mayo de 2024 - VIII Año

Las voces del deseo

A primera vista, y a última también, vivir es un sentimiento, una sensación entrecruzada de emociones. Vivir es «lo que amamos», confirmaba Robert L. Stevenson, y, como todo impulso emocional, nos enajena y exalta hasta el exceso; no importa si exceso místico o infame, sensato o demente. La pasión gobierna nuestra actitud existenciaria y pretende la justificación de cualquier considerando, trátese de ardid o de supuesto, que acredite la finalidad propia por muy confusa y errática que sea. Vivimos en la percepción de los sentidos y de la razón, pero acomodados permanentemente en el argumento volitivo del querer. Somos querencia que se vive en la perplejidad de la finitud, aventurando propósitos y perpetrando deseos. Vivimos sentidamente.  «Nuestra filosofía, esto es, nuestro modo de comprender o de no comprender el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento respecto a la vida misma», exponía el vitalista Unamuno. Pues no es la razón objetiva lo que demandamos, sino aquello que subjetivamente creemos razonable. Y habrá que afanarse en esta batahola sentimental para intentar desentrañar las claves significativas de nuestras convicciones y comportamientos.

¿Podrá la lógica, instrumento de la razón al fin, penetrar el magma emocional que nos anima? Veintisiete siglos de pensamiento filosófico desde Tales de Mileto no parecen haberlo conseguido, dado que las insumisas razones del corazón no someten de buen grado su enseña al yugo instrumental de la razón. Cuando la lógica flaquea, el argumento emocional se instala en la vehemencia y su fervor se muestra irreductible. El silogismo más mostrenco, si es querido, resiste frente a toda demostración. Y lo más notable: el pensamiento afectivo reclamará siempre la corona de laurel. Por lo que exigir legitimidad argumental al amador parece empresa ociosa y desesperada. Su retórica es hábil: no vivir por vivir, sino vivir por sentir.

Y es por eso que vivir no se supone. Se ejerce, place, incordia, estimula, defrauda, consume, enreda. Pero no se desmiente. Vivir, aunque sobreviniera en el dominio de un ensueño ajeno y fortuito, jamás se cuestionaría como certeza. No es discutible. Problemático, sí. Inverosímil, puede. Mas nos ratificamos en la confianza de sabernos instalados en un mundo que, al decir de Bertrand Russell, «acontece que existe». Creemos y estamos seguros de que este universo, y nosotros con él, estamos sucediendo. Lo confirma también sin vacilar lo que Jorge Santayana denominaba la «fe animal».

Ocurrimos en un espacio y transcurrimos en un tiempo. Y el acontecimiento no se niega por muy controvertido y azaroso que pueda parecer. «El tiempo es un río que me arrebata -escribe Jorge Luis Borges-, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges».

La fe se entraña y se fundamenta en el ámbito afectivo de los sentimientos, las emociones y las pasiones. Verificamos que existe una realidad sensible y tozuda: la nuestra y la del mundo de la vida. La situación se produce sea cual fuera el objeto del discurso y el discurrir de los vivientes. Como escenario, el mundo. La acción, constante y siempre renovada. Los personajes, individuos. Los roles, para todos los gustos y disgustos. Histriones, cómicos, trágicos, farsantes, pantomimos, protagonistas, secundarios. El elenco estará o no de acuerdo con el desarrollo de sus respectivos lances y parlamentos, rivalizará por hacerse con los papeles más lucidos, querrá prolongar la peripecia de su participación. Pero, hasta aborreciendo las vicisitudes y el personaje que les haya correspondido en el reparto, ningún actuante cuestionará la verosimilitud de la circunstancia que le implica y en la que interviene de forma activa.

¿Y los espectadores? También están presentes. Actores y espectadores son los mismos, simultáneos y únicos. Se trata de una función total, atenta a su propia producción, ejecución, visibilidad y escrutinio; un proceder completo y centrado en sí mismo. Situación peculiar que no deja tampoco de intrigar y sorprender a los expectantes actores. Suceso que se recoge en el doble sentido que tiene la palabra interpretar. Que, por un lado, alude a la representación que el actor hace de su papel y, por otra parte, significa también el análisis hermenéutico, la explicación de los parlamentos y los hechos que se están produciendo. Pero este doble y, al tiempo, unívoco aspecto del vivir, cómo se vive y para/por qué se vive, se afirma y se hace auténtica sustancia en una tercera acepción del término interpretar: ejecutar una composición musical, y escucharla, por supuesto. Porque interpretar la vida, representar y explicar la existencia, «lo que-es», esto que nos ocurre y que no suponemos, sería imposible para nosotros sin la polifonía de las voces altas y susurradas, heterogéneas y vehementes, cantos de sirena y de galeote, las voces porfiadas y anhelantes del coro afectivo. Vivir es sentirse afectado por la melodía clamorosa de los sentimientos, las emociones y las pasiones. Esta es la propiedad sonora y disonante que nos anima y conmueve, la fuerza que impulsa y vigoriza la vida, que, sin esta potencia eficiente y poderosa, sería únicamente energía sin causa, trivialidad insustancial, ser sin ser, mecánica indiferencia.

Los afectos posibilitan el paisaje animado y habitable del vivir. En un pensamiento semejante andaba el remoto bardo/sacerdote indoario cuando componía el inspirado «Himno de la Creación» que se recoge en el Rig-Veda: «En el comienzo solo existía tiniebla envuelta en tiniebla. Todo era agua indiferenciada. Principio de devenir rodeado por el vacío, el Uno surgió por el poder de su propio ardor interno. En el comienzo brotó de él el deseo». Es decir, la voz del afecto, el impulso dinámico que pone en marcha y proyecta la vigorosa energía de la existencia, la realidad sensible de ser en el espacio-tiempo de un planeta avecindado en una galaxia anónima de un universo cualquiera. Sin el coro urgente y alborotador de las voces deseantes ni siquiera se podría hablar de vida. Habría que remitirse únicamente a la indefinición intemporal y estacionaria del pre-universo, antes de que se produjera la gran explosión del big-bang.

Esto que nos ocurre y que no necesitamos imaginar, o sea, vivir y querer que la existencia nos pueda parecer digna de ser vivida, se cimenta y levanta a partir de las voces clamorosas del deseo. Y el deseo es la voz del afecto, de los sentimientos, las emociones, las pasiones y el instinto. Vivir es sentirse afectado por el coro de las voces deseantes. Esta es la vivaz acústica que nos construye y nos anima, la fuerza primordial que posibilita la existencia.

Nietzsche/Zaratustra, miembro ilustre del perspicaz linaje precursado por el vaticinador poeta védico del «Himno de la creación», al exaltar la voluntad de vida y de poder, el frenético afán dionisíaco, el instinto más insaciable y codicioso, señalará la circunstancia que hace que nos resulte irresistible la voz de esa voluntad.  «Amamos la vida -sentencia Zaratustra/Nietzsche-; pero no porque estemos habituados a ella, sino al amor». Amamos los afectos porque ellos diseñan y configuran la orografía perpleja del vivir. Somos existencia, aquello que se define ónticamente como «lo que-es», materia-energía en acción, pero nos hallamos por entero en la afectividad de los sentimientos, las emociones y las pasiones, además del instinto, las voces que erigen nuestro auténtico existir sobre la esencialidad óntica del ser.

El aleatorio proceso evolutivo del planeta Tierra nos ha traído desde la primera célula viva, y aún desde el momento originario del parto universal, hasta las formas culturales del Paleolítico. La oscura y primitiva demanda de las voces iría ahormándose, recamando, adquiriendo tonalidad, textura, perfume, proporción, estilo, calidades. El hambre dará en gastronomía. La sed conocerá embriagueces. El escondrijo revelará el arte. El frío sucumbirá bajo la moda. La crueldad se difuminará en la épica. La procreación inspirará el lirismo. El paisaje humano se dilatará en el diseño de un decorado propio donde se esbozan y se buscan cofres del tesoro, griales, vellocinos, atlántidas, eldorados, piedras filosofales. Vivir se adentra en la virtualidad del imaginario, se recrea, se expande, recubriéndose con las galas y las desmesuras del ingenio. Y el insomne concierto de las voces no cesa.

Y es por todo esto que vivir en el deseo de cumplirse en un buen destino o, al menos, en un destino llevadero, aunque mostrándose demasiadas veces como una intención problemática, se confirma asimismo principio esencial de la existencia y se establece como fundamento necesario del libre albedrío. Decidir de modo autónomo sobre lo que nos es más propio, la vida, proviene de la querencia siempre actualizada que dirige el propósito final de nuestros actos, llámese bienestar, dicha, serenidad, o cualquier otra forma de entender el buen ánimo.

Sin esta tendencia y este objetivo constantes, que permiten a la vez soportar el trago a veces áspero y los inconvenientes de la espera, solo se podría ser un mero autómata del instinto de supervivencia, es decir, materia viva en ejercicio llevada por el azar y la necesidad. Y es cierto que frente al azar, seres materiales al fin, escasamente podemos prevenir. Mas ante la necesidad impuesta de ejercer la vida cabe la decisión de plantear y oponer nuestra particular necesidad, afortunada o no, de intentar que la existencia nos pueda parecer merecedora de vivirse. Pero, en cualquier caso, despliegue de posibilidades, pretensión de ser con nombre y apellido, talante esforzado y riesgo asumido. Paradójicamente, el querer y el deseo, sospechosos y reos a menudo de desmesura, también nos hacen libres.

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