octubre 2022 - VI Año

LETRAS

Ricardo Reis y sus dobles

Centenario del nacimiento de José Saramago (1922 – 2022)

“El año de la muerte de Ricardo Reis”, es la novela más compleja de José Saramago, siendo su protagonista Ricardo Reis, un heterónimo de Pessoa, son diferentes los planos que la estructuran: la situación socio-política de la península en los años treinta, junto al compromiso ético del escritor. El plano meta literario, con un dialogo de Saramago con Pessoa y su heterónimo, junto al desdoblamiento de Ricardo Reis, heterónimo y Ricardo Reis, personaje de la novela, por no hablar de otras referencias literarias. Además de los temas universales, vida/muerte, amor/desamor, opresión/justicia que se dan también en otras novelas de Saramago.

“O ano da Morte de Ricardo Reis” se publica en 1984 y al año siguiente aparece su traducción al castellano. Ricardo Reis, según Pessoa, nació en Oporto, es médico y ejerció la medicina en Brasil donde se exilió. No obstante, según Saramago, el heterónimo sobrevivió a su creador, pues retornó a Lisboa a bordo del barco inglés Highland Brigade. Saramago, datará su muerte, en la novela, en los primeros meses de 1936, tiempo después de la del propio Pessoa, pues este murió en 1935. El heterónimo, inventado por Pessoa, vive y muere en la invención de Saramago. Ricardo Reis, escritor de las Odas, prolonga su existencia en el personaje de la novela. Ficción a partir de la ficción, pero en ese juego de dobles lo que se repite es la diferencia. Diferencia que permite a Saramago posicionarse, como veremos, en relación al Ricardo Reis inventado por Pessoa.

Un heterónimo tiene vida propia, más allá de su creador, pues su vida y obra es independiente de él. Por ese motivo, Ricardo Reis retorna a Lisboa, desde Brasil, siendo su motivación la muerte de Pessoa.

Hay una diferencia entre el seudónimo y el heterónimo. El seudónimo funciona como una máscara de un autor que se encuentra tras ella, es un aparecer ante el lector como siendo otro, siendo, sin embargo, el mismo. El heterónimo es diferente, el yo se fragmenta y se disocia. Si bien, parte de su creador se aparta de él para obtener una identidad diferente. El seudónimo, juega con la ficción de ser otro. El heterónimo, rompe el nexo del yo y el otro, rompe el sustrato ficcional entre ambos. El creador de Ricardo Reis, Fernando Pessoa, es un foco generador para el nacimiento y la obra de otros poetas que pueblan el mundo literario. No hay identidad entre el creador y su criatura heterónima, no hay, por lo tanto, atribución subjetiva en relación a lo creado, el sujeto poético en Fernando Pessoa se fragmenta y se dispersa Por eso, cabe diferenciar la poesía ortónima, de Pessoa, de la heterónima, de los diferentes heterónimos: Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Alvaro de Campos…

No hay atribución subjetiva de Fernando Pessoa en relación a la creación de Ricardo Reis y, sin embargo, hay un rasgo común entre el autor y el personaje creado: “la estética de la abdicación”: la abdicación es propia de la monarquía. Pessoa hace de ella una estética, pues se trata de desprenderse de todo, incluida la identidad para conseguir la despersonalización, la borradura subjetiva. La invención de los heterónimos y su falta de atribución subjetiva por parte de Pessoa sería una forma en que la estética de la abdicación aparece lograda. Ricardo Reis no es un otro de Pessoa, sino un otro sin Pessoa a pesar de haber sido creado por él. La abdicación siendo un rasgo común en Pessoa/Reis se declina de forma diferente. En Reis, hace referencia a su posición ante la vida y la literatura. Escribe Pessoa “La obra de Ricardo Reis, profundamente triste, es un esfuerzo lúcido y disciplinado por conseguir una calma cualquiera”. El propio Reis escribe “El hombre debe buscar sobre todo la calma, la tranquilidad, absteniéndose del esfuerzo y de la actividad útil”. No obstante, por debajo de esa tranquilidad y de esa calma late la angustia y la muerte.

José Saramago, leía a Ricardo Reis cuando tenía diecinueve o veinte años, leyó “ la sabiduría consiste en contentarse con el espectáculo del mundo”; eso le pareció “una puñalada”, algo “insoportable”, pues el espectáculo del mundo es el horror y la explotación. En la novela de Saramago, lo leído se parafrasea “Ricardo Reis es espectador del espectáculo del mundo, sabio si eso es sabiduría, ajeno e indiferente por educación y actitud, pero trémulo porque una simple nube pasó”. El heterónimo muere en 1936, año de la guerra civil española, año en que las juventudes hitlerianas se pasean por un Portugal salazarista. ¿Cómo contentarse con el espectáculo del mundo cuando se estaba incubando el huevo de la serpiente? Saramago, se posiciona políticamente con su novela, por esa razón elige un heterónimo contemplativo y estoico, en lugar, de un Álvaro de Campos, que daría un juego diferente. La muerte de Ricardo Reis, en el 36, es una muerte metafórica y una respuesta literaria a esa “puñalada insoportable” que sintió el joven Saramago.

Hay una serie de rasgos que son constantes en la literatura se Saramago. Uno de ellos el vinculo de la literatura con la memoria. En “El año de la muerte…” el final de 1935 y el comienzo del año 1936 se hacen presentes a través de la prensa que lee Ricardo Reis, prensa leída por Saramago para documentar la novela. Pero el vínculo con la memoria no tiene como objeto reconstruir un pasado, sino dar voz a los humildes, construir personajes que pudieron sufrir las injusticias de ese tiempo, personajes con los que se siente identificado Saramago y se refiere a ellos con ternura. Escribir para estar con los débiles y darles la voz que no tuvieron. Así, Lidia la camarera de hotel convertida por Ricardo Reis en sirvienta y objeto sexual. Abnegada, sin pedir nada a cambio, siempre sirviendo. La Lidia de Saramago no merece los versos que el heterónimo de Pessoa le escribe a su Lidia.

Otro rasgo, es la capacidad de la literatura para decir no. No, al orden establecido a los relatos instituidos. El no se expresa a través de diferentes procedimientos. Por ejemplo, por medio de la caricatura: Ricardo Reis sufre seguimientos de la policía política portuguesa, el no saber, por parte de la policía, lo que le trae a Lisboa le convierte en un sospechoso; pues bien, Reis sabrá que es objeto de vigilancia por un rastro olfativo, el intenso olor a cebolla que va dejando el agente encargado de vigilarlo. Otro procedimiento, es la “loca esperanza”, la rebelión de parte de la marinería y su aplastamiento. Memoria, identificación con los humildes, caricatura, esperanza…, son rasgos de la escritura de Saramago

La novela “El año de la muerte…” está construida a partir de dos ejes: un eje realista referido a la documentación de un tiempo histórico y al espacio de la ciudad Lisboa por donde circulan los personajes y otro eje meta literario. Una novela no solo remite a un referente extra-literario sino que tiene también una dimensión poética, donde la literatura dialoga consigo misma. Escribir es dialogar con los escritos que anteceden, Saramago reescribe, no la obra, pero si parte de la vida del heterónimo, teniendo en cuenta los elementos que definen al personaje, según Pessoa.

El carácter meta literario alcanza en la novela una dimensión espectral. Fernando Pessoa ha fallecido, no obstante, se aparecerá a Ricardo Reis y mantendrá diálogos con él. Esta muerto, pero se aparece y deambula por Lisboa. Ricardo Reis está vivo a pesar de ser una invención. Invención que como su creador recorre las calles de la ciudad. Lo espectral juega con la reversibilidad de la vida y la muerte. Lo meta literario adquiere en la novela de Saramago una dimensión propia de lo fantástico.

Al final de la novela Ricardo Reis se dará cuenta que está muerto, pues “el poeta es un fingidor”,  lo comprobará al no poder leer, pues los muertos ya no leen, el libro de Herbert Quain “The god of the labyrinth”, este libro lo cogió Reis de la biblioteca del barco que lo trajo a Lisboa y no lo devolvió, a pesar de su titulo es una novela donde se produce un crimen, construida como un juego, la solución al enigma se presenta, para el lector, como errónea. Este libro que trajo Reis de Brasil y que nunca acabó de leer, es un libro que ya no leerá, pero se lo llevará, no obstante, a ultratumba “para dejar al mundo aliviado de un enigma”. El libro como enigma y laberinto no dilucidado. Juego de espejos entre José Saramago y Jorge Luis Borges. En “El jardín de los senderos que se bifurcan” Borges tiene el siguiente cuento: “Examen de la obra de Herbert Quain” y en él, elogia “The god of the labyrinth”, libro que tratará de leer, años después, el heterónimo de Pessoa, gracias al suplemento de vida que le otorga Saramago.

A su llegada a Lisboa, Ricardo Reis se aloja en el hotel Braganza, rua de Alecrim, más tarde se cambiará al mirador de Santa Catalina, en la plaza está la estatua de Adamastor ser mitológico que aparece en “Las lusiadas” de Camôes. Adamastor, con la boca abierta, está a punto de gritar con su grito de piedra. Saramago, escribe las últimas palabras de su novela de forma entre enigmática y esperanzadora: “Adamastor…está vez sería capaz de dar el gran grito. Aquí, donde el mar se acabó y la tierra espera”.

Ricardo Reis, poeta, es estoico y epicúreo. La contemplación, el placer, “el carpe diem” horaciano:

“mientras la vida no me canse dejo
pasar por mí la vida
si sigo siendo el mismo”                                                                                                                                                                                                                 “Nada, salvo la sed de indiferencia
y la confianza muelle
en la hora fugitiva”.

En sus poemas invocará a una Lidia idealizante. Ricardo Reis, personaje de novela, apenas escribe, Saramago parafrasea algunos versos dedicados a la Lidia del heterónimo, pero el objeto de amor ha perdido su carácter idealizante. La Lidia ideal a la que se dirige el heterónimo se ha convertido en una camarera de hotel que ni entiende ni pide nada al Ricardo Reis de Saramago. En la novela se desidealiza el objeto, mientras que la posición subjetiva de ambos Ricardo es la misma, la incapacidad para dar y hacer feliz a una mujer. El heterónimo de Pessoa, escribe:

“No quieras Lidia… futuro o prometerte mañana
cúmplete hoy no esperando
no te destines, que no eres futura”.

Los Ricardos Reis, pueden gozar hoy, sin promesa, sin dar a la mujer lo que esta podría pedir. Esa dificultad de amar se une en la novela a un desdoblamiento del objeto: por un lado, Lidia, camarera, inculta, de la que poder gozar sexualmente. Por otro lado, Marcenda, joven, de buena familia, inancanzable. Marcenda, es la mujer ideal a la que el protagonista le escribe cartas y se hace el encontradizo en el hotel donde la joven, acompañada por su padre, se aloja. Hay algo en Marcenda que cautiva el deseo de Ricardo Reis, tiene un brazo inmovilizado, una extraña parálisis de la que se desconoce el motivo, es el brazo sano el que mueve, cuando es necesario, el brazo inmóvil. No es un interés médico lo que se despierta en el doctor Reis, la singularidad de la joven opera como un “divino detalle” que cautiva su deseo. “Los divinos detalles” no hacen referencia, según Lacan, a algo bello que remita a un valor objetivado, pueden aparecer como una falta, una carencia, algo caído del sujeto y que, sin embargo, la sublimación lo eleva, lo dignifica. La sublimación envuelve lo carente o faltante, por ejemplo, en las palabras de un poeta.  Marcenda querrá que el saber médico aporte alguna solución, pero Reis, al no ser su especialidad, se mostrará incompetente. Ese brazo dará lugar a que el poeta Reis pueda metaforizar y sublimar. El brazo inmóvil se convertirá en “un pájaro muerto”. Ricardo Reis no ama a la mujer, ama el lenguaje, las metáforas que la mujer puede suscitarle. La mujer “del pájaro muerto” aparece para Reis como una mujer descompletada como si la castración se hiciera real al pasar por el propio cuerpo añadiendo un bello y poético enigma, indescifrable, al mal que le aqueja.

Ricardo Reis no puede amar, no puede darle a Lidia la palabra que aun no pidiendo espera. No puede darle a Marcenda la atención que pide sin que se precipite en su deseo. Ricardo Reis, o bien goza sexualmente de una mujer devaluada, Lidia. O bien, convierte su deseo en algo inalcanzable, Marcenda. Falta el amor que anude el deseo con el goce.

Curiosamente, Marcenda considera que la inmovilidad de su brazo tiene que ver con la muerte de su madre. No comprende bien la relación, pero tiene esa certeza. Los médicos consideran que no hay curación, pero el padre insiste en que Marcenda reciba un tratamiento. Todos los meses se traslada, con su padre, de Coimbra a Lisboa para ser tratada. Piensa que ese viaje es una excusa, la insistencia del padre estaría motivada, no en el tratamiento, sino en ver a una amante secreta. Se siente utilizada y engañada por su padre. Tanto Lidia como Marcenda quieren ser amadas. Ricardo Reis está en su laberinto: “el hombre, claro está, es el laberinto de sí mismo” y “viven en nosotros innúmeros, si pienso o siento, ignoro quien piensa o siente, soy solo el lugar donde se piensa o se siente… quien soy yo de tantos innumerables que en mí viven?”. El yo tiene la consistencia de un espejismo. En la novela de Saramago algunas palabras de Pessoa son dichas por su heterónimo, exagerándolas, a veces, con algo de ironía.

Si Ricardo Reis se muestra incapaz de dar una respuesta satisfactoria a la consulta que le hace Marcenda como médico, si puede decirle, en cambio, lo siguiente:

“Todos padecemos una enfermedad, una enfermedad básica, podemos decir, que es inseparable de lo que nosotros somos y que, en cierto modo, hace lo que somos, y acaso hace más exacto decir que cada uno de nosotros es su enfermedad, por ella somos tan poco, y también por ella conseguimos ser tanto”. ¿Quién habla?, pues Ricardo Reis es “innúmeros”. Habla Pessoa, habla Nietzsche, haba Freud. Habla en la novela de Saramago le escisión subjetiva y la conciencia de que alojamos en mal en nosotros mismos. El Ricardo Reis de Saramago va más allá de cómo lo conformó Pessoa, difícil contentarse con el espectáculo del mundo cuando un Estado policial vigila de forma permanente al protagonista, es lo que hace la Policía de Vigilancia del Estado, precedente de la PIDE.

El Ricardo Reis de Pessoa ya está surcado por una diferencia interna pues aunque el estoicismo permita poetizar sobre “la calma” y “la sed de indiferencia”, la soledad y la muerte, aunque soterradas, aparecen:

“estás solo. Nadie lo sabe. Calla y finge
pero finge sin fingimiento”

Hermoso oxímoron “finge sin fingimiento”. El estoicismo de Ricardo Reis, es un fingir que sabe y desconoce que es un fingimiento.

“todo es tampoco
ama, bebe y calla
el resto es nada”

El poeta epicúreo sabe que su destino es la muerte.

Román Jakobson en sus “Estudios de poética”, señalo que el oxímoron es un rasgo de la poesía de Pessoa. Saramago, lo tiene en cuenta y escribe algunos oxímoron que pone en boca de su personaje, así la pareja Pessoa/ Reis “están vivos y muertos al mismo tiempo” o “la luz es sombra de luz”. Ricardo Reis, dice “soy monárquico, pero no quiero que haya rey”. El protagonista abre consulta en Lisboa y vuelve a ejercer la medicina y desea que “sus enfermos sean médicos para un médico enfermo”. Obviamente, hay deferentes tipos de oxímoron, en la novela se apunta a la suspensión, a hacer un blanco o agujero en el sentido. El oxímoron se convierte en un recurso retórico para una estética de la abdicación.

Bibliografía
Borges, Jorge Luis, “Examen de la obra de Herbert Quain” en “El jardín de los senderos que se bifurcan” en Obras Completas. Emecé, 1989
Jakobson, Román, “Los oxímoron en Fernando Pessoa” en “Ensayos de poética”. Fondo de Cultura Económica, 1977
Lacan, Jacques, “Seminario 20: Aún”. Editorial Paidós, 1980
Pessoa, Fernando, Ricardo Reis: la fase neopagana”, en “El regreso de los dioses”. Editorial Acantilado, 2006
Reis, Ricardo, “Odas”, Editorial Pretextos, 1995
Saramago, José, “El año de la muerte de Ricardo Reis”. Debolsillo, 2015

Félix Recio

Psicoanalista y Profesor de la Univesidad Complutense de Madrid (UCM)

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Cela, celador, celando, celar

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Miguel Hernández: ‘Cancionero y romancero de ausencias’

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Rafael Montesinos, renovador

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Bartolomé Soler, lo amargo de la diosa

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Rubén Darío, poeta de las dos orillas

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Jovellanos, poeta

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Un paseo por los ‘jardines’ de Eloy Tizón

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Azorín, sobrevivido

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Rosalía de Castro, la mejor de los mejores

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Eugenio Gerardo Lobo, el ‘capitán coplero’

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Galdós: una conciencia histórica lúcida

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Desde el silencio, a Nicolás del Hierro

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Salustiano Masó, la fuerza del tiempo

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Los ‘Rubaiyat’ de Omar Khayan

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Carmen Laforet, esa chica explosiva del Ateneo

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Gabriel Celaya, el sueño de trabajar la poesía

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Ramón Hernández, un diamante literario en las calles de Madrid

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María Teresa León, el papel de la melancolía

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Luis Felipe Vivanco, un poeta de los que siempre regresan

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Rafael Pérez Estrada, el poder de la imaginación