
Es la metafísica una de esas disciplinas tradicionales que, a pesar de haber sido dada por muerta y enterrada varias veces por diversos movimientos filosóficos en los últimos siglos, siempre ha sido capaz de encontrar la manera de volver al centro del escenario del pensamiento, hasta hoy. Un retorno permanente durante los siglos XIX y XX, porque la metafísica no es en modo alguno una reliquia del pasado, sino que sigue siendo el intento sistemático de comprender la estructura última de la realidad. En la actualidad, la metafísica no se entiende como una búsqueda de «fantasmas» o realidades místicas fuera del mundo, sino como el estudio de las categorías fundamentales que permiten que el mundo sea inteligible.
Es por eso que, hoy día, no sea posible hablar de filosofía hoy sin constatar esa crisis, que ya es larga, y que fue provocada por las derivas seguidas por los propios filósofos contemporáneos. A comienzos del siglo XIX, cuando más pareció que la filosofía era capaz de elevarse con plena seguridad sobre los problemas del pensamiento y los límites de la capacidad creativa humana, se inició una impugnación, cada vez más radical, de ideas fundamentales hasta entonces. La verdad (Kant), la realidad (Hegel), dios (Nietzsche), la sociedad (Marx) y otros fundamentos del pensar sufrieron un cuestionamiento que ha socavado la propia filosofía.
El cuestionamiento de las bases de la filosofía no se dirigió solo contra la deriva subjetivista del idealismo racionalista, sino que alcanzó al conjunto de la filosofía toda. Un cuestionamiento que ha prosperado sobre un terreno baldío y sin horizonte: el del desconocimiento de la trayectoria de la filosofía y el olvido de sus logros. Al final, en eso fue en lo que consistió la “novedad” moderna y sus pretensiones de descalificar la metafísica, en particular, y toda la filosofía en general.
El sentido de la filosofía
¿Tiene pues sentido en nuestro tiempo una disciplina como la filosofía, tan progresivamente excluida de los planes de estudio?, ¿tiene alguna utilidad seguir formulaciones que en el último siglo se han alejado mucho del sentir y del pensar general del “hombre común”?, en suma, ¿encierra la filosofía algún saber que no pueda ser abordado y construido desde otros ámbitos del conocimiento, como las ciencias, incluidas la neurología y la sociología? La deriva seguida por la filosofía en el siglo XX no permite ser muy optimista: la última gran corriente filosófica de nuestro mundo, la denominada filosofía posmoderna de finales del siglo XX, resultó finalmente deletérea para la propia filosofía.
En el estado actual de la filosofía no hay buenas razones para el optimismo. Los tratados de filosofía al uso, suelen comenzar por lo general con exposiciones poco claras. Tesis opacas y llenas de menosprecio hacia las tesis atribuidas a filósofos anteriores. O hacia los llamados “pensamientos ingenuos”, construidos ad hoc en esos mismos tratados, para rechazarlos como modos simplistas de pensar. Con algunas excepciones, los denominados “pensamientos ingenuos” —vulgo “sentido común”—, suelen menospreciarse por los filósofos contemporáneos, que olvidaron que no hay pensamiento alguno que sea ingenuo.
La filosofía en su historia
Al estudiar la historia de la filosofía se tiende, en general, a identificar con demasiada facilidad la sucesión académica de las doctrinas filosóficas con la evolución del pensamiento humano. Es corriente leer expresiones como “Después de Descartes, resultó imposible…”, o “Kant clarificó definitivamente…”. Se razona así, como si cada obra filosófica se convirtiese, desde el momento mismo en que aparece, en la manera de pensar de toda la humanidad. En nuestra tradición filosófica, tal y como la imponen los miles de obras que la contienen materialmente, los cambios de sentido más modernos solo han servido, al final, para que los filósofos invitasen a la gente a comprender únicamente sus propios sistemas, muy difíciles a veces. Pero los sistemas filosóficos no se hicieron para ser comprendidos, sino para comprender el mundo.
Por ejemplo, desde Kant y Hegel, la filosofía ha sostenido, como si fuera un gran hallazgo, que los objetos del mundo están en él y no están en la conciencia, pero ¿quién pensó jamás que estuvieran allí? Ha habido otros “hallazgos” no menos sorprendentes, como la “descripción fenomenológica”, que indica que cuando se mira una silla se apunta directa y efectivamente a la silla, y no a su imagen en la conciencia. O como la teoría fenomenológica de la evidencia, según la cual el error se revela por el “estallido” de una evidencia (no por ello menos auténtica), dentro de la realidad de una evidencia superior. Existencialismo y posmodernidad no aportaron mucho más que redescubrimientos de mediterráneos y vulgaridades incapaces de producir, ni novedades en filosofía, ni filosofías “nuevas”.
La filosofía hoy
En el siglo XX, especialmente en su segunda mitad, existencialistas y posmodernos renunciaron al sentido común y hasta rechazaron la misma existencia de realidad (sólo existe el lenguaje). Hoy se constata su derrumbe, pero aún despliegan influencia entre muchos. Al final, en este siglo XXI, se ha podido constatar cómo se han perdido casi todos los rumbos en filosofía. Los pretendidos “nuevos caminos” resultaros ser tan sólo sendas perdidas que no condujeron a ninguna parte. La filosofía se ha mantenido en algunos ámbitos, como en el realismo filosófico de Santayana (1862-1951), el raciovitalismo de Ortega (1882-1954), el realismo de Zubiri (1898-1983), el materialismo filosófico de Gustavo Bueno (1924-2016) o el nuevo realismo de Maurizio Ferraris, éste último ya en el siglo XXI.
Hoy en la filosofía, en su núcleo metafísico básico, se pueden distinguir dos grandes corrientes: la denominada Metafísica Analítica y la denominada en el mundo anglófono Metafísica Continental. La llamada Metafísica Analítica, de mucha influencia en el mundo anglófono, se ocupa de problemas muy precisos: ¿Qué es la causalidad? ¿Qué define la identidad de una persona a través del tiempo? ¿Existen los universos paralelos? Se apoya mucho en la lógica y, a menudo, dialoga con la física cuántica y la neurociencia. La Metafísica Continental, cercana a la tradición europea más clásica del pensamiento, se pregunta por el “ser” y por la “realidad”, o sobre cómo la técnica y la modernidad han moldeado la forma de existir de la humanidad.
Por plantearlo en los términos más sencillos posibles, si las ciencias van siendo capaces de desentrañara las diferentes parcelas de la realidad física, química y biológica, y ha sido capaz de explicar cómo funciona el mundo material, al menos en términos generales, la metafísica tiene como como tarea intentar explicar qué es todo eso, en su conjunto, que funciona y existe en la realidad, así como qué reglas lógicas subyacen a su existencia.
¿Es la Metafísica un «saber»?
Quizá ésta resulte ser algo así como la pregunta del millón. La respuesta que se puede dar a esta cuestión dependerá de cómo se defina «saber». Desde un punto de vista científico (Positivismo), seguramente se diría que no es un saber, porque no puede ser verificada en un laboratorio, en un ensayo o en una observación. No hay un experimento que diga si el «libre albedrío» es una realidad o tan solo una ilusión. Desde un punto de vista más filosófico, se podría decir que es un saber de fundamentación. No es un saber acumulativo (como la medicina, donde cada año sabemos más), sino un saber reflexivo. Es el marco intelectual que sostiene la posibilidad de todos los demás saberes.
La idea de progreso, imprescindible en los saberes científicos, es irrelevante en el arte y es graduable en los saberes humanísticos, pues desde los presocráticos hasta la actualidad, hay muchos progresos apreciables. Aunque no sea fácil establecer en el pensamiento una línea de ascenso acumulativo como el que experimentaron las diferentes ciencias, especialmente desde el Renacimiento, en los siglos XV y XVI. Pero no por eso ha perdido la vieja filosofía su terreno propio. Por ejemplo, para que un científico pueda investigar una célula, debe presuponer que la realidad es estable, que existe la causalidad y que el objeto que observa es «real». La ciencia usa estas herramientas, pero es la metafísica la que se encarga de definirlas, de establecerlas y de analizarlas.
La metafísica hoy no es, por tanto, una dogmática cerrada sino, más bien, la pretensión de establecer una especie de mapa conceptual general del conjunto de los saberes, su integración y su coherencia global. Es el esfuerzo por entender cómo se encajan todas las piezas constitutivas de la realidad, desde los átomos hasta la conciencia, en un todo. En eso estamos.











