junio de 2026

Las Flores del Bien (Encíclica Laica)

Viñeta de Eugenio Rivera

¡Bienvenido sea el dolor si es causa de arrepentimiento!
G.W. F. Hegel

Empieza siempre de nuevo la alabanza siempre inalcanzable.
Primera elegía de Duino, Rainer María Rilke

Ahora que el paparroma, como decía el Maki, nos bendice con su augusta presencia (ojalá este hombre les salga rana a ciertos sectores retrógrados…), y que ya hemos aprendido de él que no sólo de la(s) IA(s) vive el hombre, toca, en mi opinión, defender la moral. Claro que la moral es una construcción humana, pero eso la honra todavía más y no la desmerece en absoluto. Porque hasta el propio Nietzsche, que se hizo un lío mayúsculo con estas cosas, estaría de acuerdo en que la ética, o la moral, tiene que ser concebida como una acción, no como una reacción. Si yo baso mi código de conducta en lo que recibo del mundo o de los demás no seré jamás otra cosa que un resentido, a la manera de: “¡puesto que mis vecinos no me saludan al cruzarse conmigo en la escalera, yo tampoco lo pienso hacer!”. A mi juicio, muy mala conclusión para ningún silogismo racional. Es al contrario: puesto que tus vecinos no te saludan al cruzarse contigo en las escaleras, y eso te parece manifiestamente mal y muy poco educado, más motivo tienes para hacerlo tú, ya que no debe ser la mierda ajena la que te arrastre a ti, sino tú el que trate de redimir la mierda ajena. No otra fue la lección de Sócrates, aquello de nunca cometer injusticia o aquello otro de la no-violencia. O la lección del Nazareno, que vino a este mundo a acabar con esa moral reactiva de críos que es la Ley del Talión del Antiguo Testamento -y otros textos vetustos… Yo propondría, en cambio, una suerte de huelga japonesa del bien[1]. Ahora que asistimos a excrementos pestilentes del Übermensch milmillonario como el “Manifiesto Palantir” (https://www.espaciotech.net/2026/04/25/las-22-tesis-de-palantir-el-manifiesto-de-la-era-del-tecnofascismo/), lo peor que podemos hacer es convertirnos en unos cínicos, del estilo de “ya que el mundo se pone feo, yo voy a ser más feo aún, tipo Michel Houllebecq…”. Al revés, me parece a mí: ya que el mundo parece feo, yo lo que voy a hacer es maquillarlo de aesthetic, hasta donde me sea posible. No significa exactamente poner la otra mejilla, puesto que eso supondría construir la propia pureza a partir de la impureza ajena —que peque o yerre el otro—, ni tampoco practicar indiscriminadamente el perdón, ya que para perdonar hace falta al menos —y en esto matizo a Hannah Arendt— que el otro te lo haya pedido antes, significa tan sólo que huyas antes de que te midan con su mano la otra mejilla, y que perdones siempre que el otro te pida de antemano perdón, dado que tú habrás sido perdonado antes mil veces…

Una huelga japonesa del bien consiste en devolver males por bienes, en parte por avergonzar al ofensor, sí, pero también por aquello que decía Gandhi de que ojo por ojo y diente por diente y el mundo terminará ciego y desdentado. Aquí no hay conversión ninguna, ni la de Amaia Montero, ni la de Rosalía ni la de Ernesto Castro, porque si haces el bien por soborno de Cielo —al decir de Borges— no hay propiamente bien, sino chantaje emocional. Un chantaje emocional con arreglo al cual tarde o temprano terminarás por pedir algo a cambio, y no únicamente esa grata sensación de no haber caído en las trampas del rencor. Tampoco se puede pedir, a nadie, un desinterés absoluto, eso que expresan algunos necios de que una buena acción es buena tan sólo si ni siquiera obtienes una satisfacción en tu amor propio de su comisión. ¡Odio y confusión eterna sobre los malditos estoicos! Por supuesto que hacer lo que crees bueno para el mundo merece como poco un incremento de la autoestima, faltaría más. Un mundo en que ser altruista requiriese un sacrificio radical de merma absoluta de uno mismo no sería mundo, sino algo ciertamente inmundo. Hay que ser hermano pero no primo, que decían los boys scouts. Una huelga japonesa del bien refutaría in nuce el odio, porque el odio cuenta con que el odio es la única retribución del odio, y lo mismo se podría decir de la indiferencia. Lo contrario se enuncia en el poema de Gaspara Stampa. Rima 32, 1554, que devuelve al desamor aún más amor…

Yo te lo juro, Amor, por tus saetas
y por tu antorcha poderosa y santa:
aunque arda el corazón y se deshaga,
y me hieran las flechas, no me importa. 

Busca por el pasado y el futuro,
y elige la mujer que tú prefieras,
no hubo ni habrá amante que sintiera
llamas tan vivas, dardos tan agudos; 

porque nace una fuerza de esta pena,
que supera al dolor y que lo engaña,
al punto que no duele, o no se siente. 

Lo que me mortifica en cuerpo y alma,
el miedo que me empuja hacia la muerte
es que mi fuego sea llamarada.

Podrá ser masoquista, sin duda, pero lo que no es sádico —aunque nunca se sabe[2]—, o en todo caso de un sadismo no injustificado del todo… Algo semejante decía Gianni Vattimo, en su metafilosófico y paradójico Creer que se cree, Paidós, pág. 116: En lugar de presentarse como un defensor de la sacralidad e intangibilidad de los “Valores”, el cristiano debería actuar, sobre todo, como un anarquista no violento, como un reconstructor irónico de las pretensiones de los órdenes históricos, guiado no por una búsqueda de una mayor comodidad para él, sino por el principio de la caridad hacia los otros. Claro que devolver mal o apatía por bien le expone a uno a abusos continuos, y esa es la baza positiva del rencor, que al menos tiene buena memoria. Por eso Antonio Machado[3] escribió que benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin, o conformidad con lo inepto, sino voluntad de bien.”. En este piadoso espíritu, y como a ritmo de sequito del papamóvil, va el siguiente ramillete de flores del bien, que he ido espigando por aquí y por allá, y que vendrían a contraponerse a las diabólicas flores —también por geniales— de Charles Baudelaire[4]:

-Hannah Arendt, en La condición humana: La mortalidad del hombre radica en el hecho de que la vida individual, con una reconocible historia desde el nacimiento hasta la muerte, surge de la biológica. Esta vida individual se distingue de todas las demás cosas por el curso rectilíneo de su movimiento, que, por decirlo así, corta el movimiento circular de la vida biológica. La mortalidad es, pues, seguir una línea rectilínea en un universo donde todo lo que se mueve lo hace en orden cíclico. La tarea y potencial grandeza de los mortales radica en su habilidad en producir cosas —trabajo, actos y palabras— que merezcan ser, y al menos en cierto grado lo sean, imperecederas con el fin de que, a través de dichas cosas, los mortales encuentren su lugar en un cosmos donde todo es inmortal a excepción de ellos mismos. Por su capacidad en realizar actos inmortales, por su habilidad en dejar huellas imborrables, los hombres, a pesar de su mortalidad individual, alcanzan su propia inmortalidad y demuestran ser de naturaleza “divina”.

-Tito Livio en Ab urbe conditaLos buenos no dejan de hacer bien a los ingratos.

-Italo Calvino, Las ciudades invisiblesEl infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

-Friedrich Nietzsche, citado por Thomas Mann en Schopenhauer, Nietzsche, FreudLos obreros deben aprender a tener sentimientos de soldados: unos honorarios, una soldada, pero no una paga. Los obreros deben vivir alguna vez como ahora viven los burgueses; más por encima de ellos, distinguiéndose por su falta de necesidades, la casta superior, es decir, una casta más pobre y más simple, pero en posesión del poder (…) Manténganse abiertos todos los caminos del trabajador a una fortuna pequeña, pero impídase el enriquecimiento súbito; arrebátense de las manos de los hombres privados y de sociedades privadas todos los ramos del transporte y del comercio que son favorables a la acumulación de grandes fortunas; por tanto, arrebátese de aquellas manos ante todo el comercio del dinero y considérese como un ser peligroso para la comunidad tanto al que posee demasiado como al que no posee nada.

-Marguerite Yourcenaren Sources II (notes de lecture), Gallimard, 1999: Lo mejor para las turbulencias del espíritu es aprender. Es lo único que jamás se malogra. Puedes envejecer y temblar, anatómicamente hablando; puedes velar en las noches escuchando el desorden de tus venas, puede que te falte tu único amor y puedes perder tu dinero por causa de un monstruo; puedes ver el mundo que te rodea, devastado por locos peligrosos, o saber que tu honor es pisoteado en las cloacas de los espíritus más viles. Sólo se puede hacer una cosa en tales condiciones: aprender.

-Iris Murdoch, en Una derrota bastante honrosaLos hombres adultos manifiestan la misma facilidad para hacer suposiciones metafísicas completamente absurdas que ellos encuentran consoladoras. Por ejemplo, la suposición de que el bien es reluciente y bueno mientras que el mal es tétrico o por lo menos muy oscuro. En realidad, la experiencia contradice por completo esa suposición. El bien es aburrido. ¿Qué novelista ha logrado hacer interesante a un hombre bueno? Es característico de este planeta que la senda de la virtud sea tan deprimente que apague el espíritu de todo el que intenta seguirla de un modo consistente. El mal, por el contrario, es excitante y fascinador y siempre está vivo. También es mucho más misterioso que el bien. En efecto, se puede ver a través del bien. Es transparente. El mal es opaco.

-G.K. Chesterton, Prólogo a El acusadoUna extraña ley recorre la historia humana, y consiste en que los hombres siempre tienden a minusvalorar lo que les rodea, a minusvalorar su felicidad, a minusvalorarse a sí mismos. El gran pecado de la humanidad, el que la caída de Adán simboliza, es esta tendencia no a la soberbia, sino a una extraña y horrible humildad.

Este es el gran pecado, el pecado por el que el pez se olvida del mar, el buey se olvida del prado, el oficinista se olvida de la ciudad y cada hombre, al olvidar su propio entorno, en el sentido más completo y literal, se olvida a sí mismo. Este es el verdadero pecado de Adán, y se trata de un pecado espiritual. Es extraño que muchos hombres verdaderamente espirituales, como el general Gordon, se hayan pasado las horas especulando sobre la exacta ubicación del Jardín del Edén, pues lo más probable es que aún sigamos en el Edén. Sólo son nuestros ojos los que han cambiado.

-Simone Weil, fragmento de La belleza del mundoEl amor carnal en todas sus formas tiene por objeto la belleza del mundo. Muy a menudo también en la búsqueda del placer carnal los dos movimientos se combinan, el movimiento de correr hacia la belleza pura y el movimiento de huir lejos de ella en una confusión indiscernible. Si el amor carnal en todos los niveles se dirige más o menos a la belleza —y las excepciones no son más que aparentes— es porque la belleza en un ser humano hace de él por la imaginación algo equivalente al orden del mundo. El amor que se dirige al espectáculo de los cielos, las llanuras, el mar, las montañas, el silencio de la naturaleza que se hace sentir en mil leves sonidos, al soplo de los vientos, al calor del sol, ese amor que todo ser humano presiente al menos vagamente en un momento, es un amor incompleto, doloroso, porque se dirige a cosas incapaces de responder, a la materia. Los hombres desean trasladar ese mismo amor a un ser que sea su semejante, capaz de responder a su amor, de decir sí, de entregarse. El sentimiento de la belleza que a veces está ligada a un aspecto particular de un ser humano hace posible esa transferencia, al menos de manera ilusoria. Pero la belleza del mundo, la belleza universal, es el objeto de ese deseo.

-Federico Fellini, en conversación con Natalia Ginzburg: El fascismo siempre surge de un espíritu provinciano, de una falta de conocimiento de los problemas reales y el rechazo de la gente —por pereza, prejuicio, avaricia o ignorancia— a dar un significado más profundo a sus vidas. Peor aún, se jactan de su ignorancia y buscan el éxito para ellos mismos o su grupo, mediante la presunción, afirmaciones sin sustento y una falsa exhibición de buenas características, en lugar de apelar a la habilidad verdadera, la experiencia o la reflexión cultural. El fascismo no puede ser combatido si no reconocemos que no es más que el lado estúpido, patético y frustrado de nosotros mismos, y del cual debemos estar avergonzados.

-J.J. Rousseau en El contrato socialLa igualdad en la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, ni ninguno tan pobre que se vea precisado a venderse.

-Último párrafo de Markus Gabriel en Por qué el mundo no existeNo podemos escapar del sentido. El sentido es, por así decirlo, nuestro destino, aunque este sentido no atañe tan sólo a nosotros, los seres humanos, sino justamente a todo lo que existe. La respuesta a la pregunta por el sentido de la vida descansa en el sentido mismo. El sentido es que puede haber un sentido infinito que podemos conocer y transformar. O, para poner el dedo en la llaga: el sentido de la vida es la vida, la disputa con el sentido infinito en el que, por fortuna, se nos permite participar. El que no siempre seamos felices en esta circunstancia se da por descontado. Que hay infelicidad y sufrimiento innecesario es también cierto y debería ser motivo para repensar acerca de la humanidad y mejorarnos moralmente. Sin embargo, ante este trasfondo es importante procurarse claridad sobre nuestra situación ontológica, pues el ser humano también se transforma, siempre en relación con lo que considera la estructura fundamental de la realidad. El siguiente paso consiste en renunciar a la búsqueda de una estructura fundamental omniabarcante y, en lugar de ello, en intentar conjuntamente entender mejor, sin prejuicios y con mayor creatividad, las muchas estructuras presentes para que podamos juzgar mejor qué debe permanecer y qué debemos cambiar. Pues sólo porque exista todo, no significa que todo sea bueno. Todos nos encontramos en una expedición gigantesca: llegados desde ningún lugar avanzamos juntos hacia la infinitud.

-Clarice Lispector, en La pasión según G. HCuando se comprende a fondo el vivir, uno se pregunta: pero ¿era solo esto? Y la respuesta es: no es sólo esto, es exactamente esto.

[1] https://hyperbole.es/2026/03/por-debajo-del-bien-y-del-mal/
[2] Pero todos los vivos cometen el mismo error de diferenciar demasiado tajantemente, de nuevo Primera Elegía de Duino, Rilke.
[3] En el inicio de la carta-artículo sobre ¿Cómo veo la nueva juventud española?, dirigida por Machado a Ernesto Giménez Caballero.
[4] https://hyperbole.es/2021/04/el-genio-bicentenario-caida-y-auge-de-charles-baudelaire/

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