
Dos libros me acercan a la relectura de una de las personalidades intelectuales menos peyorativa del estructuralismo francés. Me refiero al semiólogo y ensayista Roland Barthes. Uno de los libros es el escrito por Rafael Castillo Zapata, “El semiólogo salvaje” y el otro pertenece al mismo Barthes, “El susurro del lenguaje”, libro póstumo publicado hace algunos años, que recopila algunas disertaciones y uno que otro artículo aparecido en revistas y periódicos.
Uno de los primeros libros que leí de Barthes fue “El grado cero de la escritura”, que constituyó, a un bisoño como yo atrapado en las lides del ensayo, una inesperada revelación. Mis nociones acerca de las posibilidades del ensayo, y de la escritura como trabajo metodológico con el lenguaje, eran bastante limitadas, por no decir falaces. Barthes con su libro vino un poco a echar por tierra todos mis esquemas debido a que su enfoque y sus análisis desechaban por completo la anécdota, la periferia de la literatura (la vida del autor, la peripecia de la escritura como oficio, etc.) para ir directo al corazón del texto, a los nervios de la escritura conformada por una estructura lingüística que se podía demostrar y analizar a profundidad. Uno de los textos que mejor recuerdo es uno que indaga sobre el proceso creador de Gustave Flaubert; sobre su forcejeo encarnecido con el lenguaje, su angustia por encontrar la palabra exacta y poder armar una música especial con las palabras. Barthes nos ilustra, a través de un escritor puntilloso y perseverante, y revive de manera fluida los padecimientos (tanto físicos como espirituales) del autor de “Madame Bovary”. De manera erudita, y haciendo gala de una alta dosis de pasión, vuelve transparente el problema central de toda la literatura: el lenguaje y sus posibilidades combinatorias. Con ese texto sobre Flaubert confirma su tesis la cual postula que la literatura pasa por el cuerpo.
Para Barthes la literatura fue un todo discursivo que reciclaba siempre sus partes; era algo así como la nave de los argonautas, donde las partes de la embarcación se cambiaban y renovaban cada tanto, pero que al final seguía siendo la misma nave de Argos y en ese plan o como él mismo lo escribió: “Si el deseo de escribir es la constelación de unas cuantas figuras obstinadas, al escritor sólo le resta una actividad de variación y de combinación: nunca hay creadores, sólo combinadores, y la literatura es semejante a la nave de Argos: la nave de Argos no comportaba —en su larga historia— ninguna creación, sino sólo combinaciones; a pesar de estar obligada a una función inmóvil, cada pieza se renovaba infinitamente, sin que el conjunto dejara de ser la nave Argos”.
El libro de Rafael Castillo Zapata es un recorrido de admiración y ardor por la obra de Roland Barthes. La obra consta de un tupido bosque de notas y se explaya en lo exhaustivo. La intención de Zapata es desentrañar el deseo barthesiano por los signos o como él lo escribe: “Una sola verdad, plural e inmensa, determina el itinerario interminable de la aventura semiológica bartheana: la verdad del deseo. Verdad tan enorme y tan vasta —y tan general, al mismo tiempo— que pudiera resultar, a primera vista, un criterio inútil para caracterizar la singularidad —la diferencia radical— de una obra —y de una vida— como la de este enamorado a muerte de los signos del hombre, de los signos del mundo”.
Zapata se adentra en la escritura de Barthes buscando trozos de ese deseo, de esa pasión quemante por el lenguaje. No desaprovecha nada en su rigurosa investigación. No olvida al hombre múltiple o como Zapata escribe: “Barthes no ha hecho otra cosa que ensayar a lo largo de su trayectoria como semiólogo: ha adoptado y adaptado todos los papeles; todos los registros, todas las tesituras; y con una sorprendente disponibilidad para la resonancia, ha sabido capturar lo esencial de los diversos paisajes teóricos y filosóficos por donde ha transitado para poner una lectura múltiple y plural del escenario semántico”. En “El semiólogo salvaje” se escucha con claridad voz de Barthes. El libro se organiza como un discurso superpuesto sobre el discurso del semiólogo francés. Para ello Castillo Zapata recurre a sus libros editados, a sus charlas, entrevistas y conferencias. No es un libro anecdótico ni biográfico de Barthes, es más bien un recorrido literario intenso sobre un discurso que tuvo como finalidad penetrar con inteligencia crítica los diferentes discursos de la literatura como hecho lingüístico y como obra de arte.
En el libro “El susurro del lenguaje” se encuentra al Barthes más asequible e irónico, ese mismo que escribió “Mitologías”. Es un libro mixto. Con apéndices, anexos. Libro póstumo tejido en volandas, pero con el Barthes menos académico y menos gurú. Un vademécum organizado por terceros. Una ensalada que contiene textos que abordan aspectos literarios muy diversos y que van desde la literatura como ciencia, pasando por reflexiones apocalípticas sobre la muerte del autor hasta llegar a sus lecturas personales aguijoneadas con puntos de vistas caprichosos. En suma, el libro es un malabarismo intelectual en el mejor sentido. Hay desfachatez academicista, erudición lectora y un enorme equilibrio conceptual donde un humor entrelíneas, pulcro y despeinado, da la nota grata de este conjunto de escritos dispersos y redactados en años diferentes.
El estructuralismo fue una peste que infectó a muchas universidades en el mundo. No haberse leído a Barthes convertía al impío en un atrasado, en un anacrónico que formaba parte de las huestes de analfabetas funcionales. Quizás por ese motivo muchos lo desleyeron. O sea, lo leyeron bajo el apremio de la moda (como sucede un poco con los autores de la postmodernidad como Lyotard y Cia.). Ahora que la moda postmoderna tiene sus nuevos zahoríes hay que leer otra vez a Barthes. Sería como hacerle un poco de justicia y no ya tanto para comprender su visión teórica de lo literario, sino para entender la carnadura de la literatura; ese deseo no tan claro por los signos y que invariablemente nos desplazan buscando un lugar de origen que no existe o como lo escribió Barthes: “Por último, la escritura es lo único que puede desarrollarse sin lugar de origen; tan sólo ella puede permitirse burlar las reglas de la retórica, las leyes del género, todas las arrogancias de los sistemas: la escritura es atópica; respecto a la guerra de los lenguajes, a la que no suprime, sino que desplaza, anticipa un estado de prácticas de lectura y escritura en las que es el deseo, y no el dominio, lo que está circulando”.
Escribir desde el punto de vista del amateur fue una de sus pasiones: “El Amateur (el que practica la pintura, la música, el deporte, la ciencia, sin espíritu de maestría o competencia) conduce una y otra vez su goce (amator: que ama y ama otra vez); no es para nada un héroe (de la creación, de la hazaña); se instala graciosamente (por nada) en el significante: en la materia inmediatamente de la música, de la pintura; su práctica, por lo regular, no comporta ningún rubato (ese robo del objeto en beneficio del atributo); es —será tal vez— el artista contra-burgués”. Desentrañar el andamiaje del texto desde lo creativo y devolverle a la crítica literaria su prestancia como actividad estética-creativa fueron algunos de sus objetivos. La crítica fue siempre considerada una actividad sucedánea y subsidiaria de la gran literatura creativa como la novela, el cuento o la poesía. Con la aparición de Barthes y los demás la crítica comenzó a tejerse como un trabajo riguroso que combinó creatividad, sensibilidad literaria e investigación. La crítica Ni-Ni (ni lo uno ni lo otro) apestaba y Barthes lo supo mejor que nadie: “…lo contrario de escribir bien no es forzosamente escribir mal; es posible que, en nuestros días, sea escribir a secas. La literatura se ha vuelto un lugar difícil, estrecho, mortal. Lo que ahora defiende no son sus ornamentos, es su piel. Por eso me temo que la nueva crítica ni-ni se haya retrasado una temporada”.
José Luis Pardo ha escrito: “Aún hoy, el nombre de Roland Barthes despierta profundas inquinas y adhesiones inquebrantables. La pasión con la que siempre acometió el trabajo de escribir se refleja en la recepción de sus lectores”. El gran pecado de Barthes fue desmalezar de retórica académica el jardín de la lingüística y la crítica literaria. Su estilo buscaba hacia el literato, el poeta, el contestario salvaje más que al adusto profesor. Sin mencionar que por razones de salud estuvo más detrás del escritorio que en la arena del aula de clases. Debido a esto no tuvo el apremio docente por el escalafón escribiendo tesinas y textos apegados a la idiosincrasia académica. El reconocimiento público le llegó primero que el universitario gracias a sus ensayos y artículos publicados en diarios y revistas. Quizá por este motivo los lingüistas de postín lo veían como un advenedizo y no lo consideraban como uno de los suyos. Era un ave extraña en el paraíso de la semiología.
La crítica literaria (entre comillas) que emprendió Barthes se alejaba bastante de la crítica convencional. Su estudios y visiones de lo literario, o lo textual, estaban en verdad a varios años luz del discurso de la crítica oficial. Este pulverizó las nociones críticas vigentes y fue más allá. Expuso (y se expuso) con abierto desparpajo en sus escritos, desnudó sus puntos de vista caprichosos y sin miedo al ridículo. Intentó darle usos prácticos tanto a la semiología como a la lingüística y para ello utilizó todo lo que podía serle de utilidad o como escribe José Luis Pardo: “…Barthes se sirvió de todo cuanto encontró en su camino: la lingüística de Saussure, el estructuralismo de Levi-Straus, el análisis de la narración de Propp, el marxismo, la retórica o la filología clásica, y cuando los saberes constituidos no le ofrecían instrumentos adecuados para su empresa tuvo que inventar métodos precarios y pragmáticos, terminologías difusas cuya oscuridad siempre se le reprocha, para intentar aventuras —una vez— más inciertas”.
Muchos fueron los temas que le preocuparon como ensayista. Temas como la moda, el mito hoy, la retórica y la fotografía. Hace varios años (y gracias al fotógrafo Jesús Carneiro que me obsequió el libro) leí la “Cámara lúcida”, que es un estudio inigualable y placentero sobre la fotografía. Barthes narra las fotos, desentraña sus resortes comunicantes y poco a poco descubre al lector, o al espectador (el libro tiene algunas fotografías ilustrativas) la lucidez de la imagen. Sin duda fue Barthes el primero en captar que el mundo contemporáneo era en esencia el mundo de los signos. Él como ningún otro leyó la calle, el mercado, los centros comerciales, el teatro, la historia, las plazas, las revistas del corazón, el hipódromo y el cine. Para él todo era lenguaje. Fue un indiscutible creador literario y su trabajo, implacablemente salvaje; fue, antes que una pastosa tesis de semiología, una sutil poética de la contemplación de los signos que dicen el mundo.











