
Por la Villa y corte de Madrid se pasea Gloria Nistal Rosique. Y por el mundo entero. El mundo no es ancho y ajeno para ella. Visita países, los colecciona, como más de cien galletas colocadas en hilera, dentro de la gran caja, que es su almario.
Con cariño los mira y se los come y aún tiene intención de chan-chan, comer con gusto muchos más. De hecho, hoy, la despido. Se va a dar la vuelta al mundo. La bendigo como a los antiguos marinos, antes de emprender su gran odisea marítima por la mar Oceana.
Viajar es solo un lado de este hermoso diamante de veinte caras. Hay muchas más que ver. Solo quiero enfocar una ahora, su grito al mundo: la paz, la mejor bandera.
Poeta, escritora, fotógrafa, y viajera incansable.
Me gusta sacarla de sus casillas y de sus etiquetas habituales, y hacerla reír con otras inusitadas y futuribles facetas. Así, yo le tengo elegido un nombre artístico: Niña Nistal, cantaora flamenca.
Como ha escrito Rosemary Clark: “Hay la gloria intelectual / clásica de los mitos heroicos de Poseidón y Atenea, de Jason y Cadmo, esos jóvenes que sembraron dientes de dragón, de los que brotaron guerreros y guerras. Se describe a sí misma como una bacante / que salta con pértiga / el siglo de las luces / y se pasa de frenada (…) la ménade de la vida salvaje.

También nuestra Nistal ha escrito este desiderátum: impedir / que nos devore / el desastre / de una noche sin amante. / Evitar / que aceche el maligno. / Librar y vencer / la batalla cíclica y ciclópea / contra la depresión de la nada.
Con Gloria Nistal juego. Compito risueñamente a ver quién tiene más antenas (ji ji, de acero inoxidable, decimos). Lo mejor es cederle el palco magno de este precioso espacio de mis Negritas para que ella misma se autopresente, con este poema ad hoc para la ocasión:
«He publicado más de treinta libros,
pero espero publicar los otros
más de treinta que viven desperdigados
por los cajones de mi almario.
Tengo en mi haber
un centenar de miles de fotos
con las que juego a captar
sonrisas y gestos que enamoren.
A veces desparramo pintura torpe
por diferentes lienzos
intentando dotar a lo amorfo
de algún sentido de belleza.
Soy insondable,
—pues Dios me hizo a su imagen y semejanza—
iconoclasta, inaprensible, incorregible,
inimaginable.
Me divierten los anatemas.
Huyo de las modas y de lo superficial
como de las opiniones violentas
que menosprecian las del otro.
No practico religiones
Ni nada que ate en sus religare.
He sido bígama y me sigo sintiendo bisexual.
Tengo varios principios,
—no tantos como Groucho Marx—
El respeto, la honestidad y trabajar por la Paz
me conmueven y me ayudan a levantarme
de la cama y de todas las caídas
de cada día.
África me habita
porque de allí siento mis raíces.
Viajo para conocer y empatizar,
para abrir ilimitadamente los ojos
después bajo el cielo,
y porque yo no puedo ser de otra manera».

Nada parece imposible para ella. Sin ir más lejos, se acaba de hacer manchega. En Territorio Mancha ha puesto sus reales, en una propiedad preciosa llamada La Veleta. Allí esparcirá su buen hacer de agente cultural, establecerá su museo, y será mecenas de todo y de nada.
Bajo el Cielo protector, Gloria Nistal actúa así: lo pienso, lo hago, o como dicen los anglosajones: Don’t think, do it.
Me gusta esa especie de omnipotencia suya, pero aún más me gusta, cuando está débil y como si fuera un cachorro, le paso la mano por su cabeza y la acaricio, y se deja querer.
Larga vida para ti.
La paz por bandera, por Gloria Nistal
#febreropoeta es un homenaje sincero a la amistad de una poeta y amiga «buena», en el sentido machadiano: Antonieta García de León.
La conocí por esta maldita costumbre mía de escribir y cantar. En la copa-canapé en un cercano restaurante, me hizo un segundo grado, supongo que para conocerme.
Muchos meses y viajes han transcurrido juntas, incluso en mis ausencias, Antonieta está presente.
Si la tuviera que describir y comparar, Antonieta es luz y yo, cimientos.
Somos una extraña pareja, ella, liviana; yo, sólida. Sin embargo, nos duele la separación como siamesas separadas precipitadamente. Es una cicatriz que nos llama a la unión centrípeta.
En las Negritas de Antonieta, una columna donde ella dibuja con palabras su rastro vital de creadora, esta vez ha elegido un punto que nos une: Dios, rito y arquitectura.
Antonieta se muestra transida de luz y boato. Es tanta la belleza del rito, que la traspasa, la atraviesa como la lanza de Longinos. A través de esa herida siempre abierta, Antonieta siente la belleza de un saber hacer antiguo: mitrales, luz de fractales a través de las vidrieras, el oro de los primeros Magos y el amor. Ese amor físico que inunda las almas de los que saben encontrar a su Dios.

Y todo eso lo hace en un edificio que surgió de un vertedero en la antigua calle de Los Arenales. El hombre en su infinita tozudez, convirtió la escoria en un edificio neomudéjar de rojos ladrillos. El monumento fue creado para divulgar conocimiento. Para crear electricistas, fresadores, constructores, ingenieros. Y, cosas de nuestra contradicción humana, fue quemado, allá por los fatídicos treinta. Patrimonio arruinado que volvió a ver la luz.
Y esa luz es la senda del camino de Antonieta. Nunca se gira hacia atrás. Sigue adelante por el camino de las baldosas amarillas con una sonrisa de niña.











