octubre 2020 - IV Año

ENSAYO

‘Ser es pensar’. El idealismo filosófico es esencialmente, Hegel

250 aniversario del nacimiento de Hegel 

¿Por qué Hegel, ahora? ¿Cuál es el poliédrico significado de su pensamiento? Es un hecho que al menos, en el sur de Europa, hace tiempo que su estrella se apagó… apenas se le menciona.

Conmemoramos en este 2020, sumidos en tantas tribulaciones y perplejidades, el 250 aniversario de su nacimiento. A estas alturas, casi nadie habla de él, casi nadie se ocupa de su pensamiento y menos aún, de su legado y proyección. En España, sin ir más lejos, prácticamente ha desaparecido el estudio de su filosofía de las Enseñanzas Medias, que sólo se ocupan de los autores que en cada Comunidad Autónoma son objeto de comentario en la EBAU. En cierto modo, puede sostenerse que fuera de las Facultades de filosofía… nadie se acuerda de él.

Ni se puede ni se debe dar saltos en el vacío. Hegel ese ‘emperador del pensamiento’ como ha sido denominado, con alguna retranca, ocupa un lugar destacado en la evolución de la filosofía europea. Se puede coincidir con él. Se le puede criticar abiertamente, más lo que debería estar proscrito es ignorarlo y eso es precisamente lo que se hace de forma ostensible.

Poco se ha hablado de la conmemoración del 250 aniversario de su nacimiento. El siempre inquieto e inteligente sociólogo y periodista, Rafael Fraguas, acaba de publicar en estas mismas páginas de Entreletras, un excelente e ilustrativo artículo donde realiza una introducción propedéutica a ciertos aspectos de su filosofía y, sobre todo, opina con fundamento, en torno a las causas que explican ese olvido y el escaso interés que hoy suscita.

No se puede despachar a Hegel con tres o cuatro tópicos y alguna que otra tautología. Desde mi punto de vista, tiene sentido rememorar su pensamiento, ‘aquí y ahora’, cuando Europa parece que ha perdido el rumbo. Todo tiende a trivializarse y el espacio para la filosofía y el pensamiento crítico, cada vez se va reduciendo más y más. Hasta la fecha, Alemania y el Reino Unido, suponen todavía un dique de contención… más si no se produce un giro significativo también, acabaran sucumbiendo a esta etapa de liquidez y  banalidad.

El ciudadano medio desconoce, por regla general, qué es y en qué se basa el idealismo filosófico. Para Hegel la mente crea la realidad. La totalidad de lo existente es concebido como una sustancia a la que podríamos denominar ‘espíritu’. No estaría de más, como se dice ahora, poner en valor que recuperó, en cierto modo, la metafísica, que sus raíces profundas están en Heráclito y que es mucho más platónico de lo que puede parecer en una primera impresión.

En el absoluto, en lo que él llama lo absoluto se identifican, se funden ‘pensamiento y ser’. Lo absoluto es ‘proceso’ y ‘retorno’. A todo eso Hegel lo llama ‘espíritu’. Es capaz de construir el sistema de pensamiento más complejo de la filosofía europea, donde se produce una adecuación total, una identidad entre ser y pensar.

Creo en esta liviana aproximación, que ha de destacarse por encima de muchos otros aspectos, lo referente a su metodología. Para él la realidad es dialéctica y si esto es así, dialectico debe ser el modo, el camino para conocerla y dar cuenta de los procesos que protagoniza.

Este proceso que Hegel dibuja consta de tres momentos: el primero de afirmación, que podemos llamar ‘tesis’, el segundo de negación o ‘antítesis’ y el tercero de superación, en un continuo avance, al que podemos denominar ‘síntesis’.

En esta aproximación de urgencia es recomendable releer o repasar, al menos, algunas páginas de su ‘Filosofía del derecho’ (1821) y de su ‘Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas’ (1817). Me atrevo a afirmar, eso sí, con las lógicas cautelas  que la ‘Fenomenología del espíritu’ (1807) no solo es un compendio provisional de sus ideas, sino que contiene el germen de muchos planteamientos que irá desarrollando posteriormente.

¿Cómo veo yo a Hegel? Como un pensador que pretendió seguir un camino recto pero se extravió varias veces en los recovecos que le iban saliendo al paso. Es una de sus escasas muestras de modestia, el que manifestara públicamente que podía estar equivocado. El mismo lo plasma cuando afirma: ‘Tengo el coraje de sostener el derecho a equivocarme’.

Para mí es un pensador un tanto frio, enigmático, incluso rencoroso, orgulloso y un tanto tiránico. En momentos expansivos tiende a vanagloriarse y a… ir más allá de los límites establecidos. Quizás el idealismo sea, entre otras cosas, el intento de materializar un sueño… el sueño de la razón.

Se siente atraído por el búho de Atenea… pero intenta aclimatarlo a los bosques y al clima germánico. Me lo imagino como un pensador que cruza un larguísimo puente… pero el puente no lleva a ninguna parte. En ocasiones ‘henchido’ se cree el centro de universo, otras veces da la impresión de ser un hábil alfarero que da forma, una y mil veces, a una inmensa ‘monstruosidad sin nombre’.

En su mirada impenetrable y altiva no es difícil percibir una chispa, un relámpago eléctrico de quien cree que ha logrado sacar al hombre del abismo y devolverlo ‘al reino de la conciencia’. Está convencido de que ha logrado situarse muy por encima de los demás pensadores, que para él no son otra cosa que ‘meros sustentadores de teorías, enfrentados unos con otros’.

Imagino su pensamiento como una inmensa y hercúlea tarea de dar forma a grises bloques de granito. Hegel se atrinchera en la oscuridad y, desde allí, busca una luz redentora. En cierto modo, fue siempre un trasterrado, condenado a vivir en la sombría patria de la soledad.

Para él la realidad no es más que pensamiento o idea. Significa, por encima de todo, la culminación del idealismo filosófico que Descartes inició. Es un pensador lleno de ‘recovecos’ al que hay que aproximarse con toda cautela. No es posible abarcarlo todo pero en su sistema filosófico el ‘espíritu absoluto’ tiene un papel crucial y determinante.

Estimo que la relación entre conocimiento y realidad en Hegel es un aspecto que debe ser siempre resaltado y puesto en valor. Hay quienes desisten, muy pronto, cuando intentan leerlo, al percibir la dificultad de adentrarse en un pensamiento que señala varias veces, que el absoluto es el todo y tiene por misión realizarse a sí mismo.

Desde luego no es sencillo, en modo alguno, comprender que la realidad se reduce a la idea o que todo lo real es racional y todo lo racional real. Me ha parecido siempre magnífica e incluso brillante su concepción de la dialéctica y el uso que hace de la negación para descubrir la verdad.

Voy a dedicar unas líneas sobre su filosofía política que, desde mi punto de vista, es de un valor nada desdeñable. Por utilizar sus propias palabras, la idea se realiza, en la  práctica, tanto en el plano ético como, sobre todo, en el político.

Es de singular transcendencia su reflexión sobre el Estado. En su concepción férrea, el Estado no es otra cosa que la máxima realización del espíritu en la esfera práctica. Sin embargo, sus opiniones políticas marcan decisivamente, su concepto de Estado y le dan un sesgo conservador muy claro. Su concepción del Estado es rígidamente absolutista. Su rechazo del liberalismo político es igualmente patente.

En Hegel hay siempre una tensión, que no es fácil armonizar entre opuestos. Por un lado, valora los derechos proclamados y reconocidos por la Revolución Francesa que provienen de la Ilustración, más por otro, su modelo de Estado  está nítidamente centralizado y representado por el Monarca Absoluto. Sus convicciones religiosas se hacen patentes asimismo, llega a afirmar que el Estado no es otra cosa que la realización de Dios en el mundo.

En sus concepciones políticas, ocupa un lugar de cierta centralidad su aspiración de un Estado para Prusia, para una futura Alemania unida. Con la habilidad que lo caracteriza, considera a la sociedad civil como un campo de batalla en el que se enfrentan los intereses de todos contra todos. Precisamente, por eso, la función que corresponde al Estado es la de ejercer un control sobre la sociedad civil. En resumidas cuentas ‘poner orden y mantenerlo’.

Según Hegel el Estado puede conciliar los distintos intereses en juego. ¿A través de qué instrumento? Evidentemente de la Ley. Tal vez con cierta exageración, algunos autores han considerado a Hegel como el filósofo que defiende un modelo de Estado jerárquico, centralizado y fuerte.

No debe extrañarnos que totalitarismos de distinto signo hayan proclamado las excelencias del estado hegeliano. Tomemos un solo ejemplo, cuando se afirma que todo lo que el hombre es, se lo debe al Estado, considero que queda suficientemente claro, lo que intento expresar.

En consonancia con lo anterior nunca defendió el voto para los ciudadanos, ni habló de partidos políticos. Además muestra, a mi parecer, un cierto cinismo cuando apela al juicio de la historia.

Conviene señalar en esta aproximación sucinta, que Hegel en su momento, gozó de un inmenso prestigio.  Para él la religión, en la que creía y profesaba, no debía ser otra cosa que la identificación y la seña de identidad característica del pueblo o la expresión máxima de su espíritu. No puede extrañarnos, por consiguiente, que aceptara, sin reservas, la necesidad de la unidad alemana bajo la batuta prusiana. Esto, en cierto modo, le supuso ser considerado el símbolo de esa futura unidad y el filósofo que había engendrado ese concepto.

En Hegel hay muchas caras, alguna de ellas poco exploradas. Me parece muy ilustrativo al respecto, que el pensamiento filosófico y político en Europa, tras él, se escindió en dos mitades: la derecha hegeliana y la izquierda hegeliana.

Llegados a este punto conviene precisar ¿Qué es la derecha hegeliana y quiénes son sus representantes más destacados? Nació de un grupo formado por sus discípulos predilectos en la Universidad de Berlín, su conservadurismo en materia política es incuestionable, prueba de ello es que fueron defensores de la restauración de las monarquías absolutas, tras la derrota napoleónica y el Congreso de Viena. Entre sus más conspicuos representantes se encuentran Eduard Gans, Karl Rosenkranz, Johann Eduard Erdmann, Karl Ludwig Michelet, Kuno Fischer… Como puede apreciarse a simple vista, ninguno de ellos aportó nada especial y dedicaron sus esfuerzos a desarrollar líneas de pensamiento que consideraban acordes con las enseñanzas cristianas.

Desde un punto de vista histórico y dialéctico tienen más interés los llamados ‘jóvenes hegelianos’ por unos e ‘izquierda hegeliana’ por otros que tuvieron la osadía de interpretar al maestro Hegel en un sentido, que podría calificarse de materialista y revolucionario.

Centraron su atención en el método dialéctico. Sus características más visibles fueron un ateísmo militante y un compromiso con la democracia.  En líneas generales, son más conocidos y valorados en la historia de la filosofía. Citemos tan sólo, a los más destacados: Bruno Bauer,  Ludwig Feuerbach y, sobre todo, Karl Marx.  Para mí, es incuestionable que incluso a pesar suyo hay que situar a Hegel, en cierto modo, como padre filosófico del marxismo.

La dialéctica hegeliana ha dado y aún sigue dando, mucho juego. En una enumeración de urgencia quisiera señalar a la Escuela de Frankfurt y, muy especialmente, a Adorno con su dialéctica negativa pero también, es justo señalar a H. Marcuse, a J. Habermas y a E. Bloch, que con toda su carga de heterodoxia a cuestas, rinden homenaje al concepto dialéctico de Hegel aunque se aparten en diversos aspectos de él. No me resisto a señalar que el apelativo neo-hegeliano llega hasta nosotros, hasta nuestros días, a través de pensadores como el esloveno Slavoj Zizek.

Lo cierto es que el influjo de Hegel con su ironía, sarcasmo, gusto por las paradojas, aún hoy –y es una prueba de buena salud- sigue perturbando y ofreciendo un haz prácticamente ilimitado, de interpretaciones a quienes tienen la audacia de aproximarse a él. Un solo ejemplo bastará para ponernos en esta y en otras pistas que hemos venido anunciando. ‘Aprendemos de la Historia que no es posible aprender de la Historia’

En nuestro país el interés por el estudio y análisis del idealismo filosófico ha sido notoriamente escaso. Existen, sí, interesantes páginas, por ejemplo algunas de Ortega y Gasset pero lo más frecuente es la repetición mecánica, como una cantinela, de citas de manual.

Me llama la atención, que en un país como Italia se ha concedido al idealismo filosófico mucha más importancia, si bien vinculado siempre, a una visión conservadora cuando no nítidamente reaccionaria o totalitaria. Los casos emblemáticos de Augusto Vera y, sobre todo, Bertrando Spaventa así lo atestiguan, suficientemente.

Posteriormente, existen pensadores idealistas que ‘coquetean’ e incluso algo más con el fascismo, como Giovanni Gentile o Benedetto Croce, que posteriormente, intentó desvincularse de algunos postulados e interpretaciones defendidos con anterioridad. Sin embargo, en el caso del país alpino, si podemos hablar de un pensamiento idealista sólido, bien estructurado y que ha dado sazonados frutos.

Antes de finalizar creo que debe hacerse, al menos, mención a las ideas de Fichte y de Schelling, a su vez continuador de la línea filosofía de Baruch Spinoza, los tres forman un triangulo y se influyen mutuamente. De los tres, el que sobresale como vértice es, sin duda, Hegel que desarrolla un sistema complejo en el que lo absoluto viene a ser el todo.

Es interesante poner de manifiesto que, especialmente Schelling, reivindica el carácter autónomo y no dependiente de la naturaleza. Conviene vincular y poner en correlación ese ‘concepto de naturaleza’ con la línea más ‘rompedora’ del Romanticismo.

A Hegel la lectura de Voltaire y Rousseau le causó un fuerte impacto… más fue una influencia pasajera… de juventud, podríamos decir.

Hemos comentado, al inicio de estas reflexiones, que no debemos permitirnos la frivolidad de prescindir de Hegel. Es lícito combatirlo pero no ignorarlo.

En estos tiempos de dudas, tribulaciones, pánico ante el futuro que nos aguarda, condicionados como estamos por la ‘pandemia’ que nos azota y que ignoramos cuando lograremos superarla, es cuando menos oportuno recordar que ‘Nihil novum sub sole’

Wilhelm Friedrich Hegel, falleció en 1831 víctima del cólera, una enfermedad infecto-contagiosa. El dolor y la muerte, así como el miedo, con sus secuelas paralizantes y generadoras de sumisión  están presentes en todos y cada uno de los momentos históricos.

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