La publicación por Montesquieu (1689-1775) de sus Consideraciones sobre las causas de la grandeza y decadencia de los romanos (1734) constituyó un hito histórico y teórico de primera magnitud. Durante más de mil años, Roma había sido objeto de veneración, de nostalgia, de admiración, de inspiración, de ejemplo y de añoranza. Durante toda la Edad Media el occidente europeo soñó con Roma y el orden romano. Y en el siglo XV, con la eclosión del Renacimiento, se culminó la lenta y gradual recuperación de la tradición romanista por los medievales, justo al mismo tiempo que los turcos conquistaban Constantinopla (1453), la Segunda Roma.
Nunca antes de esta obra de Montesquieu se había sometido a la mitificada Roma a una revisión crítica, especialmente en lo relativo a su decadencia y caída final. Más de 1.300 años después de la destitución del último emperador de Roma, Rómulo Augústolo (476), Montesquieu hizo la primera crítica histórica sobre Roma y su final. Algo más de cuarenta años después, en 1776, el británico Edward Gibbon (1737-1794) iniciaría la publicación de una segunda gran revisión crítica de la caída de Roma, con su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, obra que ganó quizá tanta fama o más que la de Montesquieu, en su tiempo.
Ambos estudiaron la decadencia romana y las caídas definitivas del Imperio de Occidente, en el año 476, y del de Oriente o Bizantino, en el año 1453. Aunque, pese a tratar de la misma temática, ambas obras difieren en puntos esenciales del análisis crítico. Por ejemplo, Montesquieu comienza su obra con una revisión de la potencia militar romana, desde los tiempos arcaicos de la República, mientras que Gibbon la inicia con lo que él considera el momento cenital y más elevado de la grandeza romana: el gobierno de la dinastía de los Antoninos. Los dos son los autores principales de la Ilustración en la historiografía romana y, aunque compartían la visión de que la historia no era obra del destino o la providencia, sino de causas humanas y sociales, sus enfoques presentan notables contrastes.
La perspectiva de Montesquieu
La obra de Montesquieu es una de las bases fundamentales de la historiografía y de la filosofía política modernas. Mas, a diferencia de las crónicas históricas de su tiempo, Montesquieu no se limitó a narrar los hechos, sino que buscó las causas profundas (políticas, sociales y militares) que explican el ciclo de vida de una de las civilizaciones más influyentes de toda la historia. Para él, la historia no sigue a la razón, sino su propio curso. Su tesis central es que la historia no es producto del azar o de la voluntad caprichosa de un solo hombre (como César). Sostuvo que existen causas generales, tanto morales como físicas, que operan en cada monarquía o estado. Si una causa particular (como una batalla perdida) arruina a un Estado, eso se debe a que ya existía una causa general que lo había predispuesto a la ruina.
Para Montesquieu, Roma alcanzó su cúspide en la época de la República, gracias a una combinación de virtudes cívicas y estructuras inteligentemente delineadas. Entre esas virtudes destaca la militar, pues los romanos hicieron de la guerra un arte superior y eran capaces de adoptar las mejores tácticas y armas de los pueblos que vencían. Además, las instituciones romanas disponían de una concreta, el Senado, que proporcionaba estabilidad y una visión a largo plazo, manteniendo el equilibrio entre los patricios y el pueblo. Y, desde luego, tuvieron también un fuerte sentido de identidad y deber ciudadano que anteponía el bien común al interés privado y un profundo amor a su libertad y a la patria: la “virtus” romana.
Paradójicamente, Montesquieu argumentó que fue la misma grandeza de Roma la que causó su ruina. Su éxito abrumador alteró el equilibrio original de sus instituciones. Al expandirse tanto, los ejércitos dejaron de ser estrictamente «romanos», para ser leales a sus generales (como Sila, Julio César o Marco Antonio). A ello se sumó el debilitamiento y la pérdida de la “virtus” inicial, al introducirse el lujo y la corrupción por las riquezas obtenidas con los saqueos y el botín de guerra de las conquistas. Esto erosionó el carácter austero y guerrero originario de los ciudadanos, que perdieron también su libertad con el Imperio. Para Montesquieu, la decadencia de Roma comenzó con la caída de la República. La transición de la República al Imperio concentró el poder en una sola figura, creando una tiranía imperial que eliminó los frenos y contrapesos que mantenían la salud y fortaleza del Estado. La endeblez institucional del Imperio, y su división final, le impidieron soportar la presión de los pueblos bárbaros, que llegaron cuando Roma estaba más débil, pues ya se había vaciado de su antiguo espíritu y virtud.
La visión de Gibbon
La Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano de Gibbon (publicada en seis volúmenes entre 1776 y 1788), está considerada una de las cumbres de la historiografía moderna y de la literatura inglesa. Y es fascinante, no solo por su magnitud, sino por la ironía y el escepticismo ilustrados con que Gibbon analizó cómo fue posible que la civilización más poderosa de la antigüedad terminase por caer. A diferencia de otros historiadores que se detienen en el año 476, en la caída del imperio occidental, Gibbon abarca un arco temporal inmenso de más de 1.000 años. Un tiempo que comienza ya en plena era imperial, con su cénit en El Siglo de Oro de los Antoninos (época de Trajano, Adriano y Marco Aurelio), y que concluye con la caída de Constantinopla/Bizancio ante los otomanos. Para Gibbon, la caída República y la pérdida de la libertad romana a manos del Imperio, no tienen mucha importancia.
¿Por qué cayó Roma? Gibbon lo resumió con una frase famosa: “fue el triunfo de la barbarie y del fanatismo religioso». Para él, también fue una causa la progresiva pérdida de la «virtud cívica». El lujo y la comodidad destruyeron el espíritu militar y el compromiso político que hicieron grande a la República. Y, en cuanto al “fanatismo religioso”, atacó directamente al cristianismo, en lo que constituye el punto más polémico de su obra. Gibbon argumentó que el cristianismo debilitó al Imperio al predicar la paciencia y la humildad (virtudes poco guerreras) y al desviar recursos y talento hacia la Iglesia y la vida monástica en lugar de al Estado. Eso facilitó las invasiones de pueblos germánicos y hunos, que aprovecharon el vacío de poder y la debilidad de las fronteras. El Imperio fue demasiado grande para conseguir sostenerse.
Gibbon fue un estilista del idioma inglés y utiliza un humor crítico muy sarcástico, especialmente contra la Iglesia y el “fanatismo” cristiano. Hoy en día, muchos consideran que sus tesis sobre el cristianismo son sesgadas en exceso y que despreció e ignoró factores económicos, políticos y hasta climáticos muy importantes. Aunque su método de usar fuentes originales de manera crítica sentó alguna de las bases de la historia más moderna. Se cuenta que el almirante Nelson (1758-1805) llevaba en su camarote, como libro de cabecera, un ejemplar de la obra de Gibbon. Una obra que, sin embargo, quizá haya envejecido peor que la de Montesquieu.
Gibbon frente a Montesquieu
Los puntos de vista de Montesquieu, en su obra, son de orden sociológico y político. No le interesa contar detalles, sino descubrir y analizar las «leyes generales» que rigen la historia. Busca entender cómo y por qué las instituciones romanas permitieron su éxito inicial, y cómo los cambios que se fueron introduciendo en esas mismas instituciones terminaron por llevarlas al colapso. Por su parte, Gibbon mira la historia romana con espíritu más literario, narrativo y enciclopédico, construyendo un relato monumental de gran valor y estilo literario y, aunque también busca las causas, centra más su atención en el detalle histórico, la cronología y la recreación idealizada de la época.
Y es justo en la referencia a las causas de la decadencia donde las discordancias entre ambos se acentúan más, y también donde mejor se aprecian las diferencias. Y así, en las causas, mientras Montesquieu mira hacia adentro (las leyes y costumbres), Gibbon mira hacia afuera (los bárbaros) y hacia arriba (la religión). En esto último, Gibbon fue demasiado hijo de su tiempo, la Ilustración, época en la que el ataque a la religión, especialmente a la católica, estaba muy, muy de moda. Gibbon cometió el ingenuo error de tomar partido: siente una profunda nostalgia melancólica por la civilización clásica a la que Montesquieu trató con una frialdad y distancia mucho más analíticas.
Para Montesquieu, Roma cayó porque su propio éxito la destruyó. Las leyes e instituciones que funcionaban bien en una pequeña ciudad-estado no pudieron sostener un gran imperio global. Al expandirse, el espíritu de libertad original fue reemplazado por la tiranía cada vez más absoluta del imperio, lo que hizo que la caída fuese inevitable al final. Para Gibbon, el Imperio fue una «edad de oro» (especialmente bajo los Antoninos) que se fue pudriendo lentamente, en un proceso que él quiso expresar como un «triunfo de la barbarie y la religión». En, suma, que Montesquieu buscó responder a la pregunta de qué falló en el sistema romano para que Roma dejara de ser libre y grande, mientras que Gibbon se preguntó sobre cómo fue posible que una civilización tan magnífica se destruyese por causa del fanatismo religioso y de los bárbaros.
Por ello, tampoco puede sorprender que la obra de Montesquieu haya mantenido su interés y su vigencia, y que haya envejecido mucho mejor que la de Gibbon.












