¡Mis queridos palomiteros!
Hoy se cumplen 147 años del nacimiento de Ethel Barrymore (1879-1959), una de aquellas actrices para las que la palabra «estrella» se queda pequeña.
Nació en el seno de una célebre saga teatral —era hermana de John y Lionel Barrymore—, pero su apellido no explica por sí solo su enorme prestigio. Durante décadas, Ethel fue una de las grandes damas de la escena norteamericana.
Hay un dato que dice mucho acerca de su importancia: en 1928, los hermanos Shubert construyeron en Broadway un teatro que llevaba su nombre cuando ella tenía solo 49 años. Ethel lo inauguró ese mismo año protagonizando The Kingdom of God, de Gregorio Martínez Sierra, y además dirigió la producción bajo el nombre de E. M. Blyth. Casi un siglo después, el recinto conserva su nombre.

Uno de sus grandes triunfos escénicos fue The Corn Is Green, de Emlyn Williams, que Herman Shumlin dirigió en Broadway en 1940. Barrymore encarnó a la profesora Miss Moffat y convirtió aquella interpretación en uno de sus trabajos más emblemáticos antes de que el cine popularizara la obra con Bette Davis.
Hollywood supo aprovechar especialmente bien su madurez. En 1945 ganó el Óscar a la mejor actriz de reparto por None but the Lonely Heart (1944), de Clifford Odets, junto a Cary Grant. Después llegaron La escalera de caracol (1946), de Robert Siodmak; Jennie (1948), de William Dieterle; y Pinky (1949), de Elia Kazan. Alfred Hitchcock también contó con ella para El proceso Paradine (1947), donde interpretó a Lady Sophie Horfield junto a Gregory Peck y Charles Laughton.
Quizá su mejor legado esté, sin embargo, en algo difícil de medir con premios: durante buena parte de la primera mitad del siglo XX, hablar de Ethel Barrymore era hablar de prestigio teatral. No simplemente de celebridad.
Y esa diferencia sigue siendo importante. Hoy estamos de enhorabuena.












