octubre 2021 - V Año

ENSAYO

Alfonso X ‘El sabio’ en su 800 aniversario: su mayor empresa científica

Pocos actos de la vida cotidiana son tan aparentemente insignificantes y anodinos, como consultar el calendario. Sin embargo, lo hacemos habitualmente, sin reparar en la cantidad y calidad de elementos que ese acto contiene. Y casi nunca se recuerda que la elaboración del calendario ha sido una de las más grandes empresas científicas de la humanidad. Una empresa larga y amplísima, que consistió en difíciles observaciones astronómicas y de no menos difíciles cálculos matemáticos.

La elaboración de un calendario preciso fue una empresa larga, incluso muy larga en cuanto a su duración en el tiempo. Los calendarios empezaron a confeccionarse hará en torno a unos 5.000 años. Y ha sido también una empresa científica grandiosa. Grande en su planteamiento, pues del conocimiento preciso de las fechas de cada año, dependían asuntos trascendentales, desde las festividades religiosas o civiles, hasta los días del cambio de estación para la siembra y la cosecha, o los días en que era posible acudir a los tribunales. Y también fue una empresa grandiosa en su desarrollo. Requirió el esfuerzo de muchísimos científicos, durante casi 5.000 años, para descartar metodologías erróneas, referencias de medición equivocadas y definición correcta de todas las variables, para poder elaborar el calendario más preciso, el actual. Pero, sobre todo, ha sido una empresa grandiosa en cuanto a los resultados obtenidos. Tanto en lo que se refiere al resultado principal, el calendario vigente, como en el logro de otros muchísimos otros hallazgos y descubrimientos no buscados, pero aparecidos en los trabajos para su elaboración.

El calendario es un instrumento de precisión ideado para medir el tiempo con exactitud. Un instrumento, además, de muy fácil manejo. El calendario está organizado en unidades de tiempos más largos que el horario del reloj, como el día, la semana, el mes y el año. Cada una de las “unidades de tiempo” del calendario, tiene como referencia básica un cuerpo celeste, la Tierra, la Luna y el Sol, bien en solitario, bien combinados. La primera unidad de medición, tanto en el orden histórico como en el lógico, fue el día, que es el tiempo que dura un giro de la Tierra sobre su eje, en su movimiento de rotación. La semana es el tiempo que dura cada una de las cuatro fases de la luna, que viene a tener algo más de siete días de duración. El mes se articula con cuatro semanas, es decir, un ciclo lunar completo, que viene a durar 29 días y medio. Y el año es el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta completa alrededor del sol, siguiendo su órbita en el denominado movimiento de traslación del planeta.

Alfonso X de Castilla (1221-1284), conocido como “el Sabio”, nació hará este año 2021 ochocientos años, concretamente el 2 de noviembre de 1221. Hijo del Rey Santo Fernando III, Alfonso X impulsó y desarrolló durante su vida una ingente obra científica, literaria, histórica y jurídica que ha alcanzado fama mundial. Alfonso X patrocinó, supervisó y, a menudo, participó con su propia mano en un impresionante esfuerzo de recuperación cultural, similar a los que se desarrollaban en toda Europa. Y también oriento y dirigió los trabajos de la Escuela de Traductores de Toledo, donde realizó sus principales contribuciones a la ciencia.

Pocos, muy pocos personajes de la historia universal han recibido el reconocimiento que significa el ser llamado “sabio”. Los Siete Sabios de Grecia, el chino Confucio, o Buda, entre los pocos que lo han recibido. Y ya, en el capítulo de reyes y emperadores, hay aún menos. Están los Reyes Magos de Oriente que adoraron a Cristo en la Epifanía, que está claro que debían ser sabios, pero no está tan claro que fuesen reyes. Pero está el Rey Salomón de Israel, un rey sin duda muy sabio. Y debe excluirse al rey francés Carlos V (1338-1380), denominado en francés “le Sage”, que no siempre, y menos en su caso, se debe traducir exactamente por “sabio”, sino por “sagaz”. Y está Alfonso X de Castilla, el Sabio.

Alfonso X dirigió, en ocasiones incluso personalmente, una importantísima tarea de reordenación del Derecho aplicable en sus reinos. Fue éste la elaboración de las Leyes de Partidas (1265), un esfuerzo de homogeneización jurídica para todo su reino, de acusada impronta e inspiración romanista. Las Leyes de Partidas han sido el cuerpo legal de más larga vigencia en América, pues rigieron desde 1492 hasta mediados del siglo XIX, incluso en la mitad de lo que son actualmente los Estados Unidos de América. Un bajo-relieve con la efigie de Alfonso X el Sabio adorna actualmente la Cámara de Representantes del Congreso, en el Capitolio de Washington, conmemorativo de las aportaciones del Rey castellano a la jurisprudencia norteamericana. Igualmente fue este rey el autor de una importante obra literaria que potenciaría en gran medida el uso de la prosa en romance castellano, así como del verso en romance gallego y castellano. El rey Alfonso X no dejó de realizar incursiones en la poética, siendo el autor de las Cantigas de Santa María y otras obras de poesía, varias de ellas en romance gallego.

En el ámbito de la ciencia, Alfonso X ordenó y dirigió la elaboración de las llamadas “Tablas Alfonsíes”, el primer estudio de Astronomía en el que se reflejaron los resultados de las observaciones astronómicas efectuadas en Toledo, entre 1263 y 1272. Las Tablas Alfonsíes se realizaron sobre la base de los estudios del astrónomo árabe cordobés al-Zarqali (1029-1087), por los científicos judíos Yehuda ben Moshe e Isaac ben Sid, bajo la directa supervisión del rey. Sus cálculos, siguiendo el sistema heliocéntrico de Ptolomeo, consiguieron determinar las posiciones exactas y precisas del movimiento de los cuerpos celestes conocidos, el Sol, la Luna y los Planetas. Las Tablas Alfonsíes serían utilizadas por Copérnico (1473-1543) y por Kepler (1571-1630), y fueron la base para calcular la duración del año del Calendario Gregoriano (1582), actualmente vigente en todo el mundo.

Página de Libro del saber de astrología

Los calendarios más antiguos serían seguramente calendarios lunares, pues el conocimiento del día y de su duración es más antigua. Los calendarios solares tomaban el movimiento orbital de nuestro satélite como referencia básica, principal y casi única, para agrupar los días. Los conocimientos sobre nuestro planeta y sobre el sol fueron muy escasos y poco definidos hasta hace realmente muy poco tiempo. La luna fue durante muchos siglos el único cuerpo celeste del que se tenían conocimientos de cierta profundidad y precisión. Pero los calendarios lunares quedaron todos muy lejos de poder medir la duración efectiva del año, aunque algunos llegaron a aproximarse bastante. Entre los calendarios lunares están los primeros calendarios chinos. Pero el calendario lunar chino es mucho más reciente que los calendarios de egipcios y caldeos. Los calendarios chinos son de entorno al año 1.100 (a. C.), y el primer calendario egipcio solar, data de finales del cuarto milenio antes de Cristo. El calendario de los aztecas, era también solar, pero está datado entre los siglos XIV y XV de nuestra era, es decir poco menos de un siglo antes del descubrimiento de América por Cristóbal Colón.

La formulación de un calendario solar de verdadera precisión requirió conocer o al menos presuponer, previamente, la redondez de la Tierra y que era ésta la que giraba alrededor del sol. El calendario solar más antiguo que se conoce es el egipcio, aunque también utilizaban calendarios lunares. Según cuenta Heródoto, los egipcios fueron los primeros de todos los hombres que descubrieron el año, y decían que esto lo hallaron a partir de los astros. Apareció a principios del tercer milenio antes de Cristo y está considerado el primer calendario solar de la Historia. Tenía fijado el año en 365 días, dividido en 12 meses de 30 días, organizados cada uno en tres décadas (10 días). Para ajustarlo, al final del último mes de cada año se añadían cinco días más, para completar los días del año solar.

Alguno de los hitos científicos más destacables de la época renacentista consistió, precisamente en una obra de científicos católicos. Conviene destacarlo, pues habitualmente se da como moneda común la aversión de la Iglesia Católica a las ciencias. Se trató de la Reforma del Calendario, de 1582, que fue preparada y dirigida por el Papado a lo largo de todo el siglo XVI, y culminada por el Papa Gregorio XIII. El resultado consistió en el llamado en su honor el Calendario Gregoriano que está actualmente vigente en todas parte. Una magna obra de la ciencia que es aceptada y utilizada en todo el mundo, por todos los países del planeta, pese a las diferencias culturales y religiosas existentes. Pues bien, esa magna obra fue el resultado de los trabajos desarrollados por un gran número físicos, astrónomos y matemáticos, entre los que debe destacarse al geómetra y astrónomo alemán Calvius (jesuita) y al médico y astrónomo italiano Lilio, dirigidos en su trabajo por el matemático y teólogo español Pedro Chacón (1526-1581). La base de los cálculos para la reforma del calendario fueron las citadas Tablas Alfonsíes. En el año de 1272, Alfonso X efectuó una medición muy precisa del ciclo anual (vuelta completa de la Tierra alrededor del Sol), fijándolo en 365 días 5 horas, 49 minutos y 16 segundos. Una medición muy próxima a la actualmente vigente, que lo cifra en 365 días, 6 horas y varios minutos y segundos.

Y eso, por no hablar de la gigantesca obra desarrollada en esos mismos tiempos renacentistas por los españoles y portugueses en la realización de los grandes descubrimientos geográficos de los siglos XV y XVI. Descubrimientos entre los que descuella el Descubrimiento de América por Colón, en 1492, el descubrimiento de la ruta marítima a la India de Vasco de Gama, en 1499, o la circunnavegación del planeta, en 1521, por la expedición de Magallanes-El Cano.

La importancia científica de Alfonso X fue reconocida ya en su propio tiempo, en el siglo XIII, y fue una de las razones que llevaron a atribuirle el sobrenombre de “el Sabio”. En la actualidad, ente otros muchos lugares, encontramos representada la efigie o la estatua del Rey Sabio en muchos lugares. Señaladamente en la fachada de la sede actual del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, inaugurada en 1884. En dicha fachada, figura en el centro el Rey Alfonso X, que tiene a su derecha al pintor Velázquez, por las artes, y a su izquierda a Cervantes, por las letras. Evidentemente, él es el que representa a las ciencias, además de a la Sabiduría, en ese conjunto memorable. También figura su estatua en el pórtico de la Biblioteca Nacional, inaugurada en1896, cuando Menéndez Pelayo era su Director.

También ha sido reconocida internacionalmente la figura científica del Rey Sabio, y su importancia. En el año 1935, la Unión Astronómica Internacional (creada en 1919) otorgó a Alfonso X el Sabio el reconocimiento mundial como astrónomo, nombrando en su honor al cráter lunar “Alphonsus”.

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