mayo de 2024 - VIII Año

‘El collar de la paloma’ o discurso sobre la esencia del amor

Tal vez deseaba volver a los recuerdos de mi infancia y adolescencia, a esas calles sinuosas donde la canícula es soberana y arquitecta de las horas. Al perfume de los naranjos a los pies de la mezquita o al susurro sinuoso de las fuentes que sonríen frescor, con la promesa de apaciguar esta sed que parece eterna. Contando 21 años llegó a mis manos un ejemplar de “El collar de la paloma”, en aquel entonces devoraba libro tras libro en una suerte de periplo que sólo buscaba huir de esa soledad que se me hacía tan cotidiana. En cuanto mis ojos se adentraron en aquel tratado sobre el amor, escrito alrededor del año 1022 en su destierro en Xàtiva por el gran teólogo, historiador y filósofo Ibn Hazm (994-1064), quedé prendada de cada una de sus frases y versos, releyéndolo una y otra vez al llegar al final de sus páginas. Y es que, es uno de esos libros que resultan amantes y se vuelve a ellos una y otra vez, como el amado a la amada.

Con el tiempo, tras leer y releer, subrayar, memorizar fragmentos de este libro, una de mis principales preguntas recayó en si consideramos que libros tales como “De la brevedad de la vida”, de Séneca, son cumbres de la filosofía hispánica, ¿por qué no consideramos El collar de la paloma como una de las cumbres de la literatura española? como si lo son, “El cantar de gesta de Mio Cid” o “El Quijote” entre otros.

Esta obra permaneció desaparecida durante siglos y gozó de un importante reconocimiento internacional cuando fue redescubierta a finales del siglo XIX y posteriormente, durante buena parte del siglo XX, traducida a diversos idiomas. Sin embargo, en las últimas décadas, la obra magna de Ibn Hazm ha sido, en buena medida, devuelta al ostracismo. Este “eslabón”, para mí perdido, de la literatura española se escribió Xàtiva, con el Mediterráneo de testigo, a petición de un amigo ávido de consejos de su autor, Ibn Hazm, pero seguramente la escritura debió servirle para poner un paréntesis de paz en una escalada de acontecimientos aciagos sucedidos tras el saqueo de Córdoba: la huida de su ciudad natal, el exilio en Almería y, finalmente, el cautiverio. Todo ello, en medio de la guerra civil de al-Ándalus, que liquidó el califato y dio origen a los reinos de Taifas.

En un gesto propio de aristócratas, ya que Ibn Hazm era hijo del visir del caudillo Almanzor, llevado por el desprecio hacia lo vulgar y el deseo de dirigirse a un lector intelectualmente refinado, escribió el libro en árabe clásico y no en dialecto andalusí, la lengua que él mismo hablaba a diario. Su objetivo fue crear un texto excepcional, en el que la prosa se entreveraba con poemas, que fueron reducidos de manera drástica en la transcripción, según confesó el escriba del único manuscrito que se conserva. Ciertamente, la poesía árabe clásica es de suyo elitista y artificiosa. Por una parte, su perfección estriba en alejarse del lenguaje ordinario a través de la aglomeración, mediante la adición de ornamentos lingüísticos que recuerdan las complejas estructuras de mosaicos, molduras y bordados. Por otra parte, hace gala de una considerable erudición, que Ibn Hazm ejercitó al utilizar distintos estilos de versificación, incluso preislámicos, llegando a imitar poemas orientales. No obstante, la opinión entre los arabistas es unánime: se trata de una verdadera joya, la cumbre de la literatura islámica en el tema amoroso.

Su contenido consiste en una reflexión sobre la esencia del amor, sus fundamentos y accidentes, una auténtica radiografía del proceso erótico, que incorpora toda clase de peripecias: desde las formas de enamorarse a las señales que dan la pauta de que esto se ha producido. No sólo se refiere a las cualidades loables del mismo sino también a las desgracias que sobrevienen durante la relación amorosa o después de producirse una ruptura.  Además de la investigación teórica y la percepción subjetiva ofrecida por los poemas se adereza el texto con una profusión de ejemplos de primera mano, sean anécdotas autobiográficas, historias de amigos o relatos de gente de fiar.

El autor nos dice que, aunque se habla mucho sobre la naturaleza del amor, no existe una definición aceptada por todos. Así pues, para él, la naturaleza del amor “consiste en la unión entre partes de las almas que, […] andan divididas, en relación a como primero eran en su más elevada esencia, […] en el sentido de la mutua relación que sus potencias tuvieron en la morada del altísimo mundo y de la vecindad que ahora tienen en la forma de su actual composición”. El amor, es algo que radica en la esencia del alma, pues si la causa del amor fuera la belleza corporal, todo aquel que tuviera algún defecto notorio no podría ser amado. Y si dependiera de la conformidad de los caracteres, raro sería que se pudiera amar a alguien con que se tiene poco en común, ni con quien no se entiende. Pero también es cierto que el amor tiene una causa determinada y desaparece cuando ésta se extingue.

Ahora bien, existen muchas clases de amor, que son: el de los que se aman en Dios mismo, que es el mejor según Ibn Hazm, el amor de los parientes, el de las costumbres, el de los que se asocian para lograr fines comunes, el que engendra la amistad y el conocimiento, el que se debe a algún acto virtuoso que un hombre hace a su prójimo, el de los que coinciden en la necesidad de guardar un secreto, el que va encaminado a la consecución de un placer y por último, el que no depende de otra causa más que la afinidad de las almas. Todos estos amores crecen o disminuyen según sus respectivas causas aumentan o decrecen, excepto el amor que es producto de la afinidad de almas, que sólo desaparece con la muerte.

“Te amo con un amor inalterable,
mientras tantos amores humanos no son más que espejismo.
Te consagro un amor puro y sin mácula:
en mis entrañas está visiblemente grabado y escrito tu cariño.
Si en mi espíritu hubiese otra cosa que tú, la arrancaría y desgarraría con
mis propias manos.
No quiero de ti otra cosa que amor: fuera de él no te pido nada.
Si lo consigo, la Tierra entera y la humanidad
serán para mí como motas de polvo y los habitantes del país, insectos.”

Así podemos decir que el amor tiene señales que pueden descubrirse si se es observador. La insistencia de la mirada es una de ellas “porque es el ojo puerta abierta del alma, que deja ver sus interioridades, revela su intimidad y delata sus secretos”. Una segunda señal es que el amante no pueda dirigir la palabra a otra persona que no sea su amado, aunque se lo proponga. También que calle cuando hable el amado, que encuentre bien todo lo que diga, aunque no sea más que puro absurdo, que le dé la razón, aunque no la tenga, que busque pretextos para sentarse a su lado, que abandone toda actividad que le obligaría a estar lejos de él, que disfrute dando como si fuera él mismo quien recibiera el regalo, que le mueva el deseo de lucir sus atractivos y hacerse amable. Otras señales son que, por amor, los tacaños se vuelven desprendidos, los tontos listos, los incautos agudos, los cobardes se envalentonan, los ignorantes se pulen, los desaliñados se arreglan, los sucios se lavan y los viejos se las dan de jóvenes. También la animación excesiva, que estén juntos cuando hay mucho espacio, apretarse el uno con el otro o tomarse de la mano cuando hablan, el insomnio, la extenuación del cuerpo sin que tenga enfermedades, la preferencia por la soledad y el retiro, y que el amante sinte afecto por la familia del que ama, sus parientes y allegados, al grado de que los aprecia más que a su propia familia, que a los suyos y que a sí mismo. El autor escribió unos versos donde se resumen muchas de estas señales:

“Cuando se trata de ella, me agrada la plática,
Y exhala para mí un exquisito olor de ámbar.
Si habla ella, no atiendo a los que están a mi lado
y escucho sólo sus palabras placientes y graciosas.
Aunque estuviese con el Príncipe de los Creyentes,
No me desviaría de mi amada en atención a él.
Si me veo forzado a irle de su lado,
no paro de mirar atrás y camino como una bestia herida;
pero, aunque mi cuerpo se distancia, mis ojos quedan fijos en ella,
como los del naufrago que, desde las olas, contemplan la orilla.
Si pienso que estoy lejos de ella, siento que me ahogo
Como el que bosteza entre la polvareda y la solana.
Si tú me dices que es posible subir al cielo, digo que sí y que sé donde está la escalera.”

Sin embargo, Ibn Hazm advierte que las cosas exageradas hasta el límite producen los efectos contrarios. Así, apretar mucho tiempo la nieve no enfría, sino que quema, la alegría excesiva mata y la risa prolongada produce lágrimas. Del mismo modo, cuando dos amantes se corresponden y se quieren con verdadero amor, se enfadan con frecuencia sin motivo, se llevan la contraria, se atacan mutuamente por la cosa más pequeña y cada cual está al acecho de lo que va a decir el otro para darle un sentido que no tiene. La diferencia entre estos enfados de personas que se quieren, y una verdadera ruptura nacida del odio, es la facilidad con la que se reconcilian. Por ello es que si vemos dos amantes discuten de continuo y creemos que tienen profundas diferencias que no podrán arreglar sino después de mucho tiempo, no debemos dudar que hay en ellas un oculto secreto de amor.

“El amor es una dolencia rebelde, cuya medicina está en sí misma, si sabemos tratarla; pero es una dolencia deliciosa y un mal apetecible, al extremo de que quien se ve libre de él reniega de su salud y el que lo padece no quiere sanar. Torna bello a ojos del hombre aquello que antes aborrecía, y le allana lo que antes le parecía difícil hasta el punto de trastornar el carácter innato y la naturaleza congénita.”

Entre las múltiples vías de acceso al amor recogidas en el libro, destacan algunas cuyo sentido se asoció siempre a las restricciones impuestas por la sociedad musulmana para entablar comunicación con miembros del sexo opuesto. De hecho, si atendemos a las historias que cuenta Ibn Hazm, las destinatarias del amor apasionado, con frecuencia a primera vista, suelen ser esclavas, ya que sólo ellas transitaban por las calles, muchas veces sin cubrirse. Hoy en día, sin embargo, que la vida en las grandes urbes y el insistente uso de la tecnología han conseguido estandarizar los comportamientos y, a la vez, aislar a los individuos entre sí y ya no sólo a los sexos, estos modos de relacionarse se hacen más habituales, si bien siempre han estado presentes. Aunque resulte ridículo y, sobre todo, mucho menos romántico, internet podría considerarse como la versión moderna de las palomas mensajeras, a cuyo cuello los enamorados ataban sus recados amorosos. Lo mismo podríamos decir de la intercesión de terceros en las presentaciones, que en la España castellana se apersonaban como alcahuetas o trotaconventos para, mucho más tarde, convertirse en agencias matrimoniales o de contactos, como las que en la actualidad atestan la red. A esto lo denomina Ibn Hazm «enamorarse de oídas», una estrategia arriesgada que puede ayudar a fraguar una pareja, pero también terminar en desilusión, dado que ninguna imagen es transparente y, en su distancia respecto del objeto, alberga la posibilidad de manipular los sentimientos:

“¡Oh, tú que me censuras porque amo
a quien no ha visto mis ojos!
Te excediste al pintarme
como muy propenso al enamoramiento,
porque dime: ¿conoce alguien el paraíso
si no es porque le hablan de él?”

En cuanto a los accidentes en el transcurso de la relación amorosa, no tienen desperdicio. Pueden ser venturosos o desventurados, pero en ninguno de los casos, el amante se muestra dispuesto a renunciar a su amor:

“¡Oh, esperanza mía! Me deleito en el tormento que por ti sufro.
Mientras viva, no me apartaré de ti.
Si alguien me dice: «Ya te olvidarás de su amor»,
no le contesto más que con la ene y la o.”

Una de las anécdotas más festejadas, dada su picardía y final feliz, es la que narra cómo un muchacho se había enamorado locamente de una de las esclavas de su casa, resultándole imposible quedar a solas con ella. En una fiesta campestre organizada por su tío, comenzó a llover y fue él mismo quien proporcionó a los jóvenes una manta bajo la cual se entregaron al amor. Aquí se une a la consecución del deseo el regocijo que produce desafiar las normas sociales y custodiar entre los dos amantes el secreto, placeres que casi siempre acompañan a estas «uniones clandestinas»:

“Ríe el jardín, mientras las nubes lloran,
como el amado cuando lo ve el afligido amante.”

Poco después de concluir “El collar de la paloma”, Ibn Hazm fue requerido en Córdoba por el nuevo gobernante elegido entre los candidatos omeyas, junto con sus amigos poetas, para ocupar el cargo de visir. Tras mes y medio, este califa cultísimo y protector de artistas fue ejecutado y nuestro autor dio otra vez con sus huesos en la cárcel. Al salir, desengañado definitivamente de la política, se dedicó a la ciencia jurídica y teológica, en la que había destacado desde su juventud, sin renunciar a un pensamiento crítico, al margen de la ortodoxia. Por ese motivo, se le prohibió la enseñanza en la ciudad. Pasó sus últimos años como filósofo errante, vagando por los reinos de Taifas y enzarzándose en coléricas disputas intelectuales. Hasta que, por fin, volvió al cortijo familiar para dedicarse de lleno a escribir, quizás entonces también deseaba revivir en el recuerdo aquellos versos escritos poco antes, con ocasión de la quema de sus libros en Sevilla:

“Y es que aunque queméis el papel
nunca quemaréis lo que contiene,
puesto que en mi interior lo llevo,
viaja siempre conmigo cuando cabalgo,
conmigo duerme cuando descanso,
y en mi tumba será enterrado luego.”

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Escrito por

Archivo Entreletras

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