octubre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Galdós como ejemplo

Homenaje a Galdós al cumplirse el primer centenario de su fallecimiento. El día 4 de enero de 1920, murió Benito Pérez Galdós. Al cumplirse un siglo de su fallecimiento, un grupo ateneístas queremos rendir tributo a su memoria ante la escultura, de blanco mármol de Lérida de Victorio Macho, situada en el Parque de El Retiro. Tenemos previsto llevar a cabo una ofrenda floral y leer unas breves cuartillas en memoria de nuestro ilustre consocio, que perteneció durante muchos años a la Docta Casa, en la que coincidió con Amós de Escalante o Emilia Pardo Bazán. Su rebeldía, la riqueza de sus personajes y su compromiso con los desfavorecidos, nos impulsan a rendirle este tributo de afecto.

Con su ejemplo de vida comprometida y con sus obras se constata que Benito Pérez Galdós ha legado tanto a su generación como a las siguientes un patrimonio intelectual de inestimable valor contra la injusticia y la intolerancia, de tal forma que se le puede seguir reconociendo como el icono por antonomasia de los escritores progresistas.

No fue casualidad su íntima relación con las dos Instituciones con más prestigio en cuanto máximas garantes de la pervivencia de las ideas de la Ilustración en nuestro país: la Institución Libre de Enseñanza y el Ateneo de Madrid. Precisamente, en el Ateneo surgió la que sería una duradera amistad con quien no sólo estaba a su nivel como escritor sino con el que también compartía una visión crítica frente al nocivo caciquismo y clericalismo de la época: Leopoldo Alas, Clarín.

Precisamente su enfrentamiento con los sectores más retrógrados de la Iglesia le impedirán obtener el Premio Nobel. Destaca en esta lucha su novela ‘Electra’, como reconoce el propio Galdós en una entrevista en el Diario de las Palmas del 7 de febrero de 1901: ‘En Electra puede decirse que he condensado la obra de toda mi vida, mi amor a la verdad, mi lucha constante contra la superstición y el fanatismo, y la necesidad de que olvidando nuestro desgraciado país las rutinas, convencionalismos y mentiras, que nos deshonran y envilecen ante el mundo civilizado, pueda realizarse la transformación de una España nueva que, apoyada en la ciencia y la justicia, pueda resistir las violencias de la fuerza bruta y las sugestiones insidiosas y malvadas sobre las conciencias’.

También tuvo una sólida amistad y especial sincronía ideológica con el fundador del PSOE Pablo Iglesias, hasta el punto de decir: ‘Voy a irme con Pablo Iglesias. Él y su partido son lo único serio, disciplinado y admirable que hay en la España política’. Era el reconocimiento a una coherente evolución política pues desde la filosofía regeneracionista y krausista llegó a ser consciente en su madurez de la necesidad de las políticas socialistas para forjar una España más moderna y justa.

Un hilo conductor que se encuentra en la obra de Galdós es el uso de distintos lenguajes según el tipo de grupo social donde se ubica cada personaje, de tal forma que el sujeto responde a un entendimiento diferente aunque esto no le impida relacionarse con otros colectivos. Pronto se vislumbra quienes están en posiciones de dominio y quienes en inferioridad, una diferencia categorial que permite entender mejor la sociedad española de finales del siglo XIX y principios del XX.

Esa diferencia, además, nos familiariza con la dinámica social haciendo más inteligible elementos como la mala conciencia, el egoísmo o la autosuficiencia según que el personaje sea un obrero, un burgués, un militar o un aristócrata, pues detrás de cada clase social hay unas estructuras mentales que se mantienen consciente o inconscientemente a pesar de la individualidad.

El aislamiento de los grupos dominados en la obra galdosiana deja entrever las aspiraciones de muchos de sus miembros por mejorar de condición social y la permisividad del grupo dirigente que no se cierra a que puedan incorporarse sujetos del primero, siempre que acepten que las cosas no deben cambiar.

De esta forma cuando el dominado es aceptado por el dominante tiene también que cambiar su conciencia social y abandonar cualquier racionalización reivindicativa favorable a los dominados, en el caso de que hubiera existido. En definitiva, es una visión perfectamente coincidente con la conciencia de clase que explica el marxismo, esto es, que sin conciencia de clase el dominado acepta sin lucha su condición y, a lo sumo, sólo aspira a formar parte un día de la clase dominante, renunciando a cualquier lucha como grupo para conseguir una igualación en los derechos y en las condiciones económicas.

Con una visión que se adelanta a su tiempo, Galdós es consciente de que la sociedad española en cuanto poco evolucionada industrialmente, más rural que urbana, notoriamente oligárquica y caciquil, no responde a una estructura competitiva a diferencia de sociedades como la inglesa o la norteamericana, por lo que las clases dominantes españolas no tienen la necesidad para justificar sus privilegios de dar argumentos que justifiquen como positiva la competitividad.

Destaca la obra galdosiana que todavía siguen siendo un pilar esencial para sostener el edificio piramidal que marca claras diferencias económicas, políticas y culturales entre los fuertes y los débiles, las argumentaciones que emanan de los partidarios de una Monarquía decadente y una Iglesia anclada en el medievo. Contra esta filosofía se opondrá Galdós tanto con su actividad política como con sus obras, en alguna de ellas de forma muy explícita como en Electra.

En consecuencia, con Benito Pérez Galdós emprendemos siempre un camino rodeado por un sinfín de paisajes y sujetos, nos trasladamos a una experiencia vital rica en acontecimientos y a una de las cumbres de nuestra literatura social. Una obra titánica nacida de la observación constante, como él mismo reconocía en su discurso ante la Real Academia Española, con motivo de su recepción en 1897, titulado ‘La sociedad presente como materia novelable’:

‘Imagen de la vida es la Novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de raza, y las viviendas, que son el signo de familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción…’.

No cabe duda que Galdós sigue y seguirá vivo entre nosotros como ejemplo y bandera de una España moderna y progresista.

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