octubre 2020 - IV Año

ENSAYO

La convivencia entre culturas y civilizaciones

Empecemos por definir ambos términos de acuerdo con lo que dice la RAE, porque será necesario partir de una concreción determinada, dada la amplitud y la diversidad de manifestaciones e interpretaciones que suscitan en el imaginario público la precisión con cierto rigor de ambos conceptos y la manipulación interesada por otro lado, de aquellos que de verdad gobiernan el mundo, y que no son los poderes establecidos que vemos sino grupos fácticos de poder escondidos siempre en la sombra por puros intereses crematísticos.

La ensayística existente sobre lo que debe englobarse o no en las terminologías de cultura y civilización es tan amplia y a veces tan poco concordantes, que, para no perdernos en elucubraciones estériles, dada la escasez de espacio, nos ajustaremos a lo admitido para ellas por el DRAE:

Cultura:

  • El conjunto de conocimientos que permiten a alguien desarrollar su juicio crítico.
  • Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc…

Civilizaciones:

  • Conjunto de costumbres, saberes y artes propias de una sociedad humana.
  • Estado de progreso material, social, cultural y político propio de las sociedades más avanzadas.
  • Acción y efecto de civilizar.

Lo primero que observamos al comparar las cinco acepciones citadas es que hay ciertas similitudes entre ambos conceptos, pero, también, y nítidamente, que no son sinónimos, de ahí la existencia de ambas significaciones.

Pero de nada serviría en el inicio de esta Caravana Cultural, que nos quedásemos en este discurrir, digamos, un tanto académico, que poco puede aportarnos en estos instantes. Por ello, me van a permitir que introduzca algunas requisitorias, que entiendo son más interesantes en el día de hoy.

¿Qué ocurre cuando unas personas, unos pueblos, unas naciones determinadas, no aceptan aquello que es cultura o civilización para otros, e intentan imponer por la fuerza de la presión -en sus diferentes aspectos, que hay muchos en la era de la Información como vivimos-, o de las armas en su visión más drástica, una visión distinta en la forma de entender el mundo?

¿No es la tal cosa un atentado contra la humanidad, sabiendo como sabemos que lo que se persigue no es más que imponer una ideología, una filosofía o una religión -o destrozar otra, la autóctona, que es lo mismo-, con el único objetivo de implantar gobiernos títeres que sigan las consignas dictadas desde otro lugar?

Cuando acontece esta circunstancia, y hay muchos ejemplos en la Historia Universal Comparada, y en la actualidad, ¿cuál es el objetivo?

¿Qué se persigue, en el fondo, con la no aceptación de los principios rectores de una cultura o una civilización determinadas, influyendo en ellas y desestabilizándolas con todos los medios posibles, incluyendo la represión, la imposición, la muerte de decenas de miles o de millones de personas a través de guerras fratricidas, y provocando un aumento inadmisible de las migraciones de los componentes de los pueblos afectados, tal y como hoy en día nos hemos acostumbrados a ver en un lugar y otro, y otro, del orbe?

Pues en el fondo, desgraciadamente, no hay más que negocio, dinero, el vil metal, o sea, agrandar el mercado con el aprovechamiento interesado de los recursos naturales ajenos. Y esto se podría decir de una manera aún más clara: lo que se busca no es otra cosa que robar, desvalijar, sustraer lo que es de otros.

Para que la convivencia entre los pueblos exista, es necesario, en primer lugar, reconocer al otro en condiciones de igualdad, como seres humanos portadores de derechos inalienables, tal y como establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que, aunque fue aprobada en 1948, sigue siendo ignorada por todos los países firmantes, y cuando digo todos quiero decir exactamente lo que han oído, aunque es cierto que unos países lo hacen más que otros, pero siempre, siempre, por intereses espurios, como se expresó con anterioridad.

No olviden una cosa: el odio cotiza en bolsa. Es decir, genera beneficios y muy cuantiosos, para algunas industrias determinadas que no voy a enumerar. De ahí, que existan corporaciones (multinacionales) especializadas en generarlo.

¿En qué lugar queda la diplomacia internacional, una vez dicho lo anterior?

Pues, contéstese a placer.

El artículo 2.1 de la Declaración Universal citada, establece: Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.

Bueno… si este es el estado real de las cosas, como sabemos, cuál debería ser el papel de los intelectuales, de los creadores en sentido amplio -periodistas, poetas, narradores, pintores, escultores, calígrafos, músicos, bailarines, compositores…-, como los que van a acompañar a esta caravana estos días. Desde luego, a mi entender, jamás el silencio, sino la reivindicación, la denuncia, la exposición pública de esas malas artes.

El conocimiento de la otredad nos hace más sabios y también más comprensivos, más humanos, más libres, en definitiva.

De ahí la necesidad de la convivencia -tal y como estamos haciendo aquí personas procedentes de diferentes culturas-, de estrechar lazos entre los pueblos, de poner en valor todo aquello que nos une como seres humanos, de tomarnos la molestia de comprender las razones por las que los otros tienen un comportamiento diferenciado al nuestro, de aprehender que todos los nacionalismos, sean del signo ideológico que fueren, son excluyentes y buscan la marginación de unos en beneficio de otros, de ahondar en el paradigma de que aquellos que buscan separar a los pueblos en función de una ideología, religión, raza, color o género, solo desean dividirnos, para, de esa forma, obtener beneficios económicos o poder.

Por ello, avancemos en el conocimiento, en el hermanamiento, en la fraternidad, en la equidad, en la igualdad, en el respeto…, elementos que nos harán más fuertes como personas y como pueblos, haciendo viable una convivencia en paz y libertad.

(Este texto fue leído en el Teatro Maribel Verdú de Fuenlabrada (Madrid) el 16 de octubre de 2019, en el inicio de la Caravana Cultural preparada por el Instituto Cultural Internacional Mekki Moursia).

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