marzo de 2026

EL ECO Y SU SOMBRA / Una novela futura

Fotografía de Marina Sogo

No saber qué hacer cuando no se escribe. No tener lenitivo, emoliente, bálsamo, delicado placebo que reemplace la ocupación de la escritura, refugio más útil, terraza para dejar pasar el tiempo y ver gente. No aducir cansancio, ni siquiera colar la idea de que la musa se ha fugado o que de cuando en cuando conviene un receso, un armisticio, un hoy soy ágrafo, una especie de vacaciones de uno mismo, que es escritor enfermizamente y a todo le adjudica una conjetura de texto y que se cree roto o huérfano o triste o tal vez esas tres cosas juntamente cuando pasa un día o pasan diez y no da con una frase desde la que armar otra y otra hasta que ese texto irrumpa en lo real, se imponga, haga de la nada un cuerpo, si es que lo hace y el cuerpo se vale solo y no es suyo.

Hay algunos textos que salen si se les llama: están en la cabeza y la abandonan cuando no se espera. Un escritor es alguien que se plagia a sí mismo. Tengo un amigo que escribe y tiene periodos de infertilidad, como casi todos los que escribimos. Cuando le sobreviene la pájara, M. nada o corre o monta en bicicleta o pasea. Escucha clásica o ve series de espías en la tele o lee atemorizado de que lo leído haga resurgir al escritor y se acabe la feliz estancia en la pereza. Se está mejor sin escribir. Mi cuerpo no nada ni corre ni monta en bicicleta. A lo sumo, pasea o va martes y jueves al gimnasio a descubrir la orfandad de los músculos.

El hecho de pasear o de levantar pesas o de ver series de espías es un preámbulo de la escritura. Uno va anotando cosas que dan para empezar algo. Al principio es una frase. Puede estar hasta enteramente armada o tan sólo insinuar un comienzo, un lugar desde donde partir. Lo que derrota cualquier posible prestigio de caminar es que una circunstancia insólita (o una familiar que no se ha visto en detalle) tenga la facultad de interrumpirlo. Creo no haber caminado jamás movido únicamente por la voluntad de desplazarme. Todos los movimientos suceden antes en la cabeza: el cuerpo es un actor secundario. Toda la memoria es una formulación de esa idea de lo estático. A veces refrenda lo que gesta la imaginación, pero no es fiable nunca.

Hay países en los que he estado sin haber puesto un pie en ellos. Pero sigue la escritura. Ocupa lo que la realidad en ocasiones no consigue. Por oír la luz la boca estraga su latido. Por reparar el dolor el corazón se desoye. Una sinestesia orgánica. Una alquimia. A M. anoche se le ocurrió no escribir y leer más: un Borges convencido. Eso me dijo. Tal vez lleve razón. Que escribir no sea algo de lo que pueda uno jactarse. Que probablemente acabe cobrando algún peaje. Que no tenga otra utilidad que la de distraerse, no la de entender ni la de guiar, sino la de entenderse o guiarse. Esa pequeña contribución a la felicidad. Pero escribir es un pulmón que continuamente se ocupa y se desocupa de aire. Un corazón que da a la sangre el sublime recado de ser únicamente sangre. Una sístole, una diástole. Una sístole, una diástole.

A Bukowski le pasaba que si se tiraba una semana sin escribir enfermaba. «No puedo caminar, me mareo. Me tumbo en la cama y vomito. Me levanto por las mañanas con arcadas, necesito escribir. Si me cortaras las manos, escribiría con los pies». Era su mala vida, ese rango de perdedor sublimado, el que lo impulsaba a hacer algo que lo reconciliara con la belleza o con la franqueza o con cualquier consideración moral que lo extrajera de la sencilla rutina de vivir y arrimara algo más hondo, quién sabrá qué cosa será la arrimada y qué es la hondura. «La creación es un don y una enfermedad». Se escribe porque no queda otra, se vale el escritor de esa ocurrencia paradójica porque tal vez no sepa hacer otra cosa o, si es de verdad severa la enfermedad, crea que escribiendo podrá sanarse.

Por fortuna, tengo vicariamente a alguien que escribe cuando yo no tengo ganas de hacerlo. Lo reclamo, sin entusiasmo. Acude pronto. Se envalentona, abre algo que no sé yo abrir y empieza a escribir por mí, que no estoy por la labor, que no doy una a derechas y temo perder la costumbre o temo que la falta de inspiración sea lo suficientemente evidente como para desgraciar cualquier tentativa futura. Escribir es de tozudos. Se hace por costumbre, uno es escritor con el mismo entusiasmo (iba a decir obligación) que se es padre o hijo o amigo. Ese que comparece y ocupa mi lugar, dónde andaré yo, qué me habrá movido a disponer de su entereza y su vocación, es indistinguible de mí, doy eso por seguro, pero de alguna forma barajo la posibilidad de que seamos dos y llegue un momento en que el uno no quiere saber nada del otro o en el que escriba sin que yo le reclame, aunque firme con mi nombre y, sin margen de duda, parezca que soy yo quien determinativamente se ha animado a dejar constancia de algo, a registrar alguna epifanía, algún susurro, algún propósito de verdad o de belleza. Ahora, vuelvo a Borges, no sé quién de los dos está escribiendo este texto.

No creo en que escribir requiera un rito. Las palabras siempre están a mano. Unas van tirando de otras, se buscan, ajustan su brillo, administran el contorno hasta que ocupan el lugar que les corresponde. El hecho de que se las nombre hace que existan. Se incorporan a la realidad, la cincelan. Es posible que el texto ya estuviera y uno únicamente se encargara de apartar la bruma y adecentar las partes vistosas, las que más se impregnan y con más visible ahínco nos interrogan. Como el escultor que extrae del mármol lo que nadie ve y el mármol esconde.

Mann hizo de su literatura una crónica del declive, un inventario pormenorizado de cuanto alienta o contribuye a que esa decadencia prospere con el fulgor de lo reservado a lo espléndido y vivo. «La montaña mágica» (inolvidable Hans Castorp y el sanatorio en Davos) debió alimentarse de esos apuntes. Yo la querría haber escrito y no Mann, pero todavía puedo envalentonarme y ser Pierre Menard en esta noche de viernes. Sé que es una novela sobre la enfermedad o sobre el aburrimiento o sobre la disipación considerada una de las nobles virtudes del género humano, pero la novela avanza con mórbida seguridad y las mil páginas (tantas serán) parecen ocupar un otoño entero, aunque las hayamos franqueado en cinco días (enfermos, aburridos, disipados días).

En las notas de Mann, las que propiciaron algo de su obra publicada, habrá otras novelas ocultas, invisibles. Me pregunto si en mis notas (ahora escribo en el móvil, ese es mi cuadernito rojo de anillas y pasta dura) estará mi novela futura. Ya hice una. La por venir tratará de algo que no alcanzo a comprender, pero sé que tendrá sentido y hablaré de ella a tres amigos. Uno escribe para tres amigos. A veces poemas o cuentitos o una novela. También escribe para el escritor afantasmado, el que está por ahí adentro, el tímido.

Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa, que ni yo mismo me entiendo, escribió Aute, ahora lo escribo yo. También habla del tiempo y de la enfermedad. Mi novela futura es una tentativa de dolor. No ha habido hoy forma, al releer las cincuenta escasas páginas que llevo escritas, podrán ser cien, no sé cómo contar páginas (una podrá valer por tres y otra restar al conjunto y adelgazar el cómputo), de dar con un título. Saldrá más tarde. Ruego perdonen si alargo las frases. No es adrede, no sé con qué podarlas, aunque lo cierto es que me agrada en ocasiones que se extiendan. Semejan una apnea de Dios. Si luego irrumpe el título (esta noche si no me visita el sueño) escribiré con más ardor. Ninguno tan redondo como el de Mann. Debió ser un infeliz el infeliz Mann. Se ve al leer que escribía para no pensar en su desdicha. Bendito él.

En la elección de los títulos intervienen circunstancias extrañas. Hay cuentos que provienen del hallazgo de un título deslumbrante, de los que te parecen perfectos y a los que intentas acoplar una trama pareja, pero te puedes tirar horas, reemplazando unos por otros, creyendo que uno ha superado la criba definitivamente para más tarde comprobar que ha caído y no te agrada, hasta lo consideras pésimo. No creo que hoy resuelva mi propósito, el del título para mi novela. Manejo tres, dos muy parecidos. No será ninguno de ellos, tendré la epifanía cuando no me lo espere y me asaltará en el lugar menos propicio, no sé, en la cola de la charcutería (hace falta embutido en casa) o en la cama, cuando se te empiezan a nublar los ojos y la mente adquiera esa cualidad asombrosa de ver al tiempo lo velado por los sueños y lo revelado por la realidad. Sé sin margen de duda a quienes se la daré, esos primeros lectores que siempre serán temibles. Tengo tres o cuatro insobornables. Ellos lo saben.

Seré escritor para aplazar la certeza de mi desdicha, me pregunto. Seré Castorp, ese joven alemán que ya se me empieza a desdibujar en la memoria, en el invierno en Davos, en ese sanatorio en el mismo limbo, al aventurarse en la nieve con la sangre ocupada de Oporto y el alma soñando con la muerte y burlándose de ella. Escribir es dolerse del aire al entrar y salir de los pulmones y, no obstante, no dejar de respirar. Por lo demás, nunca querría ser Castorp, deben ser aburridas esas clínicas temerariamente surgidas entre montañas suizas.

Ser Thomas Mann el tiempo indispensable para escribir «La montaña mágica» tendría su punto. He visto fotos de Mann y amedrenta esa cara sin sentimentalismo alguno, como comida por alguna devastadora afección particularmente dotada para retirar de las facciones cualquier atisbo de ternura, uno de esos rostros que manifiestan a gritos no haber tenido infancia. Yo no querría ser Thomas Mann. De hecho, ni tengo una familia que favorezca una rica vida interior de la que más tarde extraer episodios dramáticos, pasajes de una hondura humana inconmensurable. La mía es de una sencillez maravillosa. Es admirable su poco aprecio a la extravagancia. Nunca sucedió nada en ella que no pudiera haber sucedido en la tuya. A lo sumo, podría echar mano de alguna de esas historias que contaba mi abuela Luisa, tan narrativa ella. Escribo porque mi abuela contaba historias. Escribo para hacer más larga la vida.

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