diciembre 2020 - IV Año

LETRAS

Philippe Jacottet: ‘Pensamientos bajo las nubes’

Por Ricardo Martínez-Conde (http://www.ricardomartinez-conde.es/).-

jaccottet

Las veía, y las veo, en el cuerpo / glorificado del río.
Seamus Heaney

Eliot, el sobrio y consciente poeta inglés, recomendó, al parecer, a un joven autor que quería solicitar su opinión respecto de su incipiente obra poética: «Tráigame Ud. un solo poema, con eso es suficiente» Obviando lo que haya en esta escueta recomendación de estricta realidad, sí existe, a mi entender, un contenido de verdad. Al menos de unos contenidos mínimos y esenciales para llegar a definir lo que sea poesía dentro de ese poema y, acaso, lo que haya de poeta en su autor.

«Yo soy como aquel que cava en la bruma» escribe Jaccottet en el primer verso de uno de sus poemas demorados, reflexivos, naturales en la medida que implica, tantas veces, al paisaje y sus elementos. La suya es una poesía antigua y nueva, de un mirar pensante. Pero ahonda con sencillez, y esa condición, vital en todo poeta verdadero, capta pronto y con celo la atención –y la voluntad- del lector. El verso integra el cuarteto inicial de un poema largo en la tercera parte del libro que lleva, como título genérico: La mot joie.

Después de su manifiesto de identidad, «yo soy», hay una voluntad solidaria, de proximidad, al menos en la intención: «como aquel». Existe una forma de humanización consciente; ¿tal vez una referencia a ese Otro que es, siempre, nuestro interlocutor omnisciente? Luego viene el acto, el gesto preciso: «que cava». En la expresión van, implícitos, duro esfuerzo físico, búsqueda. Búsqueda en lo posible, en lo oscuro, ¿en lo prometido aludiendo a una promesa primigenia? ¿Y dónde cavar?: «en la bruma» Vuelta a lo primigenio, a la desnudez del origen.

Libro JaccotteSolo este verso bastaría para hallar motivo suficiente de perplejidad y reflexión como para implicarnos en la lectura poética. Tan es así que el yo lector hace ofrenda enseguida –tal es la virtud poética del contenido del verso- de su voluntad en favor de un significado que, implicándole, le incita a continuar en procura no ya de una explicación externa, sino de su propia implicación ontológica. El lector, no en vano, es también sujeto que busca como sujeto de inteligencia.

Pues bien, ¿en busca de qué?: «en busca de aquello que escapa a la bruma» No parece difícil derivar de esta expresión una voluntad de conocimiento, de claridad en el sentido más llano. Para escapar a la bruma –que no tiene por qué ser una bruma física, palpable, inmediata en el paisaje consciente del poeta y sí una bruma simbólica, a saber: duda, incertidumbre de fe, de destino; una tribulación espiritual. Digamos ya que el poeta, cualquier poeta, es un pensador. Un ser ontológico por definición empeñado en despejar el camino en procura de una realidad real, en procura de verdad.

Hasta aquí, a mi entender, podríamos establecer sucintamente el contenido de estos dos primeros versos que, eso sí, enmarcan y contienen un significado muy elaborado y profundo. Ellos establecen por sí la pauta de la reflexión general.

Algunos teóricos de la poesía han querido resaltar, en más de una ocasión, la importancia del primer verso en un poema. Particularmente, por lo común, yo he entendido que querían referirse a un efecto sonoro, casi efectista. Lo cierto es que, en efecto, también puede guardarse en ese primer verso el contenido esencial del poema. Otras veces se va definiendo lentamente y, en ocasiones, solo al final, de un modo deslumbrante y eficaz, tal vez en una sola palabra, es cuando el poema adquiere toda su vida propia, todo su valor.

1A la hora de leer, conocer, valorar, degustar y entender la poesía sería bueno tener en cuenta el poder casi omnímodo de una sola palabra. ¡Qué decir, qué pensar de un verso donde aparece la palabra amor o la palabra muerte, esos pilares de la expresión emoción-racional que es el lenguaje, la comunicación. Ya se ha dicho muchas veces, el oficio es muy sencillo: juntar palabras. Ahora bien, cada palabra por sí está llena de vida, de significado. Pero, ¿cuáles elegir? ¿Cómo juntarlas entre sí? Decía Matsuo Basho, el maestro del haiku, que podía darse por satisfecho aquel que, a lo largo de su vida, hubiera escrito un buen haiku. Y, a buen seguro, podría considerarse satisfecho y feliz aquel que hubiera alcanzado a trasladar al lector no ya un buen poema, sino tan solo un único verso. A mí también me parece que no hay poeta innecesario, y que unos y otros contribuyen a la confección de ese gran poema que se va elaborando en el Tiempo.

Todo lo expuesto hasta aquí viene a querer decir fundamentalmente dos cosas: de una parte, la exigencia ética –por el valor de la significación- y estética –por el valor de la armonía- de un poema. De otra, que al lector de este libro lleno de rigor y exigencia creo le deparará gozo literario el entrar en unas páginas elaboradas con una capacidad poética trascendente que avalan un discurso de un rigor inusual; un libro implicador –como deberían ser todos los libros- en el sentido de que pronto, quien lee con todos los sentidos, no podrá eludir la alusión a sí propio como referente última de todo discurso, del acto de vivir. Un vivir para sí y en el espacio común de los otros, con lo que ello supone de consciencia, de toma de postura.

Libro Jaccotte 2Contribuyen a hacer una lectura más amena los grandes apartados en que se subdivide el contenido del libro, algunos de título tan evocador como «Pensamientos bajo las nubes», que constituye el título genérico del libro, o «Lamentos por un compañero muerto». La edición del libro, impecable, tal como viene siendo marca de la casa en esta joven editorial, y muy cuidada la traducción, fiel esencialmente al contenido, tanto en la labor inconclusa dejada por Sillero –tal como se nos explica en nota adjunta- como por Veyrat bajo el asesoramiento del propio autor.

Así llama el poeta: Yo soy aquel que cava en la bruma/ en busca de aquello que escapa a la bruma/ por haber escuchado, a lo lejos, los pasos/ y las palabras que intercambian viajeros (p. 51) Quien leyere que entienda.

Solo queda, pues, decir: lee amigo lector, lee y léete a ti mismo que es, en el fondo, el secreto que encierra la Literatura.

 

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