diciembre 2022 - VI Año

‘Memorias, apariencias y demasías’ de José Manuel Corredoira Viñuela

Memorias, apariencias y demasías
José Manuel Corredoira Viñuela
Libros del Innombrable, Zaragoza, 2021
Prólogo de Jean Canavaggio.
407 págs.

Es Corredoira Viñuela (Gijón, 1970) originalísimo ensayista y dramaturgo, entre otros menesteres, dueño de una escritura señera, que se nutre de muy diversas tradiciones literarias, pero que configura un estilo propio e inconfundible. Entre su ya amplia obra dramática ha de recordarse el emblemático Diferencias sobre la muerte (2014), texto poderoso que sigue invitando a la aventura de su escenificación y en el que resuenan los ecos de Romero Esteo, Riaza, Nieva o Arrabal, pero también de Quevedo y de la poesía y el teatro burlescos del barroco español. De su producción ensayística tengo muy presente su Miscelánea teatral (2016), compuesta por 39 capítulos a los que se suma una conversación del dramaturgo y ensayista con gentes de la profesión teatral y con profesores universitarios. Corredoira entregaba el pasado año (o el año papandujo, como gusta de decir) a la imprenta un nuevo volumen de ensayos titulado Memorias, apariencias y demasías, compuesto por un centenar de capítulos de desigual extensión, que versan sobre cuestiones filosóficas, filológicas, teológicas, históricas y ocasionalmente políticas, y que remiten a un inmenso caudal de lecturas heterogéneas en lo que respecta a su temática, a la época en que fueron escritas o al  género o estilo en que fueron compuestas. El resultado es un libro variopinto, brillante, ingenioso y ameno, que desborda erudición, pero que no desdeña el humor, el juego o la provocación. Al lector no le deben pasar inadvertidos los versos de Quevedo que encabezan el volumen: “Del ocio, no del estudio, es aquesta diligencia, distraimiento del seso, travesura de la lengua”, los mismos que Unamuno citaba en un artículo titulado “Glorioso desprecio”, publicado en el diario Ahora e incluido más tarde en el volumen De esto y aquello. Y no solo porque Quevedo y Unamuno sean dos de los escritores a cuyas páginas se asoma con frecuencia Corredoira, sino también porque el autor pretende encubrir -a la inversa de lo que tantas veces suele hacerse- la vastedad de su erudición pasmosa bajo la capa de la burla, el divertimento o la polémica. Emplea para ello un lenguaje profusamente elaborado, dotado de una riqueza léxica inusual -apabullante por momentos-, que conjuga la precisión con la abundancia,   la expresividad  con el rigor y la claridad con el exceso deliberado, con la demasía, como reza el título para que nadie se llame a engaño. Las citas y las referencias conviven con los guiños, con los rasgos conversacionales o con las alusiones malévolas o benévolas.

La estructura de Memorias, apariencias y demasías es caprichosa, deliberadamente falta de método, taracea de fragmentos a cuya escritura se entrega Corredoira cuando una lectura inspira o suscita su comentario. Son recurrentes entradillas como “Estamos leyendo…”, “Leemos en”, “Acabamos de leer…”, “Leyendo…” u otras análogas, mediante las que el autor se adentra en un escrito que ha llamado su atención y sobre el que vierte sus comentarios, su admiración, sus discrepancias, sus enojos o sus apostillas.  No es difícil descubrir en sus cavilaciones sus preferencias literarias ni sus rechazos, sus obsesiones y sus manías. Corredoira es apasionado y polémico, aunque habitualmente (no siempre) bien humorado. Sus gustos atienden a la tradición literaria española, singularmente el Siglo de Oro, ámbito en el que descuellan las referencias a Quevedo y Cervantes, a Santa Teresa -sobre quien promete un escrito monográfico y no nos olvidaremos de reclamárselo- y a Calderón, a la picaresca, a San Juan de la Cruz y a Fray Luis de Granada, a Quiñones de Benavente, y, en menor medida, a Tirso, Lope, Góngora, Garcilaso, Fray Luis de León,  Gutierre de Cetina, Vélez de Guevara, Gracián, Rojas Villandrando, Fray Antonio de Guevara, Saavedra Fajardo, y tantos otros. Pero también ocupan sugestivas páginas del libro las reflexiones sobre Huarte de San Juan, Juan Ginés de Sepúlveda o Juan Caramuel, por ejemplo. Y surgen de cuando en cuando los humanistas: Juan Luis Vives, Juan de Mal Lara, Pedro Mexía, Pedro Mártir de Anglería…  La literatura medieval se asoma a través de El conde Lucanor, aunque son citados también el Poema del Cid, la obra del arcipreste de Hita o La Celestina, entre otros. Se acuerda de algunos ilustrados españoles, como Feijoo, García de la Huerta o Forner, por ejemplo, pero se da prioridad a la Ilustración francesa, donde brilla el nombre de Voltaire, y se menciona a Diderot y a Montesquieu, aunque son acremente censuradas la obra y la vida de Rousseau. El romanticismo y el naturalismo español están casi por completo ausentes, fuera de alguna mención a Hartzenbusch como traductor. Sin embargo, muestra su interés, su admiración y hasta su afecto por muchos de los escritores que vivieron a caballo entre los siglos XIX y XX: Unamuno y Baroja, Valle-Inclán o Gabriel Miró -siempre reivindicado por Corredoira-, Joan Maragall u Ortega y Gasset. Se habla también de Gómez de la Serna o, de modo oblicuo, de Juan Ramón, de Pedro Salinas o de Corpus Barga. Entre los escritores hispanoamericanos el nombre de Borges es el que aparece con más frecuencia. Las generaciones posteriores adquieren una presencia exigua, con la excepción de los postistas -Ory, Chicharro, Sernesi, Cirlot, Nieva-, a los que se dedica un precioso y memorable capítulo, de su admirado Fernando Arrabal y de alguna mención a Goytisolo y a Sánchez Ferlosio, además de alguna alusión amable a Domingo Miras, con quien el ensayista mantenía una entrañable amistad. Sus coetáneos apenas figuran en las páginas del libro, fuera de algún apunte un tanto desdeñoso y esquivo, con la salvedad de la mención a otro buen amigo, Jerónimo López Mozo, y del extenso diálogo/discusión con los ensayos teatrales de Mayorga, a quien también había dedicado una entrada en Miscelánea teatral, y que constituye una de las aportaciones teóricas más sólidas del volumen respecto a su propia concepción sobre el teatro y su relación con la filosofía. Huelga recordar que tanto Mayorga como Corredoira son filósofos de formación, además de dramaturgos en ejercicio.

No se reduce el autor a la tradición literaria castellana. Lector curioso y conocedor de otras lenguas -clásicas y modernas- vuelve una y otra vez sobre la literatura y la filosofía griegas. Homero, Hesíodo, Jenofonte, Platón, Aristóteles o Apolonio de Rodas son los autores más visitados, aunque no faltan a la cita los tragediógrafos. Virgilio y Ovidio son los preferidos entre los latinos -pero no quedan en el olvido Plauto, Terencio o Lucrecio-, y San Agustín, Santo Tomás y Dante, entre los medievales. La literatura vetero y novotestamentaria atraviesa muchos de los capítulos del libro. No están ausentes los humanistas: Marsilio Ficino, Pico della Mirandola, Moro, Erasmo, etc., pero se sobrepone una reivindicación de la Escolástica y un desdén por Lutero y su Reforma. La filosofía   alemana constituye otra de las constantes del libro: Leibniz, Kant, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Marx, Benjamin o Heidegger (este último juzgado con rigor) intervienen con frecuencia en los debates y elucubraciones que propone la gavilla de ensayos. Entre los escritores en esta lengua, E.T.A. Hoffmann es quizás el preferido. Le acompaña Jean Paul Richter. La literatura francesa aporta a Rabelais, a los mencionados Voltaire y Montesquieu, a Victor Hugo -a quien se dedica singular atención- a Stendhal, a Chateaubriand, a Balzac, a Flaubert y, entre los más recientes, a Raymond Queneau, otro de los escritores predilectos de Corredoira, precisamente por su concepción de la literatura como juego, de ejercicio de imaginación y de ingenio y por su ambiciosa investigación formal. Cioran, escritor rumano en lengua francesa, es tratado, sin embargo, con severidad y con distancia. Mejor suerte le corresponde a Milan Kundera, otro escritor centroeuropeo que recurre a la lengua francesa. La lengua inglesa adquiere su máxima representación en el gigantesco James Joyce, otro de los referentes ineludibles de la escritura de Corredoira. Sus notas acerca de la traducción al castellano del Finnegans Wake, llevada a cabo por Marcelo Zabaloy, aportan, a mi modo de ver, algunas de las páginas más estimulantes del volumen. Asoman también los nombres de Shakespeare, Swift, Dickens, Poe, Chesterton o Henry James. Figuran otros muchos escritores; resultaría fatigoso e inútil tratar de recuperarlos todos. Los ya citados bastan y sobran para que el lector tenga una idea de los lugares por los que transcurre el itinerario intelectual de Memorias, apariencias y demasías. Entre aquellos cuyo nombre no consigno ahora, abundan los que en otros tiempos hubieran aparecido bajo el marbete de “raros y olvidados”, pero cuya obra no ha escapado a la curiosidad ni a la sagacidad de Corredoira.

El adecuado uso de la lengua castellana, la voluntad de la precisión léxica y semántica y el rigor en el decoro gramatical suscitan muchas de las páginas del libro, bien mediante el ejercicio filológico del escolio que se practica sobre los textos clásicos de la tradición literaria, bien mediante el cotejo -que casi siempre deriva en polémica- de textos recientes que se ocupan de extirpar los vicios del maltrato idiomático o de explicar usos o expresiones. Entre los primeros abundan las incursiones en el Quijote y en otros textos áureos, preferentemente la novela picaresca o la poesía de San Juan de la Cruz, pero el autor discurre también por los territorios de la literatura trovadoresca, por cuestiones relacionadas con la traducción, por diccionarios y compilaciones léxicas, etc. En lo que atañe a los segundos, Corredoira se enfrenta, entre otros, a los trabajos publicados por Grijelmo, García Remiro, Magrinyà o José Antonio Pascual. Este último es mirado con respeto por Corredoira, aunque el reconocimiento del valor de la obra firmada por el académico no le impide expresar ciertas dudas y formular algunas objeciones. Menos indulgencia muestra con las páginas de Grijelmo, García Remiro y Magrinyà, discutidas con incisividad y vehemencia por un Corredoira que se vuelve mordaz, por ejemplo, con las explicaciones, destempladas a juicio del autor, que García Remiro propone para la expresión “templar gaitas”, o con los anglicismos en que incurren Grijelmo y Magrinyà precisamente en las páginas en las que se propone denunciarlos. No son los únicos guardianes de la corrección idiomática zaheridos por el autor.  Figuran también entradas relativas a la historia de España (Felipe II, los debates entre Las Casas, Vitoria y Sepúlveda, etc.) o a la ciencia y al pensamiento español a lo largo de los siglos. Entre los pensadores recientes, Corredoira muestra su predilección por Gustavo Bueno -uno de sus maestros-, por Caro Baroja, tratado de una manera entrañable, o César Rendueles.

La disparidad de motivos o de autores y la desigual extensión de los capítulos configuran un libro heterogéneo, en el que a algún lector le parecerán felices los pasajes que a otros les resulten indiferentes o acaso les desagraden. Entre mis predilectos, además de los ya citados o aludidos, figuran el XXXVIII, en el que Corredoira discurre sobre las teorías teatrales de Ortega, o el XLV, en el que hace lo propio con el Elogio del teatro, de Joan Maragall. De muy provechosa lectura es el capítulo XXXIII, compuesto a su vez de algo más de una veintena de breves anotaciones que exploran los significados de palabras, motivos y expresiones utilizados en el Quijote, en el poema Llama de amor viva, de San Juan de la Cruz; en La Gatomaquia, de Lope, en el entremés Las carnestolendas, de Calderón; en El Criticón, de Gracián; en la segunda parte de el Lazarillo de Tormes, de Juan de Luna, en El viaje entretenido, de Rojas Villandrando, en Vida y hechos de Estebanillo González; en diversos textos de Quevedo y de Tirso, y en otros pasajes de la literatura áurea. En una de estas notas, particularmente gozosa, Corredoira sale al paso del aserto de Borges, para quien nunca llueve en el Quijote. No es cierto. La lluvia se menciona en dos ocasiones, las dos en el capítulo XXI, aunque un lapsus cálami del autor o una mala jugada de los duendes de imprenta trasladan a la segunda parte de la novela el acontecimiento que Cervantes situó en la primera, cuando hizo llover sobre don Quijote, Sancho y la bacía o yelmo con que se cubría el barbero. El pasaje, justamente célebre, debió de pasarle inadvertido a don Jorge Luis. El capítulo L es rico en indagaciones filológicas o el II propone una sugestiva lectura del cuadro de Botticelli, El nacimiento de Venus. Vale.

Eduardo Pérez-Rasilla

Profesor Titular Literatura - Universidad Carlos III de Madrid

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