septiembre 2020 - IV Año

LUGARES

El sureste peninsular español y los toques de caracolas

caracola2La necesidad de comunicarse nace junto con los primeros seres vivos. El hombre desde que tiene conciencia, buscó siempre una forma para comunicar sus pensamientos y sus acciones. Los medios para establecer la comunicación a lo largo de la historia han sido diversos, hasta la aparición del telégrafo en el Siglo XIX. Desde banderas, como las que se usan de indicadores en navegación marítima, campanas utilizadas por la iglesia desde hace siglos para dar distintos avisos o noticias, luces o espejos utilizando sus destellos como código, hogueras o ahumadas encendidas como alerta por las torres de vigilancia, palomas incorporando mensajes, silbidos, que en la isla de La Gomera tienen un alfabeto propio o tambores y cornetas que se emplean en ámbito militar. No obstante, si merece destacarse uno, serían las caracolas marinas.

Las encontramos dentro del medio rural del sureste, siendo un sistema de comunicación particular. Los mensajes se transmitían a través del sonido que se obtenía soplando por un orificio practicado en el extremo agudo de la caracola. Se usaban como aviso en situaciones excepcionales avisando de acontecimientos o de ciertos peligros como eran defunciones, bodas, incendios y sobre todo en caso de riada. Estaba incluso codificado su uso, siendo un toque largo, comer y tres toques, cuando se producía un fallecimiento.

Las caracolas enlazan con el ámbito marinero, como sucedía en la localidad de Águilas (Murcia). Los barcos de pesca de esta población las hacían sonar en la niebla para indicar su situación y evitar accidentes con otras embarcaciones o evitar perderse. Todos los barcos llevaban una caracola, pues como eran de vela latina si se paraba el viento podían chocar y hundirse. Continuando en este municipio, las labores de carga que se hacían en el puerto eran anunciadas mediante este elemento. Igualmente los contrabandistas para acercarse a la costa a descargar tabaco y recorrer los caminos, eran avisados de que tenían acceso libre mediante caracolas.

caracola3Aparecían también como ritual en ciertas fiestas de nuestro folclore como las hogueras de San Pedro y San Juan, donde eran sopladas. En esos días era la única ocasión que se podían hacer sonar las caracolas fuera del uso normal de comunicar un hecho relevante para la comunidad.
Por todo esto constituían un recurso vital, cuyo sonido era el preludio de un acontecimiento transcendente. Conformaban el único medio posible para lograr comunicarse rápidamente en un hábitat donde la población estaba dispersa. Ante esto, debía evitarse su uso sin un motivo justificado para que no perdiera su carácter simbólico. Por esto se decía era de mal augurio usarla sin una causa aparente, insistiendo a los niños para que no las cogieran ni las soplaran.

Indicar también que tenían un uso lúdico formando parte de las cencerradas que se hacían cuando un viudo se casaba en segunda nupcias. Éstas consistían en reunirse un grupo de personas la noche de bodas, para acercarse a la casa de la pareja cuando caía la noche con cacerolas, latas, cornetas, todo lo que tuvieran a su alcance que pudiera hacer ruido, y darles una particular serenata que armara un alboroto, impidiéndoles así conciliar el sueño.

Dentro del entorno geográfico cercano encontramos un paralelismo de empleo de caracolas en la antigua huerta de Murcia, no sólo en momentos de peligro si no como convocatoria para resolver cualquier asunto vital. Los distintos partidos por los que cruza el rio Segura tenían una caracola preparada que alertaba en caso de que viniera desbordado. Había unos toques establecidos que se hacían de manera continuada para que fueran escuchados por todos.

Podemos citar más usos relacionados con este sistema de comunicación, así en la ermita de San Isidro, en Yecla (Murcia), los jornaleros se juntaban allí al toque de caracolas parar despedirse de San Isidro, pidiéndole protección para después marchar a los campos de Aragón a realizar la temporada. Al regresar hacían sonar de nuevo sus caracolas y se paraban en la ermita a dar las gracias al Santo por haberle permitido regresar a su pueblo. Dicho toque de saludo aparece también en las cuadrillas de segadores que se desplazaban hasta La Mancha desde Cartagena.

Los orígenes de este modo de comunicarse son difíciles de precisar. Está atestiguado, según estudios efectuados en diversas islas del Pacífico a mediados del siglo XX, que comunidades que vivían en un estado prehistórico las usaban. Para los pueblos prehispánicos las caracolas eran un símbolo sagrado, un adorno y un instrumento musical. También se documentó en los indígenas guanches de Canarias el toque de las caracolas como señal que marcaba el comienzo y final de las labores agrícolas, formando también parte de sus ceremoniales o serviendo de aviso ante algún peligro.

caracolaLa pervivencia de su empleo en el periodo histórico es difícil de documentar. Junto con las ahumadas de los sistemas defensivos podrían haberse usado como complemento, advirtiendo de incursiones en nuestro litoral para los pocos viandantes que pisaran estas costas inhóspitas Lo parece confirmar un romance del escritor Ginés Pérez de Hita (1544-1619) publicado dentro de su obra ‘Historia de la Guerras civiles de Granada’ (1595) donde dice que Miguel Zamora que era vigía de la torre de Macenas, en Mojacar (Almería), avisó de una incursión pirata con una caracola. Una evidencia reciente de su utilización la vemos en la denominada como ‘revuelta de los caracoles’ de Alcora de 1801 ,que recibe su nombre porque eran convocadas las reuniones de los rebeldes con toque de caracola. Durante la rotura del pantano de Puentes, en Lorca 1802, las caracolas estuvieron sonando insistentemente por la desgracia que se avecinaba . También durante las operaciones de los insurgentes cantonales aparece referencia de su uso. Según la Paz de Murcia del día 8 de Septiembre de 1873 ‘ Insurrectos de Cartagena pretendieron hacer una excursión por la diputación de Perin, con objeto quizá de recoger víveres, pero aquellos vecinos hicieron señal con caracolas y reuniéndose armados algunos de ellos hicieron huir a los cantonales sin conseguir objeto alguno’.

Las caracolas siguieron empleándose hasta mediados de la década de los años sesenta. En las graves inundaciones que hubieron de 1973 en Puerto Lumbreras, estas no sonaron como antiguamente se había hecho al perder su simbolismo, el resultado fue una gran catástrofe que asoló el municipio.

Indicar para acabar, que el uso de un código de caracolas se conserva en caza mayor, en las batidas de montería con perros que hacen los rehaleros . Las piezas que se suelen cazar en esta modalidad son ciervos, jabalíes, gamos y muflones, teniendo asignada cada especie un toque propio. Por último en la procesión del Jueves Santo de Cabo de Palos (Cartagena) y en la conocida suelta de la Musona, la bestia del Carnaval de Águilas, se tocan las caracolas. En este último caso advierten de un peligro, recuperando su significado inicial.

Nos encontramos con todos estos datos aportados, con un sistema de comunicación de profundas raíces antropológicas que suponen un importantísimo elemento cultural conservado prácticamente inalterado en el tiempo.

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