Estimada señora doña Mercè Comaposada Guillén:
A unos ciento sesenta kilómetros al noroeste de Cerecinos de Campos, un pueblo que acabará resultándote familiar a ti, existe otro que también a mí me resulta entrañable, es A Gudiña, en el que la nieve y la ventisca se hermanan para apoderarse de casi todo el calendario de forma compulsiva, es donde uno de mis nietos pasó la infancia. Tal vez por eso y porque me apasiona la escultura, es por lo que aun sin conocerte me he decidido acercarme a ti.
A la hora de escribir, pierdo la noción del tiempo y dejo que mi pluma me marque la fecha en la que me gustaría situarme.
Así pues, jugaremos con el tiempo, la tinta y la textura, a nuestro antojo, para tallar una carta contrahecha, al más puro estilo anarquista; y será un tiempo divertido. Tal vez consigamos detener al calendario. Porque, ¿qué es el tiempo sin memoria?
Por eso me pregunto para empezar, ¿recuerdas quién te hizo tus primeros zapatos, aquellos con los que ya presumías a los tres años?
Corrígeme si me equivoco, pero creo que fue un zapatero, llamado José Comaposada y Gili, tu padre, un artista con la lezna, el tranchete, la horma y el martillo de remendar, pero sabes que su sudor salió fuera del taller para buscar la justicia y el derecho para los trabajadores. Y ese sudor fue uno de los fundadores de la «es.wikipedia.org» en agosto de 1888 en la calle Talleres de es.wikipedia.org, y de la que fue elegido presidente después del tercer congreso en Málaga, en septiembre de 1892.
Con esos principios, ¿quién no iba a presumir de unos zapatos nuevos? ¿Y tu madre? Sé que es muy fácil dejar en el cementerio del olvido a la mujer de un humilde zapatero, más en esa época en la que vivieron, pero no me parece justo.
En pocas de las fuentes en las que he rastreado, mencionan a tu madre. En algunas hablan a retazos de Consuelo, pero no me resultan fiables. Tal vez si localizase a alguno de tus familiares, pudiera sacarme de dudas y darme más información; me encantaría, pero en estos tiempos en los que no se sabe del origen de las balas, y en los que en la tierra no crece fruto alguno bajo la pólvora, a las mujeres se nos deja en la retaguardia. Igual me pasa con tus hermanos, que no sé si tuviste.
Pero es tu madre la que, por primera vez, te enseña a coger la pluma y a dibujar, juntar y separar las primeras letras; a ella la prefieres como maestra, mejor que ir a la escuela; hasta que, a los doce años, empiezas a trabajar, aunque yo más bien diría a jugar con los zapatos, cambiándolos de sitio, en la tienda llamada «La Reforma», que estaba en el número 54 de la calle Pelayo, en tu Barcelona natal.
¿Cómo no?, conocías el oficio. Los colocabas por tamaños, formas y colores, y eso era lo que querían los dueños. Estaban contentos contigo. Pero estuviste poco tiempo. Te esperaba el cine y te fuiste a la calle Mallorca, 220, la Productora EPC te pagaba más. Estaba cerca de la calle Mercaderes 25, donde tenía su sede la C.N.T. La habían fundado Joan Pablos y Eusebi Sella, a inicios de 1900, convirtiéndola en una de las distribuidoras y exhibidoras más influyentes de Barcelona, pero para ti, lo más importante era que te dejaban entrar gratis en todas sus salas y ver películas, que entonces eran de cine mudo. Te gustaba. Según qué película pusieran, unas veces ibas al Cine Pablos, que estaba en la calle Gran Vía de las Cortes. Era el mejor. Otras al Kursaal, otras al Moderno o al Argentina, pero tenías que ir sola, porque tus amigas tenían que pagar.
Desde la calle Talleres, donde vivías, el que más cerca te quedaba era el Moderno. A veces ibas con Margarita Bertrán, que trabajaba contigo y el acomodador la dejaba pasar gratis. Ninguna de las dos llegabais a los quince años.
No sospechabais nada de lo que estaba pasando más allá de vuestra Barcelona infantil, pero yo ya no era una niña y percibía el olor del odio.
Creces entre cámaras y lentes, entre maderas viejas y el humo del tabaco, pero ¿cuánto tiempo estuviste allí? ¿Hasta 1921?
Me has dicho muchas veces que para ti fueron seis años maravillosos. Cuando te fuiste, tu ausencia se sintió como un verso que se quedó sin rima, una nota suspendida en el aire.
Pero os fuisteis a Madrid para que tú te pudieras matricular en la Facultad de Derecho. Aquella tarde llovía sobre un Madrid convulso. La biblioteca era para mí un santuario de silencio y concentración. Debía terminar de leer un trabajo sobre el rey Alfonso XI de Castilla apodado «El Justiciero», de la historiadora Mercedes Gaibrois de Ballesteros.
Con delicadeza lo buscaba entre los anaqueles. Sabía el número de referencia y la signatura, pero tenía cierto miedo a que pudiera estar prestado o en uso por otro lector. No sabía si había más de un ejemplar.
No sé qué estabas buscando tú, pero debía ser algo cercano a lo mío, pues estábamos tan pegadas que llegamos a rozarnos. El libro que tú sostenías entre tus manos se cayó al suelo. Superadas las disculpas, tu rigor y mi curiosidad chocaron; yo reconocí el texto y ofrecí un dato clave del «Ordenamiento de Alcalá de 1348», y te expliqué que, según este código, al marido le asistía el «derecho legal de castigar a la adúltera e incluso de matar a su esposa y a su amante si los sorprendiere en el acto».
Aparecía en el «título XV», en su «Legis Prima». Solo te faltaba descubrir aquella afrenta a las mujeres para que tu vocación jurídica se disparase.
¿Recuerdas? Con la charla y nuestras coincidencias, se nos fue la tarde. Pocos días después te acompañé a la Facultad de Derecho para que la conocieses. Estaba en el antiguo «Noviciado de los Jesuitas», y ahora era un laberinto de piedra, humo de tabaco y retórica encendida. Ni una sola falda. Un aire solemne, pero algo caótico.
Desde el número 28 de la calle de la Encomienda, en el barrio de Embajadores, donde vivíais, para llegar al «Caserón de los Jesuitas», cogimos un tranvía de la «línea once», rojo como los cangrejos, que nos llevaba directamente; y en él sí, había mujeres.
Formaba parte de la Universidad Central. El ambiente era vibrante y politizado. Vimos a los estudiantes, vestidos con capa, que frecuentaban los cafés cercanos, formando corrillos en los que se debatía sobre la crisis del sistema de la Restauración y el desastre de Annual. No había ninguna mujer.
A los pocos días, me dijiste que te habías matriculado por libre; aunque eran más difíciles los exámenes y no podías asistir a las clases, pero eso te permitía acceder a varias asignaturas de distintos cursos a la vez.
Así conociste a los profesores, Felipe Clemente de Diego: maestro del Derecho Civil; José Ortega y Gasset, sus charlas te fascinaban; Adolfo Posada: referente en Derecho Político y vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, al escucharle, te nacían brotes de esperanza; José Gascón y Marín era un especialista en Derecho Administrativo.
Me decías que, como eras la única mujer te dejaban entrar, aunque te sentabas en las últimas filas y como las mujeres no tenían acceso a la propiedad, tú querías aspirar a una plaza de registradora.
El «Caserón de los Jesuitas» se fue convirtiendo en tu casa. Para sorpresa de tus maestros y envidia de tus compañeros, dejaste de ser una «intrusa» para convertirte en una «adelantada». Tus apuntes, notas y preguntas empezaron a cotizarse.
La Confederación Nacional del Trabajo era tu bandera y enseguida te adheriste a ella. Fueron tres años que pasaron demasiado rápido. Volvimos a vernos en la entrega de diplomas. Tu padre, el zapatero, vino conmigo, fue emocionante.
Aspirabas a «registradora de la propiedad», por tus conocimientos podías haberlo sido, pero por ser mujer no te dejaron presentarte a la oposición. No supuso para ti ninguna frustración, sino un nuevo acicate. Te volcaste en la formación de los obreros.
Ellos necesitaban hablar, ser escuchados, compartir sus problemas y solucionarlos, y te buscaban por todas partes. También las mujeres, las cigarreras, las costureras, tenían problemas, o querían aprender a leer, a escribir, a hacer punto, a cocinar y te buscaban.
Entre todas acababan con las horas de tu reloj, pero estabas feliz. Se te notaba y escribías. Te esmerabas en todos tus artículos, pero más aún si los iba a publicar en sus revistas Ortega y Gasset.
Empezaste a ir a buscar a Lucía a su trabajo, en el rascacielos de Madrid, trabajaba como telefonista, pero era mucho más que eso. Te gustaban sus ideas, su sensibilidad y su poesía. Se llamaba Lucia Sánchez Saornil; era seis años mayor que tú.
Entretanto los directores de las revistas Mundo Femenino, Cultura Integral Femenina, Estampa y La Mujer Española esperaban con impaciencia, como yo, tus artículos. Yo tenía que preservarlos del olvido. Esa era, para mí, la misión de una historiadora.
A Carmen, la mujer que tenía el quiosco más cercano a mi casa, le había encomendado la misión de rebuscar entre las páginas de las revistas de corte femenino tus artículos y dejármelas reservadas. No me faltaba ni una. Aunque lloviese, todos los martes, yo iba puntual a recogerlas y se las pagaba religiosamente.
A pesar del olor a pólvora, aquella primavera del 33 lucía a través del espíritu «anarco-feminista», mientras escribías para la revista «Estampa» tu artículo titulado «La mujer en la revolución». Querías ilustrarla y habías contactado con un joven dibujante, del que solo sabías que se llamaba Baltasar y que era de un pueblo de Zamora.
Yo te esperaba en el Paseo de Santa María de la Cabeza 43, en la puerta de la fábrica de chocolate «Matías López», antes de llegar al 26, en el que «Galletas La Nena» compartía espacio con el «Ateneo Libertario».
¡Qué bueno estaba el chocolate!
A veces se nos unía Lucia Sánchez Saornil, yo la conocía y ella fue la que me puso en contacto con el Ateneo Libertario de Vallecas, donde se decía que una mujer obstinada, o sea tú, estabas alfabetizando a los obreros.
En los bajos de la calle Emilio Otoño 13, una bota de vino, tal vez bautizado, pasaba entre las manos de los jornaleros, aquella tarde de primavera. Para celebrar la reapertura después de la huelga de enero, zapateros, sastres, carpinteros, albañiles, conductores de tranvías, latoneros, limpiabotas, ninguno se perdía un trago, la letra podía esperar. Al menos para darles un respiro.
A ti te costaba respirar el aire viciado por tantos cigarros de picadura, pero persistías, pese a las advertencias de tu padre. La cultura debía llegar a los trabajadores para que pudieran pensar.
A Isaac Lobo y a tu padre, José Comaposadas, les unía una gran amistad al margen de los ideales políticos en los que convergían. Eran más o menos de la misma edad, entre 60 y 63.
José, el zapatero, no iba todos los días al Ateneo, solo aquellos en los que su hija daba clases a los obreros o atendía a las mujeres. Además, estaba en un sindicato con otros compañeros.
Unos días antes había coincidido con Lucía Sánchez Saornil, recuerdo que fue cuando me regaló aquel «Romancero de la libertad», que acababa de publicar. Fue cuando supe que ibas los martes y jueves. Para Isaac Lobo, el carpintero, aunque sabía leer y escribir, aquellos días eran fiesta, porque encontrarse con amigos era motivo de alegría.
Una tarde apareció con un joven, poco mayor que tú. Era una tarde de esas en las que por casualidad yo estaba allí. Nos fijamos en él, tenía unas facciones marcadas, una mandíbula fuerte y ojos oscuros que proyectaban una mezcla de serenidad y determinación artística. Era atlético y robusto, moldeado por el esfuerzo físico de la talla directa en piedra y madera. Vestía ropa sencilla, de obrero, manteniendo un aire bohemio, pero humilde.
Sentí tu turbación; mirabas hacia otro lado para no delatarte. Te entraron unas prisas que solo yo comprendí. El carpintero y el zapatero también percibieron el calor de la hoguera que acababa de encenderse. Tu calendario se disolvió en un sueño, hasta el jueves siguiente. Me pediste que te acompañara. Y él estaba allí, tal vez esperándote, bajo el sol incierto de la primavera.
Te quedaste observándole con cierto disimulo; era un joven de mirada concentrada y manos manchadas de arcilla y polvo de piedra; no podía ser otro más que el escultor zamorano. Levantó la vista, encontrando en tus ojos la misma chispa de libertad que él buscaba esculpir en sus figuras. En medio del caos político, el joven artista y tú, la líder anarquista, sellasteis una alianza silenciosa: mientras tú organizabas la conciencia de las mujeres, él daría forma plástica a ese nuevo humanismo. «La belleza también es un arma», le dijiste, observando los bocetos que el escultor llevaba bajo el brazo, y tras aceptar el encargo de ilustrar tu artículo, os despedisteis con un leve apretón de manos, guardando para ti la suavidad de su textura y la delicadeza de sus formas.
Empezaste a intuir que la historia os arrastraría, pero que su arte y tu lucha ya eran inseparables. Volvisteis a quedar, bueno, volvimos a quedar, porque yo te acompañaba siempre, por imposición de tu madre. Y yo escribía. El sol de la tarde seguía iluminando el inicio de un camino largo.
Otra semana después, en el mismo sitio también conmigo, te enseñó un boceto en escayola, lo llamaba «Maternidad». Lo acariciaste como si acariciaras sus manos. Utilizaba las manos para imitar la forma de la propia mano, del rostro y del pensamiento. Su afán era crear la eternidad. Modelar el infinito.
Miraba a las formas y veía las ideas, por eso para comprender las ideas, tenía que modelarlas. Te decía que no sabía cómo podría él contemplar su obra sin mirar al cielo. Te miraba y me mirabas, luego tus ojos se volvían hacia él. Manos y pensamientos se rozaban.
Yo sabía que de aquel tren ya no os bajaríais nunca. Madera, barro y granito se encontraban en las mesas del exterior del número 15 de la calle de la Libertad, donde Baltasar había establecido su taller.
No me importaba mancharme de polvo de granito, o serrín de la madera. Había escobas por todos los rincones, pero creo que nunca conseguirían borrar aquella luz que emanaba de su arte. A medida que las figuras adquirían su vida propia, desaparecían para formar parte de la población de unas vitrinas que pasarían a la posteridad.
Pegada a la ventana, tenías tu mesa, amplia, en la que una máquina de escribir Hispano Olivetti era la reina. Se podía escribir en rojo y negro. A su lado, varios grupos de revistas que a mí me gustaba ojear, por si me faltaba alguno de tus artículos.
El diario anarquista, Tierra y Libertad, donde escribías sobre temas sociales; la revista cultural Estudios, el Diario Solidaridad Obrera, este lo tenías encuadernado en tomos por meses.
Cogí con cuidado el volumen de mayo de 1933 y descubrí el artículo titulado «La formación cultural de la mujer», lo habían publicado el día 12 de mayo. No lo tenía, le pediría a Carmen, la mujer que tenía el quiosco, que lo buscase.
Pero no me resistí a ir desgranando despacio el texto. Me senté en una silla, seguramente en aquella que ocuparía Amparo Poch y Gascón, y leí:
«Es un hecho innegable que la mujer, hasta ahora, ha vivido en un plano de inferioridad cultural con respecto al hombre. Esta diferencia no se debe a una incapacidad natural, sino a una falta de medios y a una educación orientada exclusivamente al hogar o al adorno social.
Para que la mujer pueda ser una verdadera compañera en la lucha por la emancipación social, es imprescindible que rompa las cadenas de la ignorancia. No basta con saber leer y escribir; es necesario que la mujer adquiera una formación técnica, científica y social, que le permita comprender los problemas de su tiempo y actuar con criterio propio.
La formación cultural no es un lujo, sino una necesidad de primer orden para la libertad. Mientras la mujer sea dependiente intelectualmente, seguirá siendo esclava de prejuicios y dogmas que frenan el progreso de la humanidad. Nuestra meta debe ser una educación integral, que nos haga iguales en el pensamiento, para ser libres en la acción…».
Seguí leyendo, mientras tú aporreabas la máquina de escribir. Creo que la letra era roja. Te gustaba. Tenía que conseguir ese artículo. Escribiendo entre dos colores, pasó casi un año. No me molestaban los golpes de cincel, sobre aquel bloque de mármol blanco que, poco a poco iba tomando tu forma. No sabíamos aún si al final saldría la revista al día siguiente, pero aquel viernes, primero de mayo, la manifestación fue masiva, con desfiles de milicias socialistas y comunistas; en medio de un ambiente de preguerra y tiros esporádicos.
El «pistolerismo» se había apoderado de las calles. Conseguimos pasar la noche todos en tu casa. Y a la mañana siguiente, Carmen nos avisó de que había llegado a su quiosco la revista. Fui corriendo a buscarla. Estaba diseñada por tu escultor. A pesar de las barricadas, vinieron vuestros padres. El zapatero, el carpintero y yo pasamos horas hablando de historia. La fiesta duró dos días. Limonada y torrijas. Había que bailar, y bailamos, el zapatero y su mujer, el carpintero y su mujer; nosotras, Casimiro y Paulina, hermanos de Baltasar, Visitación y Elvira. Amparo Poch solo quería bailar con el escritor Manuel Zambruno, y Lucía Sánchez Saornil con América Barroso. Hubo limonada para todos. Después, ardieron las iglesias. Seis días de fuego en los que los santos se fueron al infierno.
La Falange había sido ilegalizada desde la detención de José Antonio Primo de Rivera, el 14 de marzo, pero sus miembros seguían actuando. Se rumoreaba que iban a nombrar presidente a Manuel Azaña. Y yo seguía escribiendo para la historia. Un oasis de esperanza. Un espejismo de veinte días. Todo volvía a ser lo mismo. Cansados de la farsa, conseguisteis movilizar a más de cien mil obreros, pero yo sé que no pudisteis evitar los tiroteos diarios. Necesitaba escribir.
José Ortega y Gasset insistía en solicitar mis artículos para la Revista de Occidente. No le podía fallar, exigía rigor y profundidad, pero tenía prisa. No era fácil construir un artículo de entre quince y treinta páginas con esas características, y el reloj moviéndose hacia atrás.
Necesitaba distancia para no escribir de forma subjetiva, contaminada. Sí, aunque erais vosotros, mis amigos, yo veía las cosas del color de vuestra bandera, a vuestra sombra.
También Marc Bloch y Lucien Febvre, los directores de Annales d’histoire économique et sociale me pedían distancia y material. Decían que desde la otra parte de la frontera se veían más claras las cosas. Quizá tuvieran razón. Pero sus artículos además había que escribirlos en francés. Lo demás era todo igual, el tiempo, la extensión, las prisas…
Sébastien Charléty y Pierre Renouvin, que lideraban la Revue Historique, eran un poco más comprensivos. Era mi forma de ganarme la vida, y la verdad no me podía quejar.
Mientras, veía acercarse París a través de las ventanillas del tren expreso, sentía cada vez más lejos el tronar de las pistolas, y crecía en mí la sensación de haberos traicionado cuando más lo necesitabais. Descendía, ardiendo por mi mejilla, una lágrima de remordimiento.
El humo de la máquina de vapor cubría de oscuro el cielo, ocultando, con su monótono traqueteo, el eco de los disparos. El tren seguía rodando. Desde tan lejos, ya no distinguía el matiz de las camisas de los muertos en las cunetas, aunque la sangre de todos los muertos era del mismo color.
Perdóname, amiga, estaré pendiente de vosotros desde París, aunque sea lejos, y si puedes, recibe este beso, de alguien que ahora se siente Judas.
Eliberia.












