deberes públicos y políticos y su intimidad. Era plenamente consciente de que sus ejercicios arriesgados a favor de la memoria de la República era algo que ‘había que salvar’ ya que formaba parte de lo más característico de la cultura romana y del alcance político de un modo de convivencia y de la pervivencia de un modo de vida, donde las leyes estaban muy por encima de los gobernantes. Sin olvidar que, hoy como ayer, la corrupción deslegitima y como la carcoma destruye lentamente, desde dentro.

Fue, además, un perfeccionista. Nunca estaba conforme con sus discursos cuando los editaba, muy preocupado porque la palabra fuera precisa y porque sus elocuciones fueran cuidadas, convincentes e impecables desde un punto de vista lógico. Aprendió de los oradores griegos a argumentar, con contundencia y rigor, sin que esto supusiera merma alguna para su brillantez y elocuencia.

La filosofía romana le debe mucho. Su eclecticismo le permite fusionar las diferentes escuelas del periodo griego clásico y helenístico, aunque las que más huella dejaron en su espíritu fueron el escepticismo y el estoicismo, interiorizados y expuestos de una forma muy personal y original. Es, por ejemplo, muy interesante la distinción que hace entre ley civil y natural. Es más, llega a elaborar una filosofía natural. No hay que olvidar, en modo alguno, que fue uno de los pocos ciudadanos romanos que escribió Tratados filosóficos en latín, de ahí que más de una vez recibiera el apelativo de ‘traductor de los griegos’

Sus preocupaciones filosóficas son profundas y, al mismo tiempo, muy modernas. Ahí están sus meditaciones sobre la muerte, sobre las pasiones o el dolor moral y, desde mi punto de vista, sobre todo acerca de las virtudes cívicas que estaban en peligro de extinguirse.

Las obras que más ha leído la posteridad y que siguen diciendo hoy mucho a quienes se aproximan a ellas, son dos Tratados no muy extensos, que abordan desde una perspectiva muy sugerente, la vejez y la amistad. En De senectute, Catón el Viejo dialoga con Emiliano y con Lelio. En este Tratado, Cicerón se muestra como un romano sobrio, de firmes convicciones y que valora en lo que vale, las tradiciones. Para él, los ancianos con la prudencia y sabiduría que han ido adquiriendo, están en condiciones de proporcionar consejos muy útiles para la gestión de los asuntos públicos. Han de ser respetados por su autoridad moral. Se debe contar con su ponderado criterio. Nada tan frívolo como prescindir de su experiencia vital.

Por lo que respecta a De amicitia es un Tratado nada convencional, tremendamente sincero y expresivo. Es, asimismo, un diálogo.  Lelio acaba de perder a su amigo Escipión. A partir del dolor de esa pérdida, su conversación sobre la amistad es de altos vuelos. Decir amistad es hablar de un vínculo de lealtad inquebrantable. No es baladí que considere indispensable su supervivencia para que la República Romana recupere y reafirme esta virtud.

Quizás sea interesante a este respecto dedicar unas líneas a De officiis. Pierre Grimal, un conocedor excelente de Cicerón, nos dice que su intención es descalificar con argumentos sólidos, el aplauso fácil y la gloria falsa de quienes vitorean y alaban buscando exclusivamente un beneficio personal, prebendas y aquellos privilegios que otorga la proximidad a los poderosos.

Me gustaría añadir a lo hasta aquí expuesto, unas consideraciones sobre De fato, un Tratado sobre el destino de claras resonancias estoicas, ya que plantea el problema de el grado de libertad que tiene la acción humana. Su posición es nítida a este respecto, al rechazar con fuerza todo determinismo y reivindicar la voluntad humana. Cicerón no se identifica nunca con una sola línea de pensamiento o escuela, sino que toma y adapta lo que considera válido de varias de ellas.

Dejo para el final un Tratado que todo el mundo debería, a mi juicio, leer y releer De república. Cicerón la defiende como la mejor forma de gobierno. Creía y lo pone de manifiesto de forma ostensible, que el gobierno debería estar presidido por la justicia. Para él los gobernantes deben actuar como tutores de la República, buscar el bien común y no pensar, ni otorgar ventajas y privilegios a una determinada facción. Incluso se permite ir más allá. Quien no defiende la justicia está cometiendo una injusticia pública.

Poco antes de su muerte, en el tercer libro De Officiis dirige un duro alegato contra los gobiernos dictatoriales. Tiene un mérito especial, lo escribe en los últimos días de su vida, cuando está huyendo de la persecución de Marco Antonio. Son, asimismo, dignas de ser recordadas, sus diatribas contra la crueldad y la tortura.

No quisiera concluir este ensayo sin añadir que tradujo el Timeo y el Protágoras de Platón, aunque no se conservan más que breves fragmentos.

Finalizo citando una somera bibliografía de libros claves sobre este jurista, orador y pensador.

  • José Guillén Caballero, es autor de Héroe de la libertad, donde desarrolla la vida política de Marco Tulio. Pese a su extensión, 2 vol., y a que desde 1981, ha pasado mucha agua bajo los puentes, merece la pena recordarlo y consultarlo con cierta asiduidad.
  • El gran Plutarco, por su parte, en sus Vidas paralelas, donde como se recordará compara a un romano con un griego, en su Demóstenes y Cicerón, establece vínculos con el más excelso de los oradores helenos.
  • Me parece relevante, asimismo, Cicero: A portrait, de Elizabeth Rawson. Es una más que apreciable visión de conjunto de las múltiples facetas, visiones y perspectivas que pueden extraerse de su legado.

Marco Tulio Cicerón interesó en el Renacimiento… en la Ilustración y sigue siendo imprescindible consultarlo, hoy.

Estos días en que asistimos angustiados a la invasión de Ucrania, al desprecio al orden internacional y a las leyes… creo que leer, releer y consultar aquellas páginas en las que habla directamente al corazón del hombre y defiende la dignidad humana y la justicia, es un ejercicio intelectual y moral que merece la pena seguir realizando. Creyó en un orden donde tuvieran cabida la integridad y los valores de la República romana.

Leer a Cicerón es un estimulo para el pensamiento crítico, especialmente, en tiempos sombríos… aunque solo sea para encontrarnos a nosotros mismos. Donde esté presente Cicerón habrá siempre una oportunidad para el humanismo.

ARTÍCULOS PUBLICADOS EN ENSAYO

Ensayo

Apuntes sobre la decadencia de España (Estudio de sus causas a partir de Juan Valera)

Ensayo

Estar bien, sin llorar

Ensayo

La idiotez artificial

Ensayo

Jovellanos: elogio de Carlos III

Ensayo

Revolución silenciosa

Ensayo

El reto de la igualdad como principio ideológico

Ensayo

Complejo de inferioridad español

Ensayo

Señuelos, o personas

Ensayo

Sentido y finalidad

Ensayo

El concepto de «biopoder» de Foucault: resumen y evaluación critica 

Ensayo

El chantaje del futuro

Ensayo

Milena Rudnitska, periodista, feminista y activista en pro de los derechos del pueblo ucranio

Ensayo

Nunca lo hará ninguna técnica

Ensayo

“La secularización en España”, un nuevo libro luminoso

Ensayo

Cicerón: un ciudadano culto, inteligente y contradictorio que vivió el derrumbamiento de la República romana

Ensayo

Liberalismo político francés e inglés: ¿Fueron realmente modelos?

Ensayo

Zubiri: ¿Un retorno?

Ensayo

El estoicismo, repensado

Ensayo

Markus Gabriel, frente al determinismo científico

Ensayo

El escepticismo, revisitado

Ensayo

Antisistemas por sistema

Ensayo

Wolfgang Harich ¿no fue rescatable?

Ensayo

Markus Gabriel y la Nueva Ilustración

Ensayo

Peter Singer y el animalismo: epígonos del 68

Ensayo

Jovellanos y el liberalismo español

Ensayo

La filosofía posmoderna: un final ineludible

Ensayo

Markus Gabriel y el Nuevo Realismo Filosófico del siglo XXI

Ensayo

Paul Virilio, una reflexión sobre la velocidad y sus implicaciones cibernéticas

Ensayo

Platon, ¿empirista?

Ensayo

Circe: atractiva, inteligente y poderosa

Ensayo

Epicuro de Samos, replanteado

Ensayo

Científicos en el exilio interior: Fernando de Castro

Ensayo

Científicos en el exilio interior: Jorge Francisco Tello

Ensayo

Manuel Azaña Díaz, el ateneista

Ensayo

Los enigmas de Perictione

Ensayo

Juan Valera, un ateneista para un bicentenario

Ensayo

Marjorie Grice-Hutchinson y Juan Luis Vives

Ensayo

Santiago Ramón y Cajal: Un genio autodidacta de gran proyección internacional

Ensayo

Demóstenes y el fin de la libertad griega

Ensayo

Emilia Pardo Bazán, punto culminante en el estreno de la primera obra de Galdós

Ensayo

La apoteosis de la insignificancia

Ensayo

Santo Tomás Apóstol, evangelizador de las Américas

Ensayo

La Ciencia en el Exilio: una imagen extraordinaria de vitalidad

Ensayo

Desmovilización, descontento y desafección: Una estrategia de la derecha para la toma del poder

Ensayo

Sarah  Kofman, la espantosa sombra del holocausto es alargada

Ensayo

Protágoras de Abdera (480 – 411 a.C.)

Ensayo

América y las Diez Tribus Perdidas de Israel

Ensayo

Violencia verbal en la política española

Ensayo

Un almirante ateneísta: D. Miguel Lobo

Ensayo

Alfonso X ‘El sabio’ en su 800 aniversario: su mayor empresa científica

Ensayo

De Amore

Ensayo

Los españoles y los hispanos en Estados Unidos (II)

Ensayo

El 8 de marzo de 2021, un día muy adecuado para hablar de la filósofa feminista Silvia Federici

Ensayo

Salud democrática y liberalismo político

Ensayo

Pioneras en la actividad sindical en enseñanza

Ensayo

Los españoles y los hispanos en Estados Unidos

Ensayo

El legado constitucional de Jiménez de Asúa

Ensayo

Teofrasto: filósofo, pedagogo y botánico

Ensayo

Emerson y el Trascendentalismo norteamericano

Ensayo

Julio Hernández Ibáñez, un profesor republicano transterrado

Ensayo

Diógenes de Sinope: un filósofo desarraigado, provocador y subversivo

Ensayo

Hechos y razones contra obsesiones delirantes

Ensayo

Análisis de los resultados de las elecciones en EE.UU

Ensayo

En torno a la dialéctica del Amo y el Esclavo en Hegel

Ensayo

¿Qué clase de mundo nos dejará el Covid 19?

Ensayo

José Ballester Gozalvo, una biografía entre la pedagogía y la política

Ensayo

Naturalismo y religión en el debate entre Habermas y Ratzinger

Ensayo

Acerca del amor

Ensayo

La política de Balmes

Ensayo

Thomas Jefferson reivindicado

Ensayo

España, en la atención y en los escritos de Engels

Ensayo

Engels y Marx

Ensayo

Friedrich Engels: su actualidad y virtualidad

Ensayo

Recordando a Friedrich Engels, un ágil y demoledor polemista

Ensayo

Donoso Cortés y el romanticismo político

Ensayo

Un ensayo de María de Maeztu sobre Emilia Pardo Bazán, aparecido en el diario bonaerense ‘La prensa’ en 1939

Ensayo

Evocación política y social sobre el primer Unamuno

Ensayo

Reflexiones sobre la actualidad del pensamiento de Hegel según Paul Ricoeur

Ensayo

Jeremy Bentham, reconsiderado

Ensayo

La Constitución de 1812 (y II)

Ensayo

La Constitución de 1812 (I)

Ensayo

La Ilustración en España

Ensayo

Kafka: una meditación

Ensayo

Hegel: un contradictorio pensador imprescindible

Ensayo

Baltasar Gracián, el Barroco y el final de la Escuela Española

Ensayo

‘Ser es pensar’. El idealismo filosófico es esencialmente, Hegel

Ensayo

Hegel cumple 250 años

Ensayo

Sagasta, el gran prestidigitador

Ensayo

Andrés Saborit líder socialista

Ensayo

La archiduquesa austriaca… ‘roja’

Ensayo

¡Votes for women!: siete luchadoras que contribuyeron al milagro del voto en los EE.UU

Ensayo

Ideología y política: de Marx a Piketty

Ensayo

El Futurismo de Marinetti condujo directamente al fascismo

Ensayo

Francisco Suárez: Doctor Eximio, filósofo y jurísta

Ensayo

Síntomas psicopatológicos en tres de los principales líderes mundiales,…

Ensayo

Sócrates ¿soldado?

Ensayo

La desamortización general de Mendizábal

Ensayo

Ruido de sables en Washington

Ensayo

Referendum constitucional

Ensayo

La influencia del sufragio femenino en la cultura política

Ensayo

A propósito de Rawls

Ensayo

Duelo sin realidad

Ensayo

Responsabilidad social del periodista ante las crisis

Ensayo

Post-pandemia, una ocasión única para reinventar nuestro mundo

Ensayo

Robert Nozick, un anarquista de derechas

Ensayo

España y la antiEspaña

Ensayo

Alexander Fleming, descubridor de la Penicilina

Ensayo

La gran esperanza frustrada

Ensayo

Aporías, paradojas y dialéctica

Ensayo

El triunfo del Librepensamiento

Ensayo

Conflicto y negociación ¿A quién le puede interesar?

Ensayo

El nacimiento del liberalismo: Spinoza y Locke

Ensayo

John Locke: forjador del liberalismo político

Ensayo

Pensar en grande

Ensayo

La convivencia entre culturas y civilizaciones

Ensayo

Breves notas sobre Benito Pérez Galdós y el socialismo, en las elecciones de 1910

Ensayo

Inteligencia y liderazgo

Ensayo

Alcance militar y geopolitico del Brexit

Ensayo

Aprender a vivir con lo que nos ha tocado

Ensayo

Como seguir siendo cristiano en un tiempo postsecular. Una respuesta a Bonhoeffer.

Ensayo

Progreso y sentido

Ensayo

Rita Levi-Montalcini

Ensayo

Redes infames

Ensayo

Juegos de poder del nacionalismo

Ensayo

Héroe mutilado

Ensayo

Juegos de poder de la información

Ensayo

Sexto Empírico: Una aproximación al escepticismo grecolatino

Ensayo

Habermas-Rawls-Tönnies (y II)

Ensayo

Habermas-Rawls-Tönnies (I)

Ensayo

Repensar la protección de las personas vulnerables en la investigación científica

Ensayo

Decir y representación

Ensayo

La verdad, relativistas, los liberará

Ensayo

¿Cómo feminizar la vida social?

Ensayo

Nietzsche y la breve verdad

Ensayo

Juan López de Hoyos: el nexo entre Erasmo de Rotterdam y Cervantes

Ensayo

Hay mucho de lo que enorgullecerse

Ensayo

Europa un hermoso y original edificio… a medio construir

Ensayo

La estética en Eugenio Trías

Ensayo

Diez años releyendo a Dahrendorf

Ensayo

Consecuencias sociales y políticas de las nuevas tecnologías en el marco del transhumanismo h+ (y II)

Ensayo

Consecuencias sociales y políticas de las nuevas tecnologías en el marco del transhumanismo h+ (I)

Ensayo

Solón puso los cimientos de la democracia ateniense

Ensayo

Lógica, comprensión, traducción. Crítica de la traducción pura

Ensayo

Europa: Sísifo y la piedra

Ensayo

Ángel Fernández de los Ríos, un lugar destacado en la historia de Madrid

Ensayo

Hacia la unidad europea

Ensayo

Magdala o la historia de la trampa

Ensayo

Guillermo de Ockham… es mucho más que su célebre navaja

Ensayo

Política, comienzo incausado del arte de historiar

Ensayo

En el espejo se reflejan… los forajidos

Ensayo

Contra la misoginia, inteligencia y combatividad

Ensayo

El compromiso democrático de John Dewey

Ensayo

Unos meses decisivos para Europa

Ensayo

Infieran, no vaticinen, aborrecedores del lopezobradorismo

Ensayo

Las socialistas belgas hasta finales de los años veinte

Ensayo

Maquiavelo, más allá de los lugares comunes

Ensayo

Sobre la Constitución y su Preámbulo

Ensayo

De tal palo tal astilla

Ensayo

La pérdida del impulso liberal (y II)

Ensayo

La pérdida del Impulso Liberal (I)

Ensayo

Séneca: invitación al diálogo sereno y a la reflexión

Ensayo

Ferdinand Buisson en el laicismo francés

Ensayo

Trasímaco vuelve… o quizás, no se haya ido nunca

Ensayo

Filosofía, enemiga de la economía digital

Ensayo

La reseña crítica de Manuel Cordero de la Restauración de Romanones

Ensayo

El liberalismo en el siglo XXI (I)

Ensayo

El liberalismo en el siglo XXI (y II)

Ensayo

John Rawls: un nuevo paradigma contractualista basado en la justicia redistributiva

Ensayo

Ferdinand Tönnies

Ensayo

Aquí, en la izquierda, no sobra nadie

Ensayo

La ‘Mélange’ ideológica y el ‘soufflé’ estratégico catalán

Ensayo

Guillermo de Torre, heterodoxia frente a conformismo

Ensayo

Un prefacio de Tierno Galván al Contrato Social de Rousseau

Ensayo

El movimiento del espíritu social. De la religión al arte

Ensayo

Fancesco Guicciardini, un diplomático toscano por tierras extremeñas

Ensayo

Norberto Bobbio, más marxiano que marxista

Ensayo

Freud nuestro contemporáneo

Ensayo

La experiencia de Suecia para Andrés Saborit en 1930

Ensayo

La naturaleza en Marx

Ensayo

Las contradicciones de Gertrude Stein

Ensayo

Jean Jaurès, un pacifista y un europeista convencido

Ensayo

Encomienda de moderación

Ensayo

Aproximación a las bases teóricas del Mayo 68

Ensayo

Polibio de megalópolis y los valores republicanos

Ensayo

Una ética ecológica contra el totalitarismo tecnológico

Ensayo

Gioberti o el nacionalismo conservador

Ensayo

Al hilo de unas reflexiones políticas

Ensayo

Karl Korsch: ha vuelto para quedarse

Ensayo

David Harvey: La acumulación por desposesión

Ensayo

Guy Debord: la lucidez anticipatoria

Ensayo

Lo más humano, la idea, es la materia de la historia

Ensayo

Laicidad, sociedad abierta y emancipación ciudadana

Ensayo

Cesare Beccaria, un ilustrado frente a la barbarie

Ensayo

Política y pensamiento científico

Ensayo

El infinito viajar

Ensayo

El político y el científico

Ensayo

Enrique Tierno Galván

Ensayo

Nos sigue haciendo falta Tierno Galván

Ensayo

Albert Camus, un extranjero rebelde entre seres alienados

Ensayo

Los miedos de Baruch Spinoza

Ensayo

Lenin, la Revolución como Ciencia

Ensayo

Virtualidad y cultura (La realidad fingida)

Ensayo

Cataluña y la ‘navaja de Occam’

Ensayo

Epicuro: el filósofo de los placeres moderados

Ensayo

Isaiah Berlin, un excelente y polémico ensayista

Ensayo

Rafael Méndez (1906 – 1991)

Ensayo

La serena inteligencia de Kolakowski

Ensayo

La posibilidad de la utopía

Ensayo

1 de octubre, 2018: días antes de un día después

Ensayo

Año 2018: ¿tiempo de la gran revisión constitucional?

Ensayo

Introducción estival al concepto de ‘liderazgo político’

Ensayo

Todo cambia…algo permanece

Ensayo

El sentimiento trágico de la vida

Ensayo

Adorno: Reflexiones desde la vida dañada

Ensayo

¿Por qué nadie recuerda a Daniel Bensaïd?

Ensayo

Cataluña, ‛casus belli’

Ensayo

Ferrater Mora, un catalán universal

Ensayo

Gramsci y Maquiavelo

Ensayo

La educación y la filosofía como utopía

Ensayo

El laicismo en Habermas y su origen griego

Ensayo

Walter Benjamin, fracturas de la modernidad

Ensayo

Demos la palabra a Herbert Marcuse

Ensayo

Los misterios de Homero

Ensayo

La función de las ideologías según Max Horkheimer

Ensayo

Les presento a Margarita Nelken

Ensayo

Impunidad, no gracias

Ensayo

La vigencia de Erich Fromm

Ensayo

María Zambrano está viva

Ensayo

Buscando a Fernando Pessoa

Ensayo

El encuentro borgiano de Shakespeare y Cervantes

Ensayo

Dones de Amor, ay, cuitas de Amor

Ensayo

Intransigencia y control social: Flaubert y Baudelaire en el banquillo

Ensayo

El día que conocí a Ernesto Cardenal

Ensayo

Li Po y la melancolía

Ensayo

Epicteto de Hiérapolis (55dc/135dc), un esclavo filosófo del periodo helenístico

Ensayo

Gianni Vattimo y el “pensiero debole”