El juicio de los magníficos
Miguel Hermoso
Ediciones en Huída, 2026
202 páginas
Miguel Hermoso Alonso (Sevilla, 1962) es una voz polifacética que entrelaza la docencia, la historia y la creación literaria. Licenciado en Geografía e Historia y Guía Oficial de Turismo, su labor como intérprete del patrimonio y colaborador del Centro Andaluz de las Letras nutre una obra que transita con naturalidad entre el ensayo, la divulgación y la lírica.
Con una sólida formación académica que incluye un Máster Cum Laude en Comunicación Escrita y Creativa, Miguel Hermoso Alonso destaca por su capacidad para conectar el arte andaluz con la literatura contemporánea. Autor de títulos como Dueños de un mundo que no basta y el poemario El pintor de espejos, entre otros, su trayectoria ha sido reconocida en certámenes como el Premio Ciudad de Sevilla.
En consonancia con este perfil versátil y plural acaba de publicar su novela El juicio de los magníficos.
La trama comienza en un hotel de lujo con un suceso extraño y una habitación en silencio. Allí, un agente descubrirá que la clave de su investigación no reside en pistas físicas, sino en algo más profundo: literatura oculta en el código fuente
Se trata, sin duda, de una novela que rompe moldes. No es solo un thriller, ni es solo un relato tecnológico. Es el descubrimiento de unas memorias grabadas en las entrañas de una multinacional, con un lenguaje de programación y donde cada línea de código es un grito de auxilio o una confesión.
La obra nos traslada a las bambalinas de un momento crucial: el gran proceso de modernización de las empresas españolas a finales del siglo XX y principios del XXI. Pero no lo hace desde las cifras macroeconómicas, sino desde la trinchera.
La novela presenta el punto de vista del técnico, el trabajador de nuevas tecnologías que vio cómo el mundo cambiaba mientras él escribe líneas de programación. Con una caracterización impecable, la obra despliega un abanico de figuras altivas, calculadoras y crueles, pero también de perdedores marcados por la derrota.
Destacan a lo largo de la novela magníficas descripciones de paisajes urbanos o rurales donde pone el autor una mirada de melancolía y lirismo, las calles extrañas son solo el decorado vacío de una historia, de un tiempo roto. Figuras literarias originales, pertinentes que desembocan en la expresión poética: la carretera hacia un polígono es una cicatriz gris oscuro y parda bajo una colina verde.
El conflicto lo constituye la presión que ejercen figuras como Antonio Malavé, un personaje magníficamente caracterizado –cruel, manipulador y despótico– sobre los empleados, como una mantis religiosa que no puede resistirse a sus instintos.
Por otra parte, no estamos ante una narrativa convencional. Llama la atención el uso de la segunda persona y el tiempo futuro para describir el pasado, creando así una sensación de premonición inevitable. El lector no solo lee; el lector se convierte en el personaje.
La novela se divide en tres partes: Cuando seas ayer; Bifurcaciones, historias de los magníficos; El proceso. Cada bloque integra secciones que replican la estructura y el funcionamiento de un algoritmo o programa informático.
Bajo la capa de la innovación y los sistemas, late una verdad universal: la frustración emocional y el desgaste humano que puede darse en cualquier trabajo. Ricardo, el protagonista, recorre un itinerario vital que nos deja una lección fundamental sobre la supervivencia en el mercado laboral y en la vida misma.
Miguel Hermoso nos plantea una tesis valiente: para sobrevivir en un mundo de cambios éticos y tecnológicos constantes, a veces la herramienta más necesaria es la más difícil de conseguir: aprender a olvidar.
La verosimilitud de este relato no es casual: emana directamente de años de experiencia en multinacionales y en la formación tecnológica. Solo el conocimiento íntimo de la evolución informática en España permite narrar con semejante precisión y sensibilidad.
El juicio de los magníficos constituye, pues, una pieza imprescindible para quienes buscan literatura de verdad, para quienes quieren asomarse a lo que ocurre detrás de las pantallas y, sobre todo, para quienes saben que, tras cada sistema informático, siempre hay un corazón intentando no ser borrado.












