octubre 2022 - VI Año

ENSAYO

Los ojos de Ovidio: un heraldo poético de la modernidad

Tiempo que entreabre los párpados
y se deja mirar y nos mira
Octavio Paz

I.- De entre los poetas latinos, en mi humilde criterio, destaca por su modernidad Publio Ovidio Nasón (43 aC. – 17 dC.). Su sensibilidad conecta perfectamente con nuestra visión del mundo. Cuando nos habla de gozar la vida, de buscar la plenitud, de la añoranza del ser amado… del dolor de la separación, parece que se está dirigiendo a nosotros un contemporáneo.

Fue halagado, popular, respetado y vivió más tarde la amargura del destierro. No se sabe a ciencia cierta por qué cayó en desgracia. El puritanismo con su halo de hipocresía, es la antesala del totalitarismo y el Emperador Augusto sabemos que puso los cimientos de un sistema totalitario, que más tarde o más temprano, censura o limita la libertad de expresión, sencillamente porque le molesta.

Su vida está escindida… una mitad de luz y otra de sombra. Fue capaz de crear un mundo refinado de ficción bajo el cielo proteico del lenguaje, mas una verdad que solo se aprende con sufrimiento, es que la soledad es la única madre de los hombres.

Con una inteligencia viva y penetrante, contemplaba las apariencias. La  insatisfacción que sentía, le empujaba, le acuciaba a ir más allá. El pensamiento poético de Ovidio quiso ser –y en ocasiones fue- un puente hacia el gozo, hacia la plenitud, hacia el despertar de los sentidos.

El amor es también pérdida, extravío. Fue el suyo un invisible camino entre espejos. Su palabra precisa aspira a convertirse en ‘vida vivida’. El destino o lo que llamamos destino, a veces pende del filo de una espada.

El amor se complace, en ocasiones, en echar sal en la herida… escuece, mas hace que nos sintamos vivos antes de que el tiempo cierre su abanico. El dolor por la ausencia del ser amado es en Ovidio, un fruto que madura hacia dentro… y corroe las entrañas… viendo como se desvanecen y evaporan los instantes felices. Hay miradas privilegiadas que saben escrutar hasta el fondo.

II.– Desde hace tiempo el género epistolar ha caído en desuso, sustituido ignominiosamente por emoticonos, wasap con frases cortas, expresiones tópicas, manidas y que con la repetición no muestran sino su insignificancia y su vaciedad de contenido ‘ad nauseam’.

Amiga lectora, amigo lector permitidme que os haga una pregunta ¿cuánto tiempo hace que no escribes o no recibes una carta? A menudo, he sentido que un elemento más que explica la ‘liquidez’ de nuestro tiempo, es la ausencia de comunicación. Tal vez, por eso, tengo la costumbre de repasar las Epístolas de Séneca o las conservadas de Epicuro y también, las intercaladas en las novelas de Galdós, Balzac o  Dostoievski… Es una tarea, desde luego, gratificante.

Juegan un papel importante a la hora de contar historias. Dicen más de lo que dicen, expresan sentimientos, anhelos, deseos, represión y son también, un modo de dialogar con uno mismo o de ofrecer pensamientos y razonamientos a los demás. Asimismo son un tanteo erótico, un ‘desnudar el alma’ ante el ser amado. Además establecen una complicidad con el lector nada desdeñable.

La poesía lírica ovidiana es mucho más que una añoranza y una desesperación inefable. Sus palabras están repletas y rezuman aliento poético. Muestran un ‘interior torturado’

Ya es hora de decir que Ovidio fue un innovador, el más innovador con diferencia de los poetas latinos. Acostumbraba a ocultarse tras las figuras de ficción creadas, moviéndose entre dos polos: la desesperación y la esperanza.

Como ocurre con todos los clásicos, cada día se le lee menos y a penas se le cita.  Las metamorfosis es una obra ambiciosa, donde más allá de ocuparse de las ‘transformaciones’ supone un intento de adaptar la mitología griega a la cosmovisión latina. Merece, también, la pena leer El arte de amar, mas casi nadie dice nada de Cartas de las heroínas (Epistulae heroidum), son misivas en verso, las más de las veces angustiadas, escritas por heroínas mitológicas a sus amantes.

Sus XXI cartas de amor –aunque alguna sea apócrifa o introducida posteriormente- son, desde luego, de singular interés. Están escritas, en su mayor parte por mujeres, mejor dicho por personajes mitológicos femeninos, aunque con algunas excepciones. Una de ellas es la de la poeta Safo, que como es sabido, tuvo una existencia histórica y otras tres son de hombres. Predomina en todas ellas un sentimiento de melancolía, de abandono… de amargura porque los momentos felices han quedado atrás.

Existen en castellano algunas traducciones rigurosas y muy fieles al espíritu del poeta. Me quedo, sin embargo, con la de Francisco Moya del Baño, colección Alma Mater, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (1921) por su calidad y rigor.

Merece la pena que se lean en su totalidad, mas voy a atreverme a destacar la de Fedra dirigida a su hijastro Hipólito, la de Medea a Jasón por su fuerza dramática y su desgarro, la de Ariadna a Teseo y las misivas ‘cruzadas’ de Hero a  Leandro  y de Leandro a Hero. Tiene para mí un sabor especial la de Cánace a Macareo.

Creo que también, tiene interés la de Safo de Mitilene a Faón, en la que le reprocha al ser amado que se haya marchado sin despedirse, es decir su abandono. Es una constante la ausencia, la distancia que separa a  los enamorados  y la insatisfacción y  amargura que el alejamiento –forzado  o no- supone.

Ovidio era un excelente conocedor del mundo griego y de su mitología. Los personajes femeninos los ha ido seleccionando de los poemas homéricos y de la tragedia griega, aunque también, La Eneida es utilizada como fuente en una misiva de la enamorada Dido, lamentando la pérdida de Eneas que sigue la trayectoria que el ‘fatum’ le ha designado.

Es difícil ponerse en el lugar del otro. Ovidio elige a personajes femeninos y les transfiere su sensibilidad emotiva. Las heroidas es una obra, sin la menor duda, originalísima. Responde, desde luego, a un modus operandi nada usual. El de un varón que adopta el punto de vista de una mujer, aunque sea una heroína mitológica. Demuestra, sin ningún género de duda, una novedosa penetración en la psicología femenina.

Las heroidas es un hermoso texto, más triste, muy triste. Se complace en poner al descubierto las heridas abiertas o las cicatrices mal curadas. A veces, el amor se transforma en odio. Ovidio aprende a observar el mundo ‘con ojos de mujer’. Hay fiereza y una ‘hybris’… quizás el momento más ostensible es la carta envenenada que la hechicera Medea envía a Jasón, antes de dar muerte a los hijos de ambos, despechada y enfurecida por el abandono. En otras ocasiones la soledad abrasa. El mar, al que Ovidio recurre frecuentemente, simboliza la distancia, la separación del ser amado.

La  influencia de Ovidio, incluso de esta obra ha sido enorme. Señalaré, tan solo, -de muestra vale un botón-, Los cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer o El Decamerón de Giovanni Boccaccio, entre otras muchas.

La novelista y ensayista Marguerite Yourcernar, autora de la hermosa y brillante Memorias de Adriano y una de las narradoras y pensadoras más fascinantes del siglo XX, estaba orgullosa de que su obra Fueros se comparara con Las heroidas ovidianas

III.- Sumergirse en la cultura grecolatina es fascinante. Cada nueva lectura o relectura abre otras compuertas y otros espacios a la interpretación, tal vez por eso, para resaltar la originalidad de Ovidio no he elegido ni Las metamorfosis, ni El arte de amar, ni Las tristias, desgarradores poemas elegiacos, donde en su destierro de Constanza, a orillas del Mar Negro, va perdiendo progresivamente las esperanzas de volver a Roma y las ganas de vivir. He preferido dedicar mi colaboración a Las heroidas, donde apreciamos sus intentos de adaptar a la cultura latina los mitos y la visión del mundo de la Grecia clásica.

De Ovidio, su vida y sus circunstancias, conocemos más que de la mayoría de sus contemporáneos. Le gustaba ‘volcar su interior’ y en sus poemas hay siempre caminos y desviaciones que nos ayudan a construir su biografía sentimental.

Nació en Sulmona, en una tierra dura y fascinante como los Abruzos, cerca de los Apeninos. Es un ejemplo de un hombre que llevó su vocación de poeta lírico y de intelectual, por encima de todas las dificultades y presiones que se le presentaron que, desde luego, no fueron pocas.

Quizás sea oportuno destacar que desde muy joven sintió una atracción por Grecia, su poesía, su teatro y su pensamiento. Por eso, en cuanto le fue posible viajó a Atenas para ‘empaparse’ de su cultura. Otro detalle que no quisiera que pasara desapercibido es que compuso una tragedia Medea que, lamentablemente, se ha perdido. Después de valorar como se adentra en la tormentosa vida de esta mujer despechada, lamentamos que no haya sido recuperada esta tragedia.

Su poesía siempre o casi siempre, tiene un tono elegiaco más también destaca por adentrarse en el terreno de lo erótico, eso sí siempre de forma comedida, sabiendo quizás que el deseo, la sugerencia y la intensidad de la pasión… tienen siempre más  interés que la consumación.

Pudo ser indiscreto, no sabemos el cómo ni el por qué, pero Augusto con sus caprichos dictatoriales lo puso en su lista negra y lo envió al exilio. De nada sirvieron sus lamentaciones, su profunda tristeza, sus depresiones y su larga agonía. Allí, en Constanza, en la costa oeste del Mar Negro, se fue ‘vaciando de esperanzas’ y resignándose a una lenta agonía. El destierro lejos de Roma lo fue ‘envenenando’ hasta morir.

Todavía hoy podemos hacer conjeturas, mas carecemos de datos fiables de cuál fue el motivo de la ira de Augusto. El propio Ovidio señala que la causa pudo ser un poema y un error. Un halo de misterio, parece envolverlo todo. Las epístolas desde el Ponto ponen de relieve su sufrimiento, su solicitud de clemencia y la petición de intercesión a algunos de sus amigos para que mediasen ante el emperador y propiciasen su regreso a Roma. ¡Tarea baldía!, de nada sirvieron ni las súplicas, ni las gestiones de sus allegados.

Las heroidas, escritas mucho antes de su destierro —de hecho es obra de juventud— anticipan no poco de su producción posterior como, sin ir más lejos, las súplicas o el dolor por la separación. En este caso la ficción se anticipa a la realidad.

En la tediosa Edad Media, Ovidio fue poco valorado y censurado por sus poemas amorosos. La rigidez medieval reprobaba toda manifestación amorosa que se apartara de Dios.

Una vez más, el Renacimiento fue quien se encargó de revalorizar, rescatar y dignificar a Ovidio.

Garcilaso de la Vega tuvo noticia de Las metamorfosis y sus sonetos a Dafne y a Apolo y a Hero y Leandro, son buena prueba de ello. No pocas de las ‘transformaciones’ de las que Ovidio da cuenta, han tenido su repercusión tanto en literatura como en pintura o escultura. Basta con citar a quienes lo leyeron o se inspiraron en sus páginas, junto a otros muchos: Dante Alighieri, Petrarca, Sandro Botticelli o William Shakespeare.

Ovidio pone de manifiesto como nadie, un sentimiento de vulnerabilidad. El amor parece que es un lugar seguro en el que resguardarse de las asechanzas, intrigas y zancadillas pero, más temprano que tarde, nos deja  a la intemperie.

Ovidio se autoflagela en ocasiones, pero en otras tiene fuertes impulsos vitales y hasta una tendencia hedonista a disfrutar de la existencia.

La vida, en numerosas ocasiones, no es más que un simulacro… hay que buscar más allá del desconsuelo y del dolor. El recuerdo es un buen aliado para rememorar los momentos felices que han quedado atrás, aunque se advierta con un resabio de amargura que el bienestar y la serenidad de espíritu son pasajeras y de una forma u otra, siempre están amenazadas.

La derrota y el abandono son un pésimo espejo en el que mirarse. La realidad acaba por imponer su pesado yugo. Entonces, los espejos multiplican el vacio.  El resentimiento nos va royendo por dentro. Las circunstancias son a veces un puñal afilado que hiere, mas se destruye a sí mismo.

El mundo lírico ovidiano es un espacio de imágenes y de palabras, de pasiones, memoria, sentimientos, ilusiones y frustraciones. La vida le enseñó que los golpes, por duros que sean acaban mostrando una senda para ver más allá de los ojos.

Hay que saber adentrarse en uno mismo, aunque solo sea para romper el cerco de la miseria envolvente y amar el artificio con su fuerza evocadora. Crear es adentrarse en otra forma de apreciar los latidos de la vida.

A Ovidio hay que verlo, sentirlo vivo. Es un innovador y todo innovador ha de saber medir los riesgos y saber utilizar las metáforas como vericuetos que eviten caer en los ‘lazos’ que el poder tiende.

En un trabajoso aprendizaje fue dominando el arte de ser clandestino y de descifrar los jeroglíficos con una sonrisa irónica. Cuando se lo propone sabe ser corrosivo, escurridizo, resistente, próximo e incluso opaco.

IV.- El sometimiento acrítico al poder y la adulación convertida en sucia mercancía para medrar, están siempre presentes de una forma u otra, en el inicio de toda decadencia.

Las heroidas son veintiuna cartas de amor para reflexionar y para disfrutar de su lírica hermosa y profunda. Tienen una característica común. Son una prueba de amores irrealizados. El paso del tiempo no logra eliminar el dulce veneno que deja la pasión amorosa y que con la ausencia se manifiesta en toda su desolación.

A riesgo de repetirme, he de señalar el esfuerzo de Ovidio por comprender el alma de la mujer. Los óptimos resultados demuestran no solo su especial sensibilidad, sino su arte de saber captar la psicología femenina. Lo que tiene un indiscutible mérito, ya que nunca es fácil ponerse en el lugar de otro y más cuando el otro es una mujer enamorada.

Ovidio es el aliento vital, el primer lírico moderno y un precursor en ver el amor como el motor de la vida. Su originalidad le lleva en sus epístolas amatorias a utilizar los recursos convencionales… transcendiéndolos y dejando un halo de autenticidad y novedad. Logró, nada más  y nada menos, que ‘construirse’ un estilo propio, lo que obviamente está al alcance de muy pocos.

Los criterios moralizadores de Octavio Augusto, no soportaron toda la libertad y rebeldía encubierta que había en sus versos.

Leer, releer e interpretar a los clásicos es una tarea que proporciona evidentes satisfacciones. Quienes deseen salir de un ambiente tóxico, mediocre y simplista… que no duden ni un momento en aproximarse a los clásicos…

Con toda seguridad no lo lamentaran.

Antonio Chazarra

Profesor de Historia de la Filosofía

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