diciembre 2020 - IV Año

LETRAS

Somerset Maugham en Lisboa

maughamNo conviene caer en un exceso de optimismo, y menos todavía en las difíciles circunstancias actuales, hasta defender, como el bueno de Pangloss, que nos encontramos en el mejor de los mundos posibles. Conviene recordar, sin embargo, todas esas pequeñas cosas, humildes y cotidianas, que nos han hecho más llevaderos estos largos días de pandemia. Me refiero al silencio de las calles, a los mensajes de ánimo y esperanza que nos hemos transmitido unos a otros, a todos esos gestos solidarios, tan necesarios como el agua y los alimentos, a esa luz nueva, limpia y afilada como el más puro cristal, con la que Lisboa se despierta cada mañana, a esos tonos de un verde profundo, olvidados durante tantos años, con los que se han recubierto de repente los árboles de parques y jardines.

Desde hace algunas semanas, mientras el automóvil disfruta de un merecido descanso en las silenciosas oscuridades del garaje, y uno realiza todos sus pequeños desplazamientos a pie, nos damos cuenta que saludamos a personas con las que apenas nos hemos cruzado dos o tres veces, al volver de hacer la compra en la tienda de la esquina, o después del corto paseo diario. Retomamos en las ciudades una costumbre que afortunadamente pervive en pueblos y pequeñas aldeas. También de golpe, al pasar por la Praça das Flores, uno descubre que saluda a esos amigos que se asoman a su balcón disfrutando del aire fresco de la tarde y se detiene un buen rato a comentar con ellos las novedades del día. Una mañana, mientras espera en la acera su turno para entrar en la farmacia, uno se lanza a charlar sin cortapisas con esa señora tan simpática que se asoma a la ventana del primer piso, a la que jamás ha visto antes, y con la que descubre entre asombrado y divertido que le unen la misma admiración y devoción por el añorado Antonio Tabucchi.

Los pocos vehículos que circulan por Lisboa han recuperado el sosiego de tiempos pretéritos, en los que no existían esos interminables atascos que hacen perder la calma y la educación a más de un conductor. Se respetan los pasos de cebra. Incluso mucho antes de que uno llegue a esa esquina que tiene intención de cruzar, frente a la embajada de Francia, un automóvil gris algo pasado de moda se ha detenido prudentemente. La matrícula nos llama la atención: PR. Miramos a través de la ventanilla abierta y vemos al Presidente de la República que habla por teléfono y, al mismo tiempo, responde con una sonrisa a nuestro saludo.

libromaughamSon días en los que, por fin, uno ha tenido tiempo y serenidad para poner algo de orden en el caos de libros que han ido acumulándose en los meses previos a la llegada del maldito virus. Entre otros muchos volúmenes, han vuelto a ver la luz las obras de Somerset Maugham. Son unos magníficos ejemplares publicados por la Editora Livros do Brasil, de Lisboa. No llevan, por desgracia, indicación del año. Son parte de aquella colección en la que también se publicaron, con unas cuidadas traducciones al portugués, las obras de autores tan señalados como Albert Camus, John Steinbeck, o Romain Rolland. Recuerdo que los adquirí después de un entretenido almuerzo en cierto club del Chiado, del que quizás hable en algún otro momento, justo el día antes de que el estado de alarma fuera decretado. Fue en la librería anticuaria del señor Bobone, en São Roque, antes de volver a los quehaceres y papeleos propios de la que luego sería última tarde normal de trabajo.

El anterior propietario de esos volúmenes tuvo el buen gusto de mandar encuadernarlos a la holandesa, con hermosas nervaduras y dorados en el lomo, sin que por desgracia conste ninguna etiqueta que nos desvele quién fue el artesano que llevó a cabo tan cuidadoso trabajo. Tampoco se olvidó de ese detalle fundamental que es incluir una cinta de seda carmesí que sirva para marcar el punto de lectura. Tuvo también ese amante de los libros el cuidado de pegar su ex-libris en cada uno de los tomos, para que así la lectura fuera precedida con la de su nombre y su elegante divisa: continenti labore omnia superare.

Lo sorprendente de estos libros, tan cuidados por su anterior propietario, es que todos permanecían intonsos. Para los lectores más jóvenes, que tal vez no hayan visto ningún volumen con esa característica, recordaré que hubo un tiempo en el que, antes de leer un libro recién adquirido, era necesario rasgar con la ayuda de un abrecartas los pliegos que componían sus hojas. Aunque resultaba evidente que nadie había leído ninguna de las obras que acababa de adquirir, los motivos se prestaban a todo tipo de elucubraciones: ¿habría fallecido el anterior propietario antes de disfrutar de la lectura? O quizás, ¿tuvo que salir precipitadamente de Portugal, quién sabe por qué motivos? O tal vez incluso, ¿no se trataría acaso de uno de esos extraños amantes del libro en cuanto objeto, al que el contenido no le importa lo más mínimo? Todo puede ser.

livromaughamUno podría contar muchas cosas sobre Somerset Maugham, como sus aventuras durante la Gran Guerra, cuando espiaba en Moscú a favor del Imperio Británico, o sus continuos escándalos en la Riviera francesa hasta que huyó de la invasión nazi. Fue uno de esos autores que, al igual que Anatole France o Vicente Blasco Ibáñez, tras alcanzar en vida el éxito y la fama, se han visto relegados al olvido, cuando no al desprecio, quizás por la constante e insoportable presión de las modas y novedades editoriales.

Es una auténtica lástima que ya nadie lea a Somerset Maugham. Quizás todavía alguien recuerde alguna de sus obras, Of human bondage, o tal vez The razor’s egde, pero casi nadie disfruta con la narración de sus vibrantes aventuras, rebosantes de sabrosos detalles, por China, Japón, Borneo, Malasia, Indochina o Birmania. A lo largo de numerosos volúmenes, Somerset Maugham retrató con maestría unos estilos de vida que la vorágine de la Historia se ha llevado por delante. Podemos recordar al cínico filósofo chino, antiguo estudiante en Heidelberg, perdido en la miseria de una remota ciudad de Manchuria, o al excéntrico administrador de una selvática provincia birmana que, entre nubes de mosquitos bajo un calor abrasador, se viste cada noche de smoking blanco. También las cenas diplomáticas en el Pekín imperial, donde conspiran un encargado de negocios de Guatemala y un ministro consejero de Montenegro, o aquellas pausadas travesías de los trasatlánticos, desde Singapur hasta la metrópoli, con escalas en Ceilán, Adén y Port Said, donde se desatan, al menos mentalmente, todo tipo de pasiones reprimidas por las convenciones sociales.

Las páginas de Somerset Maugham son también un escaparate magnífico en el que se muestran las aficiones de una clase ociosa y privilegiada, tanto en Londres, con las reuniones y cenas en los clubes de Pall Mall, como en los lugares más remotos del Imperio Británico. Así, uno descubre el ambiente del bar del Raffles Hotel, en Singapur, donde se preparaba la mejor versión de ese cocktail mítico que fue el Gin Pahit, o la sordidez de los fumaderos de opio en Hong Kong, o la decadencia de los salones elegantes en las concesiones internacionales de Shanghai o de los clubes de oficiales en Kuala Lumpur, donde los funcionarios coloniales mataban el tiempo jugando al bridge acompañado de brandy and soda.

La lectura de esas páginas hace que uno reviva los peligros de los viajes por el sureste asiático de principios del siglo XX, atravesando selvas hacia ciudades perdidas, rodeado siempre de todo tipo de peligros, desde el ataque del temible tigre bengalí hasta el acecho constante de los cazadores de cabezas.

Todas esas aventuras, que habían permanecido adormecidas en las páginas intonsas de Somerset Maugham, son las que, gracias al cuidado del anterior propietario de los volúmenes y a los buenos oficios del señor Bobone, le han alegrado a uno muchas de esas extrañas horas que hemos vivido a lo largo de las últimas semanas.

 

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