febrero 2023 - VII Año

LETRAS

Salvador Espriu, una evocación retrospectiva

Al iniciarse la guerra civil, yo me sentía republicano y
partidario del concepto de una España federal.
Salvador Espriu

Al evocar la honda, transcendente e imprescindible figura de Salvador Espriu (1913/1985), sigo sintiendo –hoy, como hace ya bastantes años- nostalgia, admiración y respeto. Me vienen a la cabeza las canciones de Raimon en las que musicaba algunos de sus poemas. Eran años de efervescencia política y sus palabras siempre ajustadas, venían a expresar un ansia de libertad y de cambio.

En nuestro país, condicionado por un pasado totalitario, el desconocimiento hacia Cataluña es notorio. De Salvador Espriu, a quienes pocos han leído, se recuerda si acaso La pell de brau (la piel de toro). Es una muestra más de falta de sensibilidad.

Antes de seguir adelante me gustaría mencionar un libro de Josep María Castellet, aparecido a principios de los años setenta, que es una buena guía para adentrarse en el universo poético espriuano. El libro, hoy agotado, lleva por título Iniciación a la poesía de Salvador Espriu.

Quizás suceda con otros muchos intelectuales y creadores. Es necesario o, al menos muy conveniente, contemplarlos bajo el prisma de una visión de conjunto. Este ensayista, prosista excepcional, poeta y dramaturgo es escurridizo y escapa a toda visión unilateral y estrecha. Es un hombre de amplios horizontes y con una preocupación esencial y sostenida por la lengua y la cultura catalana. No hay que olvidar, sino todo lo contrario, que fue uno de los miembros fundadores de la Associació d’Escriptors en Llengua Catalana.

Hay en toda su obra una profunda preocupación por el hombre contemporáneo que se ve empujado a una deriva incierta. Digamos, que dejó tras de sí una huella indeleble y hoy puede considerársele un patriarca de las letras catalanas, que sin intentar impartir doctrina se dirigió desde su catalanidad hacia el hombre universal.

De semblante serio, imperturbable, de mirada sagaz y con una cierta retranca irónica que lo convertía en un heterodoxo con ciertas dosis de escepticismo. Rocoso, fuerte, dotado de unos sólidos valores morales… supo extraer todo el dolor que llevaba dentro y expresarlo de forma simbólica y metafísica; quizás en las únicas en que podía hacerlo en ese periodo gris, opaco, inculto y tétrico.

Supo hacer visible lo que hasta entonces había permanecido obligatoriamente en una penumbra impuesta. No es de extrañar que en diversas ocasiones se refiriera a 1936, como el año de su muerte civil. El final de la Guerra le dejó una honda sensación de melancolía, de opresión, de hundimiento. En cierto modo, venía a significar el final de un periodo y clausuraba las expectativas de una vida intelectual en catalán.

En sus páginas hay un indiscutible vuelo poético que se sustenta en sus principios éticos y morales. Desde que realizó un crucero por el Mediterráneo, en 1933, la mitología clásica formo parte de su universo de preocupaciones, ahí están para atestiguarlo su Esther  o su Antígona.

Le influyeron Miró y Valle Inclán. Tuvo una época en la que se sintió atraído por los noventayochistas y modernistas, más también, por las letras catalanas, principalmente  Joaquim Ruyra o Víctor Catalá. Lo que puede afirmarse con rotundidad, es que junto a Josep María de Sagarra fue uno de los renovadores indiscutibles de la prosa catalana.

Esta reflexión tiene por finalidad que quienes se sintieron atraídos por Salvador Espriu lo relean y, sobre todo, que quienes no lo conocen tomen contacto con su literatura y su pensamiento. Les aseguro que no lo lamentarán.

En La pell de brau, su obra más conocida, habla entrelineas de muchas más cosas de las que parece, por ejemplo, de los problemas históricos, más también morales y sociales de España. Domina la tristeza y una sensación abrumadora de la devastación y ruina política, social y cultural a que nos vimos condenados en la postguerra.

Se la ha considerado un símbolo y una reflexión sobre Cataluña y España. En Espriu siempre hay un espacio para la concordia y el respeto mutuo. Publicada en 1960 hay una crítica, a veces implícita y otras, explícita a la dictadura franquista. Este poemario está lleno de contenido social, sin excluir una dimensión política indudable. Es oportuno señalar que Sefarad es España y que una tarea pendiente es encajar los distintos pueblos que viven, mas no siempre conviven armónicamente, en la ‘piel de toro’.

Como ejemplo de cuanto venimos afirmando citaré cuatro versos de ‘Assaig de cantic en el temple’ (Ensayo de cántico en el templo)

i estimo a més amb un
desesperat dolor
aquesta meva pobra,
bruta, trista, dissortada pàtria.

y amo además con un
desesperado dolor
ésta mi pobre,
sucia, triste, desgraciada patria

Salvador Espriu (1980). Imagen: Generalitat de Catalunya

Puede afirmarse, sin el menor asomo de exageración, que Salvador Espriu vivió un exilio interior, más también, siempre que la ocasión lo requería, supo estar a la altura de las circunstancias y dar la cara. Así ocurrió en 1966, en la ‘capuchinada’ de Sarriá, a la que participó junto con otros intelectuales. Como era de esperar, fue detenido y multado.

Junto a La pell de brau, quisiera comentar, someramente, Cementiri de Sinera. Quizás algunos no recuerden que en la geografía mítica de Espriu, Sinera es Arenys de Mar, lugar de tantos recuerdos y, tal vez por eso, un tanto elevados a símbolos o a ensoñaciones. Allí pasó algunos momentos inolvidables de su infancia y en su necrópolis reposa el escritor. Allí continúa recibiendo homenajes, en forma de flores, por parte de sus no pocos admiradores.

Refleja en sus poemas desgracias colectivas, el tiempo que arrasa un pasado irrecuperable y un presente vacio y líquido sin esperanzas, sin horizonte de futuro. Hay espacio en su poesía lírica para las barcas varadas en la arena, para los crepúsculos y para los contrastes entre oscuridad y luz.

Fue un intelectual reconcentrado en sí mismo. En El caminante y el muro, llega a escribir: ‘no tengo que darte acceso a mi secreto’. No soportaba la mentira, la hipocresía y la doblez. Le repugnaban los comportamientos insolidarios y encontraba, una cierta vía de escape, satirizando la injusticia y la estupidez.

Su preocupación por la lengua catalana fue una constante, una divisa. Otros temas que acuden con profusión a sus páginas son la muerte, la condición humana y la situación angustiosa del país. Es de una sensibilidad conmovedora su compasión por los vencidos y su conciencia nítida del carácter destructivo, no solo en lo político y lo social sino en lo histórico y cultural de las guerras fratricidas.

Leyendo a Espriu comprendemos –y disfrutamos- la lengua catalana. Está viva y fluye. Constata el fracaso de quienes han intentado silenciarla.

La dictadura fue un tiempo petrificador. La opresión tiene incontables rostros. Es ‘marcadamente miserable convertir en botín de conquista’ la memoria de los vencidos.

Deberíamos coincidir todos –aunque no es seguro que sea así- que los atentados contra una lengua son un acto de barbarie.

Salvador Espriu contribuyó con indiscutible habilidad, sabiduría y coraje cívico a sacar a la lengua catalana de la infame clandestinidad cultural a que la habían sometido.

Quizás merezca la pena que en otro momento nos refiramos a las secretas razones de Salvador Espriu. Encontraríamos, más de una máscara y más de dos, tras las imágenes del espejo.

Con el paso del tiempo, sigue produciendo en sus lectores una sensación de serenidad más allá del carácter dialectico de sus páginas, donde prescinde voluntariamente de una furia a la que por otra parte, tenía derecho.

Sus palabras no son nunca banales, ni adornos retóricos. Su mirada –siempre alerta- es astuta y agitada. Le gustaba mirar al mar y respirar sosegadamente su aire tibio y salino. 

Su voz sigue siendo envolvente, irresistible su atractivo. Ha sido un intelectual tremendamente paciente, quizás por eso, supo escuchar con tanta finura y elegancia ‘el gemido de los cerrojos’.

Me han interesado siempre el valor y la lucidez de sus premoniciones. En su interior latía con fuerza, la voz y los matices del idioma postergado. Me sigue conmoviendo, asimismo, su tranquila constatación de que la felicidad es un territorio esquivo.

Había que devolver su valor prístino a las palabras que habían secuestrado los desalmados desprovistos de cualquier atisbo de piedad. Para ello había que recurrir a estratagemas y artimañas como penetrar en el significado oculto de palabras como ‘piedad’.

La misión que se había marcado era defender y recuperar lo que les había sido arrebatado. La literatura en lengua catalana, la que había mamado, era una puerta entreabierta que para que no se cerrara, como un cancerbero había que vigilarla.

Practicó de forma tal vez criptica mas, inteligente y saludable, una forma muy peculiar de hermenéutica. Como afirma sagazmente, Josep María Castellet, en su obra se funden lo didáctico, lo satírico, lo elegiaco y lo lírico.

Antes de finalizar estas reflexiones quiero decir algo sobre su dramaturgia. Sus obras están asentadas en un conocimiento muy completo de la antigüedad clásica y del humanismo renacentista. Muchos aspectos de su visión del mundo, parecen extraídos de Marsilio Ficino, Giovanni Pico della Mirandola, Erasmo de Rotterdam…

En cierto modo fue un renacentista, al menos, en lo que a su concepción del mundo y de la cultura respecta.

No es de extrañar que se interesara por Antígona y que su Antígona penetre, como un cuchillo afilado, en una guerra civil cainita. En toda guerra civil si bien se mira, no hay vencedores. Todos son derrotados. Todos se ven obligados a matar algo de sí mismos. Por eso, no pudo publicarla hasta bastante más tarde, concretamente en 1955,

Asimismo, debe valorarse como merece, Primera història d’Esther, donde se pone de manifiesto su idea recurrente de la fragmentación del presente. ¡Triste concepto el de la condición humana, donde lo grotesco cobra fuerza como si de un teatro de guiñol se tratara!

Me gustaría resaltar una imagen extraída de un cuadro de Pieter Brueghel, El Viejo, que lleva por significativo título ‘La Parábola de los Ciegos’. Unos ciegos guían a otros, mostrándonos así, a través de la metáfora de la ceguera, la desorientación y el abandono del hombre en medio de una realidad hostil que puede tragárselo en cualquier momento. El ser humano, que presenta Salvador Espriu, es vulnerable mas, está en constante búsqueda de la verdad. Los ciegos persiguen el paraíso perdido de la luz y desde el agnosticismo van en pos de la dignidad moral.

Es mucho lo que podría escribirse de Salvador Espriu. Constato con pesar,  que se le recuerda poco y mal, salvo en Cataluña. Era un hombre concienzudo, revisaba pacientemente sus textos, hasta que le satisfacía el resultado. Son muchas sus obras en las que se ha adentrado varias veces para corregir y para encontrar, algo que solo preocupa a los muy exigentes, como ‘la palabra perfecta’, aunque esta sea siempre provisional.

Quisiera comentar un hecho que ha sido pocas veces mencionado. En 1971 –aún vivía el dictador- y en 1983 –ya había muerto, pero era demasiado pronto todavía- fue candidato al Premio Nobel de Literatura.

Se puede constatar que entre los reconocimientos y distinciones que logró tenía en alta estima el Premio Montaigne. En 1972 (la dictadura daba sus estertores, reprimiendo y fusilando) obtuvo el Premio de Honor de las Letras Catalanas. Consideró una reparación que le causó una serena alegría, el que en 1980 la Universidad Autónoma de Barcelona le nombrase Doctor Honoris Causa ya que durante la República, había estudiado en dicha Universidad, aunque tras el triunfo de los sublevados se le cambió el nombre por el de Universidad de Barcelona.

Finalmente, quiero comentar que rechazó la Cruz de Alfonso X el Sabio, en 1982, tal vez por distanciarse un tanto de algunos supuestos ‘prohombres’ que habían sido distinguidos con este galardón.

No sería justo cerrar esta liviana aproximación a Salvador Espriu, sin recordar que en una fecha tan temprana como 1968 la Editorial Cuadernos para el Diálogo, publicó La pell de brau, en un texto bilingüe. Algunos de los que le conocieron señalan que esta iniciativa, que no sentó nada bien a la dictadura, le complació y mucho.

Pongo aquí fin a este breve ensayo con la esperanza de que haya servido para evocar la egregia figura de Salvador Espriu y, sobre todo, para poner en manos de quienes todavía no hayan accedido a su obra, un modesto mapa para iniciar sin muchas dudas, un fructífero recorrido.

Antonio Chazarra

Profesor de Historia de la Filosofía

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