septiembre 2020 - IV Año

ENSAYO

Síntomas psicopatológicos en tres de los principales líderes mundiales,…

Trump, Johnson y Bolsonaro

trumpybolsoAl concluir la Segunda Guerra Mundial, el Almirantazgo británico, hasta entonces exponente de la hegemonía geopolítica anglosajona vigente en Europa y América, se propuso la necesidad de establecer a escala mundial un código legal mediante el cual no pudiera nadie acceder al poder sin pasar antes por un examen personal relativo a su equilibrio mental. El caso de Hitler era considerado el trágico ejemplo cuya repetición no debiera repetirse jamás. Hoy, 75 años después de aquella receta, la realidad política anglosajona, entre otras de la escena mundial, demuestra el poco caso que tanto en Inglaterra como en Estados Unidos se hace de la bienintencionada iniciativa de los pulcros almirantes británicos.

Cabe afirmar que los dos máximos exponentes de la hegemonía anglosajona, Boris Johnson y Donald Trump, más el presidente brasileño Jair Bolsonaro, se ven afectados, en distinto grado, por perturbaciones mentales que psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas definen como psicopatologías. La doctrina psicopatológica se remonta a 1831 con J. C. Prichard, se desplegó por J. L. A. Koch en 1891 y posteriormente, en los años 60 del siglo XX, la desarrollarían ampliamente K. Schneider, H. Binder, M. Bleuler, N. Petrilowitsch, más los españoles J. J. López Ibor y F. Alonso Fernández, entre otros tratadistas (1).

Trastornos emocionales, falta de autodominio, irritabilidad

Según los paradigmas científicos clínicos hoy vigentes fundamentados, entre otros, en los conocimientos de estos psiquiatras, tanto Trump, como Johnson en menor medida y Bolsonaro de manera plena, presentan trastornos de conducta de origen endotímico –es decir, emocional y afectivo-, que suelen cristalizar en impulsos agresivos fuertes. De igual modo, los tres, que ocupan posiciones prominentes en la escena geoestratégica, geopolítica y medioambiental a escala mundial, respectivamente, se caracterizan por mostrar evidentes carencias de sentimientos –léase empatía-; se distinguen también por falta de autodominio y por la ausencia de un básico sentido ético –como han demostrado a la hora de encarar la pandemia Covid 19-, rasgos psicopatológicos todos ellos consustanciales al trastorno psicopático, conforme a la tradicional doctrina psico-psiquiátrica. La personalidad psicopática se muestra incapaz de crear lazos afectivos permanentes y duraderos; carece de sentimiento de culpa y presenta otras anormalidades, en ocasiones relacionadas estrechamente con la neurosis, que le llevan a moverse conductualmente en ámbitos de amoralidad. La personalidad psicopática se caracteriza, además, por impulsos agresivos descontrolados, signados por irritabilidad cíclica y por furia, alteradas con fases de euforia, tal como revela diariamente Donald Trump. Tales son algunas de las características y derivadas psicopatológicas que definen a grandes rasgos los temperamentos y las conductas de los tres dirigentes señalados.

johnosonSirvan tres ejemplos: el tratamiento agresivo dado por Donald Trump a la crisis etnosociopolítica con graves disturbios, desatada en 141 ciudades de Estados Unidos tras la muerte de George Floyd, invocando furiosa y visceralmente la presencia del Ejército en las calles –presencia negada por el alto mando militar- así como la obcecada negación, por parte de Trump, Johnson y Bolsonaro, del alcance de la pandemia en Estados Unidos, Reino Unido y en Brasil, respectivamente, muestran a las claras que sus conductas evidencian algunos de los trastornos descritos. Pero indaguemos algo más: la zarabanda de cambios en las más altas esferas políticas de Estados Unidos, donde la duración media del mandato de un alto cargo designado por Trump difícilmente supera el año, es un síntoma de desequilibrio e inmadurez, así como de enfermiza desconfianza hacia su propio entorno.

Contemplemos también el delirio persecutorio de Bolsonaro al sentirse acosado por la Policía, a la que intentó impedir las investigaciones sobre su propio hijo, o su actitud por obcecarse criminalmente en saludar sin mascarilla a miles de sus devotos evangélicos cuando las morgues brasileñas se llenaban de muertos por el virus o pasear a caballo entre multitudes… Todo ello contribuye a corroborar el diagnóstico precedente, reafirmado además por otras pulsiones sin control, como el narcisismo, el ansia de espectacularidad –por cierto, síntomas compartidos por otros líderes mundiales- y rematado por salidas políticas desconcertantes de cada uno de ellos carentes de sensatez, de humanidad y de empatía.

De tratarse de problemas domésticos, que afectaran únicamente a comunidades reducidas, las soluciones podrían tener un acomodo intracomunitario; pero, desafortunadamente, no es el caso. Se trata de personajes con ascendiente no solo sobre los aproximadamente 550 millones de habitantes de sus respectivos países sino, además y sobre todo, con una fortísima presencia y proyección de sus decisiones sobre el panorama mundial. Que la facultad de respirar de la población del Planeta –la benéfica emisión de oxígeno a la atmósfera desde la foresta de la selva amazónica- esté en manos de un tipo como Jair Bolsonaro, que aleccionada la tala descontrolada de los bosques brasileños sin importarle su impacto ecológico universal, es un motivo de gravísima inquietud.

Los analistas dicen que a Bolsonaro, carente de empatía ecuménica, le mueve tan solo su ambición por lograr el apoyo de los grandes lobbies mineros, ganaderos y cárnicos locales o multinacionales siempre en busca de nuevas menas, yacimientos o pasto, a costa incluso de asfixiar el Planeta. En cuanto a Boris Johnson, su empecinamiento por negarse siquiera a sugerir restricciones de circulación a sus conciudadanos en pleno desbocamiento de la pandemia mortal, parece ser otra manifestación de un trastorno mental, en este caso con visos narcisistas o paranoides. Tampoco tuvo escrúpulo alguno en ganar la elección y consumar el Brexit arteramente, mediante campañas electorales telemáticas subliminales –y amorales- ahora al descubierto, que capitalizaron la despolitización de amplias franjas de las clases medias y proletarias británicas, en su día motoras de los avances sociales a escala mundial.

Confesiones del halcón Bolton

Bolton y TrumpBolton (izquierda) y TrumpDe Donald Trump, qué decir. Cumple puntualmente el clásico corolario ‘orden y contraorden, desorden’: no es capaz de mantener a su lado un solo alto cargo nombrado por él mismo durante más de unos meses. Su desconfianza congénita es fruto de una insana inseguridad. Muestra un trastorno de logorrea –no para de hablar-, hace continuos alardes narcisistas y es de una incultura aterradora. Ahora resulta -según afirma en sus memorias recién editadas su halcón John Bolton, caído en desgracia en la Casa Blanca donde se desempeñó efímeramente como Asesor de Seguridad Nacional,- que el presidente norteamericano, que tiene en su mano el botón nuclear, desconocía irresponsablemente que el Reino Unido perteneciera al club de potencias nucleares y preguntaba si Finlandia pertenecía a Rusia.

Bolton, todo hay que decirlo, ahora expulsado del poder, fue en su día el artífice del apoyo político e indirectamente, económico-financiero de algunos poderes fácticos norteamericanos a la formación política española de ultraderecha Vox. Pese a sus denuncias contra Trump, Bolton no tuvo reparo en apoyar no solo a Vox sino a otras organizaciones ideológicamente afines en Centroeuropa y en el sur del continente, en cuyas filas, por cierto, abundan numerosos psicópatas, paranoicos e histéricos de corte ultraconservador o fascistoide.

Por consiguiente, adquiere hoy una gravedad inusitada el hecho de que amplísimas cuotas del poder nuclear y mediaombiental mundial esté en manos de perturbados mentales, caracterizados por sendas psicopatologías. Trump tiene en su mano la posibilidad de dirigir o intervenir en una contienda con armas nucleares de previsibles efectos devastadores sobre la Humanidad. Johnson espera que su amigo Trump, que le aleccionó a abandonar la Unión Europea, satisfaga el encargo británico de la construcción de diez submarinos nucleares, en medio de la crisis y ello presumiblemente para preparar, como aliado de aquel, una confrontación prebélica con China. Y Bolsonaro puede decidir -y ya lo está consintiendo-, rebajar la calidad del aire que respira el género humano: tres personas que poseen gran parte del control del destino del mundo, carentes las tres de sentimientos y de empatía, así como de básicos sentidos de la eticidad.

Algunos de los grandes mentores del pensamiento psiquiátrico definen la personalidad psicopática como una sociopatía -amoral pues-, incorregible. ¿Hay alguien consciente de estas inquietantes evidencias entre los circuitos fácticos que deciden o influyen en las decisiones que dibujan el futuro del mundo? ¿Lo saben en Naciones Unidas, en la Unión Europea, en los grandes monopolios, las multinacionales, los Estados Mayores…?

Desde el fin de la Edad Media y hasta el siglo XVI y XVII, pensadores cristianos como Santo Tomás de Aquino, Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, entre los católicos, o el protestante hugonote francés Phillipe Duplessis Mornay, escribieron tratados denominados Vindiciae contra tiranos en los cuales reivindicaban doctrinas tendentes a atajar la tiranía mediante fórmulas que contemplaban -y justificaban, incluso- el regicidio (2). Hoy, desde luego, no se trataría de recurrir a la eliminación violenta, totalmente inhumana e ilegal, de los déspotas; más bien se trataría de someterles legalmente a su cura psiquiátrica; en las llamadas democracias representativas, que se dicen vigentes en Estados Unidos, Reino Unido y Brasil, hay fórmulas, protocolos y leyes que cabe democráticamente aplicar para apartar del poder a quienes, por su inestabilidad mental, pongan y ponen en peligro el futuro de la Humanidad. Es hora ya de que se apliquen tales normas, no vayamos, todos, a llegar demasiado tarde.

NOTAS:

(1) En Francisco Alonso Fernández, catedrático emérito de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la UCM. Fundamentos de la Psiquiatría actual. Tomo II. Editorial Paz Montalvo.
(2) Phillipe Duplessis Mornay (Stephanus Junius Brutus) ‘[…]. Si el príncipe persiste y no rectifica […], sino que tiende a cometer impunemente todo el mal que le plazca, entonces es en verdad culpable declarado de tiranía, y es lícito ejercer contra él cuanto el derecho o una justa violencia permita contra un tirano […]’.

 

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