octubre 2022 - VI Año

LETRAS

Los hombres contemporáneos no son otra cosa que ciegos que pueden ver… pero que no miran

2022 – Centenario del nacimiento de Saramago

Un libro tiene que ser el hacha que rompe el mar helado de nuestra conciencia (*)
Franz Kafka

Cada vez que emprendo la relectura de un libro de Saramago, siento que me invade una impresión reconfortante. No solo encuentro nuevos matices, nuevos enfoques que, en ocasiones anteriores se me habían escapado, sino que hallo más razones para afirmar que José de Sousa Saramago, siempre va más allá… unos pasos por delante.

Mucho se ha hablado de las relaciones entre verdad histórica y ficción. Es fácil de comprobar este aserto, mas lo que Saramago ensaya es mucho más audaz. Nada más y nada menos, que en infinidad de ocasiones el relato histórico es una ficción. ¡Magnífica intuición!, de la que se desprende un juego de espejos intelectualmente muy rico y sugestivo.

Soy consciente de que cualquiera de sus obras emblemáticas puede abordarse desde distintos supuestos, puntos de vista y perspectivas. Esto da muestras de que nos hallamos ante un autor complejo, extraordinariamente sagaz, lúcido, irónico, burlón y que cuando deja caer algo… oculta muchas otras cosas procurando, eso sí, que sea el lector quien descifre los enigmas y quien extraiga “el jugo” de sus páginas.

Articula dialécticamente al hombre, diría más, al hombre actual con su tiempo que, obviamente es el nuestro. Es uno de sus méritos incuestionables. Simpatiza e incluso empatiza con los perdedores, con los explotados, con quienes son salvajemente empujados hacia el abismo, hacia la nada.

El narrador, que es otro personaje más, está del lado de los que no se resignan, de quienes formulan reivindicaciones colectivas y lejos de agachar la cabeza exponen abiertamente sus quejas, sus protestas… incluso cuando parece que caen en el vacío y no las escucha nadie.

No vacila, cuando lo cree conveniente, en conducir sus reflexiones por los caminos y vericuetos del inconsciente. Puede dar la impresión de que está alargando, innecesariamente el relato… y, sin embargo, esas aparentes divagaciones permiten al lector adquirir conciencia de lo que pasa en el mundo y de lo que le pasa, dándole instrumentos para que interprete adecuadamente la realidad, para que asuma que estamos inmersos en una gigantesca ola de desinformación y manipulación y que –probablemente sin advertirlo- estamos atrapados por una red concatenada de alienaciones.

Saramago no es un escritor que se contente con describir ‘el espectáculo del mundo’. Sus novelas no se quedan en la superficie. Como todo escritor de raza, fue antes un avezado lector. Quizás sea esa la razón de que cite mucho más indirectamente que textualmente. En muchas de sus páginas se advierte que para él la dialéctica es contradicción y que es el lector el que ha de hacer la síntesis… si hubiera lugar.

Me propongo abordar en esta colaboración unos comentarios críticos sobre La Caverna y Ensayo sobre la Ceguera que, desde mi punto de vista, no solo son dos de sus obras emblemáticas sino que en ellas plasma su visión del mundo y del hombre escindido y agónico en el que pretenden convertirnos. No obstante, algunas de las ideas formuladas son perfectamente válidas para otras novelas suyas.

¿Qué le impulsó, por ejemplo, a escribir La Caverna ¿cuál es el leitmotiv o idea motriz? Considero que Saramago la ha escrito para que la gente común, el lector y yo mismo, logremos o intentemos, al menos, salir de la caverna.

De forma metafórica e incluso alegórica, nos pone delante una realidad cruda. Los personajes viven en un mundo donde los trabajos artesanales –podemos entender por extensión, otros muchos trabajos- se ven condenados a la desaparición y, donde dependemos de centros de poder que cada vez abarcan más y más, reduciéndonos a la insignificancia más absoluta.

Saramago no pretende otra cosa que soliviantarnos, que hacernos reaccionar y que comprendamos que las lágrimas del presente pueden convertirse, en un futuro próximo, en ‘lágrimas negras’.  Nos describe, con todo lujo de detalles, un mundo que agoniza y del que solo sobreviven algunos náufragos a la deriva. Es evidente que acierta de pleno, al elegir como símbolo el mito platónico de La caverna y degradarlo hasta convertirlo en poco más que en una atracción de feria.

Al actualizarlo, sustituye el mundo de las sombras y la búsqueda del conocimiento por un estado de cosas en que el Centro ejemplifica el triunfo del capitalismo y las nuevas formas de explotación que introduce, donde el fantasma del paro tiene un efecto angustioso y aniquilador, convirtiéndonos no solo en intercambiables sino en suprimibles.

Sin embargo, en Saramago siempre alienta la esperanza. Cuando los personajes deciden huir del Monstruo Devorador están afirmando, con su ejemplo que la resistencia tiene sentido y que el monstruo no va a fagocitarlo todo. Bien mirado el final abierto es, también, una segunda oportunidad.

A fin de que el lector se inquiete, reflexione y, si es posible actúe, Saramago con su pericia narrativa nos hace ver que el mundo se está convirtiendo en una caverna  y en ella, en su penumbra, todos miramos las imágenes que se proyectan en la pared, confundiéndolas con la realidad misma. ¿No nos está sucediendo que venimos identificando las imágenes con la realidad, desde hace ya tiempo, hasta el punto de que no nos es ya posible diferenciar unas de otras? Las realidades virtuales no son sino una consecuencia, ¡Inmensa capacidad crítica la del Premio Nobel portugués!

Muchas páginas de Saramago no son sino un canto, una celebración de la libertad y de sus efectos salutíferos. Con la palabra libertad en Saramago nos sucede como con ‘el ser’ de Aristóteles que puede ser dicho de muchas maneras, Se nos pretende convencer incesantemente, de que el dueño del dinero es el dueño del poder. Esta afirmación no es ineluctable… deja algunos resquicios que van desde nuevas posibilidades de leer y de interpretar a Karl Marx, hasta reafirmar que la dignidad, la audacia y la valentía son capaces de… aguar muchas fiestas con brindis incluido, de quienes venden la piel del oso antes de cazarlo.

Tal y como muestra Saramago, el ser humano actual está brutalmente escindido, hasta tal punto, que vive una situación fantasmagórica, la de no pertenecerse a sí mismo.

Es un excelente novelista, mas, también un ideólogo y un humanista, en el sentido moderno del término. Por eso, de forma descarnada hurga en la herida de las consecuencias de carecer de memoria. La ausencia de memoria supone no saber quiénes somos y lleva al hombre alienado actual a comportarse como un autómata adocenado, a punto de perder su condición primigenia, la de ser racional.

Quienes intentan ‘extraer provecho’ de las desgracias ajenas contaminan el presente de forma pestilente y nauseabunda. Conviene recordar a este efecto, que determinadas situaciones que ocurren en el interior de la caverna, nos ponen alerta de que la lucha de clases sigue existiendo, aunque no falten quienes la dan interesadamente por extinguida.

En las condiciones más difíciles, la dignidad es lo que nos permite ponernos y mantenernos en pie. ¡Hermosa lección la de Saramago! Nunca se debe perder la esperanza de tener cómplices con quienes compartir proyectos liberadores… aunque las palabras que promueven la rebelión… aparentemente caigan en el vacío.

Para salir de ese ‘infierno dantesco’ hay una escalera de caracol, cuyos peldaños hay que subir de uno en uno. Saramago amaba Florencia, como él mismo dijo: “Florencia nunca se acaba de ver” Esta afirmación me recuerda que a Saramago nunca se le termina de leer. Cada lectura abre nuevas vías estéticas y de conocimiento. Es la suya una escritura repleta de sabores, de ritmos y hasta de misterios.

Sus palabras, como las aguas de un río al atardecer, desprenden un brillo que a veces seduce, otras arrolla,  mas nunca deja de conmover. Una novela de Saramago, bien sea La Caverna, bien Ensayo sobre la Ceguera, nos ayuda a descubrir quiénes somos y, lo que es más importante, hay hallazgos que solo es posible hacerlos hacia dentro.

Nos formula preguntas lacerantes que quedan ahí, aunque no se respondan. Como si el declive o nuestra decadencia comienzan en el momento mismo en que se agota la voluntad. Tocado por un don especial, acaba por convertir en literatura y de la buena todo lo que toca. En las páginas de Saramago, si sabemos buscarlo con minuciosidad y detenimiento, hay las más de las veces real o metafórico, un juego de espejos que potencia las ilusiones falsas, engañosas, mendaces.

Algunos críticos han considerado Ensayo sobre la Ceguera, un relato de pérdidas reales o simbólicas. Creo que es una visión acertada ¿Qué significa perder la vista, quedarse ciego? Cuando la escribió aún no estábamos azotados por la pandemia, sin embargo, logra poner de relieve lo egoísta, lo irracional de muchas conductas así como un pánico que produce una espiral, manifiestamente, inquietante.

Solo una ostensible pereza intelectual ha permitido no ir hasta el fondo de este ‘infierno’ que nos presenta y que describe con toda propiedad, no poco de lo que pasa y de lo que nos pasa.

Hay una idea de Saramago a la que vuelvo, una y otra vez, y no dejo de darle vueltas. La formuló así:”siempre acabamos llegando a donde nos esperan”. No le falta razón. Durante años hemos estado aguardando, con fruición, sus novelas y ensayos… y cuando desapareció los echamos de menos porque nos ayudan a pensar, vivir decentemente y a seguir intentando analizar y comprender el mundo sin renunciar a transformarlo, o al menos, a que algo mejore a nuestro alrededor.

Señalaré, asimismo, lo que el propio Saramago decía de esta novela, que por cierto es mucho más que una novela. “Pienso que plasma, critica y desenmascara a una sociedad podrida”.

La globalización, no pocas veces es una máscara, una careta del capitalismo salvaje que trae como consecuencia una lucha agónica por la supervivencia. Ni que decir tiene, que es una parábola y que para entender cabalmente su significado hay que dotar a la ceguera de no pocas acepciones, algunas de ellas fantasmales.

Hurga con valentía y rigor en nuestras conciencias adormecidas. Pone de relieve como, la inseguridad y el miedo, sacan a la luz los instintos más abyectos del ser humano. Frente a tantas máscaras y disfraces consoladores expone, sin concesiones, que en tales circunstancias suele salir airosa la amoralidad más absoluta.

En una relectura que hice recientemente de esta obra, descubrí que tenía una lectura política incuestionable. Quienes analizan el presente, con herramientas, esquemas y ‘lentes del pasado’, son incapaces de atisbar los ‘duros golpes’ que un futuro próximo va a infringirnos por ‘nuestra ceguera’ y por no querer ver más allá de ‘nuestras narices’.

Negarse a ver lo que se nos viene encima y puede aplastarnos, es característico de la actualidad política, económica y geoestratégica. En muchos casos la literatura, mejor dicho, los escritores intuitivos y sagaces son quienes captan esos ‘fantasmas del futuro’ que pronto van a hacerse presentes. Una vez más, hay que enfatizar que la ceguera es una metáfora que pone al descubierto la ‘irracionalidad contemporánea’ que todo lo frivoliza y envuelve en una nube opaca y gris de manipulación, tergiversación y miedo. Saramago es para mí, desde hace tiempo, ante todo y sobre todo, un agitador de conciencias.

Tal y como ha afirmado la novelista Patricia Kolesnicov, somos incapaces de advertir que nuestra razón está ciega, porque no usamos la razón de forma racional. José Saramago se oculta, como si lo hiciera detrás de una cortina, haciendo que lo que a nosotros se nos escapa, lo adviertan con lucidez, algunos personajes de sus novelas. Situaciones como esta son más kafkianas de lo que parecen y, es que sabe plasmar realidades límites, con lo que me atrevería a llamar, un toque volteriano un tanto burlón.

Como él mismo comentó un día hablado de Rafael Alberti, sabe quitarle el antifaz a las palabras. Posee una cultura clásica sólida y no es extraño que recurra a mitos de la antigüedad como el de ‘Las Danaides’ condenadas a rellenar eternamente un tonel sin fondo por el que la realidad se escapa. Saramago, eso sí, siempre introduce de una forma u otra la esperanza. Recurre no solo a la dialéctica sino que es fiel  a un compromiso transformador. Su mirada es las más de las veces, compasiva con los excluidos y los vulnerables, en tanto que fustiga a quienes de forma aviesa convierten las debilidades ajenas en espectáculo.

Es, con toda probabilidad, el novelista insobornable más importante de finales del siglo pasado y comienzos del presente. Cree en la democracia pero desprecia a quienes la prostituyen, la debilitan y la vacían de contenido.

No conozco mejor compañero de viaje que Saramago. Sus relatos perturban, hacen pensar y nos advierten, con precisión, de los peligros que corremos en un mundo donde los totalitarismos se presentan bajo distintos disfraces. En sus novelas llega a mostrarse hasta como ‘un agitador’… muestra con crudeza, envuelta en una prosa bellísima, como somos traídos y llevados a su antojo, como marionetas por hilos cuya terminal se nos escapa. Echa mano, siempre que puede, del escepticismo, de la paradoja y de la ironía. Hay que agradecérselo.

No son pocos los enigmas que va descifrando, a veces como si de un juego se tratara, bien mirado Saramago está lleno a rebosar de respuestas inteligentes a las preguntas que rara vez nos hacemos.

Tiene un compromiso firme con la memoria. Lo manifiesta unas veces de forma abierta y otras criptica. Es un enorme y fuerte ‘faro’ solitario que resiste firme las embestidas.

Es sencillo y majestuoso su amor a la libertad. La describe de mil formas, sus inquietudes son dardos que desean fervientemente dar en el blanco. Pocas páginas se han escrito de amor tan intenso a la libertad como las suyas.

Platón en su República, convierte el mito de La Caverna en un trayecto para alcanzar el conocimiento atemporal. El mérito de Saramago es actualizarlo, traerlo al presente y hacer que el tiempo penetre en el relato convirtiéndolo en Historia. Saramago es pesimista, quizás por eso es lúcido. Observa con claridad que el presente es ‘la época del vacío’.

Ama las palabras, las mima y las elige cuidadosamente, logrando así hacernos partícipes de nuestra condición de sombras perdidas, desorientadas y sin estrategia. No somos sino seres angustiados ante ‘los interrogantes del laberinto’ que somos incapaces de descifrar… tal vez porque nos falta compromiso, tal vez porque nos faltan valores e ideología, tal vez porque nos negamos a seguir luchando y nos damos por vencidos.

Ante retos de esta envergadura el miedo se magnifica. Quienes afirman que en situaciones difíciles se piensa primero y se actúa después, se equivocan… estamos dolorosamente hartos de observar a diario lo contrario.

Los sótanos húmedos e insanos son metáforas degradadas ‘de la caverna y de la ceguera’.  El hombre actual –Saramago lo observa y tiene la honradez intelectual de proclamarlo- es un ser escindido y alucinado que da vueltas mecánicas a la Plaza de los Ciegos.

No cesa hasta hacernos comprender que estamos encerrados en una celda lóbrega y con pocas posibilidades de escapatoria. El tiempo es, muchas veces, una metáfora onírica.

Muchos de sus personajes no tienen nombre, son rostros borrosos, inexpresivos como si hubieran sido pintados por José Gutiérrez-Solana. Mas del fondo de la obscuridad siempre, surge la esperanza que, en algunos casos –se encarna, por ejemplo, en la mujer del médico- que tiene una energía y un vitalismo capaz de ir con la frente muy alta al encuentro del amanecer que nos traerá un nuevo día.

Algunos críticos han creído ver en Ensayo sobre la Ceguera un relato marcadamente terrorífico y anticipatorio de la pandemia del Covid-19 y sus destructivas consecuencias. La realidad nos ha mostrado, una vez más, que Saramago se queda corto al enumerar la crueldad, la barbarie y el miedo que hace que muchos hombres se conviertan en ‘Girolamo Savonarola’. En medio del caos y la desesperación la ley del más fuerte se impone ¡triste lección!

Saramago es parsimonioso. Se deleita en la lentitud. Le agrada analizar un mismo hecho desde distintas perspectivas. En sus novelas la trama avanza lentamente… hasta que tiene lugar un hecho tan inesperado como el que produce la ceguera colectiva, que devuelve al mundo a la situación anterior. Otra lección obvia de Saramago ¡no aprendemos nada!, aunque podemos aferrarnos a la posibilidad de que el futuro ofrezca una faz diferente.

Podríamos decir que Saramago no da puntada sin hilo. Hay un momento en que descorre el velo de la ignorancia, de la sumisión y de la resignación. Por eso, precisamente, por eso, sus novelas son una manifestación inteligente y sutil del valor de la Memoria Histórica. Una y otra y otra vez, pone de relieve la importancia de la dignidad para respetarse así mismo, comprender la realidad en que se vive y resistirse a ser una mera marioneta manipulada.

Con una entereza que admira, nos deja entrever que la peor ceguera es la ceguera ética  y que sin una moral colectiva seremos aplastados fácilmente y, lo que es peor, seremos cómplices, por omisión, de ese aplastamiento. No deja de ser apasionante el hecho de que diversas novelas de Saramago y, desde luego, La Caverna y Ensayo sobre la Ceguera, son susceptibles de una ‘hermenéutica subversiva’. Una vez más, me parece oportuno enfatizar, que la corrupción es el abanderado del poder tiránico en un desfile  lúgubre y macabro.

Lo peor de las pandemias es que paralizan el ánimo y arrebatan las ganas de vivir. Saramago nos deja entrever, con poco margen de duda, que es el mundo contemporáneo el que se ha quedado ciego, el que se niega a ver. Mas, al mismo tiempo –en Saramago todo tiene su haz y su envés- hace una sugestiva invitación a que los lectores se liberen de las telarañas y se atrevan a mirar directamente a los ojos, todo aquello que un inmenso poder sin nombre procura que no veamos

Hasta aquí estos comentarios y reflexiones que han intentado sacar a la luz algo de lo mucho que se oculta de la literatura profunda, sensible y agitadora de conciencias de José de Sousa Saramago.

Amigo lector, cuando este ensayo llegue a tus manos, espero que compartas conmigo la idea de que el mejor homenaje que puede hacerse a un escritor es leerlo… mas también, interpretar adecuadamente sus mensajes cifrados.

(*) A Saramago le encantaba esta idea y la repitió en diversas ocasiones

Antonio Chazarra

Profesor de Historia de la Filosofía

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Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (I)

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Thomas Mann: Una Europa que se derrumba

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El eterno romanticismo

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Qué es ser agnóstico

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Pedro Garfias: La poesía desgarrada del exilio

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El descenso a los infiernos de Dorothy Parker

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El Conde de Oxenstiern, a quien llamaron el Montaigne del Septentrión

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La sonrisa del Quijote (Una concesión a la melancolía)

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Antonio Machado que estás en los libros

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‘Agua’: Virginia Woolf y Alfonsina Storni

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Críticos literarios, dueños del espíritu humano

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El papel del lector en la posmodernidad

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Poesías. Catulo.

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Los vínculos entre Américo Castro y Jovellanos

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Michel de Ghelderode y las Vanguardias del siglo XX

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El trabajo entre las raíces, mirada sobre la creación literaria

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La frase del escritor

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Un cuarteto literario en clave de sol

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Oía hablar a los árboles

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El ‘slow’ de Pessoa (o las vicisitudes de la melancolía)

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Claudio Rodríguez: del camino, del hombre

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Sobre las Brontë

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Borges en Ginebra

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Philippe Jacottet: ‘Pensamientos bajo las nubes’

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Juan Goytisolo: ‘sobre asuntos sociales y personales’

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Miguel Hernández en Portugal

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Mi Gloria Fuertes

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Robert Walser, el paseante espiritual

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‘Al menos, memoria’: Juan Ruiz de Torres

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Cela, celador, celando, celar

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Miguel Hernández: ‘Cancionero y romancero de ausencias’

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Rafael Montesinos, renovador

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Bartolomé Soler, lo amargo de la diosa

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Rubén Darío, poeta de las dos orillas

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Jovellanos, poeta

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Un paseo por los ‘jardines’ de Eloy Tizón

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Azorín, sobrevivido

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Rosalía de Castro, la mejor de los mejores

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Eugenio Gerardo Lobo, el ‘capitán coplero’

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Galdós: una conciencia histórica lúcida

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Desde el silencio, a Nicolás del Hierro

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Salustiano Masó, la fuerza del tiempo

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Los ‘Rubaiyat’ de Omar Khayan

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Carmen Laforet, esa chica explosiva del Ateneo

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Gabriel Celaya, el sueño de trabajar la poesía

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Ramón Hernández, un diamante literario en las calles de Madrid

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María Teresa León, el papel de la melancolía

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Luis Felipe Vivanco, un poeta de los que siempre regresan

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Rafael Pérez Estrada, el poder de la imaginación