diciembre 2020 - IV Año

ENTREVISTAS

Luis Quiñones: ‘La Transición es algo más que el relato de un pacto pacífico firmado por los líderes de los principales partidos políticos’

luis1Luis Quiñones Cervantes nació en Madrid en 1977, es licenciado en Filología Española por la Universidad Autónoma de Madrid y profesor de Lengua y Literatura. Quiñones compagina su actividad docente con la escritura y se confiesa lector apasionado. Desde hace tiempo colabora en diversos medios digitales, donde ha publicado numerosos artículos y poemas. Es autor de cuatro novelas, El retrato de Sophie Hoffman (2008), Los papeles de Madrid (2013), Un hombre detrás de la lluvia (2015) y Crónica del último invierno.

Desde el año 2006 elabora su Autobiografía por escribir, blog donde mezcla el recuerdo, la crítica y la reflexión literaria. Es también coeditor en la revista La Ametralladora y participa habitualmente en el programa de radio de contenidos culturales El Abrazo del Oso.

Crónica del último invierno es su cuarta incursión en la narrativa y quizás su novela más ambiciosa, una espléndida novela situada en los turbulentos e inciertos tiempos de la Transición de nuestro país a la democracia. Una novela en la que el género policiaco se desdobla para convertirse en narración periodística y evocación poética, en la que los olvidados de los procesos históricos se rebelan contra el destino silencioso que impone la verdad oficial.

En estos calurosos días de estío, Entreletras ha conversado con Luis Quiñones sobre el último invierno, en una terraza del Retiro al amparo del frescor que nos regalan los árboles del parque madrileño,…

Crónica del último invierno contiene una trama policiaca digna del género negro, una novedosa crónica de la intrahistoria de la Transición y un cautivador relato repleto de pinceladas autobiográficas. ¿Cómo definiría su novela?

-Me gusta mezclar los géneros literarios y explorar sus límites. Crónica del último invierno es una novela que toma de aquí y de allá: es novela policiaca, es crónica periodística, es autobiografía y, en resumen, una novela que, como las anteriores, no pretende confundir al lector, pero sí introducirlo en un mundo en que es difícil separar qué es ficción y qué es realidad, mezclando la memoria y la historia. Me interesa muchísimo el problema de la ficción en la novela y si es posible la existencia de novelas no ficcionales. Y creo firmemente en que lo que construye una novela es su lenguaje, que debe ser premeditadamente literario. Siempre he huido de fórmulas simplistas.

-La desaparición del personaje sobre el que gira la trama de Crónica, sucede el mismo día, 24 de enero de 1977, que el célebre y aciago atentado contra los abogados laboralistas de Atocha. ¿Qué le llevó a situar el epicentro de su novela en dicha fecha?

-Me pareció interesante empezar a contar la Transición de otro modo desde el mismo momento en que el propio proceso histórico se tambaleó. El asesinato de los abogados laboralistas de Atocha fue un punto de inflexión en nuestro recorrido hasta la democracia. Era tentador comenzar a interpretar los acontecimientos desde el hecho que más marcó aquel año terrible de 1977 y que dirigió hacia un lado y no hacia otro todo el proceso iniciado desde la muerte de Franco. Sin embargo, tenía la sensación de que no se había contado todo, y quizás era necesario que un personaje de ficción se entrometiera en aquel acontecimiento para poder reescribir con verdadera libertad aquellos acontecimientos.

cronica-Usted nació en plena Transición, ¿hasta qué punto somos el producto de una época?

-No me cabe ninguna duda de que nacemos a la luz de algunos acontecimientos históricos. En mi caso fue el terrible atentado terrorista de los abogados de Atocha. Nací en enero del 77. No puedo hablar de un recuerdo certero de aquellos días, porque acababa de nacer; no obstante, creo que somos también el producto de otras épocas que nos han narrado. El relato de lo que fueron quienes estuvieron antes que nosotros conforma también en buena medida lo que somos y cómo interpretamos el tiempo que nos ha tocado vivir. Me gusta hablar de que la parte biográfica de la novela está construida con los ‘recuerdos prestados’ de otros.

-Me consta que se ha documentado profusamente para escribir esta novela. ¿Cuánto de realidad y cuánto de ficción hay en el relato de Crónica del último invierno?

-Es la labor más apasionante cuando se escribe una historia. La recreación de un tiempo implica necesariamente el conocimiento profundo. Documentarse sobre la Transición implicó un problema fundamental, y es que hay muy pocas lecturas alternativas al margen de la del ‘proceso ideal’ que la ‘versión oficial’ ha intentado instalar en la conciencia colectiva de los españoles. Por tanto, además de documentarse era imprescindible interpretar los acontecimientos y sobre todo cuestionarlos. Por lo demás, toda la parte testimonial de la novela es real a pesar de que parece una ficción. Diría que solo un tercio del libro es ficcional; aunque la novela se nutre de dos tercios de ‘realidad’, y que son, paradójicamente, los que convierten a este libro en novela.

-Los exteriores, por decir así, de esta novela son aquel Madrid de finales de los 70 y principios 80 que comenzaba un desarrollo casi imparable con la emigración interior y el boom inmobiliario. Una ciudad ‘de barrios’ en la que nos sumerge su Crónica, muy diferente al cosmopolita Madrid de nuestros días. ¿Qué hay de biográfico en todo ello?

-Hay mucho de biografía en esa geografía del Madrid suburbial. Nací, me crié, estudié y he trabajado muchos años en un barrio de Madrid, en el extrarradio que difícilmente se convierte en el espacio protagonista de un libro: lo suelo llamar cara b del paisaje urbano. Cualquiera que conozca barrios como Vallecas o Vicálvaro reconocerá perfectamente esos lugares en que la inmigración, la pobreza y un sustrato delincuencial han marcado la vida de la gente más humilde. Me interesaba contar cómo discurría la Transición ahí, en esos lugares en los que la heroína campó a sus anchas, destrozándole la vida a muchas familias y a muchos jóvenes, de los que nadie parece acordarse. Por supuesto, el relato se construye porque, sin quererlo, la heroína formó parte del paisaje de nuestra adolescencia e, indisimuladamente, transformó las aspiraciones vecinales de finales de los años 70 en la exigencia de más seguridad en nuestras calles. La heroína y sus estragos se convirtieron en el ‘producto’ de la libertad recién estrenada; y se interpretó como uno de los muchos males que trajo consigo la democracia.

-En los barrios de aquel Madrid de la Transición existía un pujante y dinámico movimiento vecinal, así como una gran implicación política y también cultural. En ese contexto usted plantea un tema muy interesante, duro y apenas tocado en nuestra literatura: cómo ciertos sectores de las denominadas ‘cloacas del Estado’ pudieron utilizar la droga para adormecer y quebrar aquella inquietud reivindicativa de la clase trabajadora, sobre todo entre los jóvenes,…

-Las drogas desde antiguo han sido utilizadas por los estados con diferentes fines; no es nuevo que en Estados Unidos se emplease con la finalidad de controlar a determinados grupos minoritarios, a negros que reivindicaban derechos, por ejemplo. Hay cierta bibliografía de cómo en el País Vasco las vinculaciones entre determinados sectores corruptos de las autoridades permitieron el tráfico y se aprovecharon de este para controlar ideológicamente a jóvenes que, de otro modo, hubieran sido más reivindicativos. Muchos de los integrantes del GAL, y gente vinculada con la ultraderecha, tal y como menciono en la novela, terminaron condenados o relacionados con el tráfico de drogas, incluidos algunos mandos militares.

Crónica nos devuelve a una España en la que había 3 millones de parados y donde la eventualidad laboral estaba a la orden del día. Parece que nos hemos olvidado, pero aquella sociedad sufrió muchas heridas no curadas y problemas que se cerraron en falso. ¿Encuentra alguna semejanza entre lo que ocurrió entonces y las secuelas de la última crisis que hemos vivido?

-La reconversión industrial, el paro o las sucesivas crisis de los ochenta marcaron aquellos años. Por supuesto, que los paralelismos existen, pero no solo se pueden trazar desde hace cuarenta años. Sin duda, la Transición no solo fue un proceso inacabado (que no supo solucionar los problemas que acarreaba España desde el siglo XIX), sino que no permitió que España se desvinculara de su pasado más reciente, y que ha generado auténticas ‘anormalidades’ democráticas en nuestro país, como por ejemplo que se siga discutiendo hoy sobre las víctimas del franquismo o del problema del separatismo catalán. La crisis actual solo ha demostrado dos cosas: que la Transición introdujo a España de lleno en el liberalismo sin orden, sin control, y que, pese a la creación de riqueza en los años 90, esta no ha servido para limar diferencias entre pobres y ricos, ni para defender a los primeros ante los tiempos difíciles que hemos vivido. Lo segundo, que nuestra democracia es más frágil de lo que parece. Sin ir más lejos, la crisis solo ha generado recortes en los derechos ciudadanos ante la oleada de indignación que ha generado.

librosluis-Usted reivindica en las páginas de su libro a los olvidados de aquellos años de transformaciones y restablecimiento de la democracia. ¿Cree necesario completar y revisar el relato que hemos manejado hasta ahora de la Transición?

-Sin duda. La Transición es algo más que el relato de un pacto pacífico firmado por los líderes de los principales partidos políticos. Aquellos que hicieron la guerra se sentaban a negociar en una especie de idílica relación de igualdad. Pero ese relato no es cierto, la Transición no permitió debates importantes como la forma de Estado o la apertura de un proceso de depuración de responsabilidades políticas que rompiera con la dictadura. La Transición se selló bajo la sombra de la amenaza de un golpe de Estado, del miedo a una nueva guerra, de las cesiones unilaterales de los perdedores del 36 y de una continua estrategia de la tensión fomentada desde distintos ámbitos que generó un estado de opinión favorable a un cambio, en teoría pacífico, pero sin que se hable, por ejemplo, de la impunidad con que actuaron la policía y el ejército. Da la sensación de que quienes perdieron la guerra también perdieron la Transición, que no dejó de ser un proceso tutelado por las grandes potencias, que pusieron a los españoles al servicio de la Europa y la política internacional de la que hoy somos testigos y protagonistas.

-¿Movimientos como la mítica movida madrileña han podido utilizarse para idealizar un tiempo que tuvo un lado oscuro aún por contar?

-Qué duda cabe que la movida madrileña fue un ejemplo de cómo después de años de represión el país empieza a exigir cuotas cada vez mayores de libertad. La música, la fotografía y el cine son ejemplos muy gráficos de lo que representó la movida. Sin embargo, poco se dice de cuántos jóvenes se quedaron en el camino y cómo esa corriente liberal lo que generó fue una conciencia muy individualista, que reniega del pasado, en parte por un hartazgo desde la postguerra, pero que mete de lleno a los jóvenes en la cultura del consumo y lleva por los derroteros del capitalismo. La imagen que suele darse de aquellos años resulta bastante naïf, sin que el problema de la droga en los barrios se haya abordado nunca o casi nunca. Ni siquiera sabemos cuáles son las cifras reales de adictos a la heroína que poblaron dramáticamente las aceras y los parques de Madrid.

-El poeta y ensayista Bernard Noël afirma que ‘la voluntad oficial ha sido siempre blanquear la historia’,…

-Noël nació en los años 30, pertenece a esa generación que tuvo que contemplar con estupor la barbarie que supuso la II Guerra Mundial. Matizar el recuerdo de esta era fundamental para mirar al futuro. Estoy muy de acuerdo con él, por cuanto ‘blanquear’ a veces no es más que no buscar culpables en el pasado. A pesar de eso, los poderosos que escriben la historia tendrán la obligación de que no seamos capaces de recordar sus atrocidades si lo que quieren es conservar su poder. Y para ello utilizarán todos los medios posibles. A veces solo basta con una mala ley educativa; en otros casos, el esfuerzo se reduce a comprar un simple titular de periódico. De todos modos el problema de la interpretación del pasado es menos peligrosa que la interpretación del presente: el mundo 2.0 y la manipulación, el exceso de información, que no teníamos en los años 70, y un evidente déficit de cultura política y democrática nos puede ocasionar también muchos problemas. El fenómeno del auge de la ultraderecha española es un claro ejemplo de las consecuencias del profundo desconocimiento del pasado de sus votantes y de sus manipuladas y absurdas interpretaciones simplistas de los problemas del presente.

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-¿Debemos pensar que el pasado no puede repetirse o hay indicios para considerar que todo puede volver a ser como en el último invierno?

-Quizás no estemos viviendo una historia cíclica. Quiero pensar que la historia nos acompaña en forma de recuerdos propios o prestados, como decía antes. En cualquier caso creo que más que un círculo tendemos a movernos en una especie de espiral, repetitiva, pero con matices que hacen el camino distinto, pero no del todo impredecible. En esto están desempeñando un papel primordial las nuevas tecnologías y la velocidad con que la información viaja.

-De alguna manera, ¿echa de menos aquel Madrid que no conoció pero rememora en su novela?

En realidad no viví los años 70 y apenas recuerdo los 80. Sí que es cierto que los años 90 y el comienzo de mis años universitarios los recuerdo con bastante intensidad, pero también con bastante inocencia por cuanto no éramos capaces de comprender la dimensión del problema que se avecinaba en toda Europa. Éramos optimistas y no pensábamos que pudiera darse otra vez un ascenso de fascismos en nuestro civilizado continente, como en el periodo de entreguerras. En los años 90 pensábamos que había futuro, que teníamos la promesa de un trabajo, de una pensión… todo eso está cambiando.

-Dígame, ¿qué autores o autoras de hoy o del pasado han influido más en su escritura?

Soy un lector desordenado. Quizás por mi formación, me gusta leer en mi idioma. Y son muchos los escritores que me conmueven. Me gusta Llosa y su literatura que indaga en las relaciones del hombre con el poder y la violencia. Me gusta la prosa de Muñoz Molina y de Javier Marías. He leído con mucho interés siempre la obra de Rafael Chirbes. Por supuesto, hay clásicos modernos que me entusiasman: Márquez, Mastretta, Onetti, Carlos Fuentes. La obra de Max Aub siempre me ha fascinado, y leo con fruición el siglo XIX, que me enseña a escribir novelas utilizando la realidad: Galdós es mi escritor fetiche, y porque no tengo demasiada poblada mi barba, que de lo contrario me dejaría un bigotazo como el que lucía el canario…

-Esta es su cuarta novela, ¿qué ha supuesto Crónica en su trayectoria literaria? ¿Está satisfecho con la acogida que ha recibido la novela?

Soy consciente de que escribo libros que son minoritarios. Por su estructura, por la trama, por los mensajes que intento dejar en mis novelas, sé que llegar a un público mayoritario es complejo. Penetrar en el circuito de editoriales más potentes es complejo con novelas como esta y más no siendo un escritor mediático. Sin embargo, estoy muy contento: Bohodón ha hecho una muy buena edición, han sabido entender el texto. Y los lectores, creo, que han terminado satisfechos la lectura, aunque saben que no quiero escribir libros complacientes.

-Tengo que preguntárselo, ¿qué tiene ahora mismo sobre su mesa de trabajo? ¿Para cuándo su quinta novela?

No soy un escritor precipitado. Siempre estoy escribiendo aunque tardo bastante en elaborar una novela, en darla por terminada. Me cuesta empezar a dar forma a las historias, que cuido mucho sobre todo estructuralmente. Crónica del último invierno me ha llevado más de tres años. Estoy tentado por algún fleco que se quedó abierto en esta novela, y aunque es una historia diferente no sé hacer cosas radicalmente distintas. Actualmente, después de la resaca de la publicación de mi cuarto libro, estoy trabajando en otro que acabo de empezar. Aventurarse y decir cuándo verá la luz mi quinta novela sería mucho decir. Y si te soy sincero, lo que tengo encima de mi mesa es un montón de libros por leer. Después de cuatro novelas no sabría decirte qué me gusta más, si leer o escribir.

 

 

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