mayo de 2024 - VIII Año

El lector-estuche (I)

Impertinencia, polémica y destrucción

Tres lecturas diferentes me han llevado a consensuar las categorías que subtitulan esta reflexión.

La primera lectura es un compendio de ensayos y artículos de Juan Benet en el que se incluyen respuestas a entrevistas de los años 80 (Ensayos de incertidumbre, Lumen 2011, Ed. Ignacio Echevarría). Decía Benet a propósito: «Yo creo bastante en la eficacia de la impertinencia, sobre todo en la de determinadas opiniones impertinentes. En cierto modo esas opiniones son, por impertinentes, las más útiles, las más atractivas. Si las opiniones se matizan, pues se vulgarizan, y entonces caen en el lugar común»

Un artículo de Beatriz Sarlo en Babelia, publicado recientemente, es la segunda lectura motivadora. Su título no puede venir más a cuento, Elogio de la polémica. En su reflexión, la escritora argentina, defiende la polémica como herramienta de conocimiento ya que «respetar las ideas es polemizar sobre ellas pues para polemizar hay que conocerlas bien». Así se interpreta la polémica como acercamiento a los otros, a sus ideas con respeto y profundidad. Hay una coincidencia entre Benet y Sarlo en cuanto al matiz como postura temerosa, insípida y acrítica. Si las opiniones se templan en demasía se corre el riesgo de hacerlas transparentes y poco efectivas. La utilidad de la polémica conlleva una cierta alacridad, una mala leche medida, de forma que siempre las opiniones sean un modo de «radicalidad de la vida privada», en palabras de Benet.

La tercera lectura, relacionada a las anteriores, pues no hay nada independiente, ha sido un corto ensayo de Walter Benjamin titulado El carácter destructivo, publicado en 1931, (Iluminaciones, Taurus, 2018. Ed. Jordi Ibáñez) Una primera lectura del análisis del filósofo alemán pudiera limitar nuestra apreciación a la índole meramente negativa, violenta y aniquiladora de la destrucción. Pero Benjamin deja entrever una capacidad creativa y regeneradora en la destrucción. Y es que, en oposición a la destrucción apolínea, la del sistema económico capitalista, existe una destrucción dionisíaca, caótica, constructiva y esencial. En ella el sujeto destructor puede revertir la destrucción total y crear algo nuevo.

En su ensayo, Benjamin, habla del “hombre estuche”, aquel que ante el sometimiento de los poderes se repliega al calor de la cultura blanda y masticada del main stream y se despoja del espíritu crítico necesario para una reflexión propia. Y este concepto se nos ocurre trasladarlo- en el ámbito literario- a lo que podemos llamar lector-estuche. «El hombre-estuche busca su comodidad y la médula de esta es la envoltura», dice Benjamin. ¿Y no es tal descripción el guante que se ajusta al tipo de lector por el que se mide la actual ética comercial libresca? ¿Acaso las grandes editoriales (y muchos autores) no van reemplazando al lector adiestrado, crítico, exigente por un tipo de lector envuelto en mullidas narraciones digeribles?

El único modo de combatir al lector-estuche es mediante la impertinencia de Benet, la polémica elogiada por Beatriz Sarlo y el carácter destructivo de Benjamin.

La impertinencia, si volvemos con Benet, es una toma de posición, una actitud radical de ámbito privado (aunque pueda salir a terrenos públicos). Se muestra como rasgo de carácter. La eficacia de la impertinencia se valoriza por su afrenta a las posiciones vulgares, matizadas y conciliatorias. «Me gusta ir por el mundo con ideas radicales. Es una radicalidad de la vida privada». Esto nos recuerda a opinadores “contundentes” como Nabokov que arriesgaba su radicalidad hasta vilipendiar al Quijote. Del escritor ruso-americano dijo Saul Bellow que era «uno de los grandes molestadores de todos los tiempos». Pero de eso se trata, de confrontar la opinión privada y personal con el sentir común e inmovilista. Recordemos la beligerancia de Benet contra el anodino panorama literario español de finales de los 60 y que estableció en su famoso libro de ensayos La inspiración y el estilo.

El objetivo de la impertinencia es el conflicto y la polémica, pues restaura la dialéctica de la reflexión (aquí, de nuevo, Benjamin) y esta remueve el presente. Sarlo también cita a Benjamin: «La única y verdadera forma para una reflexión sobre el presente es la polémica». Y la escritora argentina trae, en su artículo, una conexión muy oportuna entre polémica y literatura. Y en el tráfago de lo literario propone una crítica arriesgada, que se manche las manos (o la pluma) con opiniones contundentes y polémicas. «El conflicto es tan interesante en la ficción literaria como en las reflexiones críticas sobre esa ficción», apunta Beatriz Sarlo. Conflicto y polémica eran armas de Benet para remover el estado de cosas de la literatura de los 70 y famosas sus acometidas contra rocosos mitos literarios, por ejemplo, contra la pertinencia del Ulysses de Joyce, su desprecio a Galdós o sus andanadas contra el boom latinoamericano.

La polémica es crítica del presente, pues como dijo Benjamin, «La posteridad olvida o ensalza, solo el crítico juzga en presencia del autor». Por eso Sarlo comparte con nosotros una fantasía que debiera ser la norma, «un espacio literario donde sea posible polemizar sobre el último éxito. Polemizar no años después en una revista universitaria, sino escribir en la caliente actualidad». Pero esta polémica no es la candente rabia de las redes, ni es acólita del insulto ni compañera del desprestigio. No, ni las redes ni las ubicuas tertulias de los medios, donde los “tertulianos” saben de todo y opinan con necesidad metafísica (o mejor, crematística), no, esos no son los yunques donde polemizar las ideas. En la literatura lo que está fallando es una crítica capaz de exorcizar las obligaciones de las grandes maquinarias editoriales y dar opiniones autorizadas a los cada vez más legos lectores (que se convierte en lector-estuche). Pero esas opiniones hay que darlas en el presente, ante el autor y para los lectores sumisos.

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