octubre 2020 - IV Año

ENSAYO

Hegel: un contradictorio pensador imprescindible

250 aniversario del nacimiento de Hegel 

Controvertido, contradictorio, discutido, admirado, atacado, vilipendiado. Estas, y muchas cosas más, pueden encajar en un perfil tan complejo como es el del filósofo alemán GEORG WILHELM FRIEDRICH HEGEL de quien este año se cumple el ducentésimo quincuagésimo aniversario de su nacimiento. Todas estas cosas, y muchas más, se pueden decir, en efecto, de un pensador imprescindible cuya extensa y decisiva obra no merece el olvido, cuando no la culpable omisión, a la que ahora se ve sometida. Se le puede discutir, se le puede rebatir, se le puede, incluso, rebajar hasta la categoría de charlatán que le otorgó Arthur Schopenhauer. Lo que no se debería hacer nunca con su aportación vital es ignorarla. Tanto es así, que James Hutchison Stirling, autor de EL SECRETO DE HEGEL, no dudó en aclamarlo como el Aristóteles moderno.

Esa contradicción se ha convertido en una constante en los estudios, críticos o no, en torno a la figura de Hegel. Su método de razonamiento, la celebrada DIALÉCTICA HEGELIANA, sirvió como base a KARL MARX para formular sus teorías sobre la sociedad, la economía y la política. Pero, también, permitió a Adolf Hitler aferrarse en su disparatada ensoñación a las conclusiones de un filósofo que llegó a afirmar que “solamente el mundo germánico, como encarnación del auténtico cristianismo, representa la verdadera libertad”.

Afirmación, negación y superación. Estos tres conceptos de la dialéctica hegeliana se han barajado de forma profusa y desigual por parte de sus defensores y detractores. De hecho, su legado, dio pie al nacimiento de dos corrientes opuestas: los hegelianos de derecha, seguidores del conservadurismo político que es evidente en su obra, y los hegelianos de izquierda (o jóvenes hegelianos) que, con Marx a la cabeza, destacaron el sentido revolucionario de su pensamiento. Marx y Engels, de cualquier forma, al elaborar su doctrina filosófica, tomaron distancia con respecto a

la fórmula hegeliana. Es cierto que aceptan que Hegel formuló los más destacados principios de la dialéctica, pero no aceptaron que la suya fuera idéntica a la del pensador alemán. “Mi método dialéctico – ha dejado escrito Marx –- no solo es fundamentalmente diferente del método de Hegel, sino que es, en todo y por todo, su reverso”.

Desavenencias por la izquierda y desavenencias por la derecha. Karl Popper se indigna ante la posibilidad de situar a Hegel a la altura de los grandes pensadores de la historia. “Muchos amigos – dice – me han criticado por mi actitud hacia Hegel y por mi miopía para apreciar su grandeza. Por supuesto que tenían toda la razón del mundo, puesto que, efectivamente, fui incapaz de verla y sigo si verla todavía a pesar de que, para subsanar esta deficiencia, he realizado una sistemática indagación para tratar de descubrir en donde residía su grandeza”.

Todavía hoy, 250 años después de su nacimiento, existen todo tipo de discusiones y teorías sobre su ideología. Y es que un pensamiento tan complejo y, al mismo tiempo, tan contradictorio en la forma resulta difícil de catalogar de manera convencional. Su ambigüedad permite considerarlo tanto un recalcitrante conservador como un reflexivo pensador de izquierdas. Ya hemos dicho que, según el prisma con que se le observe, puede ser el inspirador del estado absolutista, el precursor del fascismo y, al mismo tiempo, el antecedente del marxismo. Sea como sea, su obra sigue siendo base fundamental para el estudio y la definición de campos tan diversos de la reflexión humana como son la filosofía de la historia, de la estética y, sobre todo, de la ética social. Está considerado como el máximo representante del idealismo y uno de los teóricos más influyentes del pensamiento universal del siglo XIX. Eso no quita, para que su obra siga despertando, prácticamente a partes iguales, tanta admiración como desconfianza. Su gran aportación, la introducción del concepto de la dialéctica en la filosofía, supone una eficaz forma de analizar la historia del mundo y del pensamiento. Así, todo movimiento se genera como solución a las contradicciones del movimiento anterior.

Hegel trató de explicar de esta manera el devenir de la historia humana en sus aspectos sociales, políticos o religiosos. La discusión, pues, sigue abierta.

Como muestra de todo lo anterior sirven, sin duda, los dos ensayos recientemente publicados en ENTRELETRAS por el sociólogo y periodista RAFAEL FRAGUAS y por el profesor ANTONIO CHAZARRA, dos visiones diferentes, dos interpretaciones diversas, las dos igualmente válidas y, a pesar de sus diferencias, coincidentes en algunos aspectos. Una vez más, la contradicción como elemento común de un pensamiento que se caracteriza por ser uno de los sistemas más complejo, rico y articulado de toda la filosofía moderna y contemporánea. Los conceptos fundamentales de HEGEL, desarrollados en sus obras más destacadas (La Fenomenología del Espíritu, Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas o Elementos de la Filosofía del Derecho y la Estética), suponen la construcción de un auténtico laberinto teórico que, en oposición a los principios kantianos, representa la suma orgánica de una visión del mundo que tendrá, como ya he dicho, una decisiva influencia sobre la historia universal de la cultura. En el centro del sistema hegeliano se sitúa la idea de una racionalidad que se desarrolla de forma progresiva en lo real. Esta idea se expresa y actúa dentro de la naturaleza traduciéndose, posteriormente, en espíritu o autoconciencia del ser humano en todas sus actividades sociales, políticas, culturales y artísticas.

En su amplio y complejo sistema conceptual, Hegel otorga en papel central al espíritu como negación de la naturaleza que, a su vez, se convierte en la negación de la idea. Esta dialéctica de tesis, antítesis, síntesis, por la cual lo racional es real y lo real es racional, se despliega y se integra en la historia que, para el pensador alemán, está supeditada y dominada por una voluntad divina que se manifiesta plenamente en ella. Así, la Fenomenología del Espíritu puede considerarse la epopeya de la dialéctica con elementos fundamentales como son la dialéctica siervo-patrón y la conciencia infeliz.

La Filosofía del Espíritu, tercera parte de la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas, subdivide el espíritu en ESPÍRITU SUBJETIVO, es decir, el individual, ESPÍRITU SUBJETIVO, el social, y el ESPÍRITU ABSOLUTO, el auto entendido. En un primer momento, es la antropología la que se ocupa del estudio del alma, entendida como la conexión entre la naturaleza y el espíritu para, posteriormente, entrar en la fase de conciencia, la FENOMENOLOGÍA, y en la de autoconciencia, es decir, la psicología que permite el nacimiento del espíritu subjetivo realizado plenamente en el espíritu libre. Por fin, el ESPÍRITU OBJETIVO, así como las instituciones sociales que le corresponden, tal y como se explica en los Elementos de la Filosofía del Derecho, se dividen en DERECHO, (la libertad de la persona en abstracto), MORAL y ÉTICA, (o libertad responsable en los conceptos de FAMILIA, SOCIEDAD y ESTADO), que, para HEGEL, es la forma más elevada de la verdad objetiva. Finalmente, el ESPÍRITU ABSOLUTO se compone de ARTE, RELIGIÓN Y FILOSOFÍA.

Dada su complejidad, la extensa producción de HEGEL presenta no pocas dificultades para su comprensión y estudio. En su obra, faltan respuestas absolutas a muchos de los capítulos que la componen quizá por la gran cantidad de materias que aborda. Formado en el férreo seminario de la ciudad de Tubinga, tuvo como compañeros al también filósofo Friedrich Schelling y al poeta Friedrich Hölderlin. Los tres, en un principio, fueron asiduos testigos en la distancia de la Revolución Francesa. Y los tres estudiaron con atención la filosofía kantiana. Pero sus fuentes fueron muchas más. Aristóteles, Platón, Descartes o Rousseau, entre otros, alimentaron una constante curiosidad plasmada, posteriormente, en sus obras.

Hegel tiene el mérito añadido de ser uno de los primeros pensadores en reflexionar sobre el ESTADO MODERNO. Sus reflexiones giraban en torno a conceptos tan actuales como la conciliación de la libertad personal y las leyes del Estado sobre economía, bienestar, libertad de prensa y dignidad de las instituciones, entre otras, Estas concepciones metafísicas las aplica a la política y, sobre todo, a la filosofía del Estado tal y como desarrolla en la FILOSOFÍA DEL DERECHO. En su concepción política, confluyen varias corrientes del pensamiento moderno: liberalismo, absolutismo y democracia, revolución y restauración. Una vez más, sus reiteradas contradicciones. En él es muy reconocible el sentimiento, sin duda reaccionario, pero no exento de una profunda seriedad política, de la totalidad e incluso de la divinidad del Estado. Para él, el verdadero Dios es la tierra. Por eso, afirma, el Estado es absoluto y divino. Representa y expresa, mediante la autoridad y la ley, la historia de un pueblo.

Eso no le impide oponerse con rotundidad a reaccionarios como Karl Ludwig Von Haller que, en su obra Restauración de la Ciencia del Estado, rebajaba al Estado a una mera autoridad por derecho divino, despótica y privada de todo contenido moral.

El Estado de Hegel no es una mera potencia de orden trascendente sino de orden racional que debe poseer una dignidad moral y respetar una ley moral. No acepta, en consecuencia, la concepción kantiana de la moralidad como una mera ley interior de conciencia. En el Estado, con sus leyes, se expresa la ética del pueblo que tiene, sí, un aspecto interior, (vive en la conciencia de los sujetos individuales), pero se manifiesta exteriormente en la autoridad del Estado que resuelve y perfecciona las leyes de la convivencia y del derecho de la sociedad civil. Trata de justificar, pues, su concepción del ESTADO ÉTICO que es absoluto, monárquico y cristiano pero que encarna, o debería encarnar, la voluntad histórica del pueblo.

Junto a una concepción del Estado que resulta absolutamente reaccionaria hasta el punto de justificar la política del estado más reaccionario de Europa, el Reino de Prusia, la teoría hegeliana destaca, también, la profunda aspiración de la sociedad europea de superar el estado liberal con sus límites y contradicciones

Y es que, como señalan algunos autores, la filosofía hegeliana cae en una profunda contradicción entre el método y el sistema ya que, mientras su método dialéctico afirma que el proceso del desarrollo del conocimiento es infinito, su sistema idealista le lleva a considerar que su filosofía supone el final de todo desarrollo al llegar a la verdad definitiva. El método dialéctico se basa en que todo se desarrolla de manera dialéctica y el sistema presenta a la naturaleza como la negación de la dialéctica.

Así las cosas, entre detractores que querrían borrarle del mapa de la memoria histórica y entre aquellos que continúan considerándolo como una fructífera fuente de inspiración, no se puede ocultar la profunda influencia que Hegel ejerció entre los pensadores de su época. Aunque solo fuera por eso, y evidentemente por otras muchas cosas más, estamos ante un autor que hay que estudiar y conocer a pesar de lo, en ocasiones, confuso y ambiguo pensamiento. Schopenhauer afirmó que su principal mérito consistió en saber tomar el pelo a sus contemporáneos. Charles Taylor estima, por el contrario, que estamos ante un pensador que, por algunos de los temas relacionados con la naturaleza que abordó, permanece en plena vigencia. “El hecho de que aún estemos tratando de reconciliar la libertad con la naturaleza –escribe el filósofo canadiense—nos permite situarnos todavía en el período romántico. Por muy extrañas o extravagantes que puedan parecer sus doctrinas, los románticos aún nos hablan”.

Es cierto que, con el paso de los años, los conceptos de totalidad, de proceso y de dialéctica intrínseca han logrado una mayor y mejor precisión analítica y conceptual. Pero a él, a Hegel, le corresponde el enorme mérito de haberlas legado e introducido, ya para siempre, en la filosofía occidental.

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