septiembre 2020 - IV Año

LIBROS

‘La vida es una herida absurda’ de Emilio González Martínez

libro EmilioLa vida es una herida absurda
Emilio González Martínez
Ediciones Vitruvio, 2019

La poesía estalla y pone al rojo todos los sentidos

Ciertamente la existencia nos sobrepasa. Luego están las preguntas, que si Dios, que si nuestros hechos, que si la trascendencia. Así que nos adherimos a la expresión, que da titulo a su libro, de Emilio González Martínez ‘La vida es una herida absurda’. El que Ediciones Vitruvio, siempre atendiendo a las últimas inspiraciones, haya colocado este poemario en el n.º 782 de su afamada Colección ‘Baños del Carmen’, confirma ese buen quehacer editorial.

Y ya estamos con los poemas de este autor, mesurado y diligente, elegante y mordaz. Nos ofrece una serie de retratos poéticos para confirmar que de 1.986 el primer poemario, el titulado ‘El otro nombre’. El subtítulo del libro es, precisamente, ‘Poesía reunida 1986-2016’. Alterna poemas largos, a veces estremecedores, con pinceladas magníficas, retazos de la memoria que, sin quererlo, almacenan la propia historia de la poesía que González viene encadenando en su biografía. El primero de los poemas ya nos implica en la poética del autor, no la de la página 48 (‘En todo instante/el peligro inminente de caer/a los pies del diccionario./En ese caso/tener escrito algún poema/para leer a los caídos’) sino la que implica un recorrido por la vitalidad del verso, por los recovecos de la existencia: ‘Una sordidez hecha lamento, canción final donde mi voz busca su tiempo en otras voces’. El autor ya avanza su capacidad de mirar de cerca los horizontes, de atreverse con los arcos iris, de ir buscando el momento en que admirar la maravilla de la creación, con independencia de credos e ilusiones. Por ahí es cuando exclama: ‘La poesía estalla y pone al rojo todos los sentidos’, muy en el estilo de otros autores, por ejemplo el Gonzalo Rojas de ‘Cumplo con informar a usted que últimamente todo es herida…’, pues nada es más convincente que el dolor, la falta de la ilusión, la quimera de seguir viviendo. Así es como Emilio González, sin renegar de nada, dice, de forma aparentemente sencilla, ‘Hay/en la astucia lumínica del verso/un tú/un nunca más/un casi desde siempre,/una ingenua/flagrante novedad’. Es el poeta enfrentando al otro, a la amada seguramente, a lo cercano, a esa segunda personal que nos puede reprimir con su sólo lejanía. Ya dijo don Quijote que ‘el poeta nace’ y en ese balbuceo aparece ese otro nombre, ese ser civil ajeno a las tendencias espirituales de cierto raciocionio. ‘Una montaña,/de tanto elevar sus ojos a las nubes,/ahora es nube’, leemos en ‘otro’. Puede suscitar cierta curiosidad el que el creador, en este caso, utilice las minúsculas para denominar a sus poemas o, sencillamente, advertir un tono de humildad gramatical que, a veces, la mayúscula, en vez de enaltecer humillaría. En este primer trecho tenemos viajes, ciudades, afectos, culturas, imprecaciones. Alex Pausides exclama ‘Ay infancia infancia’, o adolescencia, senectud, olvido. Léase detenida y brevemente el poema ‘patria’: ‘No hay, patria,/fuera de la sangre, sangre./Alto carmín del amanecer,/tuve que crecer y dar los pasos necesarios/Y, sin embargo….’.

En ‘Tragaluces’ de 1991 el viaje ya se determina a pasos de gigante: veamos ese recuerdo de tango y quimera de la página 55, resumen de experiencias y esperanza. ‘Soñar no fue difícil aunque la violencia/tensaba sus cañones,/vigilando/lo que todavía no es’. Todo se explica, fácilmente, en unos versos posteriores: ‘Buenos Aires es la infancia y el futuro,/ambos inciertos, brillantes, repentinos’. Todo es incierto poeta, hasta al mínimo momento de la felicidad, pero ahí está el legado de la palabra para re-convertir en duradero lo que parece escapársenos entre los dedos o escurrirse al otro lado de la mirada. Esas son las luces que el día muestra y que la noche se traga. Entre los poemas largos de esta parte nos vamos a quedar con, vamos a preferir, esa innúmera ‘carta del adiós’: ‘En el desfiladero donde se ventila el mundo de verdad,/la carne es una huella animal en la arena/envenenada’.

El ‘díptico’ de esos ‘Talleres de poesía I’ vienen a remover las aguas de la imaginación (‘El tiempo aguardó acechante…’) o repensar esos días del olvido que, sin embargo, están presentes, lo cual demuestra el vigor de la memoria pues quien recuerda que ha olvidado, no olvida que ha vivido, como diría Neruda. Por eso leemos, en la segunda parte del ‘díptico’ ‘Me entregué, también,/sin olvidar los manuscritos que el viento/había firmado a nuestro nombre/en las arrugas del tiempo’. Del tiempo, dice.

De ‘Hojas debidas’, inspiraciones del año 2001, se recogen aquí varios sucesos. Uno es ‘en el canto de las horas’ con una cita de Menassa: ‘Sumergirse y no esperar nada,/en las tinieblas hacia otra oscuridad mayor, /el poema’, algo irascible, desde luego. Pero enseguida vuelve la vitalidad de González Martínez con esa mezcla de pasión y confianza que hace posible enlazar los versos de ‘me importa’, verdadera confesión de incondicionalidad que sólo los poetas del amor pueden patentizar de manera tan alarmantemente bella. ‘Me importa que estés por la mañana…’. ‘Me importa tu belleza trashumante…’. ‘Me importa de tu amor/la inminencia del hallazgo sin promesas,/el tiempo de esperar,/los muelles servicios de la lumbre siempre encendida,/la mirada nacida en los matorrales del mañana’. Sí, la vida es todo eso, una herida absurda, un dolor interminable pero, con frecuencia, aparece un oasis, el del amor, de la amistad, de la belleza, del amanecer y todo vuelve, o comienza, a tener otro valor, otro color. ‘Vivir valió la pena’ nos dejó dicho Juan Ruiz de Torres. ¿Y Jaime Sabines que tanto sufrió al final de su vida?. Pues escribió: ‘Los amorosos se ponen a cantar entre labios/una canción no aprendida./Y se van llorando, llorando/la hermosa vida’. El segundo momento es estas ‘hojas’ es ‘tiempo sur’ y comienza muy prometedoramente con un sencillo , dolorido y precioso ‘poema de amor’: ‘Llegaste a decir,/antes de morir/que el silencio/era una bestia feroz/que del tiempo/comía sus palabras’. Del tercer momento elegimos los versos de ‘Ella, quién si no’: ‘Ella parió el origen de todos los comienzos,/se teje en el lenguaje al que origina,/inventa/-con pasión y trabajo-/que las palabras lleguen a ser lo que son’.

En el ecuador de este libro sigue mostrándose abierto un espacio limpio, el de los versos libres y rítmicos, los que ofrecen itinerarios y descubren historias, las propias y las de todos nosotros. Y aquí llegan los versos de ‘Escoba de quince -abecedario de la poesía- (2014) dedicados precisamente ‘A los que se fueron,/a los que vinieron,/a los que vendrán,/con amor’ que nos viene a recordar un interesante aserto de Tomás Segovia (‘El amor es todo en la vida pero no es toda la vida’) resumen y homenaje a los afectos y a la delicada incertidumbre de esta aventura que es la existencia convertida, como dice nuestro autor, en ‘una herida absurda’. Asistimos, a la vista de sus poemas, a un recorrido inquietante por todas nuestras biografías, las de los poetas y las del mundo civil que permite países sin gobiernos, maltratadores sin castigo y políticos perfectamente inhumanos. Y entonces, ahora, es cuando nos asalta una cita prodigada por González, precisamente, de Alejandra Pizarnik: ‘Lo malo de la vida es que no es lo que creemos, pero tampoco lo contrario’, claro que Claudio Rodríguez avisaba, o se avisaba a sí mismo, ‘Cualquier cosa valiera por mi vida,/esta tarde’. Es como apostar por lo único que tenemos sabiendo, de antemano, que tenemos perdida la partida, que se nos ha castigado con una eterna ‘herida (que además es) absurda’. Nos gustan los versos de ‘noche, también de amor’, que abre cita de la curiosa Anäis Nin, musa, compañera o vicio de Henry Miller en sus ‘Trópicos’ y deambulares por el París del amor y la concupiscencia. ‘Hicimos del placer asunto propio,/de la noche una fiesta desatada,/bella en su embriaguez, exuberante’, escribe Emilio González. Y, enseguida, nos lanza un título casi provocador para contener sus próximos versos, ‘amar la poesía’, y ahí dice, o pudiera repetir ‘Ven conmigo, ayúdame a encontrar/las letras que se esconden/en los arteros circuitos de la lengua’ donde advertimos una intensa preocupación del poeta por laminar sus versos, por endurecer su expresión para acercarlos al nivel de amargura que ofrece el título general del libro. Llegan las anotaciones líricas de ‘está pasando-aún-’ donde hay un tríptico dedicado ‘A los ¿desaparecidos?’: ‘Estábamos de pie ante el abismo/de la próxima palabra:/el estruendo de una denuncia inmemorial’.

Y es que, a lo peor, el poeta español está hablando de las épocas de Videla, de Goyo Álvarez, del nefasto Pinochet, de los Gadhafis del mundo africano, de los tan lejanos Franco y Salazar. La poesía también es un espacio de denuncia y de dolor. De todo eso hablaba Félix Grande en su ‘Blanco espirituales’. Punto. En ‘abecedario de la poesía’ hay un poema grandioso, el titulado ‘el sonido de leer’, con una estrofa digna de ser recomendada, re-leída: ‘Cómo leer lo que no está escrito/sino en tinta de secretos,/pero se dice entre el punto y la coma’. ‘Siento la suavidad de las palabras olvidadas’, escribía, precisamente en los versos de su ‘Aún’, el leonés de Oviedo Antonio Gamoneda. ‘Palabrando’ (2016) con tres grandes partes, ‘de las maneras’, ‘hacia los amores’ y ‘en una palabra: palabrando’ que amplia, escenifica y muestra una poesía rotunda, con esos versos, como los anteriores, llenos de ritmo, acentuando su pasión lírica en determinadas pasiones como el amor o la existencia y ofreciendo un slogan tan pacífico como el que expresa la siguiente estrofa: ‘El viento se llevó las letras de mi nombre,/regué con sangre los jardines,/corté los lazos familiares/y anudé las venas al abismo’. Asistir al esfuerzo de ser poeta cada día, de crear un espacio capaz de modificar determinadas realidades, como es la de la soledad o la criminalización del ser humano, nos parece algo altamente loable. El poeta Emilio González Martínez en gran parte de todas estas creaciones poéticas, fechadas en más de 20 años, nos entrega toda una vida de pesquisas, intenciones, enamoramientos, viajes, terrores y vivencias. A lo mejor nos sucede a todos, poetas y civiles sin graduación, lo que este autor recuerda en el poema final de este ejemplar: ‘Recopilamos fantasmas,/vómitos de luz y piezas de artillería./Todo sirve;/ no todo sirve para el mismo combate’. ¿Y cuál es ese combate visto desde el ámbito de la poesía?. ¿Podría ser ‘la lucha por la vida’ como expresaba Koprotkin o, simplemente, el hecho de tener que acostumbrarnos a que ‘La vida es una herida absurda?’.

Gracias a este poeta, de todas formas, por abrirnos los ojos. ‘Llegó al fin el final,/un temporal de páginas y mares/contra la estatua del insomnio’, escribe.