Lago Topo (Isla de Delos, 2022) es, a mi criterio —como expuse en la presentación reciente de la novela de este título—, un texto de denuncia desgarrada que, nacida de la propia experiencia del autor y de su entorno, se despliega más allá de sus referencias circunstanciales expuestas hasta abarcar la sociedad en la que vivimos y en la que muchos experimentan in extremis, es decir, dolorosamente, sin esperanzas, sin futuro, y esforzándose por sobrevivir más allá de la hostilidad que les depara el mundo, tanto en el presente como a lo largo de los tiempos. Una sociedad sometida a la degradación, objeto de la mejor literatura escrita desde sus primeros tiempos.
La historia nos pone ante una población de marginados en aumento de resultas de la pérdida de su trabajo, que más allá de lo fáctico y lo personal de la experiencia real, se extiende con un vuelo fantástico hasta construir un mundo de opresión en el cual masas ingentes de sucesivos marginados se ven abocados al desgaste y reducidos a la impotencia («voluntaria», según la calificaba La Boétie), a una degradante resignación e incluso a componer una masa muchos de cuyos elementos acaban vigilándose los unos a los otros, enjuiciando los más leves actos que se aparten de la sumisión que la mayoría va aceptando como «razonable», aun cuando esos actos contribuyeran a la adaptación resignada al sistema. Juicios que llegan a veces, demasiadas, hasta la denuncia de esas víctimas entre las que, sin embargo, se cuentan.
Precisamente, lo que pone de manifiesto el grado más atroz de la degradación es la claudicación «asumida», dada por «justa» o «merecida» y «necesaria», bajo cuya pesada atmósfera se tiende, y en muchos casos se llega, a renunciar al ser para sobrevivir obedeciendo; un punto en el cual la individualidad se hunde, tendiendo a desintegrarse o a lo que hoy podríamos llamar «robotizarse». Es el fin supremo que persigue ese régimen que los ha marginado «por haber perdido el empleo», aplastándolos o aprisionándolos hasta la asfixia, como por un tentáculo parasimpático o una de las serpientes de Tenedos, arma a distancia de los dioses vengativos de tiempos mitológicos, muy sensibles a las ofensas, muy narcisistas; hoy burocráticos, es decir, presos a su vez de su «carrera», insensibles, inescrupulosos, miserables y cada vez más mediocres y también, circunstancialmente, narcisistas.
Ni más ni menos que el «hundimiento» denunciado por Primo Levi en su novela testimonial Si esto es un hombre, que se experimentara en los campos de exterminio nazis destinados a lograr su soñada y propagandística «Solución Final», pero el mismo que, en cada caso a su manera, se buscara con la institución del Gulag soviético, los «campos de reeducación» chinos y los camboyanos, donde el método de exterminio que se emplearía sería el del agotamiento físico por el trabajo y una alimentación más que insuficiente, devastadora; en el último de los casos citados, con el objeto declarado de sepultar bajo los arrozales a toda una generación despreciada por considerarla «corrompida» para desarrollar una «nueva» por medio de la inseminación forzosa, «jemer roja» pura, representada por los leales guardias y torturadores, esbirros aceptablemente asalariados con licencia para ejercer su personal crueldad… a veces más allá de las normas e instrucciones detalladas en científicos manuales de procedimientos, y tanto para su goce sádico como para ganar galones.
Esto entre muchos más casos, como el reciente de los túneles en los que el terror confinó, torturó, vejó y asesinó a más de doscientos rehenes «cazados» después de vejar, exterminar y hasta quemar vivos a más de mil doscientas víctimas —hombres, mujeres, niños y bebés incluidos—, representativas de un pueblo al que odiaban, odian y odiarán, al que siguen prometiendo borrar de la faz de la tierra; es decir, continuando hasta el fin aquella utópica «Solución Final», en ellos revestida de fe religiosa y, como tal, extendida a todos los restantes credos por aquellos declarados herejes en sus dogmas genocidas, dogmas aún no revisados e inculcados entre rezos y prácticas bélicas desde la misma infancia, es decir, pensando en el futuro. Mil doscientas y pico solo… porque no se les permitiría ir más allá.
Objetivos que, a veces, bajo el imperio de diversos detonantes, llevan al estallido generalmente doloroso y a medio o largo plazo infructuoso, como también expusiera la mejor literatura de todos los tiempos a instancias de la sensibilidad propia de los mejores escritores y artistas mediante parábolas como las de Eduardo Franco en su Lago Topo. Porque, como se debería reconocer: «No hay (…) fruto cuyo crecimiento se deba a razones más ciertas que las causas de tal horror. Aplasta otra vez a la humanidad hasta deformarla, utilizando martillos semejantes, y crecerá de nuevo, adoptando las mismas formas atormentadas…», como relata Dickens hacia el final de su Historia de dos ciudades. Y Camus reinventa al final de su La peste.
De igual modo, no estamos aquí ante un discurso teórico sino ante un muy logrado texto literario que, precisamente por serlo, resulta mucho más contundente que un «análisis» y, en consecuencia, mucho más conmovedor. Un texto cuya denuncia abarca a través de una parábola propiamente kafkiana, y con ello literaria, la —a fin de cuentas— atrocidad presente ya en la vida cotidiana «en libertad», para muchos imperceptible, o que se prefiere ignorar… tal vez hasta hacerse irremediablemente tarde. Justamente como en Lago Topo, al otro lado de la frontera, les sucede a quienes, al estar aún empleados, sienten, con certeza dogmática, que gozan de una inalterable «impunidad». Todo para despertar un día marginados e incluso «sentados sobre las bayonetas», como señalara Karl Marx al tratar las guerras civiles en Francia de principios del siglo XIX.
Una de los dibujos de Eugenio Rivera, que ilustran la novela ‘Lago Topo’ de Eduardo Franco
Estamos pues aquí, con Lago Topo, ante una literatura con mayúsculas: una auténtica novela que desde los primeros párrafos me llevó a valorarla positivamente, y a situarla lejos de las innumerables historias que hoy son encumbradas por insulsas e inconsecuentes, sobre todo por los grandes pulpos editoriales. En primer lugar por la calidad de la escritura, la fluidez de la narración y la sutileza con la que se va desarrollando y descubriendo la trama, creando desde el primer momento un interés creciente por comprender lo que acontece y el mundo ante el que nos vamos sumergiendo, sintiendo que se trata en realidad del nuestro y, sin duda, el derivado de la experiencia del autor.
En segundo lugar, por la notable creatividad en la confección de esa trama entretejida de manera literaria, imaginativa y parabólica, donde todo se va presentando de acuerdo con esos fines, siguiendo un orden cronológico-literario que se despliega por saltos adelante y atrás en el tiempo, al margen del de los relojes que marcan el transcurrir del viaje rectilíneo de nuestra lectura, donde diversos personajes y situaciones aparecen y reaparecen componiendo un puzle intencional para revelarnos progresivamente la penuria general tal como la viven unos y otros, sus causas u orígenes y finalmente su destino.
Una narración con tintes y recursos kafkianos y orwellianos, así como de los propios de la mejor ciencia ficción distópica, expresiva, desde Julio Verne, de la desazón y el agobio que nos afectan a causa de la hostilidad imperante, característica del mundo real. Una fábula, una nueva narración fantástica que, aunque lamentablemente poco visible y menos visibilizada últimamente —en especial con la aquí presente intencionalidad radical—, da cuenta de la médula de nuestra realidad de manera mucho más contundente que a través del realismo simplón, superficial, anecdótico, pobre de imaginación y plagado de un sentimentalismo de cartón piedra o, inclusive, de puras formas fantásticas pero sin vida, que hoy nos inundan, desviando la vista de sus escritores y lectores hacia el ocultamiento y la ignorancia que causan un masivo agrado y una grata tranquilidad de conciencia.
Estos aspectos fueron, en definitiva, causa de ese placer de la lectura al que responderá la literatura para ser fiel a su existencia. Placer que se ve realimentado por las logradas ilustraciones de Eugenio Rivera que siembran cada tanto el texto, acompañando los puntos cruciales del relato en perfecta conjunción con este, y que refuerzan la señalada intencionalidad de la denuncia. Pues esto es lo que encontrará, a mi parecer, en Lago Topo de Eduardo Franco y Eugenio Rivera todo lector que no deseche ser empujado a pensar y se atreva a cruzar las puertas de este nuevo infierno, abandonando, como a las puertas del de Dante, «toda vileza y a toda cobardía dar por muerta».