abril de 2024 - VIII Año

¿Reforma protestante? Herejes y reformadores renacentistas

Pintura de Julius Hübner, siglo XIX. Clavado de las 95 tesis de Martín Lutero

La Reforma Protestante constituyó el acontecimiento religioso más importante del primer cuarto del siglo XVI. Fue la última recreación de las herejías medievales y la reivindicación de un pasado cristiano más “auténtico”, amenazado por los cambios que trajo el Renacimiento a la vieja Cristiandad. La revolución espiritual renacentista acabó en gran parte de Europa central y del norte con la Reforma Protestante, que produjo en el continente efectos tan dramáticos como definitivos.

Podría discutirse sobre la importancia de las disputas teológicas de la época, pero, ateniéndose a los hechos, se aprecia que, a las mismas bases del reformismo religioso las acompañaron el desprecio de los poderosos a leyes y tradiciones para aumentar su poder y riquezas. El saqueo y expolio de bienes eclesiásticos acompañó a las prédicas protestantes desde su inicio. Ni el más ferviente protestante podrá negar que el protestantismo, en la mayor parte de los casos, no fue tanto un motivo como un pretexto. La Reforma no fue culminación alguna del Renacimiento, como sostuvo Hegel en su filosofía de la historia, sino una reacción anti-renacentista.

Casi desde su inicio, existieron en el cristianismo iluminados, reformadores y visionarios, que decían querer restaurar su espíritu original, que consideraban abandonado y olvidado por la Iglesia Romana. La herejía ha sido una corriente subterránea del cristianismo, nunca extinguida en sus intermitentes apariciones. Las herejías proliferaron (arrianos, ebionitas, maniqueos, etc.) tras la declaración del cristianismo como religión oficial del Imperio Romano, por el emperador Teodosio (347-395). Y les siguieron las herejías medievales que, con sus proclamas de “comunismo religioso”, organizaron amplios movimientos de reforma espiritual, política y social de la Iglesia y del mundo. Las herejías se sucedieron con intermitencia: cátaros, albigenses, valdenses, pobrismo franciscano, wycleffitas, hussitas.

Muchas sectas heréticas destacaron por su radical oposición a la propiedad, al matrimonio, a los reyes y señores, a los ricos y a la Iglesia. Las herejías arreciaron tras la «Reforma Gregoriana” del Papa Gregorio VII (1073-1085), creador de una monarquía pontificia de pretensiones universales: la “Cristiandad”. Pretensión inspirada en el Agustinismo Político, que se reforzaría tras la instauración de la Iglesia como Teocracia Universal por el Papa Bonifacio VIII (1294-1303), para ejercer el pleno dominio espiritual y temporal en el mundo cristiano. Frente a la Iglesia institución, las herejías pretendían reformarla espiritualmente mediante la pobreza.

Las herejías surgieron de modo intermitente en casi toda la Cristiandad, pero habitualmente con efectos limitados. Se expandían por alguna región o comarca y casi nunca se generalizaron a territorios muy extensos. Su duración era también limitada, salvo las herejías de los siglos XIV y XV, que perduraron y se prolongaron hasta enlazar casi con la reforma protestante, a comienzos del siglo XVI, como las herejías wycleffita y hussita. Aunque también hubo territorios donde las herejías nunca llegaron a lograr presencia y expresión, como en la Península Ibérica, pues en los reinos de la Hispania medieval no arraigó herejía alguna durante toda la Edad Media.

La Reforma Protestante contra la autoridad papal romana brotó de los demoledores embates padecidos por la Cristiandad en los siglos XIV y XV, tras el aplastamiento del Sacro Imperio por el Papado, con exterminio de la dinastía imperial, los Hohenstaufen, a finales del siglo XIII: las pestes del siglo XIV que desmoralizaron las sociedades europeas y deslegitimaron la autoridad; la Guerra de los 100 Años (1337-1453), entre Francia e Inglaterra, con el Papa alineado con Francia y residente en Avignon (1309-1376); y, sobre todo, el llamado “Cisma de Occidente” (1378-1417), con el Papado subordinado a Francia. Llegaron a coexistir tres Papas simultáneos, que se dedicaron a excomulgarse unos a otros.

El cisma evidenció el declive de las dos grandes instituciones cristianas medievales, Imperio y Papado, parejo al desvanecimiento de la misma cristiandad en la que se sustentaron ambas. También evidenció la subordinación del Papado a Francia, enfrentada a británicos y germanos. Una consecuencia del cisma (o quizá una de sus causas) fue el desarrollo del nacionalismo religioso, en paralelo al florecimiento del nacionalismo político, especialmente en Francia, Inglaterra y el mundo germánico, lo que terminaría fracturando definitivamente la cristiandad. Consecuencia no menor fue el recrudecimiento de las herejías.

Corresponde al fraile y sacerdote agustino Martín Lutero (1483-1546) el “mérito” de haber convertido su herejía en una reforma religiosa general, que afectaría al mundo germánico, a Inglaterra, Holanda, etc. Se había formado en la Universidad de Erfurt y luego en Wittenberg, en la que comenzó enseñar teología en 1508, siendo nombrado Doctor en la Biblia en 1512. En 1515 fue designado vicario de su orden, con once monasterios a su cargo. Desde esa sólida posición de poder, pudo preparar su reforma religiosa. Después de desarrollar una larga campaña contra la venta de indulgencias, el 31 de octubre de 1517, clavó en la puerta de la iglesia del Palacio de Wittenberg sus 95 tesis, desafiando al Papa. Con ello inició el camino para la formación de la Iglesia Reformada de Alemania, después de 1521.

Tras Lutero, Ulrico Zuinglio (1484-1531), en 1518, trasformó sus prédicas contra el ayuno en un movimiento religioso que crearía la Iglesia Reformada Suiza. Zuinglio había estudiado en las Universidades de Viena y Basilea. En 1519 comenzó su actividad en Zúrich, donde el gobierno de la ciudad apoyó sus enseñanzas y ordenó que los predicadores siguiesen sus instrucciones. Murió en 1531, en el curso de las guerras emprendidas contra los cantones católicos. Después apareció un nuevo reformador más joven, Juan Calvino (1509-1564), que tendría una gran importancia en el protestantismo. En esos mismos años, surgieron también los anabaptistas, violentamente revolucionarios en sus comienzos (Guerra Campesina alemana de 1524-1525, Nueva Jerusalén de Münster, en 1534, etc.).

El ataque protestante a la propiedad eclesiástica, lo realizaron tanto nobles como villanos. Los Príncipes luteranos se apropiaron de las propiedades religiosas de sus territorios, como Enrique VIII hizo en Inglaterra. Después, la Revuelta de los Caballeros luteranos en Alemania (1522-1523), se dedicó al saqueo de propiedades religiosas. Tras ellos, el luterano y después anabaptista Thomas Müntzer, lanzó la campaña de expolio de bienes religiosos y nobiliarios que se ha llamado Guerra Campesina de Alemania (1524-1525). La enormidad de los disturbios y las matanzas obligó a intervenir a las autoridades civiles y religiosas para derrotarles. Y Lutero condenó a los campesinos sublevados y a su mismo discípulo Müntzer, temeroso de perder el apoyo de los nobles protestantes alemanes.

Se dice que el protestantismo, con su doctrina del “libre examen” de las Escrituras, inició la libertad de conciencia, afirmación que precisa de una severa matización. Los protestantes, sobre todo en sus inicios, creían firmemente en sus doctrinas y pretendían la conversión de los demás, por las malas, si era necesario. No amaron la diversidad religiosa: la aborrecían. Para los protestantes, los católicos eran enemigos del cristianismo y el Papa, el “Anti-Cristo”: un protestante no podía tolerar, ni al anticristo, ni a sus secuaces. La intolerancia religiosa vino con el protestantismo, al igual que las violencias. Los disturbios, asaltos y saqueos de iglesias, abadías y monasterios, acompañaron a los reformadores desde el principio.

La libertad religiosa y la libertad en general no fueron aspiraciones, ni siquiera preocupaciones, de los reformadores. Tanto luteranos como calvinistas sostenían la llamada “Doctrina de los dos Reinos”, inspirada en la dualidad Ciudad de Dios-Ciudad Terrenal de San Agustín, pero puesta del revés. El Agustinismo Político había inspirado la política del Papado, entre los siglos XI y XIV, para imponer la hegemonía de Roma sobre los reyes y emperadores de la cristiandad. Pero el agustinismo protestante invertiría los términos, pues subordinaba la religión al estado (iglesias nacionales), encomendando al príncipe la protección de la religión. El hecho de que el príncipe fuese un déspota o un tirano, no era asunto de trascendencia, pues su poder procedía de Dios y de sus designios, salvo que el gobernante fuese católico.

Lutero se educó en el nominalismo y mantuvo la radical escisión ockhamista entre lo natural y lo sobrenatural, entre fe y razón, en un dualismo enfrentado entre las exigencias de Dios y las del mundo. Esa es la “Doctrina de los dos Reinos”, que sostiene que Dios gobierna todo el mundo, si bien una parte la rige con su mano derecha (el Reino Celestial) y la otra con su mano izquierda (el reino secular). Los cristianos son, pues, súbditos de dos reinos, uno terrenal y otro celestial, incomunicados entre sí, aunque la responsabilidad del cristiano es su ciudadanía en el reino de Dios, no en el reino terrenal. Dios gobierna a ambos mundos: al mundo terrenal (reino de la mano izquierda) a través del gobierno secular, mediante la ley, y al reino de los cielos (reino de la mano derecha) a través del evangelio y de la gracia divina.

La Iglesia Reformada luterana, en cuanto a su organización, fortaleció los poderes de reyes y príncipes protestantes (mano izquierda de Dios): el Estado queda solo en la dirección suprema de la sociedad, pues los príncipes temporales son las “cabezas visibles” de cada una de las iglesias territoriales reformadas, donde el gobernante era rey y papa a la vez. Paradójicamente, la inicial separación luterana entre Reino de Dios y Reino secular, tan radical, desembocaría inevitablemente en la tutela y subordinación de las iglesias reformadas a sus respectivos príncipes, es decir al Estado que, al recibir el príncipe su poder directamente de Dios, se convertía en una teocracia absoluta.

Ese había sido en la Edad Media uno de los grandes objetivos de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, en sus casi continuos enfrentamientos con los Papas, desde el siglo XI. Los emperadores fueron vencidos y hasta aniquilada la misma familia imperial por el Papado, en el siglo XIII. Pero, a diferencia de las pretensiones generales de los Emperadores, en el luteranismo, ya no habría aspiraciones universales, como las que sostuvieron los titulares del Sacro Imperio, sino que se redujeron al más reducido ámbito territorial de cada principado, reino o república protestantes.

El desarrollo de la Reforma acentuó el sesgo autoritario de Lutero y de los demás reformadores. Así, tras las sublevaciones de los caballeros y de los campesinos (1522-1525), Lutero pidió la represión de los disidentes, persiguiendo violentamente a los anabaptistas y otras sectas. El derecho de resistencia invocado por Lutero frente al Papa, al inicio de la Reforma, se negó a los súbditos frente a los príncipes, en nombre del derecho divino de los gobernantes. Y el “libre examen” no fue más que la ruptura con Roma, pues quedaba restringido a los jefes de cada iglesia nacional, sin que estuviese permitido el libre examen de las Escrituras por cada uno.

Como al principio se indicó, la Reforma Protestante no fue la culminación del Renacimiento, sino una reacción contraria al espíritu renacentista. Ya lo advirtieron, desde el primer momento, los tres más destacados humanistas de comienzos del siglo XVI, Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro y Juan Luis Vives, que fueron de los primeros en oponerse a las doctrinas de los reformadores.

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