abril de 2024 - VIII Año

Zubiri: ¿Un retorno?

En estos primeros veinte años del siglo XXI, en los que se asiste a un renacer del realismo filosófico, la figura de Xavier Zubiri se ha constituido, a la vez, en vanguardia y en defensa de la tradición del realismo en filosofía. De una parte, representa la vanguardia de la metafísica realista en el siglo XX, que se ve justamente reivindicada por el resurgimiento del realismo en la actualidad, en el siglo XXI, y de otra, representa la permanencia de la tradición filosófica realista.

Desde el inicio de su formación como estudiante de Teología y Filosofía en el seminario diocesano de Madrid, Zubiri (1898-1983) adquirió una amplia formación científica y filosófica. Allí, tomó un profundo conocimiento de la escolástica, desde Santo Tomás de Aquino y Francisco Suárez, hasta la escolástica crítica, de inspiración kantiana, de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Pero sería erróneo considerarlo un neo-escolástico. Durante su vida, Zubiri extendió sus estudios a todos los campos del saber, a fin de comprender incluso los problemas más complejos de la investigación científica. Fue un pensador que, en el mejor estilo clásico, se enfrentó a la totalidad del Universo, consiguiendo ser un especialista universal, valga el oxímoron.

Se ordenó sacerdote en 1921 para, a continuación, tratar de pasar a la vida secular desde 1922, lo que no conseguiría hasta 1936. En marzo de 1936 contrajo matrimonio con Carmen Castro Madinaveitia (hija de Américo Castro). Estudió en Madrid con Ortega y Gasset, que dirigió su tesis doctoral. Y amplió sus estudios en Lovaina, Friburgo, París, Múnich y Berlín. Zubiri se formó, estudió y trabajó con algunos de los más grandes maestros de las ciencias y el pensamiento del siglo XX, como Einstein (1879-1955), Ortega y Gasset (1883-1955), Bergson (1859-1941), Husserl (1859-1938), Heidegger (1889-1976), De Broglie (1892-1987), o Severo Ochoa (1905-1993), etc. Además, era un profundo conocedor de toda la filosofía clásica, antigua, medieval y moderna, y poseyó una vastísima cultura general, tanto científica, como humanística.

Pese a todos los avatares y demoras que padeció para abandonar el sacerdocio, Zubiri continuó siendo católico, lo que influyó mucho en su vida y en su obra. Desde 1926 a 1936, fue catedrático de Historia de la Filosofía en Madrid. Retornado a España tras la Guerra Civil (1936-1939), enseñó filosofía en la Universidad de Barcelona entre 1940 y 1942, año en que abandonó la cátedra y se dedicó a exponer su pensamiento en cursos privados y en sus escritos. Zubiri, ante todo filósofo, fue siempre fiel a este saber universal que, queriendo dar cuenta de las últimas razones, ha de conocer también las razones particulares de cada ámbito de la realidad. Quizá, junto con Ortega y Gasset, Unamuno (1864-1936) y Gustavo Bueno (1924-2016), Zubiri ha sido una de las grandes figuras de la Filosofía Española del siglo XX.

La Fundación Zubiri, creada en 1989, y el Seminario Xavier Zubiri que fue fundado por el propio filósofo en 1971, han mantenido vivo su legado filosófico. Quizá ha llegado el momento de revisar el “realismo radical” de Zubiri, asunto éste que cobra mayor importancia con el auge de las posiciones realistas en filosofía, como el Nuevo Realismo (leer Markus Gabriel y el Nuevo Realismo filosósfico del siglo XXI).

Zubiri, Ortega y Morente

El pensamiento de Zubiri nace de su profunda decepción ante la situación de la filosofía en la primera mitad del siglo XX. Durante ese siglo, la filosofía, nacida para intentar comprender y dar sentido a la realidad, se adentró en el nihilismo más profundo, de la mano del existencialismo y del positivismo. Zubiri no desdeñó el legado de Husserl o Heidegger, ni el de la filosofía analítica, ni el de casi toda la tradición metafísica (o anti-metafísica). Pero atribuyó a casi la totalidad de los filósofos, en general, la responsabilidad de haber desarrollado el pensamiento sin tener en cuenta aspectos básicos y esenciales de la condición humana. Para Zubiri, habían fallado desde el comienzo porque habían obviado precisamente el comienzo.

La filosofía de Xavier Zubiri es una filosofía de la realidad, un realismo. Un realismo específico, pues es realista en su formulación, y singular, pues el concepto de realidad de Zubiri envuelve e integra los demás conceptos de su metafísica. Y es un “realismo radical”, aunque esta afirmación deba ser convenientemente matizada, pues bajo la denominación de “realismo” se acogen en filosofía planteamientos muy diversos, a veces contrapuestos. Matización tanto más necesaria actualmente pues, tras la crisis de la filosofía posmoderna, han brotado realismos, naturalismos y nuevos realismos. Los nuevos realismo son un intento aún no culminado de reconstrucción de la filosofía, tras su hundimiento en el subjetivismo nihilista de la filosofía posmoderna (leer La filosofia posmoderna un final ineludible).

Después del abandono de la Universidad, en 1942, Zubiri alcanzaría su plena madurez filosófica, que proyectaría en sus escritos y cursos privados. Su principal propósito fue establecer una Teoría General de la Realidad, es decir, un realismo integral. Pero su metafísica está muy alejada de la metafísica tradicional y se funda en la pretensión zubiriana de no dejar de lado ningún dato. Su realismo toma como punto de partida gnoseológico la determinación del ser cognosciente, pues el sujeto de conocimiento no es para Zubiri ni la Conciencia, ni el Dasein, ni el Para sí, ni ninguna otra realidad abstracta, más o menos incorpórea, separada de la realidad, como lo determinaron otras orientaciones filosóficas, incluso realistas.

La filosofía de Zubiri se funda en una concepción del hombre como “inteligencia sentiente”. En esto, Zubiri establece una antropología de base escolástica, pero plenamente consciente de los avances científicos modernos, que conocía bien. Para Zubiri, el sujeto de conocimiento no puede ser el “ego” del cogito ergo sum cartesiano, fantasía en la que se extraviaron los racionalistas y empiristas posteriores a Francisco Suárez (leer Francisco Suárez, doctor eximio, filosófo y jurista). El sujeto del conocimiento es el hombre, ese compuesto indisociable psico-físico, inteligencia sentiente dotada de cuerpo y espíritu, pero situado e inmerso dentro en la realidad física, entre los demás objetos y fenómenos reales.

La intelección humana es la actualización de lo real en esa “inteligencia sentiente”. Una intelección que integra y unifica “realidad externa” y “sujeto cognoscente”. Pero la realidad no se puede entender como externa y ajena al hombre. La realidad está constituida y determinada por el propio acto de la percepción, en la que se integran en una unidad indisociable realidad y sujeto cognoscente. Por medio de esa unificación de sujeto-objeto, integrados, la cosa inteligida aparece en la intelección. Es decir, tan sólo puede captarse algo como real al percibirse. Sentir y comprender no son lo mismo, claro, pero son inseparables, pues se producen simultáneamente, se dan en el mismo momento, en un solo y actual acto de aprehensión.

En este sentido, la determinación de qué sea la “realidad” y de qué son las cosas “en realidad” y “en la realidad” se ha de completar en la intelección por la acción de los factores de la comprensión, que Zubiri denomina “logos” y “razón”. La categoría clave de la metafísica zubiriana es la realidad. Para él, toda la filosofía es metafísica, aunque no en el sentido tradicional del término. Por eso, aunque no siguió la vía trazada por Heidegger o por su predecesor, Husserl, es decir, el camino de la fenomenología, sí que siguió a su manera la orientación marcada por ambos. Sobre todo, por Husserl, en lo que se refiere a que la filosofía debe ir a las cosas mismas

En el realismo de Zubiri, sujeto y objeto no son entidades separadas entre sí, como entendieron los racionalismos y empirismos posteriores a Suárez (1648-1617), sino que conforman entre ambos la realidad. El ser humano no es una parte distinta y separada del mundo, ni tampoco es el contenido consciente del universo. Como dice Zubiri, no se trata de considerar la existencia humana como una parte del universo, ni tan siquiera como una envolvente virtual de él. La misión intelectual de la existencia humana es la de alumbrar el ser del universo. La realidad es previa al ser, que se funda en ella. Por ello, Zubiri usara el concepto de respectividad, que no es otra cosa que la relación de interdependencia y correspondencia entre los entes, lo que le separa definitivamente de la fenomenología de Husserl, del vitalismo orteguiano y del existencialismo de Heidegger.

Zubiri trató de elucidar qué constituye la “realidad”, tanto en su ser real, en cuanto tal, como en su ser «concreto», como objeto o hecho. Para Zubiri la realidad es anterior, previa al ser, pues el ser surge y se funda en la realidad. El «ser» es el momento de actualización de lo real en esa relación de respectividad que constituye trascendentalmente al mundo. La realidad, como realidad, es lo fundamental y primario, y sólo secundariamente, como momento propio de esa misma realidad, puede hablarse del ser. La realidad es «realidad sentida», «impresión de realidad». Y puesto que el inteligir humano presenta las cosas reales en su realidad, el hombre puede ser definido como «animal de realidades».

Para Zubiri la razón no es absoluta, ni debe serlo. Los saberes racionales, incluidas las ciencias, no pueden llegar a conocer todo, por lo que es un error pensar que podrán hallarse en ellos todas las respuestas. Sin embargo, Zubiri no considera esto como carencia, sino al contrario, es casi una ventaja, pues la mente humana queda liberada de la servidumbre ante la racionalidad, que lastró a la modernidad. Y así, dado el carácter abierto de la realidad, hay realidades que no pueden entenderse como cosas en el sentido de los objetos de las ciencias. La persona es una de esas realidades, que para Zubiri constituye un género diferente de realidad.

La tarea filosófica primaria, para Zubiri, consiste en «enfrentarse sentientemente con la realidad de las cosas». Y el saber no consiste solo en conocer las esencias, sino en conocer las cosas mismas en su realidad inmediata, a través de la aprehensión de la realidad. Una aprehensión de la que se ocupa lo que él llamó “filosofía primera” o noología, situada más allá de las ciencias y filosofías concretas. No se trata de saber que haya de positivo o negativo, de bueno o de malo en cada objeto o hecho, sino de saber qué es lo que hay, ante todo. La función primaria de la inteligencia no puede ser concebir o juzgar, sino atender a los hechos mismos. La noología enseña que la “aprehensión” de la realidad y su “intelección”, son lo mismo.

Algunos han querido ver en la metafísica de Zubiri una reformulación de Aristóteles, o de Santo Tomás de Aquino, o incluso quizá mejor de Suárez. Pero, como señala el Profesor Abellán, tras la publicación de la trilogía zubiriana sobre la Inteligencia Sentiente esas interpretaciones no se pueden sostener. No hay en Zubiri ninguna reformulación escolástica, a la que considera importante, pero definitivamente superada. Lo que sucede es que Zubiri es también, como ellos, un filósofo realista. Pero no en tanto que reformulador o impugnador de todos o de alguno de esos tres grandes maestros del realismo filosófico. Zubiri sigue la tradición del realismo filosófico en modo específico, innovador de los grandes sistemas realistas precedentes. Zubiri formuló un realismo verdaderamente novedoso y singular, que él mismo denominó “reismo”.

Y con ello, además, Zubiri se situó también en la tradición más genuina de la filosofía española desde el Renacimiento, que ha sido el realismo filosófico. Su propuesta de ir a las cosas y de conocerlas antes de categorizarlas, o de juzgarlas, de saber qué es lo que hay, antes de determinar juicios y relaciones, sigue la línea de realismo propia de la filosofía hispana. Un planteamiento que se puede rastrear, como se ha dicho, en el pensamiento español desde sus albores, desde Juan Luis Vives (leer Juan Luis Vives y el Renacimiento español). Un planteamiento realista que se encuentra también y muy especialmente en Suárez. Un propósito realista que también se percibe en la base de la filosofía de Balmes, y en parte también de los krausistas, de Ortega y Gasset y hasta de Gustavo Bueno y su “materialismo filosófico”.

Por último, debe destacarse la influencia determinante de Ortega y Gasset sobre Zubiri. La mayor parte de los estudios sobre Zubiri han incidido sobre todo en su relación con Husserl, cuya fenomenología trascendió, y con Heidegger, cuya hermenéutica cuestionó. Sin embargo, no se debe ignorar que la filosofía zubiriana debe a Ortega y Gasset mucho. Por ejemplo, algo tan importante como el conocimiento y el acceso a Husserl y Heidegger. Tanto Ortega, como Zubiri, tomaron como punto de partida en su pensamiento el nivel al que Husserl condujo a la fenomenología. Pero Zubiri comprendió que era necesario ir más allá de los planteamientos, tanto de Husserl, como de los de Ortega y Gasset. Un ir más allá que resolvió con su decantación final por el realismo radical.

Como al comienzo se dijo, el siglo XXI se ha orientado a la reconstrucción del pensamiento tras la deconstrucción general realizada por los posmodernos. Una reconstrucción que se está abordando en la filosofía actual desde planteamientos realistas. Pero esa reconstrucción, en todo caso, no está concluida: ¿será quizá necesaria una nueva Ilustración? (leer Markus Gabriel y la Nueva Ilsutración). Reconstruir el pensamiento es una tarea que hace más que inevitable retomar el realismo zubiriano, bien sea para desarrollarlo o para proseguirlo, con mayor o menor fidelidad, o bien sea para impugnarlo. Lo que será realmente imposible, e indeseable, será no recordarlo.

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