septiembre 2020 - IV Año

ACTUALIDAD

Presentación de ‘Las dudas del francotirador’ de Pedro Sáez Serrano

30 de mayo a las 19:00 horas. Librería Traficantes de Sueños. Entrada libre. Aforo limitado

Entreletras.- / Mayo 2019

fracontiradorEl próximo jueves 30 de mayo, a las 19:00 horas se presentará en la Librería Traficantes de Sueños (c/ Duque de Alba, 13 – Tirso de Molina) el poemario Las dudas del francotirador del poeta Pedro Sáez Serrano.

Las dudas del francotirador (Calumnia Edicions, Colección Quisquilliae, Mallorca, 2018) es un libro tardío, compuesto a lo largo de muchos domingos (o sus análogos) en los que el ritmo de vida pedía más, pero más lento. Pedro Sáenz escribe, entre otras muchas cosas, y son más bien estas cosas las que protagonizan el libro, algunas clásicas: las emociones, pasiones, reflexiones que acompañan el tiempo de vida, pero otras muy insertas en el imaginario de cierta generación que conoció que la muerte y la estupidez eran capaces de sobrevivir y resurgir en cualquier situación, en cualquier territorio.

Yugoslavia es en buena medida el símbolo de esa generación, hoy cincuentona, y se asienta en el libro hasta tal punto que ocupa parte de su título. En el libro hay amor, claro, a muchas cosas, personas, espacios, paisajes y otros seres vivos o que merecerían serlo. En el libro hay juegos, porque el lenguaje es un juego que todo el mundo juega, y hay experiencias, reconocibles, porque nadie es capaz de negar la experiencia del otro, de los otros. Es decir, es un libro de poesía, y a ratos se lee como una crónica, porque la vida, fragmentada también en poemas, siempre forma un relato colectivo, compartido y, en sus mejores formas, insumiso.
Rafael Reig, prologuista del libro, lo resume con perspicacia: «Una épica para recitar en la cama y una lírica para gritar en las manifestaciones».

Fragmento del poema Yugoslavia del libro Las dudas del francotirador

Yo quería ser yugoslavo
igual que Mirza Delibasic,
y jugar al baloncesto al estilo de Ljubliana,
es decir,
con elegancia, sagacidad y precisión;
y tener una novia eslava,
vestida de konsomolski los sábados por la tarde,
justo antes de ir cenar borsch y vino de Primorska;
y ser independiente de Moscú,
y ganar muchas medallas de oro y plata
sin aparente esfuerzo.
Yo quería ser uno de esos tipos que les robaron a los yankis
sus juegos patrimoniales,
la llama y la elocuencia del básket posmoderno.
Sí, yo quería ser yugoslavo,
y durante mucho tiempo mantuve viva esa ilusión precisa,
hasta los veintrés años exactamente,
en que me la arrancaron a base de muerte y estupidez rampante
y me dejaron huérfano y helado contra los muros del fango.
Durante muchas noches pobló mis pesadillas una imagen elocuente:
chetniks en el bosque, hay chetniks en el bosque.

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