septiembre 2020 - IV Año

LETRAS

Jovellanos, poeta

jovellanos

 Entre las múltiples facetas de Gaspar Melchor Jovellanos o Jovino (sobrenombre poético del autor al gusto de la época) una de las menos conocidas es su no muy intensa pero decisiva actividad como poeta. Sin embargo, tanto sus composiciones como sus teorías poéticas son una de las claves fundamentales para entender su figura y la obra que construyó el ilustrado asturiano en el transcurso de su vida.

Jovellanos promovió, entre los poetas del Siglo de las Luces, el abandono de una poesía colmada de asuntos banales y de la lírica amorosa en beneficio de temas filosóficos o de la épica. De este modo, invitó ‘al fecundo Delio’ -Fray Diego Tadeo González- a cantar ‘Las virtudes inocentes que hacen al hombre justo’. O a Liseno -Fray Juan Fernández de Rojas- a ensalar al ‘inmortal Guzmán’ (el bueno) o a ‘Siglos en héroes y altos hechos muy fecundos’. Jovellanos quiso huir de un tipo de poesía que él consideraba circunstancial como pudieon ser las fábulas de El burro flautista o El escarabajo de Tomás Iriarte. Asimismo, recomendará apartarse de esa posía en la que se mezclaban aderezos cristianos, amores proanos y mitología pagana, que cultivaban por entonces Manuel María de Arjona o Vaca de Guzmán.

Para Jovellanos era necesario dejar paso en la poesía a la denuncia de los vicios que corrompen el amor a la patria, a poemas sobre la exaltación del decoro y la rectitud en el hombre, la hermandad entre las naciones, etc. Lemas que se reflejarán muy intensamente en la temática de la última generación de poetas dieciochescos, los cuales no ignorarán la enorme deuda literaria que contrajeron con el maestro Jovellanos. Recordemos, por ejemplo, las odas de Quintana A la invención de la Imprenta o A la expedición española para propagar la vacuna en América o el poema de Lista y Aragón A las ruinas de Sagunto. La dificultad más significativa que encontraron estos autores, para que sus poemas fueran admitidos por todos los estamentos de la sociedad española de su tiempo, estribaría en que éstos eran los argumentos de los ‘revolucionarios’ Voltaire o Diderot, como bien esgrimieron los enemigos de estos poetas neoclásicos.

imagen portadaPor su parte, la poesía didáctica de Jovellanos alcanzó un esmerado equilibrio en el que coexistieron las divisas que, en su opinión, merecían ser rescatadas de los vetustos y arraigados postulados culturales de la España de los Austrias y las modernas tesis enciclopedistas que penetraban en la política, el arte y la literatura. Sin antagonismos, sin enfrentamientos. Como resultado, no es posible hablar de revolución en Jovellanos sino de reformismo.

Una de las constantes que prevalece en su poesía es una devoción por delinear en cada poema una métrica, un léxico y un ritmo que, junto a un estilo casi químicamente depurado, le permita construir aquello a lo que aspira siempre cuando comienza a escribir: un poema rigurosamente acabado en todas sus dimensiones. Pareciera que en la construcción de una obra poética impecable no hubiera espacio para aquello que surge o es producto de la mera inspiración artística. Sin embargo, Jovino, nunca podrá conseguir su objetivo. Tan sólo el agotamiento, el azar o el desvío de su atención hacia otras actividades resolvieron la forma que hoy conocemos de sus poesías. Jovellanos es consciente de que para desempeñar esta minuciosa labor es necesario un tiempo y una constancia que él, -como le confiesa a su amigo Batilo- dedicado de lleno a las leyes y a la política, no puede alcanzar.

Casa de Jovellanos en GijónCasa de Jovellanos en GijónEl camino que lleva a la conclusión del poema es difícil y complejo, el poeta al mismo tiempo que avanza en su elaboración necesita continuamente volver sobre sus pasos, pues ‘la corrección y el pulimento’, como le escribe a su hermano Francisco, son condittio sine qua nom para que la obra pueda considerarse verdaderamente finalizada. Es obligado realizar ese aburrido pero provechoso ejercicio de retocar lo escrito.

Al mismo tiempo, Jovellanos es consciente de la encrucijada en que se encontraba la poesía en la segunda mitad del XVIII: ‘vivimos en un siglo en el que la poesía está en descrédito, y en que se cree que escribir versos es una ocupación miserable’. A causa de esto, en las cartas que envía a sus amigos se descubre algo más que certeros y valiosos consejos. Son las directrices de la transformación que es obligado abordar.

Jovellanos también apostó en su poesía por el compromiso. Así, cuando escribe: Déjame, Arnesto, déjame que llore/los fieros males de mi patria, deja/que su ruina y perdición lamente, está asociándose sin paliativos a la aventura ilustrada. La poesía no va a dirigirse ya a uno u otro sector del público sino a una nación. Una nación que, Jovellanos convierte, en ocasiones, en el sujeto de sus poemas, revelándose como el admirable conocedor que fue de la compleja realidad de la España de su tiempo.

Con la llegada de la invasión francesa en 1808, Jovellanos vivirá el momento de la gran escisión en la poesía española del siglo XVIII. Por un lado, aquellos que pueden anteponer sus posiciones políticas a los compromisos con su nación. Por otro, los que creen que la soberanía, como se plasmará ulteriormente en el artículo tercero de la Constitución de Cádiz, reside en cada uno de los españoles, y a pesar de que el invasor trae consigo todas aquellas ideas ilustradas que han intentado, durante tanto tiempo, inculcar en nuestras gentes, saben que no pueden imponerse éstas por medio de la violencia y el terror penal, volviéndose, así, contra su propio pueblo.

02-retrato de jovellanos por nicanor pinole en 1954 sEn aquellos días, Jovellanos desecha el ministerio que le ofrece el rey ilegítimo y participa en las Juntas Populares. Marchena regresa de Francia con los soldados opresores del General Murat. Cienfuegos es detenido por los franceses en su casa del número 12 de la calle Carretas donde se halla gravemente enfermo. Meléndez Valdés y Leandro Moratín, protegidos de Jovellanos, se alían con los bonapartistas. Quintana y Barbero combaten contra las tropas de Pepe Botella. A Jovellanos, como relata el profesor Caso González, ‘mucho debió de costarle romper con viejos amigos, con los que había mantenido una estrecha unión desde hace muchos años. Pero no dudó en hacerlo’.

Antes de fallecer, Jovellanos tendrá tiempo de escribir su última obra. No será un discurso, un informe o una epístola, donde había demostrado sus excelentes cualidades como prosista. Es un poema. Un canto patriótico que se convertirá muy pronto en el himno de los guerrilleros que combaten desde el Nalón hasta Sierra Morena.

No harán falta muchos meses después de la muerte de Jovellanos para que comience la persecución de afrancesados. Un ‘delito’ que proporcionará una excusa excelente a los entes más fanáticos y extremistas de la nobleza y el clero para satisfacer su orgullo y su soberbia, acabar, de una vez para siempre, con los defensores de la Ilustración y mantener al pueblo en una ignorancia propicia para ser fácilmente manejado. De esta modo, ante la confusión de sus compatriotas, sucumbirán no sólo los colaboracionistas con los invasores sino también aquellos ilustrados que han luchado por liberar a España. Pero era lógico, Rousseau había advertido esta posibilidad en su Contrato Social: ‘la madurez de un pueblo no es fácil de reconocer y si se anticipa la obra, fracasa’.

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