febrero de 2024 - VIII Año

‘La sociedad de la nieve’. Cuéntamelo otra vez, Bayona.

Ya habíamos visto Viven para entender. Y volvimos a buscar datos y nuevos signos para la comprensión en Stranded. Vengo de un avión que cayó en las montañas, la magnífica película documental dirigida en 2009 por Gonzalo Arijón y sobre la que Pablo Vierci (que ahora es productor asociado de la película de Bayona) escribió un libro que aprovechaba la gran cantidad de testimonios directos que recogió Arijón, incluidos los que éste le cedió porque no tuvieron cabida en el documental. El libro y el documental, éste último en el mundo de habla hispana, acabaron llamándose La sociedad de la nieve, un concepto que es pronunciado varias veces en el rodaje del documental por Roberto Canessa, uno de los supervivientes. Y, ahora, tenemos con el mismo título una nueva cinta sobre el accidente del 13 de octubre de 1972 del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya. Es más, está inspirada en el libro, pero por la regla de la propiedad transitiva, también en el documental de Arijón que ha declarado públicamente echar de menos una alusión a esta inspiración en los créditos.

Por tanto, hay que encontrar una motivación para ver una película que recurría a una historia tan conocida, con un coste de 60 millones de euros y cuya distribuidora es Netflix. Y el primer acicate es la dirección. J.A. Bayona no defrauda. Y, aunque durante las primeras escenas, uno no espera ser sorprendido, la película consigue instalarse lentamente en la mirada del espectador.

Si todavía nos preguntamos qué ocurre en la cabina de un avión cuando se estrella un vuelo como el 571 a una altitud de 3.500 metros, la duda queda resuelta en una secuencia impactante de impecable factura donde el sonido es un taladro que reduce a virutas cualquier suspicacia del espectador. Después, se sumerge la historia en un lugar de belleza y luz increíbles como antítesis a la tragedia humana que se ha comenzado a narrar. A partir de ese momento, se olvida Viven y la memoria se centra en el documental de Arijón, estableciendo un paralelismo que sostiene la credibilidad de la historia.

La narrativa visual de la película tiene un alto tono veraz que, además de ser producto de los medios técnicos con los que Bayona ha contado en la actualidad y que aventajan a Viven, se apoya en detalles de documentación excelentes. Al igual que James Cameron quiso ser riguroso cuando reconstruyó para su película el interior del Titanic, Bayona aporta detalles desconcertantes por meticulosos. La escena del accidente y la de la avalancha son buenos ejemplos de esto. Pero no desmerecen los detalles físicos de los personajes, su deterioro, el color de sus dientes, los hematomas y las heridas de sus cuerpos y su peligrosa delgadez. De hecho, un estudiante de medicina comentó uno de estos detalles en X (antiguo Twitter): las manchas oscuras alrededor de los ojos de Nando Parrado, conocidas como «signo del mapache», delatan un traumatismo craneoenfálico o equimosis periorbitaria. Por todo ello, es merecidísima una de sus nominaciones para los Óscar, y también para los Goya: la de Mejor Maquillaje y Peluquería, cuyos titulares son David Martí y Montse Ribé que ya obtuvieron el Óscar de su disciplina por El laberinto del fauno de Guillermo del Toro.

La película consigue una inmersión en la tragedia con un dramatismo natural que deviene con el paso del tiempo, lentamente. El espectador se mantiene alerta, en la butaca, intentando captar las nuevas claves que se esperan de una nueva narración; pero, según avanza la cinta, cada vez se sobrecoge más por la precisa escenografía, inmensa, desbordante, que traslada la tragedia al plano intelectual. Ese es el gran logro de la cinta que, creemos, transcurre fielmente sobre el camino marcado por el título que nos dio Canessa. El dilema moral colisiona con el de la supervivencia, con la dicotomía estática del «sí o no». La clave fundamental es fundar una nueva sociedad porque en un hábitat tan limitado, de fronteras infranqueables, los cánones éticos, morales, religiosos ya no sirven. Las sociedades se originan por la necesidad del ser humano de protegerse de un entorno hostil. Se elabora un nuevo discurso social ya sea espontáneo, como leímos en El señor de las moscas de W. Golding, o deliberado. Eso es lo que hacen los supervivientes. Necesitan nuevas normas, nuevos objetivos, nuevos dioses y, en lo posible, enmarcar todo ello dentro de una convivencia pacífica basada en el consenso y en el respeto. Ese es el fin y eso es lo que finalmente los salva en una primera fase. Luego, eso sí, la épica de los caminantes, que logran una proeza quizás más increíble que el hecho de sobrevivir al traumatismo de la catástrofe.

Bayona ha declarado que esta película es un homenaje a los que no sobrevivieron y la rotunda confirmación de esto es la narración de la historia por Numa Turcatti, uno de los fallecidos poco antes del rescate; un recurso, éste, que le convierte en pilar de la historia. Él está ahí, presente, con su voz, elaborando un tapiz de insólitas sensaciones donde acomodar al espectador. Incluso al morir, sigue latiendo su presencia en la pantalla, prologando la fuerza de este recurso tan poco utilizado en la historia del cine y que aporta tanta profundidad conceptual al conjunto del mensaje. Por otra parte, se utiliza un agudo recurso que induce en el argumento la idea del pliegue del tiempo y su naturaleza relativa: supervivientes del 72 aparecen en algunas escenas, siendo especialmente emotivo el cameo de Carlitos Páez, el único de ellos que tiene diálogo, y que interpreta a su propio padre cuando lee por radio la lista de todos los que han sido hallados vivos. El director consigue algo muy difícil: una emoción contenida, mesurada, nada banal, que culmina con la reacción que tienen los que esperan la llegada de los helicópteros cuando el rescate ya es una realidad; es algo totalmente inesperado, incluso candoroso, que consigue despertar la ternura del espectador al que Bayona respeta tanto como a los protagonistas sin desesperarlo con turbaciones, juicios de valor y estremecimientos fatuos o desproporcionados.

Con esta película, J. A. Bayona (Premio Nacional 2013) nos da la oportunidad de comprender el entendimiento al que llega un grupo aislado para adoptar nuevas normas que eviten la extinción. Para ello rodó, además de en Montevideo, en localizaciones con grandes dificultades por la altitud: Sierra Nevada, en España, hasta que una nube del Sahara convierte en taheña la nieve, y el lugar concreto de los Andes donde se desarrolló la historia real. Y pese a la calidad de la cinta, nominada en varios certámenes, el director, cuando recogía el Premio Feroz a la mejor dirección, se ha quejado de la escasa visibilidad en los medios informativos.

La alianza de los vivos y los muertos consigue su propósito, es por eso que Bayona cuenta con dos protagonistas que no aparecen en el elenco: la vida y la muerte. La sociedad de la nieve es una película con una inteligente y meticulosa factura que roza esa línea ideal sobre la que el cine, arte capaz de generar mitos, alcanza una cierta eternidad.

Ficha técnica:

Título: La sociedad de la nieve
Dirección: J. A. Bayona
Guion: J.A. Bayona, Bernat Vilaplana, Jaime Marqués, Nicolás Casariego.
Basada en el libro La sociedad de la nieve: Pablo Vierci
Fotografía: Pedro Luque
Música: Michael Giacchino

País: España
Año: 2023
Duración: 144 min.
Género: Drama. Hechos reales.
Reparto: Enzo Vogrincic, Matías Recalt, Agustín Pardella, Esteban Bigliardi, Esteban Kukuriczka, Diego Vegezzi, Fernando Contigiani, Rafael Federman, Francisco Romero, Valentino Alonso, Agustín della Corte, Maxi de la Cruz, Tomas Wolf.
Cameo: Nando Parrado, Roberto Canessa, Carlitos Páez.

Distribución: Netflix

Si quieres ver el trailer de la película pincha aquí

 

 

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Escrito por

Archivo Entreletras

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