marzo de 2026

‘Musgo y dientes’, de Marina Serrano

Musgo y dientes
Marina Serrano
ALIAR Ediciones S.L., 2025
114 pp.

LA HONDURA EXISTENCIAL DE ‘MUSGO Y DIENTES’

Marina Serrano nació en Cádiz, es fotógrafa, estudió Filología Hispánica y es docente en la Universidad de Torrelavega, donde vive. Ha publicado Amar a mares, morir a lunas, en el año 2021, editado por Bajamar. Su producción fotográfica ha sido mostrada en galerías y en exposiciones.

Llega un libro emocionante, titulado Musgo y dientes, editado por Aliar, que ganó el Primer Certamen de Poesía Aliar en el 2024. La hondura del libro, su meditación existencial, ante la muerte del padre, es asombrosa. Marina fulge, como esa mariposa que va hacia la llama, para arder en la pira del tiempo. Por todo ello, nos hallamos ante un libro que penetra en nosotros, que también tenemos pérdidas irreparables, y nos hacemos confidentes de su diálogo con el lector, el creador de otro poema, como decía Francisco Brines.

En el prólogo de Mónica Picorel, nos habla acerca del contenido del libro, donde hay serenidad, pese a la pérdida:

“Los sesenta poemas de Musgo y dientes son un canto a la plenitud desde el desgarro y la certeza de la pérdida. Es un libro en apariencia difícil de recorrer; son extensas las sombras que parecen convocarlo, y, sin embargo, es un libro luminoso y sereno”.

En el poema “Qué hay dentro”, ya expresa Marina la incertidumbre del ser ante la vida, ante su existencia, con la sombra presente de la muerte:

“La niña piensa: / qué hay dentro de un padre que se muere. / Es verano. / El manillar le queda alto, / los pies no alcanzan en el suelo”.

La sonrisa del padre como “un desierto impasible”, nos habla ya de esa conciencia desde la niñez de la fragilidad del ser, de esa pérdida de la inocencia. Somos seres en derrota, envueltos en las sombras de nuestro efímero existir.

En “Orillas contrapuestas”, la vida se enfrenta a la muerte que se aproxima, como un juego de ajedrez que Bergman supo descifrar en El séptimo sello. Vida que se aferra a la vida, pero la muerte tira hacia dentro, va consumiendo al ser amado:

“Ahora que recojo tu mano / y estiro, con cuidado, los dedos, / tu mano queda así: abierta / como las hojas de un olivo”.

La comparación con el árbol, que crece y que un día va arrastrando sus hojas es el paisaje que se va alejando. Y ese ser que se va y que verá, en la conciencia que se escapa, el dolor de sus seres queridos, como un viaje hacia un paisaje, donde solo queda el recuerdo. Esas cenizas que lo componen todo y que no podemos entender tanto dolor. Amarrados a la vida, tenemos la pesadumbre de la muerte futuro y recordamos a Darío, en “Lo fatal”, perteneciente a Prosas profanas: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo / y más la piedra pues esa ya no siente / pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo / ni mayor pesadumbre que la vida consciente”.

En “Umbral”, la poeta gaditana sabe que el tacto de la hija es un tatuaje, que se pega al cuerpo del ser querido, su padre, buscando traerlo al mundo de nuevo, resucitarlo de su estado de languidez. Somos perdedores, porque por mucho que nos aferremos a la mano, besemos la frente de nuestro padre o madre, se van alejando hacia la nada, o quizás hacia otro universo:

“Siento la mordida. / Tu cuerpo reclamado / por los picos hambrientos / de una memoria ancestral. / Pían tus muertos”.

Como un gorrión herido, el padre vuela hacia un lugar lejano y ya nos queda el llanto y la cicatriz de por vida. Heridos en lo hondo, transitamos por un paisaje fantasmagórico, donde a veces existimos para los demás y otras solo para el recuerdo, para la evocación y el diálogo con nuestro padre o madre.

Y la continuación de la vida, porque la muerte del padre es el proceso vital, pero llegará el hijo, para Marina, llama que consagra la cartografía emocional del tiempo. En “Llegará, Julio, padre”, dice:

“Llegará Julio, padre, / con un hijo entre los brazos, / refugio donde ahora descanso / bajo la sombra de las primeras canas”.

El verano y la luz del sol, llamaradas de amor al hijo, que es, sin lugar a dudas, el eco del padre que se fue. Fulgor y ceniza entre las manos. El oxímoron del tiempo, la poeta es la amanuense que descifra la emoción de un niño, cuyo códice es la belleza que un día vio en su padre.

Y en “Germinación”, Marina continúa el curso de la Naturaleza y habla con el hijo, sabiendo que un día ella pasará y será el niño el que deba recordar y mantener la herencia de todo lo vivido. Será otro ser que sufre, en la cadena existencial:

“Y cuando llegue el momento, / querido hijo, / cierra mis ojos / como un día cerré los suyos. / Apoya tu oído. / Recibe el latido / como ahora tus pies / deforman tu piel / cuando empujan”.

Y, entonces, se cumplirá el rito existencial, la muerte y la vida, en un espacio donde la madre será solo un eco que quedará en el niño-hombre.

Marina Serrano ha dibujado el lienzo del tiempo, ha sacado afuera su dolor y lo ha regalado a los demás, que también hemos sufrido. Nada se olvida y mientras recordemos, los que no están vivirán siempre en nosotros. Un libro lleno de luz y de emoción.

 

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