octubre 2020 - IV Año

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El Periodismo como antídoto

Nada hay más grato para un periodista que la satisfacción de despejar la incertidumbre con información contrastada y veraz. Ahuyentar la ignorancia, consolidar certezas y conectar a la sociedad consigo misma, a través de la verdad, son las más gratas retribuciones que los notarios de la realidad pueden recibir. Tales son las responsabilidades que la sociedad deposita en los medios de comunicación y en manos de los periodistas. Porque la información es un bien de propiedad social, no privada, que surge de la sociedad y a ella le es devuelta, organizadamente, por el Periodismo. Ahí reside la grandeza de este menester, oficio y profesión, insertos en la entraña de las sociedades democráticas.

Pero es imposible informar cabalmente, no hay información veraz posible, sin probarla ni contrastarla con distintas fuentes. Lamentablemente, proliferan hoy medios digitales, impresos y radiotelevisados que se brindan a difundir desinformación –información manipulada con fines espurios- con un quintal de arrogancia, un fardo de odio y algo de mala leche. De manera intencional, confunden información y opinión, con lo cual informan opinando y opinan insultando. La faena avanza: se sustituye el sustantivo por el adjetivo, el juicio por la ofensa y ya tienen lo que buscaban: el rumor, el bulo, la mentira, que campan por sus fueros. Ceban malentendidos que alimentan el desconcierto. Desorientan a la sociedad, crispan, separan: el conflicto está servido.

Todo ello adquiere hoy una especial gravedad por aumentar el grado de angustia en el que vive la sociedad española, que lucha con denuedo contra el dictado de un microrganismo que sigue matando y al que todavía no se ha conseguido erradicar de la escena. Con ello entorpecen la dificultosa acción de Gobierno y distraen energías sociales valiosísimas para afrontar solidariamente la pandemia.

Este tipo de antiperiodismo, por causas subjetivas, ha roto cualquier nexo con la verdad

Sin fundamento informativo veraz, la opinión pública, que bebe en gran medida de la opinión publicada, se ve a diario confundida por mensajes falsos, sin pruebas y desconcertantes, que ocupan la mayor parte de la escena. Es el antiperiodismo, que acarrea forzosamente la degradación de la vida democrática. Queda así devaluada la función racionalizadora y necesaria de la crítica objetiva.

Desde ese periodismo trivial e irresponsable, en plena lucha contra la pandemia en sus momentos más atroces -el peor desafío global, sanitario, social y económico, que encara España  desde hace un siglo-, hemos visto incitar al golpe de Estado; hemos comprobado cómo atacaban entonces todas y cada una de las medidas gubernamentales propuestas para enfrentarse al virus, por el mero hecho de provenir de un Gobierno de coalición y de izquierda. Asistimos ahora a la hipócrita exigencia de un “mando único” por parte de l@s mism@s que se adherían, como ocurrentes medidas alternativas, a ondear la bandera de España, arrojar las mascarillas, agruparse suicidamente en una calle de un barrio secuestrado por la extrema derecha e insultar a quienes nos gobiernan.

Titulares y flashes

Desde luego, hay factores objetivos que coadyuvan al desconcierto: la consunción de los tiempos de lectura; la presión que impone el discurso tecno-informático dominante; los exiguos formatos de la información en televisión y radio; los horarios laborales, incluidos los ilimitados que el teletrabajo impone…todo ello guía a numerosas personas a regirse solo por los titulares y los flashes, más las broncas televisadas que inundan la imagen y el éter. Pero lo grave es que se trata de titulares y alertas que, en el mejor de los casos, no corresponden a las informaciones insertas en los cuerpos de las noticias; porque, en el peor, ni siquiera existen pruebas, confirmaciones o contrastes de la información en ellos contenida.

Este tipo de antiperiodismo, por causas subjetivas, ha roto cualquier nexo con la verdad. El espectáculo de las tertulias en televisión resulta triste y deplorable. Sus mentores parecen adorar el linchamiento como abyecta alternativa al debate sereno sin voces y con respeto al interlocutor. El propósito de la información falsa y la crítica trivial parece ser que la política sea reemplazada por el odio. En los medios que persiguen tales fines prima el narcisismo, la ignorancia, la incultura y el grito, que determinan su  banalidad ideológica y su amoralidad evidente.

La fiebre del anti-periodismo parece afectar también a la Prensa que solemos considerar moderada. Desde ella se importa, cada día con más facilidad, la falsedad originaria de un bulo. Es capaz de descalificar a políticos meramente por sus cabellos y se muestra incompetente a la hora de argumentar una crítica política racional y consistente. Alardea de cierta esgrima formal del conocimiento de las leyes, pero desconoce la dimensión social de los hechos políticos. Incurre, incluso, en jalear la falta de respeto a un Ejecutivo legítima y democráticamente elegido. Sus titulares suelen ser manipuladores.

El antiperiodismo hace su labor de zapa reproduciendo, al por mayor, instrucciones judiciales sin fundamento probado: la meta es hoy desfondar la  coalición de Gobierno, la primera coalición de izquierda desde la Transición a la democracia en cuarenta años. Lo que debiera ser contemplado como una manifestación de salud democrática y de alternancia, es satanizado de manera ininterrumpida y angustiosa. Se proponen cercenar, derruir, sofocar, agotar. Con todo, no conseguirá su propósito antidemocrático. La democracia está suficientemente enraizada en la sociedad española como para olvidar que es garantía de estabilidad, paz y soluciones, incluso en condiciones tan adversas como las actuales.

Acento social de la acción de Gobierno

El Gobierno integra al sector hoy mayoritario del PSOE, legitimado por la autocrítica interna que rectificó el rumbo de un bipartidismo devenido en conformista y se abre hoy a una manera distinta de concebir, socialmente, pluralmente, la política. Sigue, además, una trayectoria basada en poner el acento de su actividad en la utilidad social de las instituciones, las decisiones políticas y la acción parlamentaria. Esa es su apuesta diferencial, de izquierda. Sin embargo, el antiperiodismo parece desconocer que en este Gobierno lo vertebra un partido hoy actualizado, con trayectoria, experiencia y vocación estatal, como el PSOE, el único con historia, arraigo en todas las comunidades autónomas de España y hondo ascendiente en Europa donde, precisamente, las coaliciones gubernamentales son el pan de cada día.

La coalición de Gobierno incorpora asimismo a la alianza una fusión entre el movimiento Podemos e Izquierda Unida, dos fuerzas de izquierda con experiencia política pero que acaban de debutar en la acción gubernamental. Y lo hacen, precisamente, en condiciones tan adversas como la que vivimos, acentuadas porque quien les precedió en La Moncloa -tantos años perdidos-, no supo hacer otra cosa que actuar desde una concepción de la política como negocio privado, expresión de una clase política en retirada por sus errores políticos y sus descarríos morales.

Figura pues en este Ejecutivo otra fuerza que se planteó hallar una expresión política al enorme malestar social, señaladamente juvenil, que emergía desde la calle, las aulas, las fábricas y los barrios aquel 15 M de 2011. Saltó a la escena ante las carencias del bipartidismo, taimado entonces por la corrupción, la irresponsabilidad y la degradación democrática: un millar largo de responsables políticos investigados, imputados o condenados; millones de euros trasegados a espaldas de la ley y del fisco. Y ello, con un bochornoso pasado electoral, con comicios ganados a costa de extorsionar o comprar, a cambio de favores ulteriores, compañías e individuos venales que hinchaban la caja del partido de esa clase política en retirada.

Podemos se propuso atajar los males que aquejaban entonces a España transformando aquel extenso malestar en una nueva expresión en forma de movimiento social mixto. Tal vez hubiera otras formas de hacerlo, pero optó por ella. No es todavía un partido, pero dice estar en ello. Sin embargo, no pasan tres días sin que determinados jueces le incoen causas que luego se demuestra que eran insustanciales, carecían de pruebas, no procedían y fueron archivadas. Hasta 15 ocasiones procesales de este jaez acosador han terminado en su archivo. Pero su imagen pública -también la de la justicia, no lo olvidemos- sigue viéndose así erosionada. Es el propósito doble del antiperiodismo. Por su parte, Izquierda Unida aportaba el prestigio y la experiencia de la plural tradición comunista española en la lucha antifranquista por las libertades. Pero quedó injustamente excluida del Gobierno durante las cuatro décadas de la democracia, por mor de un sistema electoral abiertamente punitivo contra su fuerza real en votos.

Esto no significa que los partidos coaligados no tengan problemas. Pues claro que los tienen. Pero será muy difícil que logren atajarlos eficazmente si carecen del tiempo necesario para poder aplicar sus políticas, reformas y medidas, así como superar las heridas internas, si distraen la energía, necesaria para acometerlas, en romper el sofocante cerco de una oposición que se comporta con un rencor y una histeria que denotan que aún no ha digerido su derrota en las urnas y el acceso de sus rivales al Gobierno.

Pese a las credenciales de legitimidad democrática de las fuerzas componentes de la coalición gubernamental, la falta de respeto y la inquina intencionalmente inducidas desde los partidos reaccionarios y su correa de transmisión, el antiperiodismo, no han cesado ni un momento desde esos medios a partir del minuto cero de la composición del Gabinete. Ni siquiera se respetaron los cien días de cortesía que los hábitos parlamentarios de las gentes de bien incluyen entre sus prácticas.

Cabrá objetar que, por la extrema derecha, surgió asimismo Vox. Si; pero en realidad, esta formación, avalada por el ex asesor de Donald Trump, Steve Bannon, con fondos derivados de la organización armada iraní Mujaidin-e-Jalq, aporta al panorama político e ideológico  español, según propalan sus portavoces, un mensaje conocido: antisocialismo; anticomunismo; antifeminismo; antisindicalismo de clase; antiecologismo… es decir, se opone a todas las ideas, impulsos y aspiraciones que en su lucha contra el franquismo y por las libertades constitucionales, hicieron posible el surgimiento en España de un sistema democrático; el mismo que, pese a agredirle a diario, hoy les tolera decir las barbaridades que dicen y hacer las estupideces que hacen.

El antiperiodismo del que hablamos se ha convertido, por intención propia, en el heraldo suicida de España. Contra su mensaje tóxico no existe mejor fórmula que la lucha por la información veraz, contrastada, probada, que fundamente una opinión seria, necesaria y útil. Con ella ha de cimentarse una crítica fundada a la acción gubernamental, para enmendarla donde proceda. Y a los mentores de ese subperiodismo banal e irresponsable cabe recordarles que, con sus prácticas, alejan cada vez más a la derecha española del lugar que en un Estado democrático, ideológicamente plural, debe corresponderle por el bien de nuestro atribulado país.

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